Crisis dada ni Dios la quita3 min de lectura

Ismael García Marcelino

La humanidad nunca ha perdido el temor por lo desconocido, pero por más latente que esté el deseo de que un poder divino, un algo más allá de nosotros mismos, venga a explicar la zozobra que invade a las sociedades por la pandemia y la curva estadística de contagios, que nomás no se aplana, los enfoques más desafortunados que se le pueden dar a la contingencia son el religioso y el electoralista.

Si los mecanismos en torno al contagio se tuvieran que explicar a partir de los discursos de la iglesia, sería tanto como colocarse de nuevo y voluntariamente los grilletes con que la Iglesia nos ha esclavizado durante siglos. En los hechos, el argumento confuso de las posibilidades de un milagro es lo que más contagios ha provocado, pues la prudencia de mantenerse a distancia de posibles portadores del virus y la dinámica impostergable de la celebración y las fiestas inherentes a la tradición, tan asida a la religión y a la Iglesia, no son compatibles.

Si además la naturaleza contagiosa del virus presenta serios problemas para controlar los índices de contagio, y los gobiernos de los estados y el federal no consiguen garantizar que la pandemia no se extienda, no sólo porque las sociedades no estamos capacitados para el razonamiento colectivo en emergencias como ésta, sino porque la naturaleza prácticamente invisible del virus lo hace más letal y rapaz, sobra quienes, en lugar de instalarse en el sitio donde podrían ayudar, invierten toda su energía en sacar provecho y cuestionar el desempeño institucional de los profesionales de la salud: “es que el partido”, “es que el presidente”, “es que yo les dije que iba a salir mal, pero no pensé que tanto ni tan pronto”, etcétera.

Nada más perverso: Periodistas que preguntan lo obvio en los reportes diarios por la contingencia, comunicadores con más tablas para el teatro que para el periodismo, políticos que practican la oposición por inercia y resentimiento, gobernantes que “lo harían mejor”, aunque no tengan idea de cómo, grupos políticos ávidos de que las cosas salgan de todas maneras mal, que buscan ganarse la confianza de los electores cultivando precisamente la desconfianza.

En manos de una Iglesia que se declara en crisis porque no tiene suficientes feligreses y, en consecuencia, no tiene los ingresos acostumbrados, los verdaderamente pobres no tienen forma de paliar su propia crisis, ni en lo social ni en lo económico. Si los ricos se sueltan llorando por lo que hoy no pueden ganar, qué se puede esperar de los pobres que habitualmente no comen y en estas circunstancias, tanto menos.

Así, de entre los sectores sociales que reclaman el apoyo gubernamental por estar “sufriendo” los efectos del confinamiento, hay uno que moralmente no tendría que preocuparse por la escasez de todo aquello que es del césar; pero si la Iglesia tuviera que salvarse de la “pobreza” que les aqueja, bien podrían poner a la venta la mitad de sus riquezas y seguir viviendo como los más ricos del pueblo.

Así, si los políticos están tan interesados en que se les ceda el lugar para “hacerlo mejor” que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, según insisten, quizás pudieran renunciar a la mitad de las riquezas del césar, que les llegan por la vía del Instituto Nacional Electoral y aun así seguir viviendo como los más ricos del pueblo.

En tiempo de pandemia sigue siendo una constante que en el pueblo haya una escuela destartalada, una iglesia lujosísima y la casa de un político donde nuca falta el agua para la alberca.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

Notas relacionadas

Danos tu opinión: