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Livier Fernández Topete

El deseo de cambiar a los otros puede convertirse en una misión errada, desgastante y desconsiderada. Para cualquiera, el problema por lo general está en el otro, lo otro es el contratiempo.

A lo largo de la historia humana, podemos ver innumerables muestras de insistencia por erradicar la diferencia, algunas más trágicas que otras, sin embargo, desde la intolerancia a otras razas, a otros credos o a otras preferencias sexuales que han desencadenado barbaries, hasta las cotidianas formas de no aceptar lo que no se parece a uno, todas hablan del Narciso que llevamos dentro, si se trata de anular, deberíamos comenzar por ahí, pero como es una tarea tan ardua, profunda y compleja, mejor nos desquitamos con el afuera.

La traba está en los otros cuando no queremos destrabarnos, cuando neceamos con la necesidad de miradas que nos reflejen. Esperar que el otro cambie es pretender algodonar el camino personal, volverlo más confortable para evitar la gestión de lo propio.

El obstáculo está en la fantasía de verdad, en el engalanamiento de la autoimagen, en la falta de valor para romper el espejo más caro y más duro con tal de seguir regodeándonos en las falsas mieles de nuestro Yo, con tal de seguir bañándonos en las engañosas aguas del río narcisista.

«Retrato de Mister James» de René Magritte

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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