¿Haiga leído como haiga leído? No.3 min de lectura

Ismael García Marcelino

La frase “no importa lo que un estudiante lea con tal que lo haga” es lo más autocomplaciente que hay para referirse a las dificultades que un estudiante enfrenta para comprender textos escritos en la escuela de educación media superior.

Seleccionar y discriminar las lecturas son una tarea menos cómoda y fácil para el profesor que legitimar como bueno lo que se le cruza en el camino; pero creer que esta tarea de elegir, apasionante por más que difícil, no tiene la menor importancia, es tanto como tomar por acertado, como si no fuéramos los padres, que los niños pueden comer lo que sea con tal que coman.

Leer por disfrute y cultivar el hábito de la lectura, es decir leer por costumbre y disfrutar el hábito (que sería lo mismo que comer bien y disfrutar la comida), son circunstancias que, por más que ligadas, el profesor debe comprender por separado; comprender que las personas no cultivan el hábito de la lectura porque enfrentan la lectura sin placer y que quien decide leer, enfrentará dificultades para elegir sus lecturas, para ponerse a salvo de que un autor lo reduzca al “éxito social”, para comprender los mensajes de su entorno próximo y lejano y, finalmente, para leer el mundo. Escarpado y sinuoso, pero, justo por eso, emocionante.

En su desempeño docente, la misma claridad que el maestro tiene en torno a lo que sabe y decide enseñar la debe tener en torno a lo que desconoce de la materia que aborda, pues, si se salta este requisito, el desastroso resultado será compartir su ignorancia con ellos, una situación inocultablemente frecuente en la educación en México. Un maestro que no discrimina, enseña a sus pupilos a conformarse con lo que encuentran a su paso o con lo que les propone un vendedor que se introduce hasta su casa a través de la televisión o, más eficazmente ahora, a través de su celular.

La música, lo juegos en que apoyarse para el reforzamiento de, por ejemplo, las matemáticas, los bailes para ejercitar el cuerpo, la idea que del deporte se construye en la escuela, las actividades para confeccionarse una idea de la cultura más otra del arte, la literatura que hay que leer, la que no vale la pena y los libros que vale la pena no leer, son materias en las que el maestro tendrá que estar muy bien documentado.

Un círculo de lectura donde los participantes no se conformen con “me gusta mucho, poco o nada” para describir su experiencia en la lectura de una novela puede ser más útil para saber qué recomendar a los estudiantes que la complaciente frase en comento. Puede ser que algún día se dejen de recomendar best sellers de “superación personal” (como si leer una novela de Eusebio Ruvalcaba no lo fuera) o de consumir los títulos de autores artificiosamente popularizados. 

Al final, el proceso de selección de textos, tanto para la lectura propia como para la recomendación en la escuela, es contrario a la idea de la censura y la restricción; en realidad permite resaltar el valor de una buena variedad literaria y facilita el acceso a libros que el estudiante no va a pedir espontáneamente porque conoce sólo lo que empresas con mejor suerte financiera y enormes herramientas de distribución le hacen llegar sin tocarse el corazón. El camino a la ignorancia está lleno de lujosas ediciones, me dicen.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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