Forma y fondo4 min de lectura

Ismael García Marcelino

En la forma de decir las cosas hay un fondo, es decir, un mensaje subyacente que, al final, suele ser el que verdaderamente importa. No es lo mismo decir “¡Ay, Juan!, ¡te pareces a tu padre en lo bueno para nada!” que “¡Mira, Juanito, lo hiciste bien, pero voy a ayudarte para hacerlo mejor!”. Por supuesto, antes que saber decirlo, hay que abrigar un buen propósito.

En Michoacán, un grupo de trabajadores de la salud, por miedo o por lo que usted quiera, se amparó para que la institución que los emplea no pudiera obligarlos a seguir trabajando durante la contingencia por Covid-19 que vive la humanidad. ¿Se imagina usted a un grupo de médicos o enfermeras que “se defienden” para que nada pueda obligarlos a cumplir con responsabilidades que se supone que forman parte de su apostolado?

Igual que es reprobable, por absurdo, que un sector de la sociedad ataque al personal de salud y la haga responsable de las muertes por coronavirus, es igualmente cuestionable que un médico o una enfermera se resguarden en su derecho a proteger su vida y eche a correr cuando se le necesita.

De la misma manera, un maestro, éste que hoy aplaudimos, más porque estamos en modo “día del maestro” que por la admiración que nos inspira, más por la fecha, que nos hace olvidar que hay quienes no valen el salario que el sistema les paga, no es ni siempre ni por fuerza, un apóstol de la enseñanza. Paciencia, esto es más intrigante de lo que parece y, antes de creer cualquier cosa, exige una lectura tranquila. Porque no se puede negar que conoce a algún maestro o maestra que durante una marcha escribe consignas con faltas de ortografía, que llega borracho a dar clase o instala su mercado negro de plazas el mismo día que recibe su nombramiento de supervisor. Si usted recuerda a alguno, para qué traerlo a cuento si no es el propósito; pero de que los hay, los hay y, como a Dios, no hay que verlos para sentir su presencia. No va a ser fácil entenderlo, veamos por qué:

Pensemos en un bombero que, frente a la libertad que tiene de no querer morir quemado, elije permitir que una casa y sus ocupantes terminen calcinados. No todos los vecinos tienen un equipo de protección para sofocar un incendio, pero con más decisión que equipo de protección, hay vecinos y vecinas que apagan incendios, policías que atienden un parto o estudiantes y voluntarios que rescatan cuerpos con vida bajo los escombros en un temblor o en una inundación. De un estudiante, de un policía o de un vecino no se espera tanto como de un bombero, de un médico o de una enfermera, y ése es el punto a reflexionar: ¿Por qué en la escuela se enseña que quienes se “portan mal” tendrán como castigo limpiar el salón?, ¿o a leer una novela y escribir una reseña?, ¿por qué el sistema envía a un maestro recién egresado a una comunidad alejada como una forma de castigarlo para que haga méritos para “merecerse el puesto”?, ¿por qué el maestro se resigna con la adscripción y se queja en lugar de aprovechar la oportunidad para servir donde de verdad se le necesita? Como se ha dicho, no es fácil entenderlo.

Así las cosas, de un policía esperamos que se ocupe de garantizar la integridad de las personas en la vía pública, pero, frente a la circunstancia, se agradece que atienda un parto; de un estudiante esperamos que estudie, pero se agradece que ayude en el rescate de vidas humanas; de un maestro esperamos que enseñe lo que sabe, pero se agradece que sepa lo que enseña; de un médico y de una enfermera se espera que, en medio de una emergencia, funcionen y atiendan el área que les corresponde. Pero si echan a correr, quién sabe si tengan clara su misión personal, y eso es algo que difícilmente se puede agradecer.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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