Materia oscura: El duelo11 min de lectura

Alejandro Badillo

El paisaje era rojo. El sol de agosto, una moneda caliente en el cielo. El hombre entró a la tienda. Sus pasos eran lentos. Bestia vadeando un pantano, ensoñada, parecía. Cargaba una maleta de cuero. La dejó en el piso. El tiempo le había devorado sus colores, también parte de las asas y las correas. A punto de reventar el hombre. Un vaho caliente lo recibió. El vaho ascendía en el polvo. Y el gesto del hombre, aturdido, reconociendo la sutil humareda, el fuego. Se detuvo, indeciso, a unos pasos del mostrador, parpadeando apenas.

“Tiene los ojos enfermos”, pensó Amescua, al otro lado del mostrador, “tiene los ojos amarillos, como de gato. Parece que peleó con varios coyotes, que rodó por una pendiente rocosa, que atravesó medio mundo con su maleta”. Amescua había estado jugando solitario. Obstinado era los domingos. Muchas horas, los dedos decididos e insomnes en la baraja. Las cartas, entonces, exhalaban tequila, humedad, hastío. No vendía mucho pero el juego le despejaba la mente de nubarrones. La curiosidad en los ojos. Ponía la mirada en todas partes. Alucinada iba a los anaqueles, al vuelo de los insectos, a las indecisas sombras de los paseantes. Y derrotaba al tiempo, Amescua, mientras el verano ardía.

Una bocanada de luz iluminó por completo al hombre. Libre de penumbras, como flotando, pudo ser examinado. Amescua reconoció a López, el hombre que había abandonado el pueblo años atrás. Reconoció el cabello de paja, el gesto rabioso y enfermo. No se había ido, también, el alma humeante, la ira en el cuerpo. “A veces parecía estar en calma”, recordó Amescua mientras López se acercaba al mostrador, “pero alrededor de él, como ahora que inclina el rostro y finge no conocerme, hay zumbidos y sus palabras arden”.

López examinó a Amescua. Le obsequió una débil sonrisa, casi imperceptible, un destello. El gesto le arrugó el mentón. Los ojos, por la sonrisa, más pequeños, más inestables eran. Las densas miradas, silenciosas, se encontraron. Pero en las silenciosas no hubo expresión. Las dos de humo, apenas brillaban en la tienda.

—Unos cigarros —pidió.

—Tengo sólo sin filtro —indicó Amescua

—Está bien.

López buscó el encendedor entre sus ropas. Amescua fue por los cigarros. Mientras dejaba la cajetilla en el mostrador sintió la pesada mirada de López. Como si muchos ojos lo miraran. Entonces, el alma carcomida. El cuerpo era un hueco. Y deslumbraba agosto en los anaqueles, en los frascos de conservas, en la madera del mostrador. La luz, sentía Amescua, los ponía a prueba, los obligaba a recordar más cosas. Pero torpes en la memoria se sintieron. Los dos atados a ese momento. Y en la tienda encallando los sentidos, poco a poco, en el silencio.

López prendió el cigarro. Ablandó su expresión el breve resplandor en su cara. Puso la mano derecha en el mostrador. Las uñas crecidas, despostilladas; de loco, eran. Como si rascara en las noches las paredes. Amescua miró sus manos de muerto. López elevó lenta, como plegaria, una nube.

—Han pasado muchos años—dijo.

—Muchos, es verdad.

—¿Por qué te fuiste?

—El hastío, el recuerdo de una mujer, tal vez.

Amescua apretó los labios. López miró su maleta. Luego alzó la cabeza. El humo en su boca se amontonaba y luego, las nubecitas dispersas, con un soplido, llegaban al otro.

—Los recuerdos son malos, sólo alborotan —dijo Amescua ladeando la cabeza, esquivando un poco la mirada, mordiendo los labios y el humo.

—¿Desde cuándo tienes la tienda?

—Algunos años, desde que te fuiste.

Un niño entró a la tienda. Una mosca en el ámbito. La solitaria hacía círculos sobre una botella de cerveza. Después se posó en un costado de la maleta. El niño miró un instante a López y pidió una veladora. Amescua arrimó una silla y fue a los últimos anaqueles. En las alturas, por la ventana, la línea del horizonte. El infinito agosto. Desde arriba, también, el sombrero maltrecho de López y la sombra uniforme de la maleta. Amescua podía oír, minuciosa, la combustión del cigarro; su crujido. La incandescencia se avivaba, diminuta, bajo la penumbra del sombrero. La mosca había seguido el movimiento de Amescua y ahora, mientras la mano buscaba, se regodeaba en las devastadas maderas del techo.

—¿Cuánto es? —dijo el niño.

—Diez pesos.

La caja registradora rompió el silencio. Las lentas monedas rodaron al fondo. El niño salió de la tienda. López despachó el cigarro, pero los dedos, acostumbrados a su memoria, siguieron rígidos y dispuestos. Después, liberados del impulso, escudriñaron la barba.

—¿Vendes mucho? —le preguntó.

Amescua miró el fondo de la caja registradora. El cajón con los recibos. Unas ligas. López seguía en el mismo lugar, uno mismo con su maleta. Amescua siguió los remanentes de su voz. Sus ojos brillantes como una burla. La mosca ligera descendía, una pluma; y se estrellaba, belicosa, contra una ventana.

—No mucho, a veces los domingos —dijo, al fin, Amescua.

La torpe abandonó su embestida. Luego, intermitente, sobre la camisa de López. Una y otra vez a los hombros, al cuello, a la cabeza.

—Va a estar un buen rato ahí, molestándote —dijo Amescua.

López bajó la vista. Intentó, sin muchas ganas, espantarla. La abundante luz de la calle, en oleadas, en la tienda.

La maleta parecía oscilar. También López. En un sueño, borrosas, las siluetas. Como en agua turbia. Los broches oxidados y las asas.

“¿Por qué se fue del pueblo?”, pensó Amescua, “por qué apenas puedo recordarlo”. Y cuando se hundía la mente en las preguntas, cuando la memoria iba por ellas, un par de moscas entraron. Las recién llegadas, en el ámbito de López, animosas, parecían. Se unieron a la otra. Como vivas hermanas, con júbilo, revolotearon.

—Siguen llegando —dijo López, casi resignado. Y miró sus manos calmas, desvanecidas, pálidas.

—¿Por qué te fuiste? — volvió Amescua.

—Los recuerdos aguijoneaban, ya te dije.

Amescua supo que mentía. Las moscas fueron peregrinas a la maleta. Se pasearon, como alambristas, por las asas. La maleta, su figura parda, el cuero tenso. Y Amescua con ganas de aplastar a las intrusas, de maldecir a López, de incendiar entre risas la tienda.

—¿Qué pasó con los que dejé, dónde están? —dijo el inmóvil.

El brillo en sus ojos decreció. Parpadeó más rápido. Unas arrugas en la cara. Los cabellos que escapaban del sombrero, dispersos en la luz, como el volátil fuego en el verano. Movió la cabeza: un aura de amargura en el perfil, en la mirada.

—No sé, algunos siguen aquí, en el pueblo.

“Decía que iba a huir, que el aire de la región mataba a la gente”, pensó Amescua, “luego la plática con los perros, sentado en las bancas del parque, en la tarde”.

A pesar de la proximidad, por los pensamientos, Amescua dejó de mirar a López. Fantasmas, volutas, figuras de aire: su mente. Cuando volvió a él una decena de moscas se arracimaban en la maleta. Muy juntas zumbaban. Vibrantes. La tienda caldeada, pensó, por el diminuto temblor de sus alas.

—¿Qué tienes en la maleta?

—Recuerdos, muchos.

López hundió la mirada. Las nervaduras de los ojos, el fervor en las manos, el gesto salobre. Su respiración temblaba, perdía ritmo, se desbocaba.

Amescua inclinó el torso. Su sombra, un segundo cuerpo, avanzó en el piso. Las moscas, ante la amenaza, buscaron el costado opuesto de la maleta.

—Estos animalillos —dijo López mientras desenvainaba otro cigarro.

—Tal vez el humo las espante.

—No lo creo.

Las necias, a media furia, persistían. Su leve zumbido casi arrullaba.

“Decía que no entendía a los hombres”, pensó Amescua, “que en sus almas estaba agazapado el odio, la insensatez, la locura”.

El humo pronto en la boca de López, igual que antes, como si no hubiera pasado el tiempo. Instantáneo milagro, la borrasca, se desvanecía.

—Cuando me fui el sol estaba a la misma altura, sobre el horizonte —dijo López mientras señalaba tembloroso las ventanas.

El gesto perduró, inacabado en las manos. Duraba porque levitaba en el calor. Porque en la perseverancia buscaba respuestas. Amescua aprovechó la distracción para dar unos pasos al lado, casi llegó a la esquina del mostrador. López percibió el movimiento y dio un paso atrás. El cigarro medio consumido, entre chispas, en el piso.

Imagen: Andrea González Beltrán

—¿A dónde vas? —le dijo.

—¿Qué tienes en la maleta?

—Eres curioso, desde niño.

Una mancha negra en la maleta, por las moscas. Reinas del zumbar seguían en su apretado convite. Amescua, ante la visión, náuseas, olas lentas, una marejada en el cuerpo.

—Tú casi no respondías preguntas…

No pudo seguir hablando por la necesidad de agua, de apagar el hormigueo en la piel. López, frente a él, en la tarde inútil. Su figura nacida cada segundo, entre zumbidos, cada instante.

Una fumada, una nueva nube, una aureola en los labios. El combate seguía en los ojos. La luz en la maleta, para las moscas, un abrevadero.

—¿Recuerdas qué día me fui?

“Sólo recuerdo sus palabras, su figura en la calle, después de la escuela”, pensó Amescua, “pero sus palabras, como ahora, encendidas, locas”.

Un poco de viento entreabrió la puerta. Por el espacio otro enjambre de moscas. Varios pelotones cubrían la maleta.

—Cunden las moscas, resuenan —apuntó López, casi con deleite, recitando un poema.

Amescua abrió la puerta del mostrador. A menos distancia el otro más frágil, blanquecino, parecía. Quizá por eso Amescua avanzó. Las moscas seguían entrando. Al principio vagaban, deslucidas. Las intermitentes. Un montón de frases dispersas. Luego posadas con delicadeza, las patas, engrosando el contingente en la maleta.

—¿Por qué acuden tantas? —dijo Amescua.

—Es beneficiosa tu cercanía, les gusta —respondió López con una sonrisa.

Amescua tenía muchas preguntas. Los dos, a la distancia, a punto de hervir. Una nube diminuta, de repente, en el recorrido del sol. Y las sombras en la tienda se movieron, como pájaros en escape.

—Quita la maleta, para que se vayan —dijo al fin Amescua.

—No puedo.

—Entonces sal.

—Necesito respuestas, por eso las moscas, por eso la maleta. ¿No entiendes?

Amescua sopesó las palabras del alucinado. Buscó verdad en su incoherencia. En el sombrero, en los modos descompuestos, de espantapájaros, pensó. A escasos centímetros todo parecía más claro: el odio, el torvo hedor de las moscas. Una mirada. Las locas ansias recorrían a Amescua. Entonces, ante la complacencia de López, ignorando la repulsión, puso las manos en las asas de la maleta. La fiesta de las moscas mudó al techo, a las ventanas, a todos lados. Oscurecían el ámbito, las breves. La nube de simultáneos cuerpos. Al mismo tiempo, también, los hombres forcejeaban. La maleta pesaba y los brazos y las manos no cedían. El movimiento casi irreal de los combatientes, muy lento: de hombres viejos, de formas que suceden a escondidas, en la noche. La violencia menguó y las moscas, por contraste, se desbordaban. Repletas estaban en el cielo de la tienda.

Los hombres, ignorantes de la celebración, brillaban sudorosos y enfermos. Latían las sienes, los párpados, incluso las pesadas respiraciones. A la distancia, por un resquicio de la puerta, se veía el cuadro vivo de dos hombres, apenas con fuerza, con un asa en la mano, buscando una inútil victoria. El cierre de la maleta comenzó a ceder. Amescua asomó los ojos. También López. En los ojos hubo consternación, pero también incredulidad, asco, desvarío.

Entonces las arremolinadas se unieron en una nube. A punto de llover de tan pesada. Y con un solo impulso, un cuerpo que entra de lleno en otro, invadieron entre alaridos los labios, los brazos, los cabellos, los ojos.


Alejandro Badillo (Ciudad de México, 1977).

Escritor mexicano, Miembro del Comité Cultural del programa de Lengua y Pensamiento Crítico de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla upaep. Autor de Ella sigue dormida, La herrumbre y las huellas, Efectos secundarios, entre otros.


Imagen de portada: Andrea González Beltrán.

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