25 Instantáneas de Daniel Salinas Basave o Mil agravios vengué, cien mil deshice28 min de lectura

Héctor Alvarado Díaz

1. ¿Qué opinas de las entrevistas?

Son parte esencial de mi vida desde hace un buen rato. Como reportero he hecho muchísimas y en la última década me han hecho unas cuantas. Como entrevistador he vivido de todo, desde sosegadas e interminables charlas que se prolongan a lo largo de varios meses, en donde le pido al entrevistado que me cuente toda su vida y voy extrayendo frases como un minero paleando en la profundidad, hasta burdos zipizapes banqueteros en donde debes corretear a un político en fuga, sortear sopapos y empujones de guaruras o abrirte paso a codazos entre una multitud de colegas reporteros. Dos libros míos,  El Samurái de la Graflex y La liturgia del tigre blanco,  tienen como cimiento y columna vertebral largas entrevistas. 

Claro, también la entrevista puede ser un combate. Hedonismo puro es la sensación de conseguir abrir a un personaje hermético o renuente, asestar como latigazo la pregunta más incómoda cuando se siente más confiado o lograr hacerlo pronunciar aquellas palabras que habría deseado mantener ocultas.  Cuando soy yo el que responde las preguntas trato de poner todo de mi parte y confieso que me siento más cómodo respondiendo por escrito como hago justo ahora contigo.

2. ¿Qué haces mejor que escribir?

Leer, sin duda. Soy mucho mejor lector y lo disfruto mucho más.

Jugar futbolito de mesa. Ojalá escribiera con la misma fluidez y soltura con que me entrego a mis solitarias retas de mano derecha contra mano izquierda en mi futbolito de madera. 

¿Qué otra cosa hago mejor? Tal vez hablar en público. Muchos años antes de pensar siquiera  en inscribir mis garabatos en premios literarios, me pasaba la vida en concursos de oratoria y no me iba nada mal. También tengo un arsenal de paciencia para lavar trastes (es terapéutico), un buen ojo para elegir las ciruelas en su punto de acidez perfecta (lo cual no es sencillo) y hace hartos ayeres y hartísimos kilos llegué  a ser un buen ciclista.

Creo que tengo cierta intuición para preparar e inventar cocteles. En los últimos meses he experimentado mucho con la ginebra y he dado con algunas combinaciones que han gustado mucho. Soy fotógrafo de closet y en algunos amaneceres playeros he conseguido algunas imágenes que en un descuido hasta podrían pasar por buenas. Fuera de eso, no he sabido hacer mucho más.

3. ¿Siempre sabes a dónde vas?

Muy a menudo no tengo idea. Ya me cayó el veinte de que si por remota casualidad existe una deidad, se debe reír mucho con nuestros planes futuros.

Escrituralmente siento un gran placer cuando la pluma se pone en plan de mula desbocada y me lleva por senderos extraños en  puro ejercicio de escritura dionisiaca, aunque al final el reportero apolíneo y el albañil de las palabras acaben por imponerse. Vaya, si escribes con la mira puesta en una convocatoria, entonces brota la esencia reporteril de quien entiende que la extensión y los tiempos de entrega son sagrados,  que 500 palabras son 500 palabras y 150 cuartillas no son 151 y que el 30 de abril no es el 1 de mayo.

4. ¿Sin polémica no hay vida?

Hace algunos años, en mis tiempos de reportero jarcor y en las épocas de las blog-wars, te habría dicho que la polémica revitaliza y que la ira es energía. Me gustaba pelear, me gustaba ofender y resultar chocante.  Hoy en día, después de muchos ejercicios de autocontrol, he aprendido a evadir la esterilidad de la polémica y no porque le saque la vuelta a los trancazos, sino porque pierdes un montón de tiempo y nadie te paga por ello. Es aterrador cuando reparas en todas las horas arrojadas a la basura en zipizapes facebookeros sin sacar ningún provecho. El espíritu de la época apesta. Vivimos una era sectaria y fundamentalista, llena de mojigatos del pensamiento único y eternos ofendidos aferrados a  sus dogmas de fe.   Twitter es un nido de inmundicia y mala entraña. Para mí, que soy volteriano y creo en la supremacía de las dudas sobre las certezas y en el eterno cuestionamiento, me resulta inconcebible que alguien pueda adorar ciegamente a un dios o a un político (sea de izquierda o de derecha). A cada minuto te topas con una barrabasada en redes y sientes el inmediato deseo de intervenir, pero luego respiras profundo, piensas en todo el tiempo que perderás y decides pasar de largo. Al final concluyes que fue mucho mejor.

5. ¿Qué te dio por las letras?

Crecer los primeros ocho años de vida en una casa-biblioteca donde había más de 30 mil libros, con una madre lectora que me indujo al vicio leyéndome un montón de cuentos y novelas con tan elevadas dosis de emoción, que aquello se impregnó de pura magia. Eso fue clave. Los libros siempre estuvieron ahí desde mi concepción, y estar rodeado de ellos siempre ha generado una sensación de fascinación absoluta, como si frente a mí hubiera mil ventanas a otros mundos, un montón de zeppelianas escaleras al cielo a mi disposición. La pregunta fundamental es cómo te conviertes en lector y cuándo le das el golpe a lectura. Una vez que te haces lector ya no hay camino de vuelta ni rehabilitación posible. La escritura llega como consecuencia lógica e inevitable cuando te das cuenta que en tus manos está inventar las historias que a ti te gustaría leer. Extraño mucho la espontánea llama que encendía aquella vocación primaria adolescente e infantil, cuando escribía por el puro y vil placer de hacerlo. La escritura se agotaba en sí misma. No solo no me pasaba por la cabeza publicar, sino que ni si quiera se me ocurría enseñarle esos primeros textos a alguien y no porque me avergonzara, sino porque escribía por las mismas razones que juego con mi futbolito de madera: para pasar un buen rato y entretenerme.

6. Cinco bandas de tu corazoncito.

Mi corazoncito, al puro estilo de Accept, es un Metal Heart. Siempre es duro seleccionar y excluir, pero por terquedad, recurrencia y aferre, el pentagrama perfecto lo conforman Iron Maiden, Black Sabbath, Motorhead, AC/DC, Judas Priest, Led Zeppelin, Slay…perdón, ya me pasé de cinco.

7. ¿Has escrito a cuatro manos?

En papel periódico muchas veces. Hasta a seis u ocho manos. Reportajes sobre todo, pero también notas del día. Una señal de cortesía y compañerismo es que si un colega reportero te ayudó con tu nota, pones su firma antes que la tuya. En literatura creo que no lo he hecho. El único compinche con quien he hecho dupla para lecturas conjuntas es mi querido Gerardo Ortega. Hace poco me pidieron hacer equipo con unos teatreros para escribir una obra sobre Siqueiros en Lecumberri, pero no pude soportarlo y los mandé al carajo. Como reportero trabajo en pandilla, pero en literatura soy odiosamente individualista.

8. ¿No tienes miedo de encontrarte con la muerte?

Nos encontramos muy cerquita de ella el 18 de julio de 2019, cuando nos volcamos en la carretera entre Mulegé y Loreto. Íbamos en un carro rentado mi esposa, mi hijo y yo al volante cuando  un tráiler nos impactó por atrás y nos sacó del camino. Vivimos para contarla. Creo que la única enseñanza que conservo como mantra de mis tiempos como lector de Carlos Castaneda, es lo de tener a la Muerte como consejera y visualizarla siempre caminando a tu lado,  sentir su aliento en el cuello, su sombra como un cobijo. No hay día que no piense en ella. Hasta el momento más sosegado y lúdico de nuestra vida es como una danza macabra, esos grabados medievales surgidos a raíz de la peste negra donde la Parca irrumpe en medio de un banquete o un baile, o acompaña al labrador en su arado y cabalga en ancas junto al caballero andante. Ella siempre está ahí, en cada estampa de nuestro día a día. Hay que respetarla y tenerla muy presente porque es la eterna compañera.

9. ¿Cuándo eliges la ficción y cuándo la no ficción?

Suele estar más o menos claro desde el principio, aunque rara vez caigo en el purismo absoluto  y al final  acabo engendrando ajolotes prosísticos, mitad pez, mitad anfibio. Por ejemplo, El Samurái de la Graflex es una historia verdadera que en la contra portada se define como una crónica, pero ello no la priva de espontáneos escarceos ficcionales. En Juglares del Bordo tengo un cuento llamado “Infortunios del Centinela” que perfectamente podría ser una crónica, pues todo lo narrado –nombres propios, lugares y fechas- corresponden con la realidad, sin embargo, me permito incluir diálogo, interno y un cronista que se respete no anda adivinando los pensamientos de las personas instantes antes de su muerte.

10. ¿Tienes tus temporaditas?

¿Temporaditas? Pues sí y vaya temporadita que nos cargamos todos con este pestífero confinamiento. Y claro, de unos meses para acá traigo una temporadita de mucha ginebra y poco whisky (antes el whisky era amo y señor) de muy poca cerveza, de mucho AC/DC y a veces con mi esposa agarro temporaditas de muchísima carne asada, pero luego los guisados de CrockPot retornan por sus fueros. También me agarro temporaditas en que me leo todo lo habido y por haber de un mismo autor y luego se me pasa. La temporadita más productiva de mi vida la viví entre 2013 y 2018 cuando escribí y publiqué como si se fuera a acabar el mundo. De los catorce libros que he publicado en mi vida, seis llegaron al mundo en 2016. ¡Seis! Algunos por retraso, otros por adelanto, pero aquello fue una locura, un  debraye absoluto. No lo vuelvo a hacer ni se lo deseo o recomiendo a nadie.

11. ¿Cómo llegaste a Baja?

Una tarde sonó el teléfono en mi escritorio de la redacción de El Norte. Era un sonorense llamado Javier Villegas que sin más preámbulo me invitó a venir a Tijuana a fundar un gran periódico que sería algo así como el Reforma del noroeste. Dije sí y me tiré a matar.  Me llamaba la atención la idea de empezar de cero un proyecto, de poner mi firma en el histórico primer ejemplar de un diario. Renuncié a la comodidad de una descomunal empresa como El Norte que en Monterrey ejercía y ejerce una monarquía absoluta, para ir a un periódico que ni siquiera tenía nombre y era solo un proyecto. Dejé atrás la ciudad donde vivía toda mi familia para ir a abrirme cancha en un lugar donde no conocía a nadie.  En aquel entonces yo  quería ser el centro delantero titular del equipo, el reportero estrella de la redacción  y no el eterno novato comiendo banca.  Aquello fue un bautizo de fuego, un inicio muy rudo, pero sigo creyendo que fue la decisión más sabia. Con todo su caos y su ultra violencia a cuestas, Baja California es mi sitio en el mundo. Aquí nació nuestro hijo, aquí compramos nuestra casa y esta tierra ha sido noble con nosotros.

12. ¿El periodismo o el ensayo?

El ensayo literario y la crónica tienen ambos vocación de ornitorrincos. Son géneros monotremas con pelaje de mamífero, pico de pato y aletas de pez. También aquí he incurrido en el vicio de engendrar ajolotes prosísticos. Por ejemplo, El lobo en su hora es en teoría un ensayo (o por lo menos ganó un premio de ensayo) pero tiene no pocos capítulos que pueden leerse como crónicas. El Samurái es una crónica, pero tiene escarceos ensayísticos. Peor aún: Vientos de Santa Ana es una novela (o al menos fue finalista en un premio de novela) pero la principal crítica que le han hecho es que parece más un ensayo sobre las miserias e ingratitudes del periodismo. Tienen razón: soy más ensayista que novelista. En cualquier caso,  la crónica purista sí que es estricta. Una cronista de cepa como Leila Guerriero no admitiría desvíos. El texto que más veces me han bateado y devuelto en mi vida fue una crónica que publiqué en Gatopardo llamada “En el nombre del padre”. El editor, Guillermo Osorno, no se cansaba de darme batazos  hasta que por fin  salió. La buena crónica es descriptiva y apela a los sentidos, mientras que el buen ensayo es, sobre todo, reflexivo. El ensayo literario a lo Montaigne es pensar en voz alta, conjeturar, preguntarse y responderse. Los dos me apasionan, pero si me pones contra la pared y debo elegir entre uno u otro, entonces elijo… el ensayo.

13. ¿Tienes suficiente tiempo para corregir?

En teoría tengo tiempo, pero te mentiría si te dijera que me paso diez noches en vela pensando en una coma. Mi mejor ejercicio de corrección suele ser leer en voz alta. Si el texto suena mal, se atora o no se deja respirar, entonces algo anda mal.

A lo que le invierto más horas, sin duda, es a los arranques. He desarrollado una obsesión enfermiza con el párrafo de apertura. Suelo machacar como un mantra la importancia de tirarse a matar en la elección de las primeras palabras. Es ahí donde se define el éxito o el fracaso de tu texto y al parecer yo mismo me he hecho harakiri. Sucede muy a menudo que un cuento o novela cuyo arranque es prometedor, acabe naufragando antes de llegar a la mitad, pero es casi imposible ver a cualquier escrito levantarse después de un arranque fallido. El mantra es sencillo: lo que empieza bien a veces termina mal, pero lo que empieza mal irremediablemente termina peor. Así las cosas, mi enfermiza clavazón con los arranques ha acabado por amarrarme las manos.  Mis  cuadernos y archivos de Word son el equivalente al basurero de una clínica abortista, infestado por embriones narrativos muertos, criaturas literarias desechadas prematuramente al darte cuenta que de llegar a término la gestación escritural, arrojarías un libro deforme, contrahecho, condenado a dar lástimas,  y si hay algo que infesta este mundo  (aparte de las moscas) es la mala literatura. Cualquiera pensaría que a estas alturas de mi vida, después de un buen kilometraje de palabra publicada, las frases brotarían  por generación espontánea mientras yo navego en una suerte de piloto automático escritural, pero la realidad es que la hoja blanca es siempre rejega y no se deja horadar fácilmente.

14. ¿Cuál es tu ritmo de trabajo?

Ahora mismo muy pachorro, pero no siempre fue así y de mí depende romper esta pandémica modorra. Entre 2013 y 2018 tuve un ritmo canijo, desbocado, pura ráfaga e intensidad. Un Blitzkrieg narrativo absoluto. El 2015 fue el tope. Si todos mis años fueran como 2015, con semejante intensidad y semejante puntería,  no sé en dónde andaría. Mi ritmo podría resumirse en un solo consejo: escribir con café y leer con whisky (bueno, ahora aplicaría con ginebra). Se escribe en la mañana. Abrir los ojos en la oscuridad, antes del amanecer e inevitablemente sentirse un perfecto extraño por unos instantes. Con la playa neuronal aún mojada por la marea alta del subconsciente y su viaje onírico, es inevitable no experimentar la deliciosa extrañeza de estar vivo en un mundo rarísimo.  Si en la red de pesca duermevelera he conseguido atrapar el vestigio de algún sueño, entonces lo primero que hago es tratar de narrarlo en un cuaderno. Los peores y más incomprensibles garabatos de mi de por sí catastrófica caligrafía, son los que yacen en la libreta de los sueños. Nadie sería  capaz de entenderla (ni siquiera yo la entiendo a menudo). De coherencia y estructura narrativa ni hablar. Esos primeros párrafos del día hacen que la poesía surrealista parezca un ordenado instructivo. El compañero de esa catastrófica escritura suele ser el primer café de la jornada, a menudo un vestigio sobrante en la cafetera mientras en el fuego hierve el agua que habré de verter sobre el grano recién molido. Acaso el primer milagro es volver a darle un trago a ese café con sabor a eternidad y comprobar que al parecer uno sigue estando vivo entre un mar de obituarios.

15. ¿Te has acercado al cine?

Muy poco, para ser honesto. Mi cultura cinéfila es magra y soy un radical ignorante en la materia. No sé nada de actores, directores,  géneros ni he visto nunca una ceremonia de los Óscar o de Cannes. Hasta hoy en la mañana me entero que ayer domingo se entregaron los Óscar y que arrasó una película que probablemente nunca veré. Para mí el gran evento del fin de semana fue el clásico Tigres vs Monterrey, que por fortuna volvió a saldarse con un triunfo de mis Tigres, como ya es costumbre. De los Óscar, ni supe.  La verdad me limito a tratar de disfrutar las pocas películas que veo, pero jamás me escucharás discutir sobre actuaciones, guiones, iluminaciones. Quizá para mucha gente culta esto sea una aberración, pero he dedicado muchísimas más horas de mi vida a ver futbol que a ver cine. Hace poco un cineasta bajacaliforniano desarrolló unos guiones para convertir en cortometrajes tres de mis cuentos de Juglares del Bordo e incluso firmamos documentos, pero fue de los mil y un proyectos que se aplazaron o se jodieron por la pandemia. Confieso que me daría mucha curiosidad ver una historia mía en los feudos del Homo Videns.

16. ¿Eres rockero o solo lo pareces?

Pues si tomamos en cuenta que no pasa un día de mi vida sin que escuche rock a todo volumen mientras manejo por la carretera Escénica… A diferencia de lo que sucede con el cine, la música sí forma parte de mi vida diaria y al menos en ciertos géneros sí puedo ser catalogado como un melómano radical.  Desde muy niño me gusta el metal. En el orwelliano año de 1984 mi tío José Manuel me grabó algunos casetes de AC/DC, Twisted Sister, Judas y desde entonces a la fecha no lo suelto. Es típico toparme con adultos que te dicen “cuando yo era morrito escuchaba esa música pero ya no”. Por fortuna no es mi caso. Yo nunca superé el heavy metal y en el improbable caso de que viva 80 años, creo que moriré escuchando metal. Eso sí, dentro de ese género soy muy abierto y tolerante. Soy tan feliz escuchando a virtuosos progresivos como Rush,  Dream Theatre o Steven Wilson, que maestros brutales como mi amado Slayer, Entombed o black metaleros radicales como Dark Throne. También me gusta muchísimo el punk hard core, el rock radical vasco, el Oi skinhead. En el 90-91, viviendo en la CDMX,   cuando punks y metaleros eran como perros y gatos, como agua y aceite,  yo cruzaba furtivamente la frontera entre ambos mundos: fui  lo mismo a ver a Kreator, Death, Carcass o a Cannibal Corpse a la arena de Tlalnepantla, que a Eskorbuto  (el día que cumplí 17 años) o la Polla Récords en el LUCC y montón de tocadas de Massacre 68 y Atóxxxico. En Monterrey fui muchas veces a tocadas en Factores Mutuos, en el Triques, en el Ferrocarrilero, en el efímero Klan y hasta hace no mucho, no pasaba un mes sin que cruzara a San Diego a ver conciertos.  Y claro, también escucho algunas cosas no metaleras. Con mi esposa Carolina me la paso escuchando música por las noches y explorando mil cosas nuevas. No hay semana que no descubramos algo novedoso de muy diversos géneros (La Maravillosa Orquesta del Alcohol, General Elektriks, el Cuarteto de Nos, Él mató a un policía motorizado). Igual puedo beber muy a gusto mientras escucho vallenatos colombianos, tangos, corridos de la Revolución. Mi primer empleo en nómina a los 17 años fue como vendedor en discos Zorba y también  tuvimos un programa de rock clásico en Stereo- 7. De hecho, la primera vez que participé como invitado en una feria del libro, fue para hablar de rock con mis amigos de la Ciruela Eléctrica. La vida sin música sería miserable.  

17. ¿Duermes como angelito?

Como un tecolote endiablado más bien. El insomnio es uno de mis amigos más fieles. Mis noches son como partido de futbol y tienen medio tiempo como a las 3:30 o 4:00 de la madrugada. Me despierto, leo unos 45 minutos y luego vuelvo a cabecear hasta que se acerca el amanecer. Aun así trato de no tomar nada para inducir el sueño y he preferido firmar el armisticio y rendirme a la terquedad de mi insomnio. Es tan aferrado, tan terco, que si un día me abandona lo extrañaría horrores.

18. ¿Te has extraviado en tu propio laberinto escritural?

Ahora mismo estoy extraviado. Es un laberinto lleno de vías muertas y salidas en falso. Por cada página publicada hay diez que no superaron la condición del garabato. A veces me aterra ver la cantidad de cuadernos llenos de letras que nunca fueron pasadas en limpio o archivos de Word que jamás conocieron la publicación. También me sorprende cómo vuelvo a redundar en los mismos temas y otros que me interesan muchísimo nunca he podido desarrollarlos.

19. ¿Qué aprendiste en Monterrey?

Aprendí a amar la sombra y a sufrir estoicamente la resolana. Aprendí a sudar, a cerrar el puño y a competir. El regio está siempre compitiendo. Aprendí a recorrer sus calles y sus periferias en bicicleta, a subir sus cerros, a despellejarme las rodillas en el lecho del Santa Catarina. Aprendí a beber cerveza, a vivir el futbol como nadie lo vive en este país, a vivir con intensidad mi destino como nacido en el Año del Tigre. Aprendí que mi ciudad natal y yo estamos destinados a no comprendernos, a no aceptarnos como somos,  a vivir en eterno conflicto. Ya aprendí que mi ciudad y yo  nos queremos más desde la lejanía. Tarde comprendí que el Monterey de mi saudade es una ciudad que ya no existe, aunque a estas alturas me pregunto si alguna vez existió o si es una ciudad fabulada e invisible como las de Calvino, un terruño mítico y embrujado que se quedó a vivir en las profundidades del subconsciente y que suele emerger obsesivamente en las duermevelas.  

20. ¿Cuánto valoras la amistad?

Una vez que la vida te demuestra que no es una fórmula hueca, eso de los dedos sobrantes de una mano para contar a los amigos, entonces reparas en lo mucho que valoras a aquellos pocos que conservas. En la edad adulta uno cultiva sanas y cordiales relaciones pero casi no se generan nuevas hermandades de fierro. Mis amigos provienen del siglo pasado y compartimos larguísimos silencios, pero yo sé que ahí están y ellos saben que yo aquí estoy. Por ejemplo, el sábado pasado  Carolina y yo nos reencontramos con un amigo muy querido al que no veíamos desde antes del inicio de la pandemia y fue fascinante volver a hacer exactamente lo mismo de toda la vida. Beber, catar vinos, escuchar las mismas canciones, relatarnos las mismas anécdotas con altas dosis de humor negro e ironía y darle replay a esta fascinante y divertida charla extendida por  20 años. 

21. ¿La autoridad ha entorpecido tu trabajo?

Mientras fui reportero lo entorpeció todo el tiempo. A menudo las primeras zancadillas las sufres en tu sala de redacción, en el departamento comercial de tu periódico, en la oficina del director editorial, en la lista de diez empresarios intocables que le compran paquetes publicitarios a tu medio de comunicación y claro,  un sinfín de politiquillos pestilentes cuyos cordiales métodos oscilan entre la demanda por difamación, el veto o la  descarada amenaza. Hoy se ha puesto de moda confrontar y linchar públicamente a los periodistas que tienen el valor y la entereza de confrontar a un régimen con vocación de dictadura bananera y premiar a los paleros y a los abyectos. Tiempos rudos para el oficio. Como dice La Polla Récords: “Mis colegas quedan, tiraos por el camino, y cuántos más van a quedar. Cuándo viviremos, cuánto tiempo moriremos, en esta absurda derrota sin final” (Ellos dicen mierda, nosotros amén).

22. ¿Has quedado mal con algún editor?

Sí, algunas veces y también he cometido errores editoriales. La única vez que he extrañado en verdad tener un agente literario  o un experto a mi lado capaz de darme un sabio consejo fue en 2017, en Bogotá. Cometí un error, me dejé chamaquear y aún estoy pagando las consecuencias.

23. ¿Te clavas con las series?

Me he clavado con algunas. Creo que las dos mejores que he visto en mi vida son Vikingos y Sons of Anarchy. Matadoras ambas. Breaking Bad también me gustó muchísimo, lo mismo que Peaky Blinders o Marginal. El detalle es que también hay un montón de series prescindibles de las que no he podido pasar de dos capítulos.

24. ¿Lector de tiempo completo?

Por supuesto, lector de tiempo completísimo. Lector omnívoro, lector hedonista, lector aferrado. Escritor he sido a veces, pero lector soy siempre y en todo momento. Cuando a mí me preguntan cuál es mi profesión, les digo que soy un lector que me he ganado la vida como reportero y todo lo demás, cualquier otra cosa,  llegó como consecuencia inevitable.  Ahora bien, hay que ser un auténtico  tlacuache de la lectura. Me gustan los tlacuaches porque comen de todo: frutos, carne, huevos, basura, carroña. Igual los mapaches y los coyotes. No le hacen ascos a nada. Así es para mí el lector ideal, alguien que le entra con fe a cualquier sopa de letras y puede ser tan feliz leyendo un autor de Anagrama,  Sexto Piso o Acantilado como lo es leyendo un best seller  comprado en el súper.  La clave es ser un lector hedonista, leer por puro principio del placer. Leer es un fin en sí mismo, aunque es también un medio. Es el viaje, pero es también el destino. La regla no escrita es que sobre mi buró puede haber obras gourmet en promiscua convivencia con vil chatarra editorial. Un umbral tan amplio de tolerancia acarrea ciertos riesgos inevitables. La probabilidad de tragar textos podridos que inducen al vómito casi inmediato es amplísima, pero acaso el gusanito que mantiene vivo este vicio es la posibilidad siempre latente de encontrar un diamante en la más insospechada piedra de carbón. Por fortuna, en esta adicción no hay reglas inamovibles. De la misma forma que un exquisito producto intelectual de vanguardia puede resultar un bodrio, una novelucha de supermercado sin otro propósito que el entretenimiento puede resultar una agradable sorpresa. Lo único que justifica el vicio literario es el disfrute. Si en lugar de disfrutar sufres, es mejor dejarlo. Lo importante es tratar de liberarse de prejuicios a la hora de empezar a leer y dejar que el texto hable por sí mismo e intente defenderse solo. Si el texto acaba por naufragar será como consecuencia de su lectura y no de ideas preconcebidas. Esta condición de lector omnívoro y promiscuo ha dado lugar a improbables vecindades. En uno de sus Seis paseos por los bosques narrativos, Umberto Eco habla de lectores de primero y segundo nivel. El de primer nivel se interna en un bosque siguiendo un camino que lo llevará a un destino específico. El segundo se interna en el bosque para tratar de entender cómo está formado y por qué unos senderos son accesibles y otros no. En el bosque narrativo, el lector de primer nivel sigue un camino deseando saber cómo termina la historia, mientras que el lector de segundo nivel intenta descifrar la arquitectura y las claves del autor. El misterio no es cómo acaba la historia sino cómo está construida. Como soy un lector hedonista que se interna en el bosque narrativo por puro principio del placer, no suelo hacer, al menos de entrada, demasiados esfuerzos para acceder al segundo nivel. Avanzo en mi lectura sin prisa por terminar o llegar a destino alguno y mentiría si dijera que leo siempre con los ojos del detective que intenta descifrar una clave. Hay quien disfruta y se entretiene viendo al mago sacar conejos del sombrero y hay quien se pasa la función tratando de adivinar dónde está el truquito. Toma también  el ejemplo de los grandes chefs. Anthony Bourdain era capaz de crear los platillos más suculentos e innovadores porque era todo un vagabundo que iba de allá para acá  y lo mismo lo podías ver en un puesto de tacos en Ensenada que en un mercado popular de Tailandia, siempre abierto a experimentar nuevos sabores, igual que la más humilde comida callejera que de los restaurantes más sofisticados. Qué jodido y limitado sería un chef que dijera “yo solo ceno en restaurantes como el Maxims o el Deus Magots y lo que no está a ese nivel no es digno de mí”. Al contrario, un chef se vuelve mucho más creativo  en la medida que explora nuevos sabores y combinaciones.   

 A lo largo de mi vida me he topado con muchísimos lectores selectivos. Hay quienes se ponen en plan de eruditos mamones y te dicen que solo leen clásicos y que después de Shakespeare y Cervantes no hay nada digno de ser comentado. Por el contrario, hay quienes dicen que solo lo ultra moderno los divierte  y que los clásicos y los decimonónicos son soporíferos y aburridos, pastillas para dormir ideales para vejestorios.  Hay quienes se presumen post–todo y se regodean en sus narradores contra culturales de nombres impronunciables, y otros son felices con Stephen King. A mi manera de ver, si eres un lector excesivamente selectivo, tú eres el que te estás perdiendo de algo.

25. ¿Cómo te llevas con las mujeres?

Pues supongo que tan bien o tan mal como me llevo con todas las personas según su carácter, actitud o afinidades, sin importar el género. Solo puedo decirte que me aburren mucho los clubes de Toby y que las reuniones de puros hombres o puras mujeres tienden a ser patéticas. ¿Cómo me llevo con las mujeres? Pues si tomamos en cuenta que llevo más de 22 años de casado y que la persona con la que más convivo,  platico, viajo y escucho música en este mundo es Carolina, entonces puedo concluir que me llevo bastante bien. Hace unos días celebramos mi cumpleaños rolando y catando por el valle vinícola en Ensenada y entonces reparamos en que la primera vez que fuimos a catar vinos fue hace 23 años y así nos hemos pasado la vida, viajando, explorando, tratando de disfrutarla y sonreírle porque ya nos quedó claro que la arena del reloj sigue cayendo y el tiempo se acaba.

Daniel Salinas Basave (Monterrey, 1974).

Es un lector, reportero y narrador de la frontera mexicana. Es autor de catorce libros entre los que hay cuento, ensayo, novela y crónica periodística. Destacan Juglares del Bordo (ganador del Premio Literario Fundación El Libro, convocado por la FIL de Buenos Aires, Argentina). Días de whisky malo (UANL- Tusquets. Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 2014 y Finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez 2017 en Bogotá, Colombia); Bajo la luz de una estrella muerta (FOEM. Premio Internacional Sor Juana Inés de la Cruz 2015); El lobo en su hora (Premio Bellas Artes José Revueltas); Dispárenme como a Blancornelas (Nitro Press. Premio de Cuento La Paz); Cartógrafos de Nostromo (Premio Bellas Artes Malcolm Lowry 2014).  Su último libro es El Samurái de la Gráflex (Fondo de Cultura Económica). El más reciente reconocimiento fue el Premio Santoña…la mar 2020 en Cantabria, España por el cuento “La soledad de la marsopa”. Fue anunciado como becario para la primera Residencia Literaria en la Casa Estudio Cien Años de Soledad con el apoyo de la Secretaría de Cultura de Baja California y la Fundación para las Letras Mexicanas.

Se inició como reportero en el periódico El Norte de Monterrey y fue fundador del periódico Frontera en Tijuana en 1999. Fue enviado como reportero a la Zona Cero de Nueva York en 2001 y fue becario de la Sociedad Interamericana de Prensa en Argentina en el seminario Periodismo de Alto Riesgo, Campo de Mayo, 2008. Dio sus primeros pasos como narrador en el taller de Rafael Ramírez Heredia en la Casa de la Cultura de Nuevo León, y en el taller de la Universidad Regiomontana. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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Un comentario sobre «25 Instantáneas de Daniel Salinas Basave o Mil agravios vengué, cien mil deshice»

  1. Me encantó la entrevista ¡Excelentes todas las preguntas! Y aunque puedo intuir de antemano las respuestas, me vuelve a deleitar leerlas. Recibo artículos de El artefacto con regularidad gracias a mi queridísima amiga Livier. Fue una grata sorpresa encontrar hoy a Daniel aquí.

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