¿De dónde venimos?4 min de lectura

Víctor Ruiz

Yo era de esos que cursaba la secundaria prácticamente sin pena ni gloria. No era popular, tampoco guapo y jugaba en el equipo de futbol que nunca conseguía nada. Mis calificaciones eran fatales, pero tampoco padecía del bullying. Formaba parte de esos alumnos neutrales que no hacían otra cosa que caminar sobre esa etapa de la vida porque no queda de otra.

Fue a eso de los 13 años de edad cuando me sucedió algo que por lo menos se acercaba a ser más o menos interesante, por lo menos para mí. En una de las calles del barrio, un regordete mucho mayor que yo había improvisado un nuevo negocio. Tras el fracaso de su otro improvisado videoclub, ahora optaba por el camino de la música.

Para poder llegar a casa, tenía que pasar obligadamente por su cochera. Aquel día me llamó la atención que las puertas estaban abiertas en su totalidad y a él se le veía postrado en el suelo acomodando un montón de discos. Cuando me acerqué vi que se trataban de bandas desconocidas, con portadas todavía más irreconocibles.

“La idea es que la gente sienta que va al Audi” fue lo primero que me dijo al presumirme su recién inaugurado changarro. Por aquellos años yo ya tenía tímidos acercamientos con el rock, pero mi repertorio se limitaba a Nirvana, Guns And Roses y los Beatles. No había más, el internet todavía no era accesible para todas las familias y tampoco gozábamos de televisión por cable en la casa para poder ser educados por Mtv.

Creo recordar que el primer disco que compré fue uno de Metallica. No sabía absolutamente nada de la banda, pero era de lo más popular que podía percibir en aquel momento. A esa compra, le vinieron otra, otra y otra… hasta que en mi cuarto logré acumular una digna colección de Cds piratas que eran cuidados como si fueran auténticas ediciones japonesas.

En una de esas idas semanales, me decidí por el “Shenanigans” de Green Day. Al igual que en mis anteriores compras, no tenía ni la mínima idea de en qué estaba destinando mis precarios ahorros. Fue la portada lo que me llamó: ver a Billie, Mike y Tré plasmados en una pared en grafiti me atrapó.

El disco se abría con el tema “Suffocate” y era totalmente distinto a lo que había escuchado hasta ese momento. Pasaban con rapidez las canciones, una tras otra, sin chance de respirar siquiera. Todo se reducía a guitarras aceleradas que provocaban que algo en el interior se moviera al ritmo de la música.

“Shenanigans” cerraba con “Ha Ha You´re Dead” y ese en realidad  fue el inicio. La batería seguida de un potente bajo y una guitarra que no pedían permiso fueron una revelación para mí. Era como si la canción te fuera llevando de a poco en tus emociones hasta llegar a tal punto donde no aguantas más y terminas explotando para nunca volver a ser el mismo. Después  sabría que eso que experimenté tenía un nombre y una explicación: punk rock.

¿Y a qué viene esta historia?

Pues bueno, una colega me mostró un texto que no se podía quitar de encima y que llevaba semanas ocupando su atención. El libro era Teoría King Kong de Virginie Despentes. Me contó que las letras van más o menos sobre una visión punk de las mujeres, la violencia, las violaciones, la prostitución y el matrimonio.

En el único párrafo que leí, hubo una frase que también me hizo clic y me rondó por varias horas en la cabeza: “Si no viniera del punk rock, me avergonzaría de lo que soy… pero vengo del punk rock y estoy orgullosa de no lograrlo”.

Evidentemente mi interpretación inmediata nada tenía que ver con el contexto del libro, pero me hizo regresar el casete, pensar en realmente de dónde venimos. No de aquella ciudad en la que nacimos o en el barrio que crecimos, sino en esa pasión que te elige en algún momento de tu vida y que te define para siempre ante el mundo. Yo vengo del punk rock y eso me ha traído implicaciones tanto para bien como para mal. Pero estoy orgulloso de ello.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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