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Juan Velasco

La democracia puede ser concebida de muy diversas maneras. La manera en que se le conciba tiende a caracterizar a quienes llegan a posiciones de toma de decisión de manera “democrática”.

Sin forzar demasiado los términos me parece se puede distinguir entre una manera “moderna” y una manera “contemporánea” de concebir la democracia. Ambas giran alrededor de una elección que reconoce derecho universal al voto pero dan un valor distinto al mandato de la mayoría. En la manera moderna aplica la regla de mayoría entendida como suma cero; quien gana se lleva todo y se asume como totalidad. En la manera contemporánea aplica la regla de mayoría con respeto a las minorías; quien gana ejerce respetando la dignidad y los derechos de las minorías y negocia con ellas, sobretodo para la toma de decisiones relevantes.

Si me aceptan esta manera de plantear el tema tengo la impresión de que la actual administración federal entiende la democracia a la manera moderna. Se ha vuelto un lugar común el decir que el actual titular del ejecutivo obtuvo una de las votaciones a favor más altas de los últimos tiempos, lo cual le otorga de inicio un margen amplio de legitimidad. Y es cierto. Votamos 63.4 de quienes estábamos inscritos en el padrón y poco más de la mitad votó por la fórmula ganadora (los famosos 30 millones de votos).

Atención. Poco más de 33 millones y medio de personas no asistieron a las casillas y casi 25 millones votamos por otra opción. Sumados serían 58 millones que en la manera contemporánea de concebir la democracia indican la existencia de una pluralidad social que debería ser respetada y tomada en cuenta. Sin embargo, al parecer, el actual titular del ejecutivo asume que su mayoría lo vuelve totalidad. Es un demócrata moderno. La democracia contemporánea, esa que reconoce a las minorías, le es ajena.

La sin duda exitosa narrativa de mercadotecnia política planteada por la campaña de López Obrador se basó en una dicotomía y en ese sentido la elección fue casi un referéndum. La corrupción, el robo y el neoliberalismo tecnocrático de los gobiernos del PRI y el PAN frente a la propuesta honesta, de sentido común y socialmente sensible de MORENA. La decisión parecía fácil; quizá lo que hizo falta o no se planteó lo suficiente fueron las implicaciones en términos de discusión y diseño de políticas públicas.

Sin pretender pontificar sobre el tema -de ninguna manera soy especialista sino simple observador- en la cultura política de México parece haber mucho de confianza en el líder reconocido por una “mayoría” o construido desde su carisma, en el cambio de época o, en última instancia, en el uso de la violencia -si termina por “resolver” el problema; y muy poco de construcción de ciudadanía, debate público y reconocimiento de la validez de las exigencias ajenas. Basta una mirada a los medios tradicionales o a las redes sociales para ver como las acciones de protesta o visibilización de distintos grupos sociales son descalificados por la vía de preguntar quién los paga o los mueve. Al parecer nos sigue costando trabajo reconocer que la ciudadanía, desde su diversidad, se puede organizar y actuar en el espacio público.

Probablemente una mezcla de todo lo anterior ayuda a explicar una parte fundamental de la narrativa que se ha ido construyendo desde el atril mañanero, y de eso quiero hablar para terminar ésta parrafada. Señalo sólo algunos posibles elementos.

La -para mí al menos- diversidad y pluralidad de la sociedad mexicana se convierte en “la gente” que “está de acuerdo y feliz” con las medidas de la administración federal. Quienes manifestamos alguna forma de oposición a saber lo que seamos. Al dejar de ser “gente” ¿qué seré? –igual es un buen tema de tesis para un metafísico extraviado que sienta que hace filosofía política “en serio”. Eso quiso ser una broma. El punto es que mientras sigamos pensando que quien tiene la mayoría se puede asumir como totalidad seguiremos siendo una democracia que no respeta las minorías. Y eso no es broma. Es algo muy serio. Saludos.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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