La fiesta y la violencia3 min de lectura

Ismael García Marcelino

En un ejercicio de reflexión con maestros de bachillerato en una escuela de la Sierra, en Michoacán, aquella mañana se hablamos de lo natural y cotidiano que se volvió enterarse y dar cuenta en los medios de una persona desmembrada y puesta en un costal, de fosas clandestinas con cuerpos en descomposición, de personas ejecutadas y colgadas en puentes, mensaje incluido. Serias las caras, los docentes expresaron con preocupación su propia cercanía con un vecino, un primo, un tío o algún conocido asesinado, extorsionado o desaparecido. El coordinador agregó su punto de vista acerca de lo terrible y lo natural que se estaban volviendo las aspiraciones de un estudiante por tomar un arma y abandonar los estudios. ¿Les asusta eso?, preguntó. La respuesta fue obvia. ¿Entonces por qué les divierten tanto los jaripeos?, sentenció.

La monta de toros bravos, en otro tiempo un espacio donde los jóvenes medían sus fuerzas para ganar respeto y prestigio frente a las muchachas, se convirtió en cualquier cosa menos en una fiesta para la convivencia comunitaria ni familiar. Con una enorme carga de violencia hoy es un espacio que nada tiene que ver con la tradición. Veamos por qué:

Tres instancias, generalmente ajenas a la comunidad, son las que en realidad obtienen las mejores ganancias a costa de los bolsillos del pueblo: las compañías cerveceras, los promotores de grupos musicales y las ganaderías, que además explotan a las cuadrillas de jinetes. ¿Cómo funciona?, muy simple: la comunidad se organiza para contratar a las bandas más populares, grupos de norteño-banda, que es lo de moda, y a las empresas ganaderas que ofrecen carteles de toros con fama por ser particularmente agresivos. Cuanto más reparen, mejor, pues la comunidad se acostumbró ya a ver que el jinete “muerda el polvo”. Si el grupo es estridente y los músicos despotrican con narcocorridos o la ejecución musical incluye luces y chicas bailando con poca ropa, el éxito es seguro. Sobra describir la bacanal: ríos de alcohol que alcanzan a niños y mujeres, drogas y enfrentamientos a golpes, son cosa habitual. De las letras de las canciones, ni hablar. Eso le cuesta al pueblo, lo menos 150 mil pesos, cantidad que los organizadores “administran” y negocian con absoluta libertad y con muy dudosa honestidad. Jamás entregan cuentas y en algunas comunidades, las comisiones se han vuelto grupos de poder verdaderamente inamovibles.

Lo absurdo es que la fiesta en sí misma, que algunas personas insisten en llamarla deporte, es una tomadura de pelo más risible que la lucha libre: Aparte de que el jinete monta drogado, enceguecen al toro con irritante en los ojos, les estrangulan pene y testículos con un pretal llamado verijero, les liman los cuernos, los estresan con música estridente y los disparates de un animador que no deja de decir felonías sexistas. Lo curioso es que muchas personas acuden a presenciar el espectáculo para fortalecer, dicen, su propia virilidad, y jamás montarían una vaquilla; lo suyo es ver.

Más allá de lo valiosa que es la libertad de que cada quién se divierta como quiera y se emocione con lo que guste, y qué bueno que así sea, también es fácilmente demostrable en el corto plazo que el espacio de los jaripeos es un curso para generar sociedades violentas capaces de creer que nuestras diferencias se pueden dirimir a goles o a balazos. No hace mucho en un colegio de Torreón, en Coahuila, un niño abrió fuego contra su maestra y compañeros. Ella resultó muerta y varios de ellos, gravemente heridos. Luego se quitó la vida. ¿Asusta eso a nuestra sociedad?, qué va; pero es de esperarse una reacción así, en una sociedad que se jacta de conductas que deberían avergonzarle y llama arte a una dispareja contienda entre una bestia indefensa y una multitud enardecida en más de un sentido.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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Un comentario sobre «La fiesta y la violencia»

  1. Marco antonio morales alcantar

    Existe sentido comun en estas frases reflexivas, concuerdo en un 80% , puesto que existen diversos factores, q generan estas conductas, de antemano! Concuerdo con su teoria!

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