Ánimas Solas: El infierno feminicida9 min de lectura

Liliana David

 “La justicia aquí es una muerta más, tirada en el desierto”, dice Marisela. Se trata de la voz de uno de los personajes femeninos que cobra vida en la obra Perlas a los cerdos (2012), del dramaturgo mexicano Alejandro Román Bahena. Dicha obra recrea la historia de la activista Marisela Escobedo, quien fue asesinada en la puerta de Palacio de Gobierno de Chihuahua, donde reclamaba justicia para su hija Rubí, igualmente asesinada.

En 2010, Alejandro Román había obtenido el Premio Nacional de Dramaturgia “Víctor Hugo Rascón Banda”, pero supe por primera vez de su trabajo en el montaje escénico de su obra Ánima Sola, realizado en Morelia, en el año 2012, por el director Fernando Ortiz. Ese mismo año, se estima, fueron asesinadas cerca de cuatro mil mujeres en nuestro país y las cifras irían posteriormente en aumento.

El feminicidio es una de las problemáticas que retrata Alejandro Román en sus obras. Sus textos constituyen verdaderos poemas dramáticos en donde las mujeres, una a una, recuperan su voz más íntima para narrar sus trágicos relatos. En este viaje hasta las entrañas de la muerte, el autor nos acerca a las mujeres protagonistas para mostrarnos el dolor, el miedo, la agonía, la violencia, el acoso, la explotación, la violación, la tortura y, en resumen, todo el horror que compone el infierno feminicida. El grito es desgarrador. Sin embargo, la belleza poética con la que este dramaturgo recrea sus historias no pretende sublimar el feminicidio, sino hacerlo aún más visible por medio del contraste entre la poesía de su teatro y el infierno de la realidad. De esta forma, el autor nos coloca frente a una ensangrentada fotografía, con el fin de que no olvidemos a las víctimas, ni perdonemos el innombrable crimen que se ha cometido con ellas.

Alejandro Román

A raíz del rabioso grito de dolor que han clamado mujeres al salir a las calles por estos días en Morelia para pedir justicia por el asesinato de Jessica, han rebrotado los otros miles de rostros de mujeres asesinadas en este país y el de aquellas a quienes seguimos buscando. En medio de una incesante marea roja de noticias que está ahogando a México en un océano de sangre, sus cuerpos siguen flotando a la deriva. “Es muy triste el escenario -reconoce Alejandro-. En el año 2018, el registro que se tenía era de siete mujeres asesinadas al día. Para el 2019, se incrementaron a nueve y, este año, ya no he visto los conteos, pero el problema ha ido creciendo. Los asesinatos de esas mujeres -sentencia el dramaturgo- son flagelos que nos tienen contra la pared en este país y con el alma en vilo”.

Al mismo tiempo, mientras charlamos a la distancia que impone la época, Alejandro recuerda el día que aventaron en Uruapan unas cabezas en el table dance “Sol y sombra”, en septiembre de 2006. Aquella noche los sicarios también amenazaron a clientes y a las bailarinas del bar. Se anunciaba con esa nota roja un sexenio de violencia sin precedentes. Algo de aquel suceso le sirvió al escritor para escribir su obra Cielo rojo (2007). Asimismo, su breve estadía en tierras michoacanas también le permitió abordar otros problemas que todavía hoy siguen latentes en la región.

Sin embargo, nada de esas experiencias resultaron sencillas. Al contrario, el camino ha estado lleno de peligros. Así, Alejandro me cuenta cómo en Apatzingán casi le arrebatan la vida y de qué forma su incursión en muchos territorios de México, con el objetivo de mostrar la problemática del feminicidio –que él asumió como un compromiso más allá de lo artístico-, lo dejó expuesto a los riesgos y personalmente muy afectado. A pesar de ello, Alejandro logró llevar adelante una docena de obras que retratan los asuntos derivados del narcotráfico y de la violencia contra las mujeres. Junto a unos cuantos dramaturgos mexicanos -prácticamente todos hombres- fue uno de los primeros autores en hacer visible este tema a través del teatro.

En una de sus obras, me cuenta, retrató el caso de aquella enfermera de Uruapan, quien fue ejecutada en el 2014. Luego de tomar su transporte para dirigirse al trabajo, la secuestraron, la violaron, la ejecutaron y la desollaron. La joven se llamaba Erika. Su torturada voz, que se une al tenebroso coro de ánimas solas que claman por la justicia que se les negó, parece que aún pudiera escucharse en el crepúsculo de un país que ha confundido con demasiada frecuencia el bello fuego de los atardeceres con las malditas llamas del infierno. Personajes como los que presenta Alejandro hacen eco de miles de historias que han sido sepultadas y olvidadas por el oficialismo institucional desde hace décadas.

“Por eso, precisamente, -explica Alejandro- me pareció muy importante hacer una reflexión poética a través del teatro, para hacer visible este problema, así como para contar historias que han sido desplazadas por otras noticias. Mi objetivo siempre ha sido buscar en las notas periodísticas el acontecer trágico, cruel, triste. En una de mis obras, por ejemplo, retraté un caso que no fue mencionado en la noche de los 43 de Ayotzinapa. En esa víspera, las personas involucradas en la desaparición y muerte de los estudiantes dispararon contra un autobús de niños que venían de jugar futbol. Una bala perdida alcanzó a un taxi en el que viajaba una mujer, que también murió. Este caso lo enterró la historia. Para mí, por el contrario, ha sido muy importante visibilizar casos como ese”.

Su obra dramática recorre diferentes geografías de México (Ciudad Juárez, Veracruz, Guerrero, Michoacán, etc.) para mostrar lo que sigue ocurriendo. La arquitectura de su lenguaje traza las coordenadas de algunos de los rincones donde han querido esconderse  las historias de estas mujeres. De tal modo que sus narraciones privilegian la voz femenina, en cuyos ecos se percibe un remanso de belleza. A través de su trabajo, reaparecen los espíritus de las almas en pena, de las ánimas que deambulan detrás de los vivos para contarles sus historias y salvar, así, algo de la vida que se les debe. Los monólogos se presentan con un tono lírico en donde la palabra de cada una de esas mujeres fluye en un río confesional, logrando que sus respectivas voces permanezcan en nuestra memoria y que recordemos que también ellas tuvieron alguna vez un sueño, una esperanza, una vida.   

“En general -reflexiona Alejandro- este país sigue permitiendo que haya un vacío de poder, sobre todo en la policía. La mano que continúa asesinando a esas mujeres es el vacío de poder, pues México está en las garras absolutas del crimen organizado, que ya perdió todo tipo de código y no muestra ningún respeto por la vida. En ese vacío que se ha ido produciendo en el país es que se han abierto los canales del feminicio”.

La falta de justicia, la minimización de las cifras, el desdén hacia esta problemática, el poco amor a la vida, el machismo y el odio a la mujer, han convertido a este país en un lugar siniestro. Es lo que se desprende de las palabras de Alejandro, quien me platica: “A partir de que se sabe que no existe una impartición de justicia clara, en favor de los justos, todo el mundo puede asesinar y no importa. En este país, la vida no vale nada. Quien tiene dinero, paga por eludir la justicia. En México hay un exacerbado machismo, hay un odio que tiene que ver con la cultura del patriarcado y que no dimensiona el respeto sobre la vida de la mujer. Las desaparecen, trafican con sus órganos. Llevamos una cifra escandalosa y alarmante sobre la trata de blancas, y todo es por falta de eficacia en la impartición de justicia en el país. De esta realidad se encargan mis obras”. A las alarmantes cifras que menciona Alejandro, debemos añadir otra: cada dos horas y media una nueva mujer es asesinada en México.   

Homenaje para Jessica, Morelia, Mich.

Historias de abuso, de mujeres vulnerables, de mujeres a merced de la muerte delimitan, pues, una situación de la que se desprenden relatos que son visibles a través de la obra dramática de Alejandro Román Bahena, quien insiste en señalar: “yo veo los casos que se van suscitando desde que empecé a tratar este tema en mi trabajo y es lamentable cómo se van repitiendo los patrones, como si una sola mano asesina fuera la responsable de ir matando en nuestro país. Ser mujer es firmar una sentencia de muerte”.

Ante este trágico escenario, las manifestaciones de las mujeres en la vía pública son absolutamente necesarias, considera Alejandro: “cada quien grita y protesta sobre lo que le duele. Yo también grito a través de mi teatro. Gritar el problema. Gritarlo. No hay que callarlo. Y estoy de acuerdo en que las mujeres salgan a denunciarlo, cada quien se manifiesta y protesta. La naturaleza del ser humano es expresarse y si la gente está encabronada, que incendien el mundo”.

Esta tierra sigue caliente y el futuro sigue siendo desolador. La justicia sigue tirada en el desierto. Ayer fue Jessica, pero también Carmen, Adriana, Marisela, Rubí, Miroslava y un sinfín de nombres que siguen circulando atrapados en carteles. Tantas y tantas mujeres asesinadas en este país… En mi cabeza, queda el eco de una voz femenina que reza en una de las obras de Alejandro:

… Mis fotos de una niña de sueños
Mis fotos impresas en lonas las cargan muchas personas que marchan por las calles
Ciudad Juárez es un gran álbum fotográfico
Un álbum donde sólo aparecen mis fotos en carteles pegados en los postes que anuncian la palabra:

DESAPARECIDA

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

Notas relacionadas

Danos tu opinión: