Iconos del neoliberalismo pop9 min de lectura

David Ramos Castro

ACTUALIDAD DE UN CUADRO

Hace poco más de dos meses, la joven artista española Silvia Flechoso (Burgos, 1991) realizó una obra titulada Pietà, en la cual llamaron la atención dos aspectos: la conjugación de alusiones pop con la herencia clásica de su manufactura, y el elenco de personajes que la pintora eligió para la composición de su cuadro, entre los que destacan la presidenta de la Comunidad de Madrid, en el papel de Virgen María, y el músico de trap C. Tangana, en el de Cristo. Por tales motivos, esta obra puede ayudarnos a pensar en ciertas derivas de nuestra época, apoyándonos para ello en sus rasgos estéticos.  

El cuadro de Pietà surgió como resultado de la petición hecha a la artista por la galería Inéditad para la Feria de Arte de Madrid de este año (Art Madrid’21), uno de los eventos de arte contemporáneo más relevantes de la ciudad, junto con ARCO. Concebida en apenas seis días, la obra partió de un esbozo anterior que permanecía inconcluso, tal como me explicó la propia Silvia en la conversación digital que mantuvimos: “Yo ya tenía un boceto de La Piedad, pero no lo tenía cerrado. Y es ahora cuando se me ocurre que quiero hacer una obra que resuene con la actualidad madrileña. Entonces, incluyo a Isabel Díaz Ayuso, que es la presidenta, y que es un icono popular en Madrid”.

Los seis días de creación de Pietà recuerdan los seis días de la creación divina, según el credo judeocristiano. Un recuerdo que no se detiene ahí, pues la obra de Silvia supone, toda ella, una expresión de la relación alterada que mantiene hoy el imaginario religioso con los productos de las industrias culturales. Así, en Pietà son varios los personajes que aprovechan la tradición iconográfica bíblica para hacer alternar lo sagrado con alusiones al consumo banal de ciertas mercancías actuales. Aparecen, de esta forma, combinadas la política y la música urbana actual, conreferencias a Isabel Díaz Ayuso, C. Tangana, Billie Eilish, Nathy Peluso, Rosalía o Bad Bunny. Asimismo, amén de un autorretrato de la autora, junto al que asoma un rostro de aire goyesco que la propia Silvia interpreta como su “ángel guardián”, vemos en el cuadro unos individuos encapuchados, que aluden al violento estilo conocido como gangsta trap; un galgo blanco que equilibra la estructura compositiva de la obra al par que introduce una referencia al perreo del reguetón; y finalmente, un particular bodegón “lleno de brillo y de vida”, con el que la autora quiso rendir homenaje al sector de la hostelería, muy castigado por la pandemia.

RETRATO BREVE DE ARTISTA

Silvia Flechoso tiene apenas treinta años y parece una artista con una idea integral de la creación. Es, al menos, lo que me sugieren algunos rastros que han quedado de ella a su paso -y su pasado- por internet. Ahí encuentro a una muchacha de cabello largo, aún más joven que ahora, que ejecuta sus canciones, casi en soledad, con la única compañía de una guitarra y una voz templada, pero enérgica. En la penumbra escenográfica que emerge de los vídeos que veo, el canto de la joven arrastra consigo memorias de una épica oralidad de tonos melancólicos. Cuesta reconocerla, algunos años más tarde, en el rostro que, durante nuestra plática digital, muestra una estética de aire warholiano y cabellos ralos teñidos de soles encrespados. No cuesta, empero, reconocerla en el timbre cálido de la voz y en la pausada búsqueda de las palabras con que Silvia tiñe de calma nuestra conversación.

A lo largo de su relato de presentación, Silvia recuerda su estadía de tres años en la Facultad de Filosofía y su decepción posterior ante el academicismo de la Facultad de Bellas Artes. “La pintura -reconoce la artista- siempre ha estado presente en mi vida, como una necesidad, desde que era muy pequeña. Pero cuando me metí en la carrera de Bellas Artes, me llevé una gran decepción. Estuve allí dos años y asimilé lo que más me interesaba, que eran conocimientos de dibujo y pintura. Luego, me salí de ahí lo antes posible para empezar a crear mi obra y comenzar a moverme en el mundo real”. A Filosofía se había acercado esperando encontrar un universo simbólico que luego habría de seguir buscando por su cuenta, “a través de la religión, los tratados de alquimia, la mística y cosas por el estilo”. Aquel tiempo la ayudó, finalmente, a configurar un sistema de pensamiento en el que llegó a la conclusión de que “la única verdad es la poética”.

PARADOJAS CULTURALES

A lo largo de nuestra conversación, Silvia repite una convicción: “Yo parto de la base de que somos seres omnipotentes”. Se trata de una curiosa postura que encuentra su eco en las palabras que la galería Inéditad reproduce de ella en su página web: “Investigo el poder. El arte es poder. La obra de arte es un objeto de poder. Toma tu poder y ejércelo”. Como ejemplo de lo que intenta trasladarme, la pintora añade: “Cuando lees una obra llena de poder como Así habló Zaratustra, te dices: ‘¡me como el mundo! ¡Voy a hacer con mi vida lo que me dé la gana y voy a construir el mundo que yo quiero! Pero lo mismo ocurre con los cuadros que hay en el Museo del Prado”. A su juicio, el problema surge cuando olvidamos la potencia propia “y delegamos nuestro poder en otros”. Aparece entonces el inconveniente del reconocimiento social que nutre, en parte, la obra Pietà, cuyos personajes viven inmersos en un universo de fama mediática al que la pátina superficial del pop ofrece una estética más que adecuada. “Nosotros delegamos nuestro poder en esas proyecciones, en esos ídolos -critica Silvia-, y a la vez, no queremos asumir nuestra responsabilidad”.

Ahora bien, ¿cuál es la dimensión posible de esa responsabilidad individual ante el llamado del arte en un medio como el de las sociedades actuales? En el interior de una cultura glocal que ha conectado las multimillonarias industrias culturales con el espumoso ascenso del populismo mediático, representado en este caso por un personaje menor como Isabel Díaz Ayuso, esta pregunta resulta crucial. Frente a ella, la joven autora del cuadro adapta su discurso a la jerga habitual de la economía de mercado: “Al fin y al cabo, un artista dentro del mercado del arte es como un empresario. Yo pinto y vendo cuadros, pero podría estar vendiendo cervezas. Es otro mercado, pero al final tú estás creando un producto y lo estás poniendo en un mercado en el que hay una oferta y una demanda”. Unas palabras que contrastan, sin duda, con estas otras en las que la artista declaraba: “el arte es la revelación sensible de lo sublime”.

TENSIONES ESTÉTICAS

Por una parte, para Silvia Flechoso “la verdadera acción trascendental es crear la obra”; pero para ello, y “para poder acceder a lo sublime, debes tener los pies en la tierra”, afirma. Por otra, paradójicamente, la artista burgalesa lamenta que las reacciones más frecuentes del público frente a Pietà se hayan limitado a la anecdótica presencia de una política de moda en el centro del cuadro. Fue, sin embargo, ese mismo rasgo de actualidad el que explica el fugaz interés que despertó la obra en los medios. En este sentido, Silvia tiene claro que la causa respondió al componente local del cuadro y a su referencia a un personaje de la nueva mercadotecnia política. Hasta este momento, de hecho, la pintora reconocía no haber tenido relación con medios de difusión a escala nacional. A su juicio, era también el localismo de la pieza el que hacía que ésta no hubiese funcionado en Madrid “igual que en una feria en Nueva York o en Berlín”.

Aparentemente, por lo tanto, las fronteras localistas del cuadro quedaban claras y determinaban sus posibilidades de difusión y resonancia cultural. Pese a ello, casi todos los elementos semánticos de la obra dejaban ver una situación diferente, en la que esas referencias locales se fundían con una dimensión cultural e ideológica mundializada, que era la propia de las ambiciones neoliberales imbuidas de sueños de éxito económico y social. Por esta razón, el madrileñismo comercial de Díaz Ayuso o de C. Tangana, que acababa de editar un disco titulado, precisamente, El madrileño, se entreveraba con alusiones tácitas al triunfo global de personajes como Rosalía, Bud Bunny o Billie Eilish. En esa encrucijada, que rebasaba por completo el marco de la pintura, era donde los artistas producían hoy e intentaban vender luego sus creaciones. No me cabe duda de que también la autora de Pietà, por más que ella misma le restase importancia al asunto, permanecía condicionada por esas mismas contradicciones del arte contemporáneo, que provocaban un inevitable enfrentamiento entre la honradez artística y la astucia mercantil.  

Frente al fraude de pícaros como Damien Hirst, Maurizio Cattelan o Salvatore Garau y sus esculturas inmateriales, entre otros, la obra Pietà ofrece la alegría de estar frente a una talentosa artista que sabe pintar y alimentarse de la mejor tradición pictórica occidental. Con todo, su obra plantea interrogantes sobre el destino de los relatos artísticos y políticos en una sociedad que va triturándolo todo con arreglo a la visibilidad y la mercantilización. En este contexto, el neoliberalismo pop despliega su paradójico culto, basado en la adoración de nuevos iconos en venta y, por otro lado, en la simultánea profanación de los seres que, ajenos a toda rentabilidad, viven sin que nadie los oiga; sin que nadie vea sus rostros ni acoja sus desfallecidos relatos con piedad.   

Pietà de Silvia Flechoso

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