Carta al tío Frank3 min de lectura

Ismael García Marcelino

¿Cómo empezar? Ya casi no recuerdo cuando nos permitías que te llamáramos tío Pancho. Bueno, no lo permitías, así es como en el pueblo se les dice a quienes se llaman Francisco. Yo te recuerdo, pues, como mi tío Pancho, aunque aquí te siga llamando Frank, de acuerdo con tus instrucciones de la última vez que volviste a Ahuiran. Tranquilo, tío Frank; tampoco le voy a decir a nadie que no naciste en Paracho como le decimos a todos. Siempre lo has dicho, “Ahuiran es un pueblo que nadie conoce, en cambio Paracho es mundialmente conocido”. Más ahora que, a propósito de la película de Pixar, su fama se ha disparado. De eso quiero escribirte: “Coco” es una producción fílmica que nos tiene francamente confundidos, por no decir ofendidos (a muchos, no todos). Voy a explicarte por qué:

¿De dónde saca el escritor de la historia que si de alguien no se tiene una fotografía está condenado al olvido? ¿Tú te imaginas una tradición de siglos construida sobre la base de la fotografía, un invento que no tiene ni doscientos años? Yo no sé tú, pero en casa todos recordamos a Toribio Ruiz, al abuelo Valerio y a Francisco Equihua, nuestro abuelo mayor, aunque de ellos no se conozca una sola foto; seguramente porque nunca se retrataron.

¿Quién le dijo al director que los músicos hablamos como Speedy González? Tampoco hablamos como Tizoc, por supuesto, pero qué manera de pitorrearse de los indígenas de Santa Fe, de la isla de Janitzio y de Oaxaca. ¡Y luego el soundtrack con música dizque mexicana!, más nos parece estar oyendo a Julio Iglesias cantando a José Alfredo o a Bebu Silvetti acompañándole una ranchera a Luis Miguel. ¡Qué horror!

¿Pero qué se cree la gente de Pixar que en México no hay programadores de computación, ingenieros civiles, biólogos, médicos o investigadores, y todos vamos por ahí guitarra en mano, borrachos todos los días y de serenata todas las noches? ¿Pues no se dijo que viajaron a México a documentarse? Creo que, si vinieron a “documentarse”, no hicieron más que hacer “¡Aw!”, pero de la tradición no entendieron un carajo.

Seguro vas a decir que a mí qué, que «Coco» es una película y ya. Pues no. Debes saber que hay en Santa Fe, una familia que exhibe como trofeo a su abuela, haciéndola pasar por mama Coco. Debes saber también que en Paracho, ya ves que hay un Monumento a la Guitarra, bueno pues se atrevieron a decorarla como la de Ernesto de la Cruz y, obviamente, a partir de ahí, estas guitarras se venden como pan caliente.

Pues para amolarla de acabar, cuando la cinta nos daba la esperanza de que la imagen de Ernesto de la Cruz (Pedro Infante) quedaría hecha polvo, cuando hacen que aparezca como usurpador, ¡terminan resaltando la de Lila Downs!, ¡hazme el favor! Alguien tiene que explicarles a Downs, a Rostandt y cada paisano que decide cambiar de nacionalidad, que eso no es un pecado imperdonable, que se perdonen a sí mismos, pero que no nos arrastren en su catarsis, cuando andan por ahí suspirando por las canciones de la tierra que despreciaron o saqueando a las culturas indígenas en busca de la identidad que no tienen.

Plagada de imprecisiones pues, tío —para no decir que verdaderas mentiras—, si esta película donde nos hacen ver como idiotas es un homenaje para México, a decir de los productores, ¡pues no me ayudes, tío Sam!, perdón, tío Frank.

Te mando un abrazo y, si vas a volver de turista a tu propio pueblo, mejor ya no vengas, no arriesgues tu condición de residente en los Estados Unidos.

Eleuterio.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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