25 Instantáneas de Gabriel Trujillo Muñoz o Soy diamante al que de amor me trata45 min de lectura

/Héctor Alvarado Díaz

1. ¿Eres aventurero?

Sólo en el papel, sólo en la pantalla, sólo en mi imaginación.

2. ¿Qué te puso en el camino de las letras?

Mi madre, al enseñarme a leer desde los cuatro, cinco años. De los funnies, como les decíamos en la frontera a las historietas, pasé a leer la Biblia, el Libro de oro de los niños, las novelas de Julio Verne, Alejandro Dumas, Arthur Conan Doyle y Emilio Salgari. Leer fue mi puerta de salvación aun antes de entrar a la escuela. Mi padre trabajaba como radio-operador de la Compañía Mexicana de Aviación en el aeropuerto de Mexicali y me traía los diarios que llegaban con el vuelo procedente de la ciudad de México. Así podía leer lo que sucedía en el mundo, enterarme de la realidad al filo de las noticias. En aquellos tiempos, hablo de los años sesenta del siglo pasado, en Mexicali había una decena de librerías y recuerdo que empecé leyendo libros de historia y biografías, que son los que más leo todavía ahora. Luego me fui a estudiar la carrera de medicina a Guadalajara y allá empecé a leer novela negra, autores como Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Patricia Highsmith o Ross Macdonald y Rafael Bernal, y ciencia ficción (aunque ya había leído algo de Ray Bradbury y Arthur C. Clarke), en especial escritores como Frank Herbert, Phillip K. Dick, Ursula K. Le Guin, J. G. Ballard, Brian W. Aldiss, Samuel R. Delaney y Robert Silverberg. En fantasía comencé con Lewis Carroll, seguí con Tolkien y su famosa trilogía, y continué con autores como Italo Calvino, Jorge Luis Borges, Dino Buzatti y Kurt Vonnegut. En esos años me interesé también por la literatura hispana y latinoamericana. Desde Juan Marsé a Jorge Ibargüengoitia, pasando por Juan Rulfo, Fernando Savater, Ricardo Garibay o Carlos Fuentes. En poesía fui aún más devorador de poemarios y antologías poéticas. La poesía europea y estadounidense, con autores como Yeats, Auden, Eliot, Pound, Breton, Brecht, Michaux, Hughes, Sexton, Plath, Williams, Cummings, Ginsberg y Celan. En nuestra lengua, prefiero a Vicente Huidobro, Carlos Pellicer, Pablo Neruda, Nicanor Parra, José Gorostiza, Octavio Paz, Efraín Huerta, José Emilio Pacheco, Antonio Cisneros, Blanca Varela y Alejandra Pizarnik, entre muchos otros. Entre más literatura leo más metido estoy en ese cosmos lleno de contradicciones y paradojas que considero mi casa, mi escuela, mi campo de juegos.

3. ¿Cómo te ha caído el encierro?

Yo ya era un ermitaño cuando llegó el confinamiento. El encierro me dio más tiempo para leer, escribir y ver series de televisión. En mi caso, es un estado de vida que he disfrutado desde mucho antes de que se presentara la pandemia. Su impacto ha sido más en el orden de dedicarle más tiempo a la escritura, al esparcimiento, de volverme más disciplinado. En el año que llevamos bajo la sombra ominosa del coronavirus he terminado muchos proyectos que tenía pendientes, he comenzado otros. El problema que veo es que la producción creativa ha rebasado por mucho las posibilidades de publicación de instituciones y casas editoriales por igual. Varios proyectos que esperaba salieran a la luz en 2020, ahora están en espera de tiempos mejores. Pero, como se advierte, los tiempos mejores no van a llegar de inmediato. Y no lo van a hacer a menos que nos pongamos a trabajar para que ocurran.

4. ¿En qué lugar tienes al sentido del humor?

El humor es clave en mi apreciación del mundo y de la vida. Sin él no sobreviviría a las dentelladas de la realidad. Pero en los universos que escrituro, el humor sólo de vez en cuando sale a relucir. Pienso que aparece con más frecuencia en mi narrativa policíaca. En las novelas de la saga de Miguel Ángel Morgado emerge como ironía, como comentario social de la vida fronteriza, como diálogo entre lo que creemos ser y lo que realmente somos como individuos y como sociedad. Creo que el humor es una herramienta poderosa para luchar contra la hipocresía comunitaria, contra el poder en todas sus formas. Celebro la libertad que trae consigo. Puedes detectar a un tirano en cuanto habla de la libertad como libertinaje. Por eso es importante descubrir que en México hay más libertad para reírte de las autoridades que, por ejemplo, en España, donde si criticas a la familia real te mandan a prisión por delitos de lesa majestad. En ese sentido, el humor es republicano o, al menos, en una república puede expresarse sin tapujos, sin medias tintas. El humor, ahora que lo pienso, es el mejor antídoto ante el pensamiento uniforme, la discriminación en todas sus formas, la grisura del mundo.

5. ¿Recuerdas la primera vez que publicaste?

Sí, por supuesto. Mi primera publicación fue Poemas (un título muy original, como ves), que surgió en octubre de 1981. Pero para eso debo contar que, entre 1975 y 1981, estudié la carrera de Medicina en Guadalajara, y a mi vuelta a casa, a Mexicali, a la frontera norte, una de las primeras cosas que hice fue entrar al Taller de Creación Literaria de la Universidad Autónoma de Baja California, que dio inicio en septiembre de 1981 bajo la dirección del poeta Óscar Hernández. Yo era médico graduado, pero mi vocación era la de ser escritor. No como un hobbie, no como una actividad secundaria, sino como el centro vital de mi existencia, el eje esencial de mi proyecto de vida. El taller de la UABC se llenó de gente insatisfecha con la situación cultural prevaleciente, en Baja California, a principios de los años ochenta. Para entonces, la vida fronteriza tal y como la conocíamos hasta entonces se resquebrajaba ante nuestros ojos. No podía ocultarse que el milagro mexicano mostraba sus primeras fisuras y que los anhelos de prosperidad ilimitada estaban topando con pared. Y la literatura iba a ser uno de los tantos instrumentos a nuestro alcance para describir nuestra caída y la caída de nuestros sueños de una mejor cultura, de una sociedad más rica y vital. No sabíamos entonces que la crisis económica del país habría de repercutir en el auge de la cultura fronteriza pocos años más tarde. Lo que sí sabíamos es que queríamos hablar por nosotros mismos desde nuestra generación, desde nuestra juventud, de todas las cosas que nos interesaban. Nos importaba el mundo en sus conflictos tanto como nuestra región en sus problemas. Y el problema que más nos preocupaba era sacar de su estancamiento a la cultura local, que las artes se liberaran del civismo impostado y fueran capaces de ser portavoces de una realidad más compleja que el Brindis del bohemio, más actual que el Nocturno a Rosario. Toda creación que rompía con estas restricciones era considerada como pretenciosa, ajena a un orden social donde el arte era visto sólo como una herramienta educativa, como una diversión burguesa, como un acto social a la altura de un té canasta, de una fiesta de disfraces. Al contrario del sur del país, donde una jerarquía, rígida y escalafonaria, impedía el paso de los nuevos escritores, en Mexicali la vieja guardia de poetas-periodistas de aquella época ni sabía de nuestra existencia. Sin obstáculos a la vista, a los meses de haber regresado a mi ciudad natal, yo ya estaba metido en los vericuetos de editar la primera plaquette del taller que, por azares del destino, era mi primera colección de versos y que se titulaba Poemas. Desde entonces he sido, simultáneamente, un escritor-editor y no he visto ninguna contradicción en ambos términos: como escritor he podido leer mis propios manuscritos con ojos de editor y como editor he entendido a los autores de los libros en que he trabajado como compañeros que enfrentan similares problemas a resolver. Poemas fue posible porque a Óscar Hernández ya le urgía mostrar que el taller de escasos integrantes (éramos cuatro alumnos los fundadores) podía presentar ante las autoridades universitarias una obra impresa, la prueba de que había material suficiente para crear una colección de cuadernos del taller. El mío tuvo el “honor” de ser el primero y, por lo mismo, como carecíamos de recursos para llevarlo a una imprenta, Óscar consiguió que le prestaran un mimeógrafo y logramos sacar tal como estaban escritos y por una sola cara 50 copias de mis textos, los que engrapamos entre Óscar y yo y luego presentamos, muy orondos, en varias lecturas y en distintas escuelas de la Universidad, como el primer cuaderno de taller literario. Las autoridades, al ver aquella “publicación” tuvieron que reaccionar de inmediato y ofrecieron publicarlo de nuevo, editarlo como un libro formal. Yo me negué. Ver Poemas en su modesto formato me permitió comprender que la poesía vale por su contenido antes que por su presentación en sociedad. Pero esa modesta publicación fue mi primer paso en mi trabajo como editor y autor simultáneamente. Mi primer libro impreso, como autor único, sucedió hasta 1983, cuando publiqué Percepciones, otro poemario. En 1985, después de ser el ajonjolí de todos los moles, pues para entonces era productor de programas de radio y periodista cultural, me ofrecieron ser el editor de una revista para académicos, y eso me dio la plataforma laboral para poder escribir sin presiones financieras.

Debo decir aquí que empecé como poeta en los años ochenta del siglo pasado y luego, de los años noventa en adelante, fui agregando libros de ensayos, de cuentos y novelas. Mis primeras novelas, por ejemplo, fueron Mezquite Road (Planeta, 1995), la primera aventura de Miguel Ángel Morgado, abogado defensor de los derechos humanos e investigador privado por su cuenta y riesgo; y Laberinto (ICBC, 1995), una ópera espacial. Como puedes ver a la narrativa llegué tarde, a los 37 años, pero desde entonces a la fecha cuento con más de una treintena de títulos entre libros de cuentos y novelas publicados, entre los que sobresalen los de tema criminal y policiaco. En nuestro país, la novela ha sido, mayoritariamente, un homenaje al pasado tanto como una promesa de futuro; un exorcismo de los fantasmas que, como pueblo, nos acosan: la libertad y la independencia, la injusticia y la rebelión, el centro y la periferia. Lo que queremos ser y lo que aún no somos. Tal es la materia prima de la que se origina la saga policiaca, las aventuras detectivescas de Miguel Ángel Morgado, investigador privado, defensor de los derechos humanos y habitante fronterizo por destino y convicción. Cuando comencé a darle vida y perspectiva a este personaje era la primera mitad de los años noventa del siglo XX. Ya entonces, con su primer caso, titulado Mezquite Road (Planeta, 1995) se perfilaba un escenario caracterizado por la violencia en aumento y por una frontera cada vez más hostil para nómadas y sedentarios, al mismo tiempo que Morgado representaba una mirada externa a la vida fronteriza por haber nacido en Mexicali, pero cuya visión estaba permeada por una larga estancia en el Distrito Federal. Morgado, en sus primeras cinco aventuras que van a ser recolectadas primero en El festín de los cuervos (Norma, Colombia, 2002) y luego en Mexicali City Blues (Norma, 2006, Bellacqua, España, 2007), observaba desde una ambigua lejanía a su ciudad natal y a todo lo que ella representaba para la cultura nacional: una herida abierta, un mundo aparte, el otro México que sólo tiene ojos para los Estados Unidos de América y sus espejismos de fama y fortuna. A medida que Miguel Ángel Morgado se iba aclimatando a la frontera, a medida que iba asentándose en el vasto desierto mexicalense, a unas cuantas calles de la línea fronteriza, su perspectiva va cambiando y lo mismo sucede con los casos que toma para sí o que le caen inopinadamente, casos que lo remiten a un pasado colectivo, a historias ocultas detrás de la historia oficial. Los secretos comunitarios van revelándose como parte esencial de las siguientes aventuras a partir de La memoria de los muertos (Norma, 2007, Bellacqua, 2008). Los casos en que Morgado incursiona sacan a la luz un pasado torcido, oculto, tergiversado para privilegio de unos cuantos. Los crímenes son lejanos en términos temporales pero sus implicaciones llegan hasta nuestros días de formas imprevistas y, en muchas ocasiones, sangrientas e implacables.  Esto puede seguirse en las siguientes novelas de este personaje: la trilogía de Exhumaciones, publicada por la editorial Lectorum: Vecindad con el abismo, Círculo de fuego y Música para difuntos, las tres novelas publicadas en 2014, y la nueva trilogía conformada por Pesca de altura, El rastro del crimen y Pistas falsas, que comenzara a publicarse en 2019, en coedición con la Universidad de Colorado en Colorado Springs y la editorial Artificios, y que espero –Covid mediante– termine por salir a la luz en este 2021. Hoy que lo local es global y que lo propio, lo distintivo de cada pueblo o cultura, es la materia prima para las artes contemporáneas, veo que mi narrativa es parte de esa fuerza: que escribir desde Mexicali, ciudad fronteriza con los Estados Unidos de América, específicamente con California y Arizona: dos entidades que representan, respectivamente, la vanguardia social del último grito de la moda y el paisaje inmaculado del viejo oeste. Y lo que busco relatar es la épica particular de vivir en la periferia de distintos mundos que aquí colisionan, de distintas culturas que aquí se cruzan y se entrecruzan: la hispanoamericana y la anglosajona en especial. La saga de Miguel Ángel Morgado está escrita desde lo que nos es propio: desde nuestra gente y su pasado, desde la vida al filo de la línea entre distintas culturas. Sirve la novela policíaca: para develar los misterios que son parte de mi comunidad, los nudos que nos aprietan con su sed de justicia y veracidad. Yo escribo para no olvidar, para que el pasado siga vivo entre nosotros y nada, ningún abuso, ningún atropello, quede impune para siempre. Mi narrativa es ficción, pero toda ficción es un deseo por cumplir, una frontera por cruzar. Pero también escribo para vislumbrar el mundo que nos aguarda, los tiempos por venir. La escritura lo mismo es remembranza y profecía, recuerdo y adivinanza, andadura y fundación.

6. ¿A qué tiempo te gustaría viajar?

Más que a un tiempo histórico real, me gustaría viajar a los tiempos de la imaginación: a las selvas de la India del siglo XIX, con Sandokan y Yáñez por compañía; al París de Los Miserables de Víctor Hugo para pelear en sus barricadas, al Marte de Ray Bradbury, donde no necesitaría traje espacial para andar por sus desiertos; al planeta Nevada, donde podría  formar parte de la Orden de los Pilotos, según David Zindell lo contara en su novela Neverness; a vivir la vida del anarca junto al historiador Manuel Venator, en la ciudad de Eumeswil, siguiendo la historia relatada por Ernst Jünger; a compartir las aventuras de los cronopios contra los famas bajo la mirada de Julio Cortázar; a recorrer las calles vacías de Luvina y compartir una cerveza con un profesor normalista en una cantina de mala muerte; al reino de Olar, en esa Edad Media que entreteje fábulas y cuentos asombrosos, donde la vida es un relato de nunca acabar, tal y como nos lo mostrara Ana María Matute en su novela Olvidado rey Gudú. Y si a esas vamos, qué tal viajar a los universos alternos que Philip K. Dick nos ofreciera en su novela El hombre en el castillo, donde la historia es siempre una versión distinta, como un caleidoscopio que, con cada vuelta que le damos, nos ofrece una visión nueva hecha con los mismos elementos, una combinación de lo conocido y lo extraño que siempre nos trae una sorpresa, un desenlace imprevisto.

7. ¿La literatura te ha regalado grandes amigos?

Desde luego que sí. En un sentido vasto, me ha regalado a esos amigos entrañables que son los lectores. En un sentido más restringido, me ha proporcionado vínculos con gente que, coincidiendo o no en gustos y creencias, compartimos el asombro de la literatura, el camino del arte, la curiosidad por la historia. Con ellos y ellas he labrado un diálogo fructífero, un espacio de convivencia, una amistad hecha a base de respeto y admiración. Con muchos de estos amigos he trabajado en revistas que van de Travesía a la Revista Universitaria, de El Oficio a Trazadura, de Yubai a Pórtico. Con muchos de ellos he levantado proyectos editoriales como Binational Press y New Borders, que han sentado las bases para el conocimiento y la crítica de la literatura fronteriza a ambos lados de la línea internacional. Pero en el mundo literario, como en la vida misma, las amistades son un bien mayor, un puente inquebrantable para mediar entre lo que eres y el propósito de mantenerte fiel a la escritura creativa, leal a tus imaginaciones e investigaciones para concretar una obra que puedas llamar tuya, una cultura que podamos llamar nuestra.

8. ¿El Covid será un tema literario?

De las tragedias siempre salen obras literarias. Y de las enfermedades contagiosas se alimentan las crónicas de desastres, las narraciones catastrofistas. Pienso en el Decameron de Bocaccio o en La peste de Albert Camus. Son buenos temas para pensar en la condición humana, para contar nuestro sufrimiento lo mismo que nuestra terquedad para resistir la adversidad, para superarla. Y no hay que olvidar las novelas apocalípticas, que de seguro van a abundar a partir de esta pandemia. Para nosotros, para los seres humanos del siglo XXI, el futuro se oscurece más de lo que ya estaba, el horizonte del porvenir se oblitera, se hace pedazos. Pero esas circunstancias hostiles son el mejor carburante de la imaginación creadora, su mayor impulso.

9. ¿Qué puerta abrió la ciencia ficción?

Desde que Mary Shelley fundara esta narrativa, la ciencia ficción nos permitió ver las consecuencias de nuestros actos, las rutas que podíamos tomar en la evolución humana, los monstruos que íbamos a crear para cumplir con nuestros más caros anhelos y ambiciones. Nos hizo ver que el conocimiento tiene efectos devastadores si no nos hacemos responsables de lo que estamos inventando: sea la dinamita o los viajes por el tiempo, la radioactividad o las inteligencias artificiales, el nuevo orden social o la vigilancia permanente. De adolescente, a los 14, quince años, ya había leído muchas novelas de ciencia ficción que eran aventuras hacia mundos maravillosos, historias de invenciones increíbles, como ir a la Luna o indagar el fondo del mar. Pero fue Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, la primera obra que me hizo advertir que en el seno de mi propia sociedad había las semillas del totalitarismo, que en la propia industria del entretenimiento estaban las raíces de la paranoia política que deseaba la uniformidad sobre la diversidad, la seguridad sobre la libertad, el consumo sobre la crítica. Aun ahora, cuando tantos gustosamente proclaman la muerte del libro o de la literatura, sigo creyendo que formo parte de un grupo de personas que guardan en sí la memoria escrita de la humanidad, que van a rescatar del olvido –y de la banalidad prevaleciente en sus modas efímeras– un trozo de lo que somos: tal vez un poema de hace mil años, tal vez un relato de la vida que hoy llevamos. Que escribir es mantener la esperanza, salvar tu identidad, rescatar el pasado para que ilumine el futuro. En estos tiempos tan oscuros cualquier luz es bienvenida. Y la luz de la ciencia ficción definitivamente es una luz poderosa, que brilla mejor entre más difíciles son nuestras circunstancias de vida, que nos muestra las posibilidades que tenemos por delante, las maravillas y desastres que construimos por propia mano desde nuestro aquí, desde nuestro ahora. Mucha gente olvida –o no se da cuenta– que la ciencia ficción no habla del futuro tanto como habla de nuestro presente, del presente en que cada autor de este género imagina y escribe.

10. ¿Has entrado al laberinto de la política?

Una vez estuve a punto. En el año 2000 quisieron nombrarme director o jefe del programa de Tierra Adentro. Dije que sí y a los días dije que no. No era lo mío. El factor principal por el que acabé rechazando el puesto fue doble: el que muchos colegas aparecieran de la noche a la mañana para ponerse a mis órdenes, para decirme que siempre habían sabido lo buen escritor que era, hasta un periódico me nombró personaje cultural del año, pero no lo hizo porque haya publicado un libro o por mi trayectoria como escritor, sino porque había conseguido chamba de funcionario federal. Ese ambiente de reverencias y simulaciones me repelió, me hizo entender que yo no servía para eso. Pero la segunda razón fue la más importante: iba a perder tiempo como administrador frente a mi tarea como escritor. Y para mí esto era –y sigue siendo– esencial. Sin la escritura no tendría sentido mi vida. Sin la creación no sería yo mismo.

11. ¿De repente no te hartas?

¿Hartarme de qué? ¿De la vida en sus torbellinos y percances? ¿De la sociedad en que vivo y trabajo? Para eso tengo la poesía y el ensayo. ¿De los abusos e injusticias que ocurren a diario? Para eso tengo la narrativa policíaca. ¿Del futuro que nos espera desde la perspectiva de aquilatar nuestra realidad y extrapolarla al porvenir? Para eso tengo la ciencia ficción. ¿De los mundos que nos rodean más allá de la simple materialidad? Para eso tengo la fantasía. ¿Cómo puede uno hartarse teniendo tantas cosas por crear, tantas historias por contar, tantos poemas por cantar, tantos libros por leer?

12. Cinco músicos de tu ronco pecho.

Soy poco dado a los músicos individuales a menos que sean clásicos:  Johann Sebastian Bach, Amadeus Mozart, Franz Liszt, Igor Stravinski, Silvestre Revueltas, para empezar. Giacomo Verdi y Kurt Weill en ópera, Nina Simone en soul, Miles Davis, Keith Jarrett y Jan Garbarek en jazz, Bob Dylan, Patti Smith, Marianne Faithfull y Nick Cave en rock, Karlheim Stockhausen y Gyorgy Ligeti en música electrónica. De los músicos que he tenido el honor de escuchar en vivo me decanto por Leonard Cohen, Paul McCartney, Joan Manuel Serrat y Cesaria Evora. Pero si hablamos de bandas es otra cosa. Me quedo con The Beatles, The Who, Jefferson Airplane, King Crimson, Yes, Led Zeppelin, Renaissance y Hooverphonic. Y si insisten, con The Clash, New Order, Midnight Oil, Fleet Foxes, The Flaming Lips y un larguísimo etcétera. Por eso prefiero mencionarte mis discos favoritos:

Village Green Preservation Society (1968). Desde que descubrí este disco de The Kinks, veinte años después de su aparición, no puedo dejar de tocarlo. Su visión aldeana, pastoral, nostálgica me sigue pareciendo el punto de partida de todo lo que he hecho por el arte y la cultura regional: “Hay que cuidar las viejas formas para ti y para mí, hay que proteger las nuevas formas para ti y para mí”. Porque seamos justos, ¿Quién no quiere conservar al Pato Donald, al Doctor Moriarty y a la mermelada de fresa?

Mediterráneo (1971) de Joan Manuel Serrat. Lo considero el disco de madurez de este cantante catalán. Su lección es básica: canta a lo que eres, al lugar que te alimenta desde niño, a las pequeñas cosas que te dan identidad. Para Serrat era el Mediterráneo. Para mí fue Mexicali, su pueblo y su desierto. He aquí el sentimiento de arraigo expresado de una manera veraz, sin cursilerías, sin soberbia.

Close to the edge (1972) del grupo Yes. Me sigue pareciendo la mejor obra del rock progresivo, esa música de románticos irredentos que usaban instrumentos electrónicos futuristas para crear baladas medievales, cuentos de magia. Por eso su cercanía con la fantasía épica y la ciencia ficción. Una mezcla afortunada para viajar sin salir de casa. Un paseo por territorios desconocidos, donde todo puede suceder.

Horses (1975) de Patti Smith y London Calling (1979) de The Clash. Ambos son un regreso al ruido y a la disonancia como impulsos creativos. Son el augurio y la culminación del punk como movimiento contestatario. Ambos discos me enseñaron que lo simple, lo directo y lo brutal también son poesía, que expresar tu entorno es tan importante como cantar tus fantasías.

Rosenfole (1989) de Agnes Buen Garnás y Jan Garbarek. Ir a las raíces, volver a los cantos ancestrales, tomar los ritmos de otras eras y transformarlos en música contemporánea. Agnes, la cantante noruega, y Jan, el músico de jazz, crearon una música hipnótica asentada en las cosas esenciales. El arte como una ceremonia comunitaria donde las palabras son invocaciones, ritos de trascendencia, conjuros para crear nuevas realidades. La voz humana como un laberinto para iniciados, como un glaciar donde el tiempo nos resguarda.

Peggy Suicide (1991) de Julian Cope. Para muchos 1991 es el año de Nirvana. Para mí lo es de Julian Cope, músico británico. Peggy Suicide, como disco doble, es tan importante como el álbum blanco de los Beatles, Tommy de The Who o The Wall de Pink Floyd. Un monumento a una visión personal que no acepta seguir ninguna moda o atenerse a ninguna nostalgia. Un rock distorsionado que celebra el estar vivo en el mundo, que asume lo marginal como bandera de combate. Sin Julian Cope, qué aburridas hubieran sido estas últimas décadas, qué convencionales.

Halfway to Fivepoints (2008) y Leaving on the Mayday (2009) de Anna Ternheim, la cantante sueca. Música que te lleva por caminos oscuros, por praderas donde sólo queda la luz de la memoria encendida en nuestros ojos. Un mundo donde todo es encrucijada, donde nada sobrevive por mucho tiempo. La música de Ternheim es una experiencia visceral del amor y su rechazo, de la vida que tritura sin dejar nada a salvo: “Como la ola que golpea las rocas/Y cuando pasa miras su destrozo,/Sólo hasta que la oscuridad se marcha/Podrás saber qué tienes roto, qué no.”

Hooverphonic With Orchestra Live (2012) de Hooverphonic. Si quito los discos clásicos en vivo, como los de Miles Davis, Nina Simone, Jefferson Airplane, The Who, Deep Purple, Pink Floyd o los Rolling Stones, me quedo con este concierto, en el Koningin Elisabethzaal, del grupo belga Hooverphonic, que incluye versiones supremas de sus canciones más memorables (Club Montepulciano, Jackie Cane, Mad about you, Anger never die o The night before). Es el encanto musical de la melancolía más alegre que conozco, de la tristeza en plan de fiesta continua. La voz de Noémie Wolfs es irresistible: sirena de satín en un mar de vinagre. Pero si agrego las grabaciones clásicas en vivo debo incluir Live At The Carnegie Hall (1976) del grupo de rock progresivo Reinassance. Algunas de las canciones que interpreta esta banda, con la voz épica de Annie Haslam, como Ocean Gypsie, Ashes Are Burning y Carpet of The Sun, siguen pareciéndome lo mejor que este género ha producido hasta ahora.

Magical Mystery Tour (1967) de The Beatles. Concluyo con el disco más antiguo de todos: el viaje mágico y misterioso del cuarteto de Liverpool. Escucharlo a más de medio siglo de distancia sigue siendo un gozo indeleble, incapaz de apagarse ni siquiera en los peores días. Una música que no puede contener su optimismo incluso en tiempos difíciles. Sus canciones conforman una luz vital que permanece encendida entre las sombras del mundo. Una luz festiva, experimental, afable que da calor al que se acerca a ella, que alivia los males y nos pone a bailar por puro placer. Porque al final de cuentas, eso es la música: un ritmo para acudir a su llamado, una invitación para danzar sin interrupciones, una zarza ardiente en medio de la nada.

13. ¿Qué otras artes acompañan tu vida?

Las imágenes en movimiento, sean cine o series. Mis películas favoritas son: 2001: una odisea espacial (1968) de Stanley Kubrick. Me encanta su visión épica del porvenir, la extraordinaria fuerza del viaje que nos presenta. El universo nos pertenece, aunque ya otros lo habiten. El cosmos nos abre sus puertas, aunque nos devuelva a nuestros orígenes. Las ideas de Kubrick son las ideas fundamentales de la ciencia ficción clásica: el encuentro con alienígenas, la travesía espacial, la relación hombre/máquina y la evolución de las especies. 2001 las responde con las piezas de Strauss y Ligeti resonando en nuestros oídos, con cada una de sus imágenes perfectamente coreografiadas. Estamos ante la música de las esferas, ante la danza de los astros. El viaje es lo único que importa. Como en el cine. La mejor secuela de Fantasía (1940) de Walt Disney es 2001: una odisea espacial de Stanley Kubrick. Y el más obvio protagonista de esta cinta siempre es el ojo: abierto, curioso, escrutándolo todo. Queriendo siempre más.

Walkabout (1971) de Nicholas Roeg. Cinta británico-australiana, la contemplé en el cine California 70 mientras escapaba de los calores de mi tierra. Era una película de relleno en una función doble de fin de semana. En aquellos días, los filmes de gente que se perdía en el desierto estaban de moda. Tal vez por ello los distribuidores mexicanos la pusieron como una cinta más de aventuras. Así la fui a ver. Este filme narraba una historia demencial situada en Australia: un padre típico, de clase media, lleva a sus dos hijos, un niño y una adolescente, a un picnic en una zona desértica, alejada de la civilización. Allí intenta matarlos y al no conseguirlo, se suicida. Los hijos buscan regresar a la civilización y casi mueren atravesando las tierras áridas, pero son salvados por un aborigen australiano, que sabe vivir en los arenales porque saca lo mínimo necesario para subsistir. No lucha contra el calor, sino que lo asume como parte de su vida, de su destino. Al final estamos en un edificio de departamentos. La hija adolescente prepara la comida para alguien. En un momento determinado se detiene frente a la ventana de la cocina y mira el horizonte repleto de edificios. Parece como si mirara más allá de ellos y viera un horizonte más amplio, un sol más profundo. Walkabout hizo tambalear muchas de mis presunciones y certezas sobre ser hijos del desierto cuando, en realidad, vivíamos dándole la espalda.

The Devils (1971) de Ken Russell. En Guadalajara, donde estudié la carrera de Medicina, fui por vez primera a los cineclubs, donde pude ver las obras de directores como Ingmar Bergman, Robert Bresson, Akira Kurosawa, Agnés Varda o Andrei Tarkovski. Recuerdo el impacto que tuve al ver The Devils (1971) de Ken Russell, tanto que me quedé en la sala hasta que la pasaron de nuevo. Supe en esa tarde lluviosa que estaba enamorado a morir de la actriz Vanessa Redgrave y que la historia de un caso de histeria colectiva en un convento de la vieja Europa era el preludio de una represión religiosa sin par, el cuento tantas veces repetido de que los disidentes, los que no piensan igual que la mayoría, acaban en el patíbulo. El estilo de Russell es desquiciante, absurdo, fantasmagórico. Contiene elementos reconocibles de la pintura del Bosco y pinceladas psicodélicas que critican el poder religioso con furibunda puntería. Pero a este director británico le importa más seguir a sus personajes hasta el fondo, hasta el infierno que ellos mismos se hacen con propia mano. Se deleita en su caída, en su derrumbe. Más de Montaigne que de Shakespeare hay en esta película inhumanamente humana. Corazón de las tinieblas que el placer bendice, que el poder impulsa. El arte, para Russell, es exceso, es desvarío. Una transfiguración que, en su prodigio, es efímera, dura poco, pero cómo brilla al paso del tiempo, con cuánta fuerza nos alumbra.

Stalker (1979) de Andrei Tarkovski. El cine que Tarkovski, el cineasta ruso, propone no cuenta una historia: sigue el trayecto de un periplo. Obra cerrada en sus propios misterios. Enigma sólo descifrable a golpes de iluminación. Pienso en la escena del tren que toman los viajeros que incursionan, clandestinamente, en la zona prohibida. Cada uno ensimismado en sus pensamientos mientras el paisaje pasa junto a ellos como una mancha borrosa. Vemos sus caras, su desesperación esperanzada, y sabemos que ellas son un reflejo de nuestros rostros de espectadores. ¿De qué se trata esto? ¿A dónde nos conduce? Al final, si tenemos la paciencia necesaria, sabremos la respuesta. ¿La respuesta? Está en tus ojos, en tu mirada que ve el mundo que pasa y pasa y sigue pasando. Interminablemente. Interminable mente ansiosa de un propósito, de una causa. La historia humana como un río de sangre, como una civilización hundida en su propia desmemoria. La metralleta y el santo Grial son, en las aguas del tiempo, discursos paralelos, la otra cara del milagro. Para Tarkovski el futuro es un simple residuo del pasado; una capa superficial, plena de artificios tecnológicos y soberbia racionalista, sobre una condición humana herida, miserable, ansiosa de redención. El hombre que explora zonas prohibidas (como en Stalker) no anda buscando otra cosa que recuperar su propia alma, que volver a encontrar la unidad perdida en el fango del mundo.

Hayao Miyazaki. Desde Nausicaä del valle del viento (1984) hasta El viento se levanta (2013), el cine de Hayao Miyazaki, el maestro de la animación japonesa, me ha mantenido fascinado y en vuelo. De toda su obra me decanto por tres de sus películas: Laputa. La ciudad en el cielo (1988), La princesa Mononoke (1997) y El viaje de Chihiro (2001). Aquí, creo, se encuentra el núcleo fundamental de su visión del mundo: paisajes de una gran belleza asediados por la destrucción humana, bosques donde los últimos espíritus de la naturaleza sobreviven, travesías para recuperar el tesoro de nosotros mismos aunque tenga otro rostro o lleve otro nombre, luchas por el poder frente a luchas por darle significado a nuestras vidas, por ofrecerle sanación a nuestro tiempo. Y junto a estas tramas hay una perspectiva de la realidad siempre en movimiento: nubes, praderas, niños, mujeres guerreras, dioses de la vigilia ocultos en plena modernidad. El universo de Miyazaki tiene el equilibrio perfecto, la luz más hermosa que conozco. Es la confirmación de que es posible hacer, aunque los demonios anden sueltos, el paraíso en la tierra, el edén en el cielo. Cine de milagros empeñosos, de prodigios sublimes, donde podemos volar con los ojos bien abiertos, formar parte de los portentos de la naturaleza.

Los espigadores y la espigadora (2000) de Agnés Varda. ¿Qué es el cine? Una colección de imágenes. Una manera de ir tramando una historia con ciertos personajes, con determinados escenarios. El público de cine pide a sus creadores que reúnan esas visiones y les den coherencia, sentido, propósito. Una narrativa personal. Agnés Varda, como la extraordinaria directora francesa que fue, nos muestra que hay una gran semejanza entre el que levanta una cosecha y un autor del séptimo arte: en ambos casos su trabajo es encontrar los frutos valiosos, seleccionarlos para otros. Hacer cine es ser un buen recolector de instantes que, en conjunto, son mejor que la suma de sus partes. Este documental, relatado en primera persona, nos recuerda que la vida misma es la película que cada uno de nosotros cuenta para sí y para los demás. Un relato llamado humanidad.

Ahora bien, mientras veo las series que la televisión e internet ponen a nuestra disposición, tengo que aceptar que estamos viviendo una nueva edad de oro de la televisión, una era llena de historias de grandeza y poderío en todos sus géneros y estilos. ¿O de qué otra forma pueden describirse series criminales y policiacas como The Sopranos, Beck, The Wire, Wallander, Justified, Longmire, Fargo, Bron/Broan, Peaky Blinders, Luther y Happy Valley; dramas históricos como Band of Brothers, Vikings, Foyle´s War, Mad Men, Rome, 1864 y The Crown; series políticas como House of Cards, Cobra y Borgen; y series de fantasía y ciencia ficción como Game of Thrones, Westworld, The Witcher, Raised by Wolves y The Expanse?

14. ¿El colapso del planeta es inevitable?

Lo es si la especie humana sigue siendo la plaga mayor del mundo. Nuestra codicia le gana a cualquier intento de autopreservación.

15. ¿Qué te hace feliz? ¿Qué te hace llorar?

Me hace feliz leer. Me hace feliz escribir. Me hace feliz respirar sin dificultades. Me hace feliz tomar una taza de café. Me hace feliz encontrar un dato curioso en una vieja publicación.

Me hace llorar la vida propia, el dolor ajeno.

16. ¿Atesoras tu soledad?

La atesoro desde que tengo uso de razón. Soy hijo único. Y si a eso añado que fui un niño asmático, que en mi infancia y adolescencia pasé muchas noches en vela tratando de respirar, con un tanque de oxígeno a mi lado, en una cama de emergencias del hospital, debes entender que tuve que resistir la desesperación de esas horas interminables hasta que llegaba el amanecer y la situación se normalizaba. En esas circunstancias sólo tenía mi propia imaginación para resistir el miedo, para imponerme a la cercanía con la muerte. y allí aprendí a vivir en soledad, a negociar con mis angustias y pesares mi vida interior, mi pánico interno. Mi soledad es una fortaleza que me mantiene siempre alerta, que me da ánimos, que me sostiene en todo tiempo y lugar.

17. ¿Has andado en malos pasos?

Si hablamos de una actividad que hace daño a los demás como a uno mismo, diré que tengo un buen radar para no meterme en líos, para captar el peligro, aunque venga disfrazado de tendencia de moda, de empresa altruista. Por otro lado, siempre he evitado la jauría, ese anhelo de pertenecer a un culto, una religión, una causa sagrada. En ese sentido, no soy seguidor de nadie, guía de ninguno.

18. ¿En qué momento dejas de revisar y corregir un libro?

En el momento en que las últimas correcciones lo empeoran. Acostumbro terminar una novela, por ejemplo, y la dejo descansar entre unos días y unas semanas. Vuelvo a ella y la releo como si fuera de otro autor. Le cambio cosas, intento mejorarla, darle coherencia, si la necesita. Y llega un momento en que editarla más sólo la disminuye y allí me detengo. En la poesía ocurre lo mismo. Debes contar con una cierta intuición para equilibrar al creador que eres con el crítico que llevas dentro.

19. ¿Las bibliotecas son una filial del Paraíso?

No tanto las bibliotecas. En México, las bibliotecas funcionan como anexos escolares y por eso he hecho de mi casa una biblioteca a la medida de mis necesidades y requerimientos. Creo, más bien, que las librerías son filiales del Paraíso. El acto de entrar a una librería y ver qué sorpresas me salen al encuentro no puede compararse a comprar en línea. El azar es parte fundamental del gozo de explorar sus estantes, de perderte entre sus alteros de libros. Nunca he salido de una librería sin haber hallado un libro que no esperaba, una obra que me llamaba a leerla por su sorpresiva presencia.

20. ¿Wiski, vino, cerveza?

Ninguno de los tres. Vodka. Y siendo mi bebida favorita el café, diría que el kahlúa.

21. ¿Has estado cerca de alguna guerra?

Visto el concepto de guerra en una forma amplia diría que en dos: la guerra contra los migrantes en la frontera y la guerra de la violencia criminal de la que tantos somos testigos involuntarios. En ambas, lo que descubres es que la sociedad en que vives cuenta con conflictos que nunca concluyen. El migrante extranjero es un blanco fácil para echarle la culpa de nuestras inseguridades sociales, de nuestros miedos colectivos, de nuestros tropiezos como nación. Son un espejo de lo que somos, pero no queremos reconocer: una comunidad en fuga que huye al otro lado y que ve a los centroamericanos como una competencia para los trabajos que aún no tenemos, para las oportunidades que aún no conseguimos. Llamarlos delincuentes es otra forma de mordernos la lengua. Los migrantes pagan los platos rotos de nuestra propia ceguera. Son los chivos expiatorios que los poderosos usan para espantar a la sociedad que se escama de todo, que no tiene más noción del mundo que su círculo de amigos en internet, ni más explicación de la realidad que un complot. Tenía razón el poeta salvadoreño Pedro Geoffroy, un migrante que llegó a Baja California a mediados del siglo XX: “Alejándome voy de dura tierra/Y hacia otra dura tierra me encamino”. Al paso del tiempo, los migrantes centroamericanos, especialmente los que aparecieron en caravanas de 2018 en adelante, son ya parte del paisaje urbano de Baja California. Por más multitud que sean, se transforman en lo mismo que los migrantes mexicanos, chinos, japoneses, hindúes, españoles, sudamericanos y haitianos se convirtieron antes que ellos: en elementos esenciales de nuestra comunidad. Un condimento más para el caldo fronterizo. Un nuevo sabor que se añade a la cultura norteña. Eso es la migración al final de cuentas: un acercamiento mutuo, una adaptación entre nativos y foráneos. De ella se nutre nuestra sociedad. Con ella se forja nuestro destino. Por más odios que conciten, por más protestas que provoquen, los migrantes son la sangre fresca de una comunidad en flujo continuo, en cambio permanente. Sin ellos, la frontera se habría petrificado en usos y costumbres hace mucho tiempo. Sin ellos, la frontera sería tan provinciana como el resto del país.

En el caso de la guerra por razones criminales, sólo quiero señalar que si uno indaga en la  historia de Baja California, ésta ha sido vista, al menos en la historia oficial, como una marcha de progreso en la domesticación de la naturaleza, pero en realidad es algo muy distinto, pues en nombre de tal idea de progreso se han exterminado grupos indígenas, se ha combatido a los revolucionarios que pedían derechos humanos en esta región del país, se han explotado nuestras riquezas naturales sin importar su exterminio en nombre de la codicia de políticos y empresarios que, en nuestra entidad, casi siempre son los mismos. De esta depredación permanente, de este desfile continuo de violencia e impunidad, de brutalidad y corrupción galopante, viene ese discurso triunfalista de desarrollo económico, sin mencionar nunca el costo en vidas humanas, en destrucción de ecosistemas que conlleva. De esta forma, podemos ver que no importa si estamos en el siglo XVIII o en pleno siglo XXI, la violencia parece seguir siendo la marca indeleble de la vida en Baja California, sobre todo para quienes quieren difundir la otra cara de nuestra entidad: la oscura, la agresiva, la impune. Esto es: para los historiadores críticos, que son la minoría, y para los creadores que prefieren mostrar las heridas y cicatrices del cuerpo social fronterizo que pasarse alabando a los prohombres de la entidad con murales, poemas, esculturas o conciertos.

22. ¿Las migraciones cambiarán la faz del mundo?

Desde que existen la han cambiado. Los supuestos bárbaros que invadieron el imperio romano eran migrantes. Los occidentales que llegaron a América, trayendo la barbarie de la cruz y la espada, eran migrantes. Los mexicanos que colonizaron el norte mexicano eran migrantes. Baja California es una entidad creada por migrantes que decidieron quedarse a vivir de este lado de la frontera con los Estados Unidos. Mi madre aún dice: me gustan los Estados Unidos para ir de compras, no para vivir.

23. Difícil: cinco libros que te llevarías a una isla desierta.

El libro es una manera de avisarle a los demás que, si lo estás leyendo, no te molesten, que prefieres compartir el tiempo con el capitán Nemo o con los hobbits de Tierra Media. Una pausa en medio del mundo contemporáneo, una mirada crítica de la realidad que te rodea con su estruendo. Una actitud silenciosa y alerta al mismo tiempo. Una manera de ser humano desde la experiencia en cabeza ajena, pero que termina siendo tu propia experiencia, tu propio mundo. Y es que leer ha sido para mí, desde que era niño, un acto de comunión con la riqueza cultural de la humanidad en todas sus formas y discursos. Aquí pongo los libros que me llevaría a cualquier lugar aislado, sea una isla o un confinamiento:

Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Lo leí a los 15 años y me hizo hacerme crítico de la realidad social y política de mi entorno. Por él sigo siendo un defensor del libro como receptáculo del conocimiento humano, y del ser humano como memoria de la especie. Cada vez que veo una censura o quema de libros (no importa quién la lleve a cabo), sé que estoy en el lado opuesto, defendiendo la libertad de decir lo que nos plazca, de leer la vida para seguir siendo humano.

Dune de Frank Herbert. Esta obra épica me ayudó a comprender que el desierto es tierra de ficciones y espejismos, que el desierto contiene muchas riquezas invisibles, que habitarlo es una ordalía y una oportunidad de poner a prueba tu voluntad de supervivencia. En definitiva, me dio las herramientas conceptuales para escribir desde el desierto, desde su luz implacable, desde su nada llena de todas nuestras esperanzas y quimeras.

El mar de las Sirtes de Julien Gracq, una alegoría del poder, del orden impuesto y la vitalidad juvenil; una novela que habla de las cosas en decadencia y de las fuerzas que rompen con la inercia del mundo. Sólo comparable al ciclo de hielo y fuego de George R. R. Martin, El desierto de los Tártaros de Dino Buzatti y Paises imaginarios de Ursula K. Le Guin. Un relato depurado, cruel y universal. Imperios otoñales que el animé japonés (Hayao Miyazaki) han vuelto a poner en el centro de nuestros sueños y quimeras.

Las ciudades invisibles de Italo Calvino. Lo compré en Guadalajara. Estaba publicado por la mítica editorial Minotauro de España. En Calvino descubrí la mirada de asombro que sólo había descubierto en las literaturas grecolatina y oriental con idéntico vigor visionario. Como pocos, en este nuevo relato de las mil y una noches, ahora vuelto las mil y una posibles ciudades de la imaginación contemporánea, Calvino había tejido un tapiz de historias que sentía cercanas porque era, por entonces, hijo de dos ciudades, viajero entre opuestas realidades. Sólo comparable a las novelas anarcas de Ernest Junger y, del lado realista, a ese libro de cuentos maravillosos llamado El mar color de vino de Leonardo Sciascia. Vertiginoso.

Noches áticas de Aulo Gelio. Un compendio de todo y de nada. Un paseo por los beneficios de la leche materna y los estragos de las bebidas embriagantes, las noticias de lugares lejanos y los escándalos de corrupción en plena Roma imperial, los rumores en la plaza pública y los tropiezos de la gente célebre, los prejuicios contra los extranjeros y las diversiones públicas, los vaticinios sobre desastres por venir y el oscuro pasado de las familias pudientes, las normas de conducta y las ridiculeces de los famosos. Nada que difiera de lo que hoy compartimos y comentamos. El mundo rueda y, sin embargo, sigue siendo el mismo. La humanidad progresa y no deja de ser la tribu que platica frente a la hoguera, que cuenta lo que sabe e imagina, lo que odia y apetece. Por más modernos que nos creamos seguimos siendo primates chismosos que queremos saber todo sobre el vecindario en que vivimos, sobre la gente con la que convivimos. Hay quienes, sobre todo eso lectores que exigen coherencia y profundidad, que pretenden escritos monográficos que no se pierdan en disquisiciones inútiles, vieron en sus Noches áticas una antología sin pies ni cabeza sobre cuestiones insignificantes, y a su autor lo consideraron como un simple repetidor de fragmentos de obras que expoliaba sin ton ni son, como un recolector de ideas ajenas que revolvía con su prosa hasta ponerlas al nivel del público en general. Pero es precisamente su estilo fragmentario, que pasa de un tema a otro sin detenerse, que salta de un comentario sobre la moda de su tiempo a recordar un episodio mitológico y de ahí a criticar un careo judicial, lo que hace de Aulo Gelio un autor que habla por nosotros. Se podría decir que su falta de atención es actualmente su mayor mérito literario. Como la gente que hoy anda en las redes sociales, lo impactante de su escritura es que nunca se está quieta, que la menor noticia que le llega la husmea, la interpreta, la critica y la comparte. Gelio ve a la sociedad romana como si estuviera expuesta en un gabinete de curiosidades, en un puesto del mercado: a la vista de todos. Y eso lo entusiasma, lo impulsa a escribir, lo hace uno de los nuestros. Por eso lo llevaría a una isla desierta: para recordarme todo ese zumbido voraz del enjambre humano que estaré, gustosamente, abandonando, perdiéndome por propia voluntad.

24. ¿Te involucras en la vida cultural?

Si vida cultural te refieres al asistir a eventos –inauguraciones, presentaciones de libros, encuentros, festivales, etcétera–, desde hace años que, si puedo, lo evito. Cierto que ahora, con la aplicación de zoom, puedo estar en contacto con la comunidad artística sin perder la distancia, sin dejar de ser el puercoespín que soy. Pero si te refieres a estar al tanto de lo que pasa en la cultura de mi entidad, de México o del mundo, sí le presto atención, veo las tendencias, los conflictos, las discusiones. Pero en la cultura mexicana prevalece aún el lastre del centralismo. Eso hace que buena parte de los temas predominantes sean los que importan en el centro del país y no a lo largo y ancho del mismo. Cuando leo sobre literatura mexicana, mucho de lo que se menciona no sale de ese entorno limitado. O se habla de las letras nacionales y se deja fuera al 70 por ciento de lo que se escribe y publica en nuestro país. ¿De dónde entonces lo nacional cuando nuestra literatura se reduce a ciertas plazas, a ciertos grupos literarios?

25. ¿Qué escribes ahora?

Estoy reescribiendo dos novelas: la primera es un western con un cierto guiño a la literatura criminal del siglo XIX y la otra es una fantasía épica al estilo de mi trilogía de Thundra: Orescu. Y estoy revisando una cuatrilogía de ensayos sobre los pioneros de las artes en Baja California: creadores de las artes históricas, literarias, visuales y escénico-musicales. Y también ando escribiendo un poemario. Verso a verso. Poema a poema.

Gabriel Trujillo Muñoz (Mexicali, 1958)

Ha recibido nueve veces el Premio Estatal de Literatura de Baja California, asimismo, ha sido galardonado con el Premio Nacional de Ensayo Abigael Bohorquez 1998, el Premio Bellas Artes de Narrativa Colima para Obra Publicada 1999, el Premio Nacional de Poesía Sonora 2004, el Premio Binacional de Poesía Pellicer-Frost 1996, el Premio Binacional Excelencia Frontera 1998, el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2005, el Premio Nacional de Novela Vandalay 2005, el Premio de Narrativa Histórica de la Fundación Pedro F. Pérez y Ramírez 2006 y el Premio en Artes 2009 por el Instituto Tecnológico de Mexicali.

Su obra ha sido traducida al inglés, francés, alemán, chino, italiano y japonés. Sus textos han sido publicados por editoriales tan prestigiosas como Gallimard (Francia), Unionsverlag (Alemania), Feltrinelli (Italia), Les Allusifs (Canadá), Ediciones B (España), Lumen (Argentina), Bellacqua, (España), Norma (Colombia), Jus, Planeta, Random House Mondadori, Fondo de cultura económica, Conaculta, UNAM, UAM, UAEM, UACM, UANL, Universidad de San Diego (EEUU), Universidad de Colorado (EEUU), Universidad de Salta (Argentina), Alfaguara, Lectorum, entre otras.

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