De anatemas y conciliaciones1 min de lectura

Livier Fernández Topete

La gente castiga (con su indiferencia, su palabrería cargada de rabia o alguna otra de sus incontables formas de tortura) cuando no estás del lado de sus pensamientos. Entre más dogmática, más incapaz de reconocer sus fracturas, más insensible, menos espacio para la incertidumbre, peor verdugo.

Nunca sabremos cómo seremos interpretados, qué lecturas harán los otros de nuestros discursos, de nuestros actos, nos pasamos la vida fantaseando al respecto, intentando adivinar qué entienden los otros de nosotros, qué suponen, cómo nos ven.

El riesgo que se corre en la interacción social, por lo general, tiene que ver con los recursos de ambas partes: si son limitados, la capacidad para matizar e interpretar será menor, como si se tratara de ojos más nublados, de oídos más disminuidos, lenguas más sueltas, narices anósmicas, pieles insensibles.

Para aquellos que han aprendido más de dos cosas profundas y perdurables en sus vidas, en primera instancia no queda más que la reflexión y la tolerancia, pues hasta las idioteces esconden sus extrañas o sus básicas verdades, sus grietas para cuestionar las propias certezas, su posible fuente para la empatía y el estado silente y terso de la paz que se halla frente al espejo.

Raskolnikov, de Harry Brockway

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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