Materia oscura: Amor Eterno5 min de lectura

Nancy Murillo

Me integré a un taller de literatura creativa aunque ya me habían publicado un libro de poesías con patrocinador, presentación y todo. Al llegar esa tarde al sitio de reunión, coloqué mi libro ostentosamente sobre la mesa de trabajo y me senté muy oronda frente al coordinador. David lo tomó distraído mientras nos daba algunas indicaciones preliminares, lo hojeó para soltarlo enseguida con displicencia. Miré a mi alrededor. Los compañeros escuchaban con atención. Entendí que eran experimentados talleristas y amigos entre sí.

Las reuniones son los sábados de tres a siete de la tarde, con copia de tus textos para cada uno de nosotros —me dijo—, la próxima semana iniciaremos contigo.

Trémula y enrarecida preparé meticulosa mis escritos. Los pulí releyéndolos hasta llegar a la conclusión de que iba a compartir unas verdaderas joyas. El día indicado llegué al taller la primera de todos, cargando además con cafetera eléctrica, vasitos desechables, galletas, canapés y todo lo necesario para disfrutar de una tarde.

En mi exposición desgrané arpegios, suspiros, lamentos hilvanados con amores y tragedias, al terminar, casi me ofendí porque no me aplaudieron. Se hizo un pesado silencio. Descubrí que me acechaban nueve oscuras entidades con expresión de chacal.

Foto: Priscilla Du Preez

David dio la señal para la disección prohibiéndome que hablara.

—Mal estructurado —dijo uno.

—Muy lugar común. Pésima la sintaxis —opinó otro.

—El mayor problema se encuentra en el nivel diegético.

—Ni qué decir del nivel discursivo: grandilocuente, retórico, declamatorio, estos temas han llevado la cursilería hasta sus últimas consecuencias.

Y así continuaron uno tras otro criticando mis poemas. De pronto, la voz serena del coordinador paró aquel barullo.

—En concreto, estoy de acuerdo con todos. Abusas de la adjetivación. El yo lírico tiene que dirigirse a sí mismo o a un tú, por lo tanto, está mal utilizado.  “Nosotros” es un personaje poético de muy mal gusto. Fíjate cómo cortas los versos, cuántas veces relacionas una entidad abstracta con entidades concretas. Al lector se le debe seducir con la palabra sin que se dé cuenta, no lo podemos hacer tonto. ¿Crees que puedan tener impacto estos temas tan inoperantes?

Los sesos me palpitaban tratando de comprender aquello. Todos mis sentidos en estado de alerta y yo seguía sin entender. La sonrisa se congeló sobre mis dientes, las pupilas se coagularon y una notoria palidez inundó mi rostro.

—Ahora ya puedes expresar tus puntos de vista —escuché desde muy lejos, sintiendo que cada sonido caía con pesadez al centro de la laguna aceitosa en que se convirtió mi mente.  No pude articular palabra, estaba demasiado ocupada tratando de contener el ritmo veloz del corazón junto con las enormes olas que me hacía el estómago.

El resto del grupo, a la expectativa.

Respiré hondo, con esfuerzo me relajé, y elegantemente les di una señal a David para que continuaran con el siguiente.

Todo el resto de la tarde lo pasé manejando gracia e indiferencia con un dejo de quien ya tiene callo de tanto ser tallereada. Regresé a mi casa contrita y meditabunda. No volvería jamás.

Foto: Lacie Sezak

Rumiando la desesperanza de mis pensamientos preparé un clamato con cerveza y tequila, me arrellané en la cómoda poltrona de la terraza rodeada de helechos, aspiré el aroma de los geranios y di un primer sorbo que me supo a paraíso. Una luz irrumpió en mi cerebro para sacarme de la depresión:

—¡Cabrones! Lo hicieron adrede. Claro, una persona talentosa pesa demasiado y lo normal es que las masas le hagan el feo. Poco a poco les demostraré que soy raza. Ya verán que les haré competencia.  No hay ningún problema, el mundo es muy extenso, hay lectores para todo, además para eso es una, para dar y dar.

Continué y aprendí el pugilismo: dar mi punto de vista de una manera pomposa y apantalladora. ¡Pobres de los ingenuos, optimistas e incipientes escritores que cayeron al taller!

También me di cuenta que padezco una rara compulsión, ya que al terminarse el período de aquel taller de mis primeras experiencias, reincidí, para integrarme a otros.

No tengo palabras para describir la placidez de mi vida actual. Gozo al señalar los enclíticos y descubrir al narrador metiche. Me estremezco de placer cuando encuentro algún rollo delirante y ya en el colmo del paroxismo, soy invadida por una especie de locura hipersensible que me permite manejar detalles escrupulosos y riquísimos en las disecciones acostumbradas. Nunca podré prescindir de la pasión que produce tallerear y ser tallereada.

Oculto mis escritos celosamente porque temor de que, si alguien los descubre y desea publicarlos, el éxito y la fama podrían interponerse entre el taller y yo. No es fácil volver la espalda a esos deliciosos sábados negros condimentados con café, galletas y canapés.

Nancy Murillo

Bruja blanca siempre rodeada de espíritus, Nancy Murillo nació para ser escritora aunque no publica con regularidad (hasta ahora).


Imagen de portada: Nong Vang

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