Cuando el suelo está parejo3 min de lectura

Ismael García Marcelino

En la medida en que es importante recuperar, y en muchos casos instalar apenas, una idea firme de interculturalidad que sin regateos reconozca el valor del otro es que es importante saber que la identidad no está aniquilada; está en riesgo, eso sí, en la medida que institucionalmente se le exhibe. Veamos por qué.

Miles de usuarios de la Internet, y sobre todo de las redes sociales, conocen un video que representa una especie de orgullo por la indumentaria tradicional como signo emblemático del “amor por lo propio”. Se trata de un truco que usa un cántaro de barro para ocultarse de la lente de la cámara y “reaparecer orgullosamente” ataviado con un traje tradicional para “decir” lo que se supone correcto en relación con el atuendo de sus pueblos. Es un truco que ha tenido mucha aceptación entre los usuarios porque al productor le resultó suficiente para apantallar a quienes no sabemos del tema, al fin y al cabo, “el que no conoce a Dios, dondequiera se anda hincando”. Involuntariamente quizá, los actores del video terminan explicando que la cámara los pilló vestidos exactamente como son, se cubren con el cántaro y se aprestan a mostrarse como, según ellos y ellas, les gustaría ser vistos; al final la ropa que los disfraza, lo único “propio”, es prestada, es decir ajena; y es como el ladrón que, en afán de esconderse, sus lentes oscuros y su boina terminan por hacerlo visible.

Aquí la gente baila sin poses. Los músicos asumen el papel que les corresponde para inspirar las ganas de bailar y suscitar el baile. No son unos músicos cualesquiera, ni tocan sones cualesquiera; son huapangueros con conocimiento de la fiesta y de la tradición, dueños del huapango arribeño y de letras populares que hacen clic con niños y con adultos. En algún momento se aprecia incluso el balbuceo de una chica para quien el son, sobra decirlo, le es naturalmente familiar. No hay trajes “tradicionales” ni poses, la gente viste exactamente como es y muestra hacia afuera lo que por naturaleza trae dentro. En todo caso, los blue jeans, los vestidos cortos, los sobreros tipo cowboy, las botas y los tenis se han adecuado a la tradición de lo favorito, en el día de la fiesta, en el territorio que los cobija en torno a su santo patrono y los abraza con la gente que hace la comunidad arribeña. 

Sin coreografías prefabricadas, sin pasos ensayados ni fingido orgullo por “sus raíces”, la gente de El Aguacate, un pueblo de la sierra gorda de Querétaro, baila porque es la fiesta. Son niños, son viejos, son muchachas y muchachos que se sienten impulsados por el son la celebración; no hay público (acaso el de la cámara y quién sabe si sea por oficio), todos son participantes de la fiesta y en algún momento se ve algo que, ni la Guelaguetza, la “fiesta de Oaxaca”, ni la K’uínchekua, la “fiesta michoacana”, podrían instalar: un altar con la deidad que motiva la celebración, la música y el baile.

Cualquiera podrá decir que esto es exagerado, pero no se pierde usted más de 20 minutos para “leer”, digámoslo así, esta escena donde lo auténtico está a la vista:

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

Notas relacionadas

Danos tu opinión: