La excepción y la regla4 min de lectura

Ismael García Marcelino

Hay reglas que significan mucho para algunos gremios; normas que, por más que no se escriban ni, en muchos casos, hayan sido discutidas siquiera, laten y hacen latir la vida del grupo, un grupo donde todo buen agremiado sabe cómo funcionan y a ellas se supedita. Vale la pena saber, sin embargo, que no todas se sostienen en argumentos válidos ni tienen valor ético para sobrevivir, al menos que sea porque convienen a los intereses de quienes se sirven de ellas hasta convertirlas en religión.

Así, la corrupción generalizada armonizada con la celosa observancia de reglas protectoras, cuidadosamente resguardadas por los integrantes de gremios, son toda una cultura que mantiene en sus puestos a líderes sindicales, sistemas de organización política, medios de comunicación y conductores sistemáticos de procesos educativos altamente aceptados. Con base en formas culturales como ésta, existe la inmunidad política, esa especie de halo protector para funcionarios que durante su ejercicio aprovechan la ventaja de tener la caja y las llaves a su alcance y más tarde, en su condición de ex funcionarios, disfrutan de una especie de fuero con efecto retroactivo que les ofrenda insultante impunidad.

Quizá ni tan insultante, porque la inmunidad política no es la única condición de resguardo y autoprotección parapetada en la cultura de la pasividad conveniente de las sociedades, también están el fervor religioso, la afición obnubilada por el dolor y la frustración: el casi posible campeonato del mundo en deportes y disciplinas más o menos prestigiosas, el servilismo al candidato y al jefe a cambio de verse beneficiado con cierto poder que coloca a un sujeto por encima de otros, a quienes considerará inferiores. Las sociedades que sostienen a estos abusivos no han estado, no están y quién sabe si no lo estén por mucho tiempo, en condiciones de evitar, modificar ni parar este cáncer. Veamos por qué.

Para el que manda, sus subordinados son una bola de cretinos incapaces de emprender iniciativa alguna, y eso, justificado o no, «les hace merecer» cualquier clase de transgresiones a su integridad; para quien obedece, el servicio al patrón es una oportunidad de aprender del que manda y más tarde tiranizar a quien se deje. Su primer curso lo toma cuando se deja tiranizar. Eso es cultural.

El derecho a un domingo de futbol en la televisión con amigos es sagrado para todo aquél que cree que ver futbol en la televisión lo hace deportista o, peor aún, que es un acto de patriotismo (si es la Selección Mexicana la que está jugando). Eso es lo que coloca al gremio debajo del manto protector de la mayoría, porque la minoría suele estar integrada por «esos aguafiestas» que no les gusta el futbol, leen periódicos y nunca asisten a la arena de la lucha libre, el box ni al jaripeo.

«Perro no come perro», me dicen, es una regla que no puede sostenerse mucho tiempo, sobre todo después de que algunos periodistas han colocado una regla nueva: el que da chayote, manda. Eso es que, de un tiempo hacia acá, lo que rifa es escribir con cuidado de no lastimar a quien compra al periodista. 

De acuerdo con esta regla, quienes se concentran en el cuidado de los géneros periodísticos, vigilan su redacción y observan una conducta ética frente a los medios de comunicación a que tienen acceso, no les está permitido señalar la falta de educación, el lenguaje lesivo ni la pobre calidad radiofónica con que Alfredo Estrella (La Zeta) despotrica y maldice, la tendencia política que a sus comentarios le imprime Ignacio Martínez, la mediocridad de oficio de Enrique Alcázar (Quadratín), ni la dudosa integridad institucional con que se dirige el rumbo de la agencia Notimex. Por eso, para quien no cree ciegamente en la regla, la excepción significa tanto.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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