Aunque sea de fina piel I3 min de lectura

Ismael García Marcelino

El miércoles pasado miembros de la policía municipal de Paracho detuvieron y pusieron en la cárcel a 63 comuneros indígenas de la meseta p’urhepecha, que se habían apersonado en la cabecera municipal para recordarle al alcalde, José Manuel Caballero, su compromiso de entregarles el dinero que, como parte del presupuesto directo, les corresponde. El argumento fue que “trataron de ingresar por la fuerza al palacio municipal”.

Para comprender este desencuentro entre autoridades de Paracho y la tenencia de Ch’erani Játsï’kurini (para algunos Cheranatsicurin o, incluso, Cheranástico) será necesaria una analogía un tanto discordante: Supongamos que un padre de familia, a quien sus hijos exigen una mensualidad para que ellos mismos atiendan sus necesidades de alimento, cobijo y recreación, un día decide atender esta petición. El padre de familia entrega una cantidad a cada uno, se desentiende de ellos, y entonces sus hijos, sin la experiencia ni el talento para elaborar su propia comida ni administrar el dinero como la madre había sabido hacerlo hasta ahora, se alimentan de papas fritas, cocacola y sopas instantáneas. Usted dirá, “pues no: a los niños hay que educarlos; qué van a saber ellos de elegir lo que les conviene comer y lo que no; para eso tienen a sus padres”.

En principio coincido con usted, pero, paciencia, esta situación relación entre dos sociedades tan próximas, pero tan ajenas a la vez, es algo más complejo, más intrigante, de lo que parece: Se puede creer que las autoridades (¡autoridades!, palabra subrayada) de Ch’erani Játsï’kurini, Cheranatsicurin o Cheranástico, este pueblo de la meseta p’urhepecha, habitada por hablantes de una lengua minoritaria y minorizada, no estará en condiciones de exigir a las autoridades de la cabecera municipal que les designe directamente el presupuesto que por ley debería corresponderles, pues “no saben siquiera diseñar un proyecto” y podrían gastarlo todo “en frituras”, válgame usted la irónica analogía, es decir “en cosas que no están en la semiología del progreso”.

Así es: “En las comunidades indígenas se sabe poco de ‘desarrollo urbano’, de ‘estrategias de consumo’, de ‘administración de recursos humanos’ o ‘proyección económica’”, me dicen. Pues claro, porque ahí todo eso se nombra de otra manera y en otra lengua: se llama sesi irekani (vivir bien, y, por más que para los medios hiciera una traducción lo más exacta posible, les voy a quedar a deber, perdón, mi dispiace, désolé, I’m so sorry, und es tut mir leid), se llama kaxumpekua (relación de virtudes en una persona), se llama jarhoap’erakua (ayuda mutua o mano vuelta) o se llama mák’u jasi ánchekorheni, etcétera.

Este zapato encima de una comunidad indígenas se parece al de Tzintzuntzan que pisotea los derechos de la gente de Ihuatzio, al de Tingambato que pisotea a Pichátaro, al de Pátzcuaro encima de Cuanajo, al de Nahuatzen sobre Comachuén y Arantepacua, de la Quiroga racista contra Santa Fe o San Andrés, Chilchota contra todas las comunidades de la Cañada, y así. Pero, por más que de fina piel, el zapato no deja de ser colonialista y abusivo; perdón por el pleonasmo.

Para volver a la idea de que no es bueno “dejar en los menores” una responsabilidad tan grande como gobernar, “¡si apenas hablan español!”, me dicen. Bueno, quién sabe si sea hora de considerar que si son autoridades debe de ser porque no son menores, de dejar que “se organicen en su lengua”, como ellos lo entienden, con base en una idea de desarrollo que les es propia y no ajena. Quizá haya que preguntar antes de imponer una idea de urbanidad o de desarrollo.


Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

Notas relacionadas

Danos tu opinión: