La luna no es de queso2 min de lectura

Livier Fernández Topete

Tuvo un océano de magma, ahora se encuentran restos de hielo de agua, polvo y rocas en su superficie, así como cráteres producto del choque de meteoroides, asteroides y cometas, razón por la que se dice que es de queso, en ambos se aprecian “agujeros”. Su cráter mayor es tan grande que abarca la cuarta parte de su tamaño y tan profundo que casi podría contener el Everest. Orbita la Tierra, rota y da vueltas a la misma velocidad, mientras lo hace, nos muestra siempre la misma cara. Desde nuestro planeta podemos observar 8 fases de su iluminación, hace miles de años que el ser humano disfruta de sus rostros, los primeros calendarios los tomaron como base.

Contradiciendo toda lógica y toda ciencia, la luna, según mi ensoñación de anoche, es de DMT, de esa sustancia psicoactiva con poderosos efectos alucinógenos, compuesto presente en varias plantas y en menor proporción, en el cerebro de los mamíferos. La N, N-dimetiltriptamina es un enteógeno natural y farmacológicamente pertenece a la familia de la triptamina.​ Se ha usado en rituales místicos a lo largo de la historia. Siguiendo el viaje nocturno, la luna está hecha de cristales sólidos blancos, como copos de nieve.

Sabemos de los efectos lunares por los músicos, los poetas y los locos. El satélite más atractivo para el hombre encierra un tejido de sueños, su blancura es espejo para mirarnos, su forma cuna para mecer los anhelos o redondez que alberga el todo, montura para cabalgar en el aire, ancla en el mar celeste, escalón para el asenso o el descenso, según la necesidad.

La luna no es de queso, sino de sustancia psicoactiva, de materia onírica y de espejos de hielo.

La hemos mirado y nos ha devuelto la mirada, sabe lo que nosotros nunca sabremos de nosotros mismos ni de este mundo salvaje.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

Foto de portada: Imagen de la película El viaje a la Luna, de George Méliès

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