¡Hoy no nos vamos a juntar!4 min de lectura

Ismael García Marcelino

Un pueblo sin educación pone a la venta su cultura con más facilidad que una quinceañera sus primeros besos a quien sabe pedirlos, se dijo. Ahora que las fiestas y las reuniones de más de diez personas se han tenido que tomar un respiro, para recapitular sobre el tema, seguiremos hablando de la fiesta y lo que parece, y de la confusión o el desconocimiento desde el origen, veremos por qué:

En San Francisco se insiste en que “los tiempos han venido cambiando los últimos años” y que flota la sensación de que lo peor está por venir y, aunque no es nada nuevo, se puede decir que lo que pasa en lo local refleja lo que en mayores proporciones ocurre en el país entero. No es nuevo porque los hombres y las mujeres de dos generaciones atrás se quejaron de lo mismo; pasa en cada generación: las personas suelen insistir en que todo tiempo pasado fue mejor, lo que es cuestionable, porque, aunque había Chapulín Colorado ni tenían a Raúl Velasco como escuela para el “arte y esparcimiento”, también es cierto que tenían a Las Jilguerillas y a Cornelio Reyna.

Alguien habrá que se defienda (y en una de ésas tiene razón): “pues sí, pero estos cantantes del ‘me importa poco que tú ya no me quieras’ no eran tan violentos como los que hoy tocan en reuniones privadas de políticos y delincuentes (perdón si suena a pleonasmo)”, pero al mismo tiempo y con la misma seriedad, habrá que decirles que sí, pero que también sentaron las bases para las formas del machismo que tan naturalmente se ha quedado instalado en campesinos, indígenas y citadinos. De tan popular que se volvió durante una especie de “época de oro del cine mexicano”, en San Francisco se mantiene la idea de que el hombre ideal será infiel y promiscuo, merced a su apostura, su guitarra y su facilidad para “elogiar la belleza” de las mujeres en sus serenatas, costumbre tan comercializada como romantizada, para decir lo menos. Ellas deben ser felices con quien sepa embriagarlas con palabras inundadas en miel, porque los hombres no tienen “otro remedio que adorarlas”; las que no se dejen querer así, serán poco menos que “hijas de la mala vida” y no se merecen el amor de un hombre verdadero, de alguien con pantalones para traer pistola y tomarse de un solo trago una copa de tequila hasta terminarse una botella él solito, ¡no faltaba más!

Han pasado algunos años de que comenzó el tan esperado tercer milenio y las cosas con las que nos escandalizamos en la década de los ochenta nos causan un poco de sonrisa cuando las comparamos con las que hoy vivimos cada día. En San Francisco, por ejemplo, los muchos miles de pesos que hoy se emplean en una fiesta (que muy poco tiene que ver con lo religioso, aunque arguyan lo contrario), difícilmente se destinarían para un propósito distinto de un baile estridente, con grupos de música harto populares, violentos y pésimos artistas o jaripeos, costoso espectáculo que funciona como espacio para consumir alcohol, exhibir a las mujeres como objetos sexuales y explotar a jovencitos que se arrojan a montar toros bravos a cambio de un puñado de dinero que rinde mucho menos en sus manos, que en los bolsillos de los empresarios que los contratan y los promueven; o los vetan, según su muy personal conveniencia. En esta parte de la “fiesta”, muy arraigada en las comunidades rurales e indígenas sobre todo porque de origen estuvo vinculada con la celebración religiosa, valdrá la pena identificar formas de la celebración que ostentan el mismo nombre, pero que, en esencia, no son lo mismo.

Ya que nos vamos a ocupar de hablar de este tipo de reuniones para aprender a interpretar lo que ocurre en una fiesta y en otra, por vía de mientras, posterguemos las reuniones que nos coloquen en riesgo de contraer el coronavirus COVID-19, una contingencia que nos está ayudando a reflexionar más en serio sobre los problemas que, sin alternativa, nos religan como sociedad.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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