La infancia recuperada de un espíritu baudeleriano…15 min de lectura

Liliana David

a 200 años del nacimiento de Charles Baudelaire.

En el genio de todo poeta existe la recuperación consciente y voluntaria de la infancia, como decía Baudelaire, el memorable poeta francés que sigue fecundando numerosas mentes a través de la herencia que nos ha legado. Este abril, conmemoramos el bicentenario de su nacimiento (1821-2021) y con pretexto de esta celebración quiero referirme al espíritu de un joven poeta “baudeleriano” cuya identidad posa sus pies sobre la patria de una infancia a la que vuelve en forma de recuerdos y nostalgias.

Fue en un viaje, al otro lado del Atlántico, el cual difícilmente olvidaré por muchas razones y donde -en medio de las más inesperadas circunstancias- conocí a este poeta de quien hablaré a continuación. Pero antes de referirme al acontecimiento, mis recuerdos no me dejan olvidar que, habiendo visitado hace más de diez años España, desconocía muchas cosas de este país; no me refiero a cuestiones culturales o históricas, sino sobre todo a sus aspectos vitales, cuestión que, por ejemplo, durante un tiempo del frío y duro invierno que viví, hizo que padeciera cierta indigencia existencial; pero, por suerte, eso duró poco y, paradójicamente, al final me trajo mucha fortuna. También quiero decirles que por más que haya “calculado” mi estadía en aquel país, uno se lanza a vivir la aventura con toda la extrañeza que supone llegar a un lugar y ser el extranjero, aunque compartas el mismo idioma. Francamente, por más que planifiques un viaje, siempre se está expuesto a lo contingente, a lo inesperado, y ni toda la información ni guías te dan un conocimiento profundo del lugar ni tampoco de la gente que ahí vive, o lo que te acontecerá, puesto que nada se compara con el hecho de adentrarse y vivir con los otros, de donde se desprenden los encuentros o desencuentros; pero hablar de estos últimos, por ejemplo, nos llevaría a una discusión hasta filosófica y no es el tema, yo solo quiero hablar del descubrimiento de un poeta, pero sobre todo aproximarles a la comprensión de su vida y pensamiento.

La migración de sus padres españoles a Venezuela, país donde nació David Ramos Castro, así como las consecuencias de una desterritorialización vivenciada (sin contar los esporádicos viajes a dos continentes a lo largo de su niñez), entrañaron en este poeta una relación un tanto mítica con Latinoamérica, pero también con la propia España–como él mismo me describió la primera vez que lo entrevisté-:

“Cuando era pequeño y vivía en Venezuela había una especie de propensión mitificadora con respecto a España como tierra de mis padres, abuelos, de mucha familia que yo no conocía, de un continente totalmente diferente. Pero al irme a vivir a España fui recuperando -sin que yo me diese cuenta- un equivalente mítico de la tierra donde había nacido, de manera que más allá de la exclusión y del hecho de que, de pequeño, yo jamás fui identificado como alguien propio del lugar, de Venezuela, tanto por mi color de piel, como por mi cabello, ojos y demás, me di cuenta de que tenía muchos recuerdos de aquella porción latinoamericana basados en aspectos sensoriales que, sin yo convocarlos, habían comenzado a aflorar y a acudir a mi memoria. Eso creaba un desafío de comprensión para mí. De manera que hoy puedo decir que Latinoamérica son recuerdos de la infancia y de un primer atisbo de adolescencia interpretados por el mito; es el lugar que me recuerda la importancia que tiene en mi vida el papel del mito. Latinoamérica es para mí un mito, -insiste el poeta-, pero no digo esto como sinónimo de algo malo o como una historia falsa, sino como algo que me constituye más esencialmente de lo que lo hacen las identificaciones político-administrativas habituales: también soy latinoamericano, más allá de que ciertos latinoamericanos me identifiquen como tal o no, basándose en rasgos de superficie, porque todos esos recuerdos están en mí, bullendo y planteándome un misterio. Considero mucho más importante estar poseído por todo ese mundo sensorial, tan extraño a veces, poblado por sabores, sonidos, músicas, rostros o aromas que, a veces, se conjugan de una manera tan súbita y enigmática en mi interior, que me arrebatan verdaderamente de mí mismo y me devuelven a un estado que he denominado de “éxtasis sinestésico”, una mezcla de sinestesia, que conjuga alquímicamente todos mis sentidos, y de éxtasis, que me hace de pronto cautivo de un recuerdo despertado en condiciones siempre misteriosas. En esos momentos y bajo el influjo de esa “posesión”, el tiempo ordinario se suspende y, aunque ese tiempo y su concatenación de momentos me indican que nada será nunca más como en el pasado, siento una reconfortante sensación de que todo un día volverá a ser lo que ya fue. Esa sensación funde en mí la nostalgia y la alegría. Así es como también concibo mis pertenencias, mis hogares, de forma mucho más profunda que las fanáticas identificaciones a las que estamos acostumbrados. Yo no puedo ser de ningún lugar sino como poeta, y la poesía en mí y para mí es, ante todo, “éxtasis sinestésico”, no una policial rueda de reconocimiento en función del color de la piel, del cabello, de los ojos o del tipo de acento que tiene tu familia. Lo hermoso es descubrir un día que tienes tu propio mundo interior sobre el cual refundas de manera libre y soberana tus propias pertenencias; eso sí, hablando siempre desde el interior de una lengua materna que te acogió y que se convirtió, como recuerda el pensador Emilio Lledó, en “lengua matriz”.

Esta identificación, marcada un tanto por el destierro o desarraigo, por el cruce entre dos continentes tan semejantes y distintos, al mismo tiempo, ha ido configurando un territorio único desde el cual este poeta (en el amplio sentido de la palabra) percibe y vive el mundo al que es necesario hacer habitable poéticamente -como él mismo expresa-. Ahí, donde acontece el desarraigo también germina la semilla de un arraigo diferente en donde se invisibilizan las fronteras, ya que el arte y la poesía se convierten en la posibilidad de pertenecer a algún lugar, de anclarse a un sitio donde, aunque se hayan soltado las amarras de cualquier patria, son más fuertes los lazos poéticos con que se cultiva la tierra de los recuerdos: 

“En el fondo, todos estamos muy determinados por la niñez. Baudelaire, el gran poeta e intérprete de la Modernidad, decía, con una frase tan enigmática como genial, «que el genio es la recuperación voluntaria de la infancia»; eso es lo que sigue atando y comunicando mi vida y mi memoria con el mundo, a través de un hilo muy particular. El vínculo literario -en el sentido de libresco-, entre mis recuerdos y mi vida, también tiene una gigantesca importancia. Lo que más aviva mis recuerdos es el surgimiento de la palabra: que al nombrar, recuerda; y, al recordar, resucita”.

David Castro llegó a los 12 años a la ciudad atlántica de A Coruña, ubicada en el norte de España. Allí, y amén de algunas estadías esporádicas en ciudades como Barcelona, Madrid, Lisboa, o en países como Mozambique o Timor Oriental, pasó gran parte de su vida. En la región coruñesa, descubrió su “destino” artístico y, por ende, vital.

Posteriormente, ya en la treintena, emigró a Francia, país en el que permaneció varios años hasta su regreso a tierras españolas, donde lo conocí, en medio de un viaje en cuyas circunstancias la casualidad, que Milan Kundera llamaría poética, devino en acontecimiento inolvidable.

El recorrido geográfico-existencial al que ha estado sujeto este poeta, un poco por el destino, pero también otro tanto por elección propia, le ha hecho difícil identificarse fácilmente con alguna de sus nacionalidades, -venezolana o española-, o con alguna de las categorías sociales o políticas que han querido imponerle, y a las que muchos otros individuos estamos sujetos, padeciéndolas. Más bien, él se ha creado una identidad y cultivado una tierra propia, construida con base en sus recuerdos, su infancia o las diversas músicas que ha ido recuperando y re-significando por medio de la palabra, de su poesía y del canto, así como de todo lo que integra su vida como artista.

Poeta neorromántico en su quehacer, David Ramos Castro se asume heredero de una tradición cultural en la que aparecen importantes autores franceses, considerados hitos de la creación poética, como el mismo Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, a quienes leyó un tanto por imposición formativa, pero que después recuperó y con los que conscientemente se identificó como heredero.

A la par, conoció autores latinoamericanos, entre ellos, Juan Rulfo, por quien se siente fascinado desde muy joven, sobre todo “porque leyéndolo también me conectaba con esos recuerdos palpitantes y latentes que tenía de mi infancia; había algo en la manera de retratar el paisaje mexicano, la poesía o la violencia, que era transferible a los materiales que han ido forjando parte de ese mito comprensivo de la condición americana, que tiene mucho de poesía y violencia. Desde muy joven he creído que por una calle latinoamericana, al doblar una esquina, se te puede presentar un asesino o un poeta; y, quizá, también alguien que sea ambas cosas”.

Igualmente, otro autor que le ha influido es Gabriel García Márquez, quien a su vez le hacía acordarse del escritor colombiano José Eustasio Rivera -con quien curiosamente García Márquez siempre había recusado la comparación- o al venezolano Rómulo Gallegos, cuya lectura era obligatoria en sus años de bachillerato. Y así, sucesivamente, en esta lista de referencias poéticas también aparece el nombre de Luis Cernuda “a quien admiro profundamente. Cernuda, además, tuvo mucha relación con México, país donde murió, viendo en vida cómo España le había arrebatado todo y no le había reconocido prácticamente nada. Eso es muy duro. Él supo lo que era el desarraigo y el amor incondicional y complejo a un país que lo había convertido en un desarraigado. Aparentemente, murió criticando a España y, no obstante, como observó el escritor Francisco Umbral, nadie la había amado tanto como él, pues siempre amamos aquello que más criticamos; incluso aquello que decimos odiar. “Nunca repitas lo que voy a decirte, rencor, tengo miedo de que seas amor”, como dice la letra de un tango, que ahora mismo está sonando en mi cabeza con la voz del gran Julio Sosa…”.

Así, aquella vez, durante nuestra primera entrevista, le pregunté sobre lo que pensaba del papel del poeta en estos tiempos, sobre todo en una época en donde es tan difícil encontrar a una persona con tantos intereses espirituales y de una sensibilidad singular y única. A mi cuestión, David respondió: “El mundo en sí mismo es una creación. Si tomamos una actitud descarnada, hay que decir que no hay tal mundo, sino un hábitat. Convertir el hábitat en un mundo es la metáfora esencial. El mundo, por lo tanto, es ya el resultado de un acto poético fundamental. Los poetas eran en la tradición occidental, aunque no solo en ella,  los primeros grandes educadores de la gente, del pueblo. Hoy en día es evidente que ya no. La poesía ha pasado de ser el saber de las palabras dichas y de las palabras oídas, a ser un ardid de las palabras escritas que se ha transformado en algo peor: en una estrategia de las palabras falsificadas. Hoy la poesía es un departamento más de la mercadotecnia; sobre todo, entre los poetas jóvenes que están más preocupados por fabricarse una imagen, un perfil y hacer una exhibición en redes sociales de sus creaciones, que en pensar cuál es la encomienda que tienen. Ser poeta es ser un héroe, en cierta medida, y eso que yo no soy un poeta épico, sino un poeta lírico bajo el auspicio de la Musa Polimnia, como dice mi hermano poético, Saxon Grant; pero, al igual que reconozco los espasmos del corazón dentro del héroe que lucha, considero el valor de los verdaderos poetas heroicos, que tienen una encomienda: luchar por algo vitalmente transformador, aunque no obtengan, la mayoría de las veces, nada más que oprobio, humillación y olvido. Quien acepta el envite, va con ello hasta el fondo, como decía Bukowski en una soberbia declaración de la misión poetica: if you are going to try, go all the way. Un día te darás cuenta de que no habrías podido vivir una vida mejor. Es muy difícil aceptar esa apuesta y ese destino, y no veo que exista esa aceptación de forma generalizada entre los mundos que hoy en día se reclaman como poéticos; yo, lo que veo, son muchos recitales y gente recitando sus cosas por aquí y por allá; gente que mata árboles para producir hojas y rellenar con ocurrencias los espacios en blanco. Pero otra cosa es que haya poesía. Lo que abunda es, simplemente, el narcisismo. En todos lados se fabrica una especie de producto con fecha de caducidad. Lo que observo hoy son palabras que portan el deterioro programado para cualquier otra mercancía. ¿Cómo se explica, si no, un escándalo como el del Premio Espasa de Poesía del 2020? No percibo en los poetas de ahora -sobre todo, en los más jóvenes- un pulso romántico, en el sentido eminente y fundacional del término, ni ese fervor -sensible e inteligente- que lleva a la sublimación del yo, porque el yo es otro, -como decía Rimbaud-. El yo en sí mismo no es nada, sino un juego de máscaras y, por lo tanto, una fiesta de la metáfora. El yo o es metáfora o es vacío narcisista. Claro que esto último es lo que combina con una cultura de mercado en la que se consume la misma ausencia que se produce como deseo de alejarla”.

David Ramos Castro, en cuyo autorretrato reconoce a un poeta excéntrico, no deja de pensar en cómo esa imagen permanece, en el sentido literal, pues se mueve en los márgenes de todos los centros instituidos por la crítica literaria y los distintos regímenes de la cultura establecida y acomodada. Sin embargo, ha participado, y de vez en vez, merodeado por los distintos sitios donde se hace y declama poesía en Madrid. Su destino, como el de algunos poetas en la Politeia platónica, lo ha también marginado de los lugares institucionalizados. Su poesía y su vida como poeta ha sido, hasta la fecha, la de un errante y rebelde en el camino de los desterrados, en ese mismo sendero donde el poeta no es profeta en su tierra y por lo cual la poesía -en cualquiera de sus manifestaciones- es al fin la “geografía” donde él halla su lugar.

Desde luego, es importante destacar que dentro de las influencias que David ha ido recogiendo a lo largo de su vida, se hallan autores muy variopintos; pero, sobre todo, los héroes del Romanticismo, como a él le gusta mentar: “Yo me declaro hijo tardío del romanticismo. En este sentido, hay un poeta y pensador español, Ramón Andrés, quien dijo, con una inteligente ironía, que por ahora el siglo XIX dura 200 años. Yo también lo creo”. Como también son 200 años los que se cumplen del nacimiento de Charles Baudelaire:

— Qui aimes-tu le mieux, homme énigmatique, dis ? ton père, ta mère, ta sœur ou ton frère ?
— Je n’ai ni père, ni mère, ni sœur, ni frère.
— Tes amis ?
— Vous vous servez là d’une parole dont le sens m’est resté jusqu’à ce jour inconnu.
— Ta patrie ?
— J’ignore sous quelle latitude elle est située.
— La beauté ?
— Je l’aimerais volontiers, déesse et immortelle.
— L’or ?
— Je le hais comme vous haïssez Dieu.
— Eh ! qu’aimes-tu donc, extraordinaire étranger ?
— J’aime les nuages… les nuages qui passent… là-bas… … les merveilleux nuages !

Baudelaire. Petits poèmes en prose, (Le spleen de Paris)

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