25 Instantáneas de Vicente Alfonso o Estás perdiendo el tiempo pensando, pensando9 min de lectura

Héctor Alvarado Díaz

1. ¿Te mueves a gusto entre el cuento y la novela?

Aunque como lector disfruto mucho los dos géneros, me siento más cómodo en la novela. No lo hago por el prejuicio muy difundido de que la novela es más libre, pues estoy en desacuerdo con esa idea. No es verdad que en la novela todo cabe. En una novela cabe únicamente lo que nos ayuda a provocar en el lector el efecto deseado.

2. ¿Eres conspiranoico?

Por lo general, no. Pero con frecuencia recuerdo una frase que Ricardo Piglia atribuye a su padre: “también los paranoicos tienen enemigos”.

3. ¿Se logra más con disciplina?

Por supuesto. La literatura, en específico la labor de narrador, es un oficio que debe asumirse con el mismo rigor que cualquier otro.

4. ¿Encuentras belleza en la sordidez?

No. Pero tampoco creo que la meta de escribir sea siempre encontrar belleza. Al final de su célebre ensayo “El simple arte de matar”, Raymond Chandler responde a aquellos que se escandalizan por ver retratados los peores aspectos de la sociedad en la literatura: “podrá ser un mundo no muy fragante, pero es el mundo en el que usted vive”.  

5. ¿Siempre tienes el control de tus personajes?

Con frecuencia hacen lo que quieren, y esto no se pelea con la idea de planear los relatos, pues, aunque pretenda pastorearlos, no es extraño que me muestren mejores caminos para llegar al destino que les había trazado.

6. ¿Cuentas todo o guardas algo para ti?

Siempre hay que guardar algo, pero no para uno mismo sino para que el lector tenga un espacio para terminar los relatos a su modo. Si en la vida no existen certezas absolutas, en la literatura no tienen por qué existir. 

7. ¿Existe el libro perfecto?

Creo que hay libros que se encuentran con los lectores en cierto momento en que se produce una lectura perfecta. A mí me ha sucedido con Huckleberry Finn, Cien años de soledad, El otoño del patriarca, La noche de Tlatelolco, Pedro Páramo, Conversación en La Catedral, Los días terrenales, de José Revueltas. Tengo también mi colección de clásicos “secretos”, entre ellos: Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez, Song of Solomon, de Toni Morrison, El vértigo horizontal, de Juan Villoro, Un caso de violación, de Chester Himes, Los ejércitos de la noche, de Norman Mailer, El espía que surgió del frío, de John LeCarré, Encuentros en Oaxaca, de Carlos Montemayor y Las viudas de los jueves, de Claudia Piñeiro. Muy recientemente me asombró también Laberinto, de Eduardo Antonio Parra.

8. ¿Coleccionas frases, citas, epitafios?

Buena parte de mi casa está llena de libros que comparto con mi esposa, la novelista y académica Iliana Olmedo. Son libros llenos de subrayados y notas. Tanto Iliana como yo  leemos, como decía García Márquez, con desarmador en la mano para ver cómo funcionan las novelas, los cuentos, las crónicas, y para aprender cómo se hicieron. No es raro que, a las notas de uno, el otro añada su punto de vista. Son conversaciones muy interesantes por escrito. Aunque suene a frase de autoayuda, es cierto que se aprende mucho de Los errores (me refiero a la novela de José Revueltas).

9. ¿Quiénes son tus grandes maestros/as?

Gracias a la Fundación para las Letras Mexicanas pude tomar parte en algunas sesiones de trabajo con García Márquez, que es uno de mis dos autores favoritos. El otro es Mark Twain. Aprendí mucho de Federico Campbell, quien fue muy generoso conmigo y cuya tutela fue decisiva para mí entre los veinticinco y los treinta y cinco años. En la Fundación para las Letras Mexicanas tomé clase con Esther Seligson, aunque decir clase es poco porque aquello eran lecciones de vida. También tomé talleres con Vicente Leñero, con Eliseo Alberto y en Torreón, con Saúl Rosales. Pero además he adoptado a maestros que no saben que lo son: de doña Elena Poniatowska he aprendido mucho, y no pasa año en que no relea una crónica suya que considero perfecta: “Vida y muerte de Jesusa”. A Élmer Mendoza no hay manera de leerlo sin asombrarse de la manera en que hace que la técnica se ponga al servicio de la historia. El final de No todos los besos son iguales, es uno de los mejores cierres que haya leído jamás.

10. ¿Te influyen otras artes?

Sí. No puedo escribir sin música. peor: no puedo vivir sin música. No lo digo mucho, pero estudié un año de la licenciatura en composición musical en la UANL. Como la música, creo que la literatura es cuestión de ritmo y de combinar sonidos y silencios.   

11. ¿Racional ante todo?

Déjame pensarlo.

12. ¿Vives de la escritura?

Por fortuna, sí. Y también para la escritura. Me imagino que es algo parecido a ser boxeador o gimnasta, en el sentido de que son oficios de tiempo completo: no puedes llegar a casa, quitarte el uniforme y olvidarte del trabajo hasta el siguiente día.

13. ¿Cómo comenzaste?

Si te refieres a escribir, no lo tengo muy claro. En mi casa se leía mucho, mi madre y mi abuela leían mucho, de modo que siempre había libros en casa, pero jamás pensé en la literatura como un oficio. Eso vino después, cuando estudié periodismo y me di cuenta de que el periodismo y la literatura son dos caras distintas de la misma moneda.

14. ¿El norte ha sido importante en tu trabajo literario?

Sin duda, y por varias razones: como una tradición, pero también como un contexto. Provengo de una familia de mineros de Parral, Chihuahua, y además de nacer y crecer en Torreón viví un par de años en Mazatlán y otro año en Monterrey. Así que no he abrevado de un solo norte, sino los distintos nortes que coexisten en nuestro país, y más allá de él. También el sur ha tenido su papel. Estaba en el sureste mexicano, en la selva, cuando comenzó el conflicto armado de Chiapas en 1994. Muchos años después me mudé a las montañas de Guerrero, donde pasé dos años que me ayudaron a ver el país desde una perspectiva distinta. 

15. ¿Escuchas música al escribir?

Siempre, y de muchos tipos. Me gusta mucho la Gran Misa en Do Menor, de Mozart, y también escucho los Conciertos de Brandenburgo. Mientras escribía mi primera novela alternaba Stravinsky con La Tropa Vallenata. Otras veces, no pocas, me decanto por St. Anger, de Metallica, o por Dark roots of Earth, de Testament, o por bandas metaleras underground como Atrophy o Defiance. Aunque soy fan de Los enanitos verdes, no puedo escucharlos mientras escribo, porque me entusiasmo demasiado. Lo mismo me sucede con el Piporro, con Lorenzo de Monteclaro, con el gran Pablo Milanés y con la no menos grande Alicia Keys.

16. ¿Se puede confiar en los escritores?

Los escritores somos personas, y en función de eso, supongo que se puede confiar en algunos y en otros no.

17. Vicio o placer favorito.

No soy mucho de placeres, pero dado que crecí en una ciudad conservadora, siempre he pensado que llegué tarde al sexo sin culpa y me estoy empeñando en recuperar el tiempo perdido.

18. ¿Cuál de tus libros te costó sangre?

El que aún no termino, y no es una frase para salir del paso. Luego te contaré por qué. 

19. ¿Nueva normalidad? ¿Había una vieja?

“A todo se acostumbra uno, menos a no comer”, decía uno de los jesuitas que me educaron. 

20. ¿Atesoras la soledad o la compañía?

Ambas. Pienso que son complementarias. No concibo la vida sin mi equipo, que son Iliana y nuestra pequeña hija.  

21. ¿La literatura te viene de familia?

Sí, en la fase de lector. Como te comenté antes, vengo de una familia de mineros. Tarde me enteré, ya con varios libros publicados, de que mi bisabuelo hacía versos y soñaba con ser escritor algún día.

22. ¿Comienzas por el final?

Sí y no sólo en las novelas de estructura policial. Me confieso devoto de Poe, que postula eso en su Filosofía de la composición.  

23. ¿Qué te pone a la defensiva?

Los prejuicios y la incongruencia.

24. ¿Has experimentado la violencia?

Pregunta difícil para ser planteada como instantánea.

25. ¿Te impone el espacio en blanco?

Depende del momento y del proyecto. Como periodista llevo más de veinte años escribiendo una columna semanal, y eso me ha dado la disciplina de escribir haya o no tema. Porque, como nos enseñó García Márquez, incluso la falta de tema es un tema sobre el cual se puede escribir.


Vicente Alfonso (Torreón, 1977).

Proviene de una familia de mineros, fue educado por jesuitas. Es autor de Huesos de San Lorenzo (Premio Internacional de Novela Sor Juana Inés de la Cruz 2015, publicada en español por Tusquets; traducida al italiano, alemán, griego y turco). En 2018 obtuvo el Premio Bellas Artes de Crónica Literaria Carlos Montemayor. Es autor además de Partitura para mujer muerta (Literatura Mondadori–Premio Nacional de Novela Policiaca 2008). En cuento ha publicado Contar las noches (Premio Nacional de Cuento María Luisa Puga 2009). En 2018 ingresó al Sistema Nacional de Creadores de Arte de México. Su labor como reportero y articulista le ha valido el I Premio Iberoamericano de Periodismo Ciudades de Paz, el Armando Fuentes de Periodismo Cultural y en dos ocasiones el Estatal de Periodismo Coahuila. Ha sido becario de la Fundación para las Letras Mexicanas, del Programa de Cooperación Internacional México-EE.UU. y del programa para Creadores con Trayectoria de Coahuila. Vicente Leñero lo calificó como: «Un escritor de altos registros. Desde ahora, será necesario seguirlo y perseguirlo. Es un novelista excelente».

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