Beatriz Rojas: Enredadera6 min de lectura

Beatriz Rojas

Cuando hacían el amor, no se daban cuenta, pero les crecían nuevos brazos y piernas. Torcidos, como si tuvieran los huesos rotos. Luego las nuevas articulaciones se entrelazaban y ramificaban como una prolífica enredadera.

Conforme pasaba el tiempo, la enredadera de brazos y piernas los envolvía hasta casi tocar el techo, se alimentaba de sudor y del viento que emanaban los suspiros; pero al llegar al orgasmo se estremecía y explotaba, llenando las paredes de sombras y de manchas.

Ellos no lo notaban porque se miraban a los ojos todo el tiempo, para después desplomarse entre las sábanas y quedar ahí, en silencio, admirando las manchas rojizas de las paredes.

Nunca, antes de conocerse, les habían crecido brazos o piernas al hacer el amor, ni siquiera una uña. Como si en el pasado el sexo hubiera sido un sueño del que apenas despertaran.

Un día, al cabo de una larga y tediosa jornada de trabajo, de rutina, de tedio, se miraron frustrados y enojados, molestos por nada, por todo, una sola palabra dicha sin pensar era capaz de desencadenar una marejada de celos. Quedaron pues, en silencio, como dos asesinos antes de un duelo, pero sin emociones. Decidieron hacer el amor  por fastidio, por estrés o porque no sabían hacer otra cosa; pero a medio camino algo se rompió, no podían verse a los ojos ni dejar de pensar en sus problemas mundanos, en los celos, en la rutina. No podían seguir.

Entonces fue que miraron sorprendidos y aterrados lo que se había construido a su alrededor: un castillo de ramas, una cárcel de brazos y piernas enredados en donde no se podía identificar cuál pertenecía a quién.

Inmediatamente él pensó en buscar a un doctor,  pero ella se horrorizó al pensar en la afable cara del médico familiar, el mismo que atendía a su madre y abuela y  argumentó que  la hora y la situación no eran pertinentes.

Cada movimiento implicaba un enorme esfuerzo y parecía enredarlos cada vez  más. Imposible ponerse de pie y caminar. Se quedarían para siempre atrapados en esa  dolorosa madeja que los inmovilizaba y los dejaba como tontos, viéndose de frente, pero sin saber qué decir, sin quererse y sin poder comer, hasta morir.

Pensó ella que sería menos penoso llamar a una ambulancia. Tal vez esta circunstancia era alguna especie de enfermedad que  aquejara a la gente de vez en cuando, así que a los paramédicos no extrañaría ni horrorizaría verlos en esta contingencia y podrían auxiliarlos.

Ahora bien, razonó él, podía ser que no se tratara de una enfermedad, sino de una condición diferente que los hacía extra o supra humanos. Entonces los llevarían a un laboratorio, llamarían a la prensa y los fotografiarían así, desnudos, preservándolos para los futuros ojos mórbidos de posibles hijos, nietos y demás descendencia. El miedo contrajo sus músculos dolorosamente.

Tal vez, manifestó ella, podríamos tratar de moverlos, después de todo, son nuestros apéndices. Puede que cueste trabajo al principio, como a los recién nacidos les cuesta empezar a dominar sus movimientos, pero poco a poco fortaleceremos estos nuevos músculos y podremos moverlos, entonces seremos mejores que el resto de los humanos, tal vez.

Él estuvo de acuerdo y realizó un enorme esfuerzo, pero era difícil, considerando que no sabía cuales extremidades le pertenecían. Únicamente logró mover sus propios brazos, provocando la hilaridad de su compañera, que se retorcía en espasmos cosquillosos. A él eso le molestaba cada vez más, porque empezó a recibir un codazo en la cara, seguido de un rodillazo en el vientre, un cabezazo en la mandíbula…así que cesó sus intentos, fatigado y adolorido.

Ella lo miró, jadeante aún, con una breve sonrisa en los labios, un tanto irónica.

-No tiene caso- respondió a la pregunta que ella quizás no había ni pensado en formular-. Es imposible mover estas masas gelatinosas, dudo que tengan huesos, están pegados. Además, más que brazos y piernas, parecen ramas.

Ella contestó con una breve risa, posible resabio de las carcajadas precedentes, o bien fruto de la estupidez que producen la ignorancia o el nerviosismo.

A él le exasperó su risa y quiso golpearla. Lo hubiera hecho, de saber dónde estaba su puño derecho y si el izquierdo no estuviera aplastado por la mujer. Así que optó por el único ataque posible, una nueva ráfaga de cosquillas arteras y desesperadas, lo que redundó en una nueva ronda de patines y codazos contra su humanidad. El movimiento se tornó tan violento que el enredijo de brazos y piernas comenzó a balancearse suavemente sobre ellos, meciéndolos, acariciándolos, jalándoles el cabello. Esto fue excitando al hombre, poco a poco, que no podía dejar de estar molesto con ella pero tampoco de desearla frenéticamente.

De repente ya no importaba la telaraña en que estaban metidos, ni los celos, ni los paramédicos imaginarios, ni el mundo, y se enredaron en un beso larguísimo que los sumió en una oscuridad omnipresente. Sus movimientos golpearon las paredes y alertaron a los vecinos que corrieron a tocar la puerta, pero ellos no pudieron escucharlos, entre gritos, suspiros y silencios.

Entonces la madeja se reventó con la suavidad de una burbuja de jabón y cayeron exhaustos a ambos lados de la cama. Los ojos vidriosos, una sonrisa muda en los labios, mirando cómo se habían cuarteado las paredes después de la explosión, observando las manchas negras y rojas que habían formado líneas a su alrededor. Ahora la obra estaba completa y no podía pensarse que nada fuera casual; ni una sola rajadura en la pared estaba fuera de lugar, ni una mancha, ni una sombra, ni una gota de sangre. Todo se acomodaba en perfecta sincronía formando una especie de vitral en donde casi podían leer sus nombres y su historia, donde se dibujaban los rostros de sus hijos y nietos no nacidos.

En eso se abrió de golpe la puerta y entraron dos policías, tres paramédicos, la nariz de la vecina y los ojos del vecindario. Alarmados, curiosos, ávidos de sangre y llanto, pero ya nada importaba.


Beatriz Rojas (Ciudad de México, 1982). Periodista y escritora, una de sus publicaciones es Noche de muertos, y ha participado en antologías de narrativa y poesía como Narradores emergentes. Palabra, comunión y desencuentro y El brillo de la yerba húmeda.

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