¡Aprovechemos para pensar despacio!3 min de lectura

Ismael García Marcelino

No va a ser fácil demostrarlo, pero es verdad: En una sociedad como la mexicana, tan multicultural como heterogénea, las ganas de reírse de todo pueden provocar conductas tan inverosímiles como que una persona invierta su tiempo y esfuerzo en mostrar su estupidez a tan agudo nivel que, por más que uno quiera enojarse, los maseteros de la cara terminarán demostrándonos que la risa es infalible. Para no conceder por conceder, digamos que es inevitable; mas no por eso, razonable; veamos por qué:

Cuando vi al tipo cruzando la calle y leí lo que había impreso en su camiseta, vino a mi recuerdo la mañana que en el todavía Distrito Federal de los 90, en alguna estación del Metro, se oyó a todo pulmón, agudo y discordante, el animado pregón de un desdichado vendedor ambulante: “¡Relojes con el horario de verano!, ¡llévelo, llévelo!”. ¡Hágame usted el chingao favor!, deben haber dicho por lo bajito, o quizás abiertamente, quienes estupefactos todavía no podemos creerlo a pesar de haberlo visto y oído aquella mañana de un lunes de abril, al día siguiente de que nos impusieron un nuevo uso horario.

Ya se sabe, es parte de nuestra cultura, y quién sabe si para muchos eso se vale, que la gente haga chistes —hoy incluso se diseñan ingeniosos memes— hasta de lo que no es gracioso: el incendio por la explosiones de gas en San Juanico (noviembre de 1984), el temblor en la Ciudad de México (septiembre de 1985 y 2017), la captura del Chapo, y contarlos en pleno funeral durante el velorio de un amigo o un familiar que “se nos adelantó”, dicen, les cause particular fascinación; quizá eso se haga en busca de catarsis. Pero eso será una cosa y una muy distinta que un ignorante exhiba las burlas a su propia ignorancia. No lo digo por el gobernador Barbosa, quien, para mala suerte de los poblanos…, lo digo por el hombre —palabra subrayada: hombre— que tuvo la ocurrencia de rotular su tienda de abarrotes (que funciona como depósito de cerveza; cantina, para decirlo con las palabras precisas) con el nombre de “Deposito COVID”, (así, sin acento) o de quien imprimió en su camiseta: “Soy Covid-19+1, ¿y qué?” Uno se pregunta sin muchas ganas de reír: ¿es en serio?

No se trata de exponer aquí un mapa conceptual de lo que ocurre psicológicamente en la cabeza de una persona así, eso sería interesante, pero sí de hacer notar que, por más que risible, esta conducta no debe de tener más de un impulsor, y no es el razonamiento.

Igual que pasa en una estación de radio de la ahora Ciudad de México: Durante un programa de remembranzas musicales, de esos que les encantan a las personas mayores que se quedan instaladas en el pasado, un hombre opinaba que “la música de antes era profundamente romántica” y que, en cambio, la que hoy escuchan los jóvenes “es basura”. El locutor le preguntó por alguna canción que le recordara su juventud, y el hombre respondió: “Mujeres divinas”.

¡Lo que es no saber!, de eso estamos hablando: No sabe ese señor que, sin mencionar que lo que estos programas entienden por lo romántico de “antes” es el acoso sutil a la mujer, juegos de palabras que la toman por reina y al final la someten a ese machismo consumado en la “época de oro del cine pedrinfantesco”, Martín Urrieta, autor de «Mujeres divinas», «Paso a la reina» y «Bohemio de afición», entre otras, ni siquiera es de antes, y sus letras son lo más sexista y violento que hay, para vergüenza de Michoacán. Ahí están las canciones; escúchelas con detenimiento, hasta que identifique al borracho romántico o al violador potencial.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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