Nektli Rojas: Gato Mágico7 min de lectura

Nektli Rojas

Llega con sus ojos verdes y su piel magnífica y se asoma por la ventana. Claro que ya lo había visto: paseándose por el boulevard, entre los árboles, cruzando la calle. Me miraba y se detenía, pendiente de cualquier movimiento mío. Yo soltaba sus ojos y abría la puerta de mi casa, sin mayor interés en nada. Ahora que sé su secreto, pienso lo inútil que hubiera sido saberlo entonces. Nada hubiera cambiado. Lo cual atestigua que el destino tiene una fuerza total en lo enorme y en lo pequeño.

Cati era lo suficientemente chiquita como para caber por el espacio que separa la puerta de fierro del suelo. No se llamaba así, por supuesto, y estaba a punto de morir de una enfermedad que se gestaba en su interior. Pero el peligro inmediato era el perro de Leo —siempre dispuesto al asesinato, como pasa con los perros cuyo humano es un irresponsable—, que se abalanzó sobre ella dispuesto a tomarla del cráneo y crac, y sacudirla hasta que crac, crac y crac ¾como lo hizo con Jou-Jou un domingo de diciembre cuya noche me encontró aullándole a la luna, pala en mano. Cati se quedó dos días debajo de un coche de barrio, hasta que tuvo la valentía para descubrir cómo entrar al patio.

Nadie lo sabía entonces porque la verdad es siempre un camino sembrado de misterios, de secretos y de inutilidades, pero el gato de los ojos verdes es Mágico. Conectado tal vez al inframundo de los pequeños demonios y al éter de los maestros, o quizá capaz de ir y venir desde el hoy hasta la redoma donde alguna vez se halló preso el Diablillo Cojuelo ¾autodenominado las pulgas del infierno, que bien pudo viajar de esa manera al pelaje del ahora develado Gato Mágico. Mañas de íncubos y malandrines astrales.

Cati la había pasado muy mal, llena de parásitos. Tuvo que ser internada, tratada, salvada por segunda vez. Flaca y con pocas fuerzas y mucho interés por la vida, regresó a casa. Como los demás gatos la atacan, tiene que mantenerse encerrada en un cuarto como dama de Amadís de Gaula o una especie de Leda peludita.

La repisa de la ventana es el único contacto con el afuera, limitado por la semitransparencia del vidrio que ensucian Cati por dentro, y el Gato Mágico, por fuera. El malabarista francés, se sienta en los ladrillos, restos de un arco clausurado, y mira hacia la recámara. Gimotea, gruñe, imita a los pájaros en sus trinos y suelta la esencia del embrujo.

—¿No es su gato el que se cayó? Me dice la vecina que viene a tocar a la puerta.

—Si está segura de que es macho, no, respondo segura de que el único gato de la casa está en esos precisos momentos en la cama que me presta para dormir.

—Está en mi patio y algo le pasó porque está sangrando.

¿Sangre de gato en mi conciencia? No fue mi culpa, porque esta vez no lo espanté. O sí fue, porque cada vez que lo veo, lo alejo a gritos, porque he puesto tantas protecciones para separar a la población de casa, que los gatos ajenos ven en ella un reto a su derecho de andar por donde les dé la gana. Y yo, malvadita, no les permito ejercerlo. Me pongo ruda con eso de las pulgas y los parásitos, con eso del aquí y el allá, como si las fronteras existieran. Quiero cuidar el alimento de mi pueblo y resguardar la salud de mis conciudadanos de los peligros de los gatos ferales, de los que desconfío. Tengo razones: en una ocasión el Gato Malo, temor de todos los alrededores, se metió al patio y destazó a Sasha. Lo hizo porque Sasha era macho, porque era un cachorro y porque podía. Encontré la cabeza por un lado, medio cuerpo por otro, las patitas inferiores enredadas con los intestinos. Me dejé caer en el cemento y empecé a gritar. Luego, llena de mocos, lágrimas y horror, lo enterré en la jardinera de atrás. Por eso he aprendido a sisar y he ahorrado para rejas. Mi pueblo merece vivir feliz.

Corro a avisarle a Gloria para que revise si no es uno de sus gatos. Ella cuenta hasta llegar a siete (hoy seis, porque una de sus gatitas se perdió). No. Tampoco. Es el Gato Mágico que tal vez se rompió la pata y, si no tiene dueño, se morirá en las calles. Hoy, en el boulevard, sobre el pasto, hay un pequeño cuerpo blanco y negro. Gatito muerto de no se sabe qué. Ya apesta. La muerte de los gatos es invisible, salvo para su humano, cuando llegan a tenerlo. Que se vaya al paraíso que les pintó Remedios Varo. Que el hermanito Francisco lo conduzca hacia las dulces azoteas del más allá.

El Gato Mágico sale (claro, por arte de magia) del patio del vecino, corre no se sabe cómo a su no se sabe casa. Se retira por unos días. No se rompió la pata. No se murió. Se fue a su guarida, donde quiera que ésta se encuentre. Alguien dijo que vivía en otra colonia. Unos días después, vuelve a las calles con paso de galán.

Cati es una cría. Tiene, hay que decirlo, una peculiaridad genética, que ha dado pie a mitos, esparcida sobre su pelaje, incrustada en su personalidad. Su profundo amor por la vida, no le impide ser osada: puede sentir miedo, pero no actuar como si no lo tuviera. Es un viejo asunto que cantan los muertos cuando inician su viaje. Algo de esos conjuros está en la voz del Gato Mágico. Cati pequeña trepa por las repisas hasta llegar a la ventana siempre cerrada, un ojo hacia un más allá. Lo mira. Lo que es peor: lo escucha.

Él, ganador de muchas batallas, descubre nuevos caminos. Se coloca bajo la ventana y comienza su canto en el que se mezclan promesas, nostalgias, felicidades sólo rescatadas en los viejos poemas de los gatos. Canta y canta y los demás lo escuchan con atención. El gato rey lo ataca a través de las rejas y el Gato Mágico finge escapar. Lo que en realidad hace es mirar al aire para ver los caminos que otros han dejado ahí para él. Trepa con el viento, brinca, llega a la azotea, va hacia otra parte donde hay sol, rejas y gatas hermosas caminando entre los árboles condenados por las macetas a ser enanos para siempre. Encuentra una manera de acercarse, aunque las rejas le impidan entrar. Y empieza a cantar.

Miou-Miou lo odia inmediatamente. Es la abuela de la fabulosa Beba Bitcoin. Algo le debe saber al bateleur, saltimbanqui, prestidigitador, medio mago y medio ladrón. Se trepa hasta quedar cara a cara con él y le sisea en forma aterradora. Tal vez intenta defender a su nieta, evitarle el destino de su madre, que, teenager mom, mira la batalla desde abajo sin poder reaccionar. De nada sirve. La Beba cae hechizada por la gracia del Gato Mágico. Nunca tuvo hijos. Fue esterilizada hace no demasiado, después de un par de celos frustrados. Y ahora los cantos del Gato Mágico la llevan a lugares imposibles, donde la furia y la dulzura se entretejen con naturalidad.

¡Ay, cómo quisiera que ninguna de las dos lo hubiera escuchado! El gato rey levanta las orejas y los ojos se le quieren salir de las órbitas. Ese gato Otro, transgresor, intruso, ha tenido un éxito increíble. Cati niña y Beba Bitcoin entran en celo para siempre. El hechicero les robó los corazones y ahora todo en casa es un canto de tristeza por el amor imposible, por todos los gatos que no serán, por las oportunidades perdidas, por el calor de gato contra gato. Y Cati bebé, que no tiene edad para esas cosas, está tan triste que gasta sus pocas fuerzas en llorarle al galán y no crece. Sus orejas triangulares no atrapan mis súplicas. Mis manos no alcanzan a desenredar el enigma.

Entonces me dedico a echarle agua al Gato Mágico cada que puedo.


Imagen de Nektli Rojas

Nektli Rojas (Ciudad de México, 1963). Escritora mexicana, algunas de sus obras son Cenizas y otros cuentos, El feto y otras anécdotas y Tres largos cuentos.

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