Interludio3 min de lectura

Livier Fernández Topete

Las experiencias místicas no son propiedad de los monjes ni de figuras religiosas importantes, no son exclusivas de devotos ni de las más blancas almas.  Cualquier mortal puede vivirlas y es común el sentimiento de privilegio, también común es el deseo de compartir “el mensaje” recibido, sea tipo dios existe o todo lo que necesitamos es amor. Lo difícil es mantener esa sabiduría en el tiempo, extenderla a los otros sin necesidad de divulgarla o vulgarizarla y revivir su intensidad. Esta experiencia se puede definir como la unión íntima y espiritual con una fuerza o ser superior. Se trata de un evento de aislada frecuencia y de efusiones variables entre la euforia y el llanto.

Una experiencia de este tipo puede desembocar en un cambio profundo en la persona, en una toma de decisión que le de un giro a la vida o simplemente ocurrir e irse desdibujando con el paso de los días hasta desaparecer y no quedar más que en el recuerdo, porque eso sí, parece que no puede olvidarse. Hay una cercanía con la experiencia estética o con el orgasmo, siendo estas dos formas de la espiritualidad más físicas.

Lo que está detrás o en medio de una experiencia mística es la contemplación, la atención plena y la comprensión de algo que marca una diferencia en la vida intrasubjetiva, epifanía que podría dar la impresión de un milagro.

El ego es el que quisiera exclamar (lo llaman compartir), muchos lo gritan, cada quien por diferentes razones: por desbordamiento emocional, por confusión mesiánica, por la pretensión de cambiar al otro o por cualquier afán.

Tal vez habría que callar, introyectar, llevar lo aprendido a la propia vida, desenredarlo como ovillo para el día a día, atesorarlo en algún rincón del corazón o en algún lugar de la consciencia, procurar la lección o rememorar lo vivido en tiempos de necesidad.

En el silencio los árboles echan raíces, los pájaros trinan a su alrededor, el bosque sigue callado y da sus frutos también silentes. Aves rondan las ramas del árbol, a veces parecen su voz, pero es el canto que corteja después de la existencia del tronco, tras la semilla que deja una experiencia mística que se tiende sobre la tierra, aguarda al sol y a la lluvia con paciencia y disimulo para ir creciendo poco a poco y convertirse en escenario para la melodía que lo acompañará, poco a poco sala para la música que complacerá a la floresta.

Eye of the Dark Star by Otto Rapp

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

Notas relacionadas

Danos tu opinión: