Creencias2 min de lectura

Livier Fernández Topete

Creer o no creer, esa no es la cuestión, sino en qué creer. Todos somos creyentes incluso si somos amantes de la nada, nos asimos al árbol de lo real con las certezas como peldaños que nos dan la ilusión de seguridad, consideramos que los otros se equivocan, que sus escalones son más frágiles, pero no, ellos también trepan, llegan a la cima y desde arriba nos miramos unos a otros con recelo, con temor, con rabia o con burla; estamos todos en el mismo árbol, nuestros movimientos afectan a los otros, uno en falso y podríamos caer, sin importar las diferencias. A veces, en momentos de iluminación que parecieran sombras que eclipsan, se abre un resquicio en nuestro centro y entra la duda, la incertidumbre que hiere y nutre a la vez, nos damos cuenta de que estamos hechos de inseguridades y que nos pasamos la vida revistiendo el tronco de aquél árbol porque sus betas nos aterran, sabemos que todo podría desmoronarse (incluidos nosotros mismos), entonces cerramos a fuerza la grieta, regresamos a la comodidad de las propias certidumbres, reptamos una vez más convencidos de esto o de aquello, hacemos la guerra; sólo algunos, dolidos todavía y para siempre por la llaga del titubeo como única verdad, verán compasivamente a sus compañeros, reconociendo que la necedad, el olvido o la evasión del prójimo, podría acabar con la comunidad; sólo los atravesados por la sospecha de sus creencias estarán condenados al desasosiego, condonados de la ceguera a la que lleva la convicción.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

Imagen de portada: «In search of times past», de Herbert Bayer

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