Folikanuya: el dunumba de la cantera rosa7 min de lectura

Caliche Caroma

La entrevista se lleva a cabo en la colonia Prados Verdes, en la azotea de una de las viviendas de este barrio popular. La sesión de fotografías y video llaman la atención de los vecinos que también suben a sus azoteas, disfrutan de las polirritmias complejas pero sabrosas. Folikanuya escogió para grabar un fragmento del ritmo Baö, música del bosque de la tribu Toma que se toca para las mujeres en su iniciación sexual, antes se interpretaba sólo con krines (instrumento africano parecido al teponaztli mexicano), ahora todo el ensamble suena, incluso los instrumentos de otras tradiciones, adaptarse o morir. Son las seis y pico, la tarde no quiere irse sin antes haber escuchado los sonidos ancestrales y, al mismo tiempo, nuevos. Ritmo, ciclos y la poderosa vibración de los tambores.

Ocho son los integrantes de este ensamble de percusiones y danza llamado Folikanuya, agrupación moreliana que se inspira y toma como referente la tradición musical de la cultura Malinké (mandingá) que se desarrolló en Guinea, Burkina Faso, Senegal, Mali, entre otros países del continente negro. Daniela Ortega, Noelia Ventura, Alejandro Álvarez, Diego Franco, Andrés Oropeza, Héctor Lizcano, Massimo Delia y Jorge Pointelin, sus nombres. Dunumba, sangba, kensereni, djembé, balafón, requinto jarocho, guitarra electroacústica, sus instrumentos. África, su corazón.

Prepetepe peté patapá, la atropellada paráfrasis de uno de los llamados en binario más conocidos de los ritmos Malinké, existe ya un antecedente importante en la capital michoacana y en México entero. Además de la historia profunda y viva de los africanos en este país, la llamada tercera raíz, otra historia más reciente se ha ido construyendo gracias a jóvenes inquietos y al flujo de información, presencial y virtual. Al menos la mitad de los integrantes de Folikanuya tienen más de quince años en contacto con las percusiones africanas, aprendiendo, interpretando, difundiendo y disfrutando de esta música de ritmos contagiosos. «Sí los conozco, tocan y bailan muy bien esas chicas y chicos, los vi en Altozano hace como seis años», dice uno de los vecinos cuando la entrevista termina, les pide su teléfono, «para lo que se ofrezca».

Folikanuya tiene entre 8 y 9 años de existencia, no llevan esa cuenta; integrantes que han cambiado, unos se van, otros llegan, pero permanece la base, el núcleo que palpita entre campanas, maderas y cueros, esos que persisten y establecen la hora del ensayo. Folikanuya interpreta, reinterpreta y hace sus propias versiones del afro, utiliza instrumentos como el requinto jarocho y la guitarra electroacústica como el elemento melódico que acompaña al balafón, a falta de n’goni y demás cuerdas (bolón y kora, abuelitos del bajo y el arpa). Tocan lo tradicional, la aldea, lo que suena en la village y también las fusiones de Conakry. Han estudiado con maestros africanos: Mohamed Oulare, Yadi Camara, Karim Keita, Rachid Setouty, et al. Folikanuya, el esfuerzo y la dedicación como ritmo.

Jorge Pointelin

¿Para quién y en dónde toca Folikanuya? Según palabras de sus integrantes, esta música no excluye, todo lo contrario, es incluyente, la disfruta el niño y la abuelita, el señor burócrata y la quinceañera, el hipster y el hippie, el Papa Francisco y, aunque usted no lo crea, Donald Trump. Hay ritmos africanos para cualquier ocasión, es válida la apropiación: fiestas familiares, ceremonias oficiales, funerales, pachangas de barrio, teatros y centro culturales, graduaciones, cosechas, desfiles, aquelarres y donde se requieran las sabias voces de los tambores. «Todo tiene y es ritmo”, parafraseo de lo que dice Mansa Camio en el video Foli, palabra que significa música, kanuya es existencia. Folikanuya: existiendo en la música.

Los nuevos folikanuyas, cuatro o cinco años (una de las bailarinas tiene siete meses en el ensamble), primero fueron espectadores, veían y escuchaban a éste y a otros ensambles en la Cerrada de San Agustín, ubicación moreliana que durante años fungió como el punto de encuentro de los tamboreros morelianos. Allí, en pleno Centro Histórico, se tocaban percusiones africanas los fines de semana (Zarahuatos, Kandumba, Olubatá, Konates Boys, et al). Los curiosos y nóveles percusionistas se acercaron a los experimentados músicos para pedirles clases, cursos, talleres y, poco a poco, después de haber alcanzado los conocimientos básicos, rudimentos, se integraron al colectivo, pudieron ensamblarse y pasaron a formar parte de Folikanuya. Procesos que parecen fáciles, sin embargo, sin esfuerzo, sudor y un poco de sangre, no hay recompensa.

Daniela Ortega

Además de apasionarles la percusión africana, con el paso del tiempo y la profesionalización, mejor dicho, la profundización en los misterios del tambor, los integrantes de Folikanuya se han relacionado cada vez más estrechamente con la percusión africana: «No tengo palabras para explicarlo, sólo lo siento dentro de mí, algo que me hace conectarme con todas las cosas», dice Diego Franco, uno de los más jóvenes del ensamble. La mayoría de ellos se dedican sólo a la música, pero otros tienen oficios diversos como pizzeros, vendedores de cartuchos para impresoras, incluso hay una maestra en derecho. Los músicos de tiempo completo tocan otros géneros como salsa, cumbia, son jarocho, trova, folk y jazz.

La influencia africana en la música michoacana es mucha, aunque no todos la conozcan ni la reconozcan. Tamboritas, zapateado y el cacheteo del arpa son partes de este rastro que se expande, que crece en lugar de desaparecer. Quizá por esto Folikanuya ha encontrado excelente recepción en lugares como Apatzingán, Lázaro Cárdenas, Tepalcatepec, Huetamo, etcétera cartográfico. Y no sólo en Michoacán, San Luis Potosí, Veracruz, Ciudad de México, Ensenada, Playa del Carmen, Los Cabos, Querétaro y un montón de lugares más tienen sus ensambles de percusiones y bailarinas y bailarines de lo Malinké y otras tradiciones que llegaron de África.

Descargas de energía revitalizante, los tambores. Estos párrafos apenas si se aproximan a la experiencia de escucharlos en vivo, ¡vivos!, de presenciar la danza, expresión de la fuerza africana, el pie en la tierra, la conexión primera, primitiva, memoria de la mano que labra y toca, el canto que hace hervir la sangre: ¡Naamu! A pesar de estar a miles de kilómetros y a océanos de distancia, sin importar que esto sea Morelia, África presente está: cantera y percusión. Estas líneas apenas sirven de introducción, un breve corte para entrar al universo rítmico que generan estos ocho músicos llamados Folikanuya.

Noelia Ventura

folikanuya

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Foto de portada: Wendy Rufino

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