El amor, la muerte y el cuerpo: Rafa Flores7 min de lectura

Caliche Caroma

“Soy Pintor. Nací hace 64 años en Ciudad Hidalgo, Michoacán, luego me fui un rato a la CDMX a estudiar pintura. En 1980 me vine a vivir a Morelia, desde entonces radico aquí. Di clases un montón de años en la Casa de la Cultura. Comencé a pintar a los 20 años, me casé, tuve un hijo (Leonardo, 30 años), me establecí y se han dado las condiciones para que trabaje tranquilo. Este es mi rollo vital”, palabras pronunciadas, a manera de trazos generales, por el pintor y escritor Rafael Flores Correa.

Entrevistado en la comodidad de su casa-taller, café y cigarrillos, la gata peluda en la silla, Rafa Flores fluye en la descripción de su trabajo, es decir, de sí mismo. El artista no espera a que la musa llegue, pinta de harina y huevo, diariamente, desde las diez de la mañana está frente al bastidor y a darle: “Trabajo en dos o tres cuadros por semana, los voy alternando. Hago series. Un cuadro me lleva al otro. Y como tengo todo el día a mi disposición, pues hago un desmadre. Simplemente pinto, es una disciplina que no se me hace enfadosa, la disfruto”.

Sobre influencias y estilos, explica Rafa Flores, después de darle una fumada a su cigarro blanco y un sorbo a la líquida cafeína: “Hagas lo que hagas, no vas a inventar el hilo negro. Lo que pintes se parecerá a alguien más. Qué mejor que lo aceptemos todos de una vez. Mis influencias se han dado por etapas. Miguel Ángel, Leonardo, Caravaggio, que me gusta mucho. En algún momento me metí a estudiar el surrealismo, expresionismo y hasta la abstracción, que fue con lo que comencé. Dalí y Max Ernst, dos nombres importantes. De mis santones, a los que les hago reverencia, son Lucian Freud, Francis Bacon y el húngaro István Sándorfi”.

Pintor del cuerpo humano, aproximación y no definición de Rafa Flores, el alma humana retratada a partir de lo erótico y la muerte, invitados consuetudinarios en la creación del pintor michoacano con más de 2200 obras en 44 años de trayectoria: “Lo que somos, nuestro cuerpo, eso pinto; los sentidos nos permiten comunicarnos con el mundo. El cuerpo como entidad social. El placer y el erotismo son potentes porque sabemos que nos vamos morir. Tenemos presente la muerte, lo tanático, por eso es importante apresurarnos a disfrutar, a vivir lo erótico. También está la parte de la enfermedad, el detrimento, lo horrible del cuerpo, quizá sobresale más el asunto de la sensualidad en mis pinturas, pero van implícitos los otros temas. Esplendor y decadencia”.

Preocupado por no clavarse en las modelos de revista, los seres humanos que le sirven de pretexto en su imaginería cromática son hombres y mujeres que están más cerca de la realidad corporal que esos clichés 90-60-90. En fechas recientes, a Rafa Flores le ha dado por pintar frutas, se antoja morder sus cuadros, o redondos, porque ahora utiliza círculos de madera para salir del cuadrado. Lo anterior sirve muy bien para entender la idiosincrasia rafafloreciana, detesta dar línea o tirar consejos a los demás sobre cómo y qué pintar: “Un maestro que tuve me dijo: Chíngale, chíngale, chíngale. Pinta, pinta, pinta y ya”.

Rafa Flores ha tenido diferentes etapas en su trayectoria artística, lo que le ha permitido experimentar con diferentes técnicas y lograr, en el presente, una pintura desenfadada y sin más pretensiones que a lo que te truje Chencha: “la pintura simplemente”. Considera que no hay algo así como la “pintura michoacana”, para él existen muchas vertientes dentro del estado, no así un movimiento como el que se puede observar en Oaxaca, por ejemplo. Esta actitud, la de no adoctrinar, no formar escuela, pero sí compartir los secretos y alentar el talento, la implementó en su taller en la Casa de la Cultura, donde estuvieron gran parte de los autores contemporáneos de la plástica estatal y nacional: “Los pintores que hoy son treintones y cuarentones por ahí pasaron, fueron mis alumnos, actualmente colegas míos; tenía la libertad de cátedra en el taller, alentaba las capacidades de cada uno de ellos. Fue una buena convivencia de la que aprendí bastante y como somos personas antes que pintores, ahora son mis amigos”.

El escritor

Además de pintor, Rafael Flores ha incursionado en la literatura. A partir de un taller que tomó con Raúl Mejía, y del cual se publicó un libro colectivo, le entró el gusanito de la escritura. En 2018 publicó su primera novela, Rolando (ABZ editores), una historia de aventuras hipitecas que algo de biografía tiene: “En Palenque me esperaba no sólo la majestuosa y milenaria ciudad, también había una sorpresa mágica: mi primer viaje con hongos”.

Más que un pasatiempo, la pluma es un asunto serio, pero sin pretensiones. El de Ciudad Hidalgo tiene tres borradores que pronto verán la luz: “El año pasado, la mitad del tiempo la utilicé para pintar y la otra mitad para escribir. Es un gusto íntimo que me estoy dando. Voy a cumplir 65 años, a esta edad ya se cocieron las habas. No estoy para estar haciendo pruebitas. Son cuestiones que considero indispensables. Me encanta escribir, lo disfruto mucho. He llegado a fluir muy bien en el teclado, a pesar de que al principio releía y corregía una y otra vez. Mis obsesiones en la escritura son el amor, la muerte, los sueños, las vivencias juveniles, porque pienso que en la infancia y en la adolescencia está el secreto de todo lo que nos ocurre posteriormente”.

Hola y adiós

A pesar de que la burocracia cultural es la misma de ayer, el sexagenario con corazón de chamaco sabe que el trabajo del pintor, y del artista en general, es solitario y se trata de crear sin parar, además de leer, ver teatro, danza, películas, sigue el aprendizaje y cuando la soledad no da más, ahí están los pares, los carnales. A Rafa le alientan ver a los chavos pintores, la producción que estos han desarrollado pronostica un panorama interesante para las artes visuales del mundo entero, esto se debe al cúmulo de información que la internet guarda, reflexiona desde las redes y en las redes se mueve, parte de su obra puede encontrarse en FB.

Esta charla termina con una reflexión sobre la amistad: “Algo de lo más chingón que te puede ocurrir en esta vida es tener amigos. La amistad es bonita, porque cuando nos lleve la chingada, vamos a tener ese lacito para poder agarrarnos de algo antes de la muerte. Es lo humano, para eso estamos aquí, para tocar corazones”.

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