Extramodernidad8 min de lectura

David Ramos Castro

Desaparición o muerte de los metarrelatos

Resulta ya un lugar común referirse a la noción de posmodernidad como al advenimiento de una época marcada por el fin de los metarrelatos. Pese a todos los años transcurridos desde la publicación de Jean-François Lyotard, La condición posmoderna (la edición en francés data de 1979), llama la atención que tal concepción de la historia y de nuestro estado existencial en ella siga mentándose como si fuera el producto de una reflexión hecha hace un par de días. Ello, por supuesto, no supone responsabilidad alguna del pensador francés ni implica necesariamente un menoscabo de sus argumentos: solo evidencia que la fuerza del cierre ideológico ha terminado por alcanzar su análisis, el cual estaba destinado, en origen, a criticar toda posibilidad de clausura.

Entremedias, los años que nos separan de la obra seminal de Lyotard han sido testigos de muy diversas interpretaciones sobre sus tesis; destacan, entre otras, las críticas al término mismo de posmodernidad, bajo ópticas que han preferido elegir otros prefijos para crear nociones diferentes de sobremodernidad (Marc Augé), hipermodernidad (Lipovetsky) o transmodernidad (Rodríguez Magda); las que han preferido enfatizar la condición moderna (Touraine, Martuccelli) utilizando, en ocasiones, metáforas penetrantes como la referida a la liquidez de los tiempos modernos (Bauman); las que han aprovechado la crisis de los metarrelatos para debilitar los barrotes de la “jaula de hierro” forjada por la racionalidad instrumental (Vattimo); o las que han optado por una crítica del posmodernismo y su legitimación cultural del capitalismo avanzado (Jameson).

Sin embargo, una vez transcurrido medio siglo, cabe preguntarse nuevamente sobre aquellos grandes relatos y sobre la medida exacta de su supuesta caída, pues, en los extraños días que atravesamos, carentes en el fondo de epíteto, aquellos parecen vibrar desde alguna parte y conjurarse contra nuestro presente; ese que, cincuenta años más tarde, todavía cree haber decretado y logrado su muerte. La situación bien podría traducirse al idioma del psicoanálisis y revelarnos que lo reprimido solo retorna, tarde o temprano, como un síntoma de fuerza crecida. Tal vez, pues, aquellos metarrelatos –que en el fondo nunca habían sido realidades sin fisuras sino ideales de una unidad compacta- no sucumbieron en el momento en que Lyotard lo pensó; tal vez, entonces, solo habían iniciado un proceso de desaparición destinado a reubicarlos, diferirlos, disfrazarlos.

En su conferencia ¿Qué es un autor?, Michel Foucault advertía que afirmar la desaparición del autor no bastaba para comprender las implicaciones que dejaba ese repentino vacío, algo que, dicho sea de paso, ya había intuido el alumbramiento poético del poeta chileno Vicente Huidobro (“Abrí los ojos en el siglo/ en que moría el cristianismo/ retorcido en su cruz agonizante/ ya va a dar el último suspiro/ ¿Y mañana qué pondremos en el sitio vacío?”). Para Foucault, tampoco la situación equivalente de la muerte de Dios o del Hombre añadía siquiera una palabra sobre el lugar o lugares de destino de aquellas fuerzas dispersadas. A ese linaje de desapariciones podemos añadir los metarrelatos, los cuales, en su calidad de fundamentos, tampoco logran desaparecer sin dejar secuelas que repliquen, con variada y mermada intensidad, el cataclismo de ese radical terremoto. Por otra parte, todavía es posible cuestionarse hasta qué punto la desaparición y la muerte pueden ser consideradas como equivalentes.

Forma parte de la experiencia habitual el pensar en ambos casos –la desaparición y la muerte- como sendos modos de lo ausente; pero de una ausencia realmente posible por mor de su omnipresencia (Heidegger). No obstante, a los distingos culturales que existen a la hora de expresar la muerte, debemos añadir las reservas que podemos advertir en nuestras formas más próximas de experimentar una cosa y otra; así, mientras que la desaparición deja entreabierta la posibilidad de una reaparición futura, algo que la muerte no hace -o no en el sentido de una restitución ordinaria a la sensibilidad de este mundo-, la muerte del otro, que es la única que podemos llegar a experimentar en un sentido social y cultural, significa la posibilidad de cerrar el ciclo de una vida corporal a través de un pequeño gran relato. Contraria a esta posibilidad de salud antropológica, la desaparición obstruye el relato y enmienda la totalidad del silencio con una indigesta mezcla de promesa y angustia en la que la presencia es imposible y la ausencia inefable.

Inminencia de los metarrelatos y etnografía del mundo

¿Qué ha ocurrido, entonces, con los metarrelatos? El antropólogo Néstor García Canclini habla del arte contemporáneo como de un territorio ganado por la inminencia, es decir, por algo que siempre está a punto de ocurrir, pero que nunca llega a acontecer. No me parece casual que el libro en que desarrolla esta tesis lleve por título La sociedad sin relato, pues ¿qué otra cosa explicaría esa tenaz inminencia si no los ecos producidos por una desaparición que tampoco acaba nunca de morir? Frente a Lyotard, para quien “la nostalgia del relato ha desaparecido para la mayoría de la gente” (La condición posmoderna. Cátedra, Madrid, 2006, p.78), me pregunto si lo que el arte nos demuestra no son apenas los rescoldos diseminados de una resonancia que sigue buscando el acoplamiento simbólico con aquellas experiencias cargadas de sentido que, al menos idealmente, los grandes relatos ofrecieron un día. El arte conserva, de esta forma, la fuerza liberada por una desaparición que dejó al mundo cifrado en sus pedazos, huellas, glosas, grafías; en suma, que lo volvió etnografía.

Ahora bien, si en el fondo los metarrelatos no han muerto ni pueden morir porque lo que los define son los designios de la desaparición y no de la muerte, ¿cómo entender nuestra perseverancia al confirmar que ya no están entre nosotros ni nuestras vidas entre ellos? Quizá, la cuestión consista en pensar sobre los relatos concretos que han desaparecido y, a renglón seguido, en aquellos otros que, taimadamente, han ido procurando ocupar su lugar hasta nuestros días. Sobre esto, no hay que olvidar que Lyotard se refería, al inicio de su libro, a la crisis de relatos como el de la hermenéutica del sentido o el de la emancipación del sujeto (p.9); mientras que, hacia el final, reconocía que el gran relato de la legitimación del saber había perdido vigencia a consecuencia del reforzamiento del capitalismo y la revalorización del “disfrute individual de bienes y servicios” (p.73). Empero, ¿no nos permite esto deducir que detrás de la crisis y desaparición de aquellos relatos lo que se esconde es el secuestro llevado a cabo por este último modelo de vida? Y en ese caso, ¿no precisa tal modelo de su propio aparato de legitimación, o sea, de su propia constitución de metarrelatos?

Extramodernidad

El lento análisis del presente va esbozando una respuesta afirmativa a la pregunta anterior. Desde diversos ámbitos de actividad, entre los que aparece el arte, lo que percibimos es una progresiva e irrefrenable instalación tecno-ideológica que, para su implante, requiere de una serie de asertos previos y apodícticos que hacen de las dimensiones de la tecnología que hoy se desarrollan, del sistema económico que las sufraga y de los individuos que las consumen, tres pilares trascendentales colocados en un supuesto más allá de lo que se cuenta. Es decir, su situación sigue condensando los dos movimientos antagónicos básicos que tanto los defensores como los críticos de la posmodernidad han señalado para defender sus tesis: o bien acentuando algunos rasgos presupuestos de la modernidad, o bien resaltando los de una época que ya está más allá de ella.

Pese a que, en general, no encuentro demasiado elocuentes los conceptos que se crean por adición de prefijos, puestos a aceptar esta forma de derivación conceptual, diré que, para captar el conflicto de nuestra época, me resulta más preciso hablar de extramodernidad, aprovechando, pues, los dos significados que lleva consigo el prefijo extra en español: que acentúan la cualidad de algo o mentan el estar fuera de algún lugar. Así las cosas, la extramodernidad respondería a esa ambivalencia en que la modernidad, a partir de la crisis que podemos situar en el decenio en que Lyotard escribió su libro, no ha dejado de moverse. Según ella, no se trataría ya de oponer una forma de legitimación metadiscursiva a otra de fragmentariedad intradiscursiva y potencialmente arbitraria,  sino de interpretar la modernidad como un proceso dual que ora se adapta a los dictados estructurales del capitalismo, ora siente el deseo de volver a sembrar, fuera de sí, narraciones mejores que las que ahora, también desde fuera, aunque sin confesarlo, la llenan de evangelios tecnológicos, presagios artísticos e inminencias baldías.   

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

Notas relacionadas

Danos tu opinión: