¿Has visto crecer el sol en tu vientre? Apuntes domésticos a propósito de la poesía de Livier Fernández Topete4 min de lectura

Caliche Caroma

Podría ilustrar la presentación del poemario de Livier Fernández Topete, colorearla de «lengua tinta», adornarla con los tenedores sucios de la explicación, contar anécdotas infundadas, decir: «lean este libro por esto y esto y estotro», o hacerme el interesante porque arena somos: «oh sí, Frente al desierto, yo conozco a Livier». Lo haga o no, pinte o despinte palabras en sus oídos, este desorden universal continuará, porque los tecnicismos se vuelven aburridos cuando salen a la calle, el mundo es limitado, junto a su realidad, cito a Livier: «uno tiene que inventarse un mundo ilimitado», afuera hay hambre y «el hambre es un hombre vivo». 

Este libro surge de la horas piano, Keith Jarrett y una pizca de tristeza para darle sabor al caldo de los días. Accidentes, puntos suspensivos en la nada. Paréntesis ontológicos. No es necesario que hable y sin embargo me muevo. Las imágenes en este poemario son pensamientos en la alacena, estamos cocinando la existencia, Livier está entre comillas: «la vida es manteca pura en contra de nuestros sueños». 

El caosmos doméstico y el mesero que nunca llega: «bajo el sol, nada nuevo»; junto al librero donde Berkeley se esconde, tras el ser, porque un dos tres por mis compañeros, es decir, es ser percibido: «uno solo es nada». El otro que le saca úlceras a la espera, la letra muda, ache y la ele y la zeta y la música de Leonard Cohen y las conjunciones carnales y los libros, no me invento nada: «Percute la sal sobre la mesa, un eco crece en mi garganta». 

Pero no hace falta que explique los pianos en Colonia, ahí están sus poeimágenes, despojos de oscuras luces y momentos de claridad casi enceguecedores: «la integridad está compuesta de escombros». 

Esta varia, mucha invención de Livier es balsa de octubre, rescata, sin querer, al náufrago lector, el que siempre en la orilla piensa, sin importar la tormenta, rodeado de tiburones con corbata, en el fin voluntario: «Algo/Alguien/Aun sin saberlo nos tiende una cuerda antisuicida».

¿Quién es ese alguien del que hablan los poemas? Podría ilustrar este balbuceo mío en torno a Livier, obstinarme en la textura interrogante de los ojos que me escuchan, de los oídos que me miran, sí, sinestesia, oxímoron, digresión, lo que yo quiero es clavar la espinita, ella no finge, de suyo le brota la poética del té de limón que cura el resfriado de la muerte: «liquido mi adeudo con vida». Filosofía, porque duda; poesía, porque una inteligencia sintiente es. De la infancia a la mujer madre amante, ésa que ama: «uno a veces se resiste al amor/como se resiste al futuro». Ella imaginaria: «luna mexicana».

Y si nos ponemos serios, pensantes, veo/leo/siento en su poema «Naturaleza» un eco ramoniano, de Ocaranza, pues (moreliana conjunción): «Somos la sombra del tiempo, el tiempo de la sombra, la sombra misma». Pero no queremos seso, queremos su palabra…

Frente al desierto, Livier Fernández Topete, editorial Diablura, colección Troje de Diablos2016. Texto leído en el Jardín de las Rosas dentro de los Viernes de Escritores de la Sociedad de Escritores Michoacanos, 07/10/2016.

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