Gaspar Aguilera: honrar al maestro con vino y jazz5 min de lectura

Raúl López Téllez

En la ruta del dolor, con el reconocimiento a una obra madura, cuatro escritores que fueron antologados por Gaspar Aguilera recuerdan al maestro, al amigo, al “cronopio michoacano” y quien fuera epicentro de encuentros y rituales en torno a la poesía.

En 1990, el Gobierno del Estadio publicó Continuación del canto. Muestra de poesía michoacana (poetas nacidos entre 1943 y 1969), texto que incluye a 36 poetas, muchos de ellos en aquel momento con una obra inicial y prometedora, y otros de los que nunca más se ha vuelto a saber en el oficio de la escritura.

De estos antologados, cuatro responden a la convocatoria de el-artefacto para recordar al poeta chihuahuense asentado en territorio michoacano y fallecido este 7 de noviembre, desde donde alentó el juego festivo y reflexivo de la palabra. Estas son las impresiones, cargadas del dolor por la partida del maestro.

Margarita Vázquez Díaz

En Gaspar Aguilera existía la certidumbre en su trabajo creativo, en su oficio de escritor que requirió mente para confirmar su obra y trascenderla a pesar suyo, porque ya vuela, ya se canta, ya se actúa, ya se declama en las escuelas, ya es apropiación del pueblo, para el cual a veces el nombre de quién la parió es lo que menos importa, pero se conmovieron o se conmueven o discrepan con ella.

Francisco Javier Larios

Lamentable pérdida, todo hombre que muere empequeñece al mundo, pero cuando muere un poeta -y un poeta como Gaspar Aguilera-, empobrece la humanidad. Gaspar Aguilera -todos lo saben-, supo cultivar con esmero el tesoro de la amistad y la solidaridad. Muchos aprendimos la literatura y el afecto en su persona.

Queda una obra que -sobre todo los jóvenes- necesitan valorar y continuar con el entusiasmo cómplice de nuestro cronopio michoacano. No quiero agregar más para no caer en la retórica del lugar común.

Arturo Chávez Carmona

Hablar de Gaspar Aguilera Diaz es recordar los primeros años de mi vida en Morelia. Ese estar entre la cantera, la historia y los héroes que me impresionaron los primeros meses, para después aterrizar, hacer amigos, mis maestros de San Nicolás fueron mis primeros amigos. Uno de ello fue Gaspar, el pireri, el Pirénico. Ese fuego de escribir metáforas y en todo lo que se toca irlo esculpiendo en poesía. Los labios, la piel toda de una mujer, la belleza del bosque, el rumor del mar, el silencio del agua en una cascada y ese trinar de aves al atardecer.

La casa de Gaspar era siempre la de un amable anfitrión desde las primeras horas del anochecer hasta las primeras horas pasada la medianoche. Las notas de Charlie Parker, Duke Ellington y la melodiosa voz de Billie Holiday, siempre omnipresentes. Cada día el vino, los libros, las mejores amigas, el humo de distintos tabacos aderezaba la marcha de las horas. Ahí nacían los mejores poemas y se veían las mejores letras de otros amigos de Ciudad de México, Guadalajara, Querétaro, San Luis Potosí, Guanajuato. Recuerdo por ejemplo a Jorge Esquinca, Víctor Manuel Cárdenas, Eduardo Langagne, Efraín Bartolomé, Alberto Blanco y muchos más, como Coral Bracho, Frida Lara, Pura López Colomé, Vicente Quirarte, que me vienen a la memoria.

De acá de este lado en la ciudad de las canteras el buen Fernando Ramírez, Gustavo Chavez, José Mendoza y adheridos a los Pirénicos. Esto de conocer y conocernos, leer y leernos los poemas en los cuadernos apenas esbozados, después hacernos cómplices y publicar, como mi primer poemario, Declaraciones, en la Editorial Universitaria cuyo jefe era Gaspar. Con él, con Gaspar Aguilera Díaz acabamos en el oficio de poetas y ya después, otros oficios más productivos y más vergonzantes también.

Hay que leer Los Ritos del Obseso para conocer el periodo central de la obra de Gaspar Aguilera. Y de lo último, mis oficios no me permitieron conocerlo ni estar cerca de él. De pronto pensaba en buscarlo, pero me arrepentía, no quería mas que recordarlo como antes, ese muchacho barbado y joven de gran nariz, que seducía con su palabra y enamoraba a quien le escuchara. Gaspar se fue, no; el sigue con nosotros, en sus poemas y en la memoria de su grata vida.

Neftalí Coria

Me conmueve la muerte de mi querido amigo Gaspar. Fuimos amigos desde mis primeros años de la poesía. Compartimos la poesía, la música, la alegría por la vida, los sueños por las mujeres que amamos, la embriaguez. Hubo madrugadas que le disparábamos y perdonábamos a la vida a un tiempo. Siempre lo tuve presente en mi corazón; a él le debo mucho de lo que fui construyendo en mí, sobre todo su acompañamiento en momentos donde llegábamos juntos a la «Zona de derrumbes» de la difícil vida de poeta. Le agradezco los ánimos que me dio. Lamento mucho su partida. Lo quise y me quiso. Fuimos honestos con nuestra amistad. Lo recordaré con el corazón y siempre leeré los poemas suyos que me gustaban. No lo voy a dejar morir. Dios lo guarde.

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