Gazpalabrotas3 min de lectura

Ismael García Marcelino

Para Marcos Mundstock,
in memoriam

Está claro, pues, que para ser de a tiro de Michoacán, hace falta saberse hacer (y no “saber hacerse”) un buen taco de carnitas, acompañarlo con chiles perones en vinagre y rematarlo con una probadita de sórikua; haberse detenido alguna vez en Carapan a comer corundas, uchepos o una chapata. ¡Y no sabes lo que es una chapata, di! Saber que eso no es un tamal de harina, que una chapata es una chapata, lo digan como lo digan quienes lo saben decir. Así como para los chilangos es incorrecto hablarle a la Virgen de Guadalupe y no a la Morenita del Tepeyac (así, en diminutivo, por reverencia y cariño), pues en Michoacán se pregunta “¿quién y quién va a tocar en el baile?” y no “¿quiénes van a estar en el toquín?”.

Vivir en Michoacán nos puede ayudar (y no “puede ayudarnos”) a entender que las lenguas indígenas han influenciado (y no ‘influido’) al español de México; entender por qué en Yucatán se dice “quiero prestarte cincuenta pesos” (para obtener, no para conceder) y no “quiero que me prestes…”, o “media hora que te busco y no te busco” (nada de que ‘no te encuentro’), que así como los citamexiquenses hablan el castellano en náhuatl y los yucatecos en maya, los michoacanos lo hablamos en tarasco, aunque no nos demos cuenta, pues; nos alimentamos de quesadillas (a las que hasta queso se agrega); en tiempo de calor, no hay como un picado de fruta que, ¡cielo bendito!, ¡cómo fue a salvarse de incluir huevo estrellado! Para quienes no conocen un gazpacho, sepan que se trata de un vaso de fruta picada que lleva piña, mango, melón, jícama y sandía, sazonada con jugo de limón y naranja y salpicada con chiles en polvo de toda clase, no iguales, claro, hay de los que pican mucho y de los que pican poca madre.

¡Hay que tener tripa y paladar! Conozco a no pocos visitantes que, nomás por probar, una vez que lo probaron terminan por regalar su gazpacho o tirarlo al cesto; no es que sea malo, es que no es para cualquier hígado. Es cultural, pero no es algo que necesariamente nos hace cultos; ya ven ustedes, un michoacano que se respeta cree fervorosamente que Marco Antonio Solís compone y canta pirekuas (¿habrá por ahí alguien que crea que el Buki habla la lengua michoaque?, permítanme sospechar que tal despiste es posible), que Martín Urieta canta y compone para homenajear a la mujer, que los hombres no tienen más remedio que adorar a divinidades como Martha Sahagún, Elba Esther Gordillo, Rosario Robles o Paquita la del Barrio.

Quién sabe si tal condición de buen humor les ayude a comprender el fino sentido del humor de Les Luthiers, de quien su fundador, el argentino Marcos Mundstock, acaba de fallecer a los setenta y siete años, aunque no infectado por el coronavirus; quién sabe si después de Juan Gabriel tenga para los michoacanos algo de valor el arte fino de Johan Sebastian Mastropiero o el sentido agudo, profundo y profuso del maestro Mangiacaprini; quien sabe si tengan noticia del movimiento listazulista o de la Comisión de Mantenimiento y Actualización Permanente de la Canción Patria (la CMAPCP). Quién sabe si casi nadie, salvo los maestros de la CNTE, por supuesto, conoce la luz que da una terapia de consuelo y superación personal del doctor Warren Sánchez o la lectura de alguno de sus libros originales copiados a la primera versión autobiográfica de Gunther Fragen o de la Serenata Mariachi, obra del mexicano Quetaltépetl Tocatealgo. Descanse en donde sea y como sea el talentosísimo fundador de Les Luthiers.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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