Cempasúchil: fiesta de vivos, flor de muertos5 min de lectura

Liliana David

El viaje de retorno al mundo de los fieles difuntos entraña en México una experiencia cultural única que, por su misma relación con la muerte, abre la llave de una fuente de emociones que envuelven significativa y simbólicamente a esta fiesta entre vivos y muertos.

Es, asimismo, una ocasión especial para no olvidar que el misterio de la muerte de cada uno seguirá siendo una experiencia incomprensible y enigmática, aunque la muerte del otro supondrá siempre una posibilidad para intentar explicar y entender qué hay más allá de la vida. Hasta ahora lo único que nos queda por cierto es que lo que permanece es el recuerdo en el tiempo y que es este el que nos permite compartir con aquellos que alguna vez estuvieron en esta tierra.

A ellos, a los muertos, almas ausentes, los invitamos a volver, señalándoles el camino a través de la flor de cempasúchil, que los guía hacia este mundo que una vez les fue familiar. Es a este elemento simbólico, que permite que la vida y la muerte se encuentren en esta celebración mexicana, al que quiero referirme brevemente.

Es sabido que en torno al ciclo agrícola se articula la concepción del paso del tiempo en todas las culturas mesoamericanas; es decir, el transcurso de la vida a la muerte, del nacer y del morir. Por ello, la conmemoración del Día de los Muertos en México marca el final de la temporada de las lluvias de riego, siendo estas indispensables para la agricultura de Mesoamérica, donde el agua se comprende como símbolo de la vida, mientras que el inicio de la sequía simboliza la muerte. De este modo, no es extraño que al final del período lluvioso -señalado en el calendario de fiestas mexicanas indígenas y populares-, los mexicanos celebremos a los difuntos.

Por esta razón, durante el 2 de noviembre de cada año, los cementerios en México se pintan de color naranja gracias a la flor de cempasúchil, que se ha convertido en la planta por excelencia en la ornamentación floral de los altares y tumbas de los fallecidos. Actualmente, también se conoce como “flor de muerto”, aunque su nombre original es una castellanización de cempoalxóchitl, palabra náhuatl que significa “flor de veinte pétalos”. Esta flor pertenece al género Tagetes, localizado esencialmente en el continente americano, aunque se estima que es México el que tiene 35 de las 58 especies referidas para América.

La flor de cempasúchil se recolecta de los campos mexicanos para comercializarse durante esta festividad, cuyo carácter sincrético y culturalmente híbrido es incuestionable, ya que fusiona elementos de la cultura europea con ritos y mitos de origen prehispánicos. Precisamente, en lo que corresponde a la parte precolombina, es importante señalar que las plantas desempeñan un papel fundamental en la concepción del cosmos anterior a la llegada de los españoles. Por ejemplo, en la cosmovisión de los “mexicas” (una de las muchas etnias mexicanas que, sin embargo, dio nombre a todo el país) existen tres niveles fundamentales, tal como sucede en muchas otras culturas humanas: cielo, tierra e inframundo. Asimismo, aparecen también cinco rumbos cósmicos (este, sur, oeste, norte y centro) asociados con los caminos del universo: 1) un dios, 2) un símbolo, 3) un color, 4) una planta y 5) un ave (según la indicación que encontramos en el códice Fejérváry-Mayer). En este sentido, se puede mencionar la importancia de la flor de cempasúchil como un elemento ornamental típico, que si bien ha sido incorporado a la celebración del Día de los Muertos, desde tiempos prehispánicos, ha tenido un empleo ritual en las ceremonias sagradas, tal como señala Fray Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de Nueva España.

Finalmente, como lo señala la Dra. Teresa Escobar Rohde, en su libro Tiempo sagrado, podemos decir que el sentido de la muerte en las culturas mesoamericanas se mezcla con la idea de la renovación sexual, así como con la de la comida y la cosecha. La razón de esto radica en que los muertos, al igual que las semillas, al enterrarse y disolverse en las entrañas de la tierra, son devorados por el dios Tlaltecuhtli –quien, además, los metamorfosea-, permitiendo el regreso de los muertos a la vida, en forma de flor. De ahí que dicha celebración, en resumen, permanezca íntimamente vinculada con la fertilidad de la tierra y el misterio inagotable del renacer.

Así, pues, los difuntos misteriosamente retornan y renacen en forma de flor cempasúchil  o en forma de mariposa monarca. Su retorno para nosotros, en cualquiera de esas bellas formas, es sinónimo de gozo, de alegría y de vida.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.


Imagen de portada y foto: Wendy Rufino/ el-artefacto

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