La perversión de las palabras8 min de lectura

David Ramos Castro

Las luchas del poder acaban siendo, tarde o temprano, luchas del lenguaje. Desde hace varios años que observamos un crecimiento de los neologismos y una revitalización de antiguos vocablos, grafías y usos. Hace tiempo, por ejemplo, que la antigua unidad de medida conocida como arroba y cuyo signo @ data probablemente de finales del siglo XV, se convirtió en uno de los signos más empleados en los códigos informáticos de la era de Internet. Pero esa traducción de un signo en otro y de un terreno (el de los pesos) a otro (el de los correos electrónicos) no fue suficiente. Por eso, en fechas relativamente recientes, algunos usuarios decidieron dar los primeros pasos de eso que se ha dado en llamar “lenguaje inclusivo” y convirtieron la @ en la terminación óptima para igualar los géneros masculino y femenino sobre el papel, algo completamente innecesario desde el punto de vista gramatical y que, por lo demás, fuera de lo escrito no ha conseguido acabar con ninguna desigualdad real entre hombres y mujeres, emborronando la hoja con tan extraños signos. Pero semejante desajuste entre lo escrito y lo realizado más allá de la escritura no fue un obstáculo para que nuevos usos tomasen el relevo y, en lugar de la @, propusiesen opciones todavía más peregrinas, como la “x” genérica (en palabras impronunciables como “juntxs”) o la “e” inclusiva (en el adjetivo indefinido, plural, “todos”, convertido en un insólito “todes”) donde, paradójicamente, lo excluido es el idioma mismo. Y es que las luchas de poder que se convierten en luchas del lenguaje lo que hacen fundamentalmente es plantear disputas entre distintas concepciones del lenguaje: en general, una que considera que todo lenguaje es reductible a su carácter instrumental; y otra que se atreve a recordarnos que nuestra construcción del lenguaje tiene su límite en la experiencia inversa que desvela que somos nosotros aquellos a quienes el lenguaje construye. No es de extrañar, pues, que la primera posibilidad se muestre inmediatamente disponible al cruce de los lenguajes llamados naturales (el de las lenguas vernáculas que hablamos) con los lenguajes artificiales, provenientes de los territorios especializados de la actividad humana, mientras que la segunda se revela enemiga de una confusión tan inescrupulosa con la distinta naturaleza de ambos. Si para los primeros lo definitorio de un lenguaje es su carácter de código intercambiable -y manipulable- de la comunicación, algo que lo acerca a cualquier batalla ideológica; para los segundos el lenguaje natural es irreductible a su codificación y a su valor comunicativo, pues su horizonte es más bien el del descubrimiento lingüístico del mundo, algo que los fusiona con la experiencia de lo poético. 

El hallazgo de un mundo expresado a través de las palabras es, antes que nada, un reconocimiento a la importancia radical que portan las palabras que nos precedieron. En este sentido, no me parece que difiera esencialmente la tarea que Heidegger dispuso para la filosofía – “preservar la fuerza de las palabras”- de aquella a la que la antropología se ha encontrado expuesta en su historia -captar la densidad cultural del hablar humano-. Por tal motivo, me llama la atención la facilidad con la que muchos antropólogos actuales han preferido involucrarse en la militancia ideológica de los códigos antes que fundirse en el sabor histórico de las palabras. Contra esta historicidad que saborea el tiempo, se levanta un muro de términos erráticos cuya única finalidad consiste en clasificar la última novedad del mercado lingüístico. Palabras como webinario -terminacho inventado a raíz del confinamiento digital que ha traído la pandemia- es el último caso del que tengo noticia. Un neologismo malavenido, pero que explicita la colonización lingüística y las luchas por el poder que ha traído consigo el totalitarismo tecnológico-digital.

Un caso distinto es el del auge de términos como “resiliencia” o “empoderamiento”, cuya difusión en los últimos años ha vuelto a insistir en el predominio de un lenguaje ideológico-instrumental, en lugar de uno antropológico-poético. El uso del verbo empoderar aparece ya registrado en el castellano antiguo, de manera que, en 1611, el Suplemento de Covarrubias se refiere a él como el acto por medio del cual se valida o entrega un poder a alguien. Posteriormente, los diccionarios de la Academia Española de la Lengua conservaron el mismo significado que tienen aún hoy dos acepciones en desuso del verbo apoderar, a saber: hacerse poderoso y poner algo en poder de alguien. Sin embargo, es fácil coincidir con el lingüista mexicano Jośe Guadalupe Moreno, de la Academia Mexicana de la Lengua, cuando señala que quienes revitalizaron el vocablo muy probablemente no lo hayan hecho pensando en aquellos usos antiguos, sino más bien en el calco del verbo inglés to empower, con el que las ciencias sociales en español, emulando a las anglosajonas, habían querido expresar las reivindicaciones políticas de determinados grupos sociales en su lucha por los derechos civiles.

Un caso todavía más interesante nos lo proporciona el uso extendido del sustantivo resiliencia y el adjetivo resiliente. Inicialmente, la palabra resiliencia se convirtió en un concepto dentro del marco de las ciencias naturales. Una de sus primeras acepciones en ese ámbito se refería a la capacidad que tiene un cuerpo de recuperar su forma tras haber sido deformado a causa de una fuerte presión. Asimismo, también el darwinismo utilizó el concepto, cuyo empleo ha sido de gran utilidad en el estudio de los ecosistemas. Precisamente, la combinación de elementos relacionados con el entorno ecológico, por un lado, y la pertenencia a determinados grupos sociales, por el otro, fue permitiendo deslizar su sentido restringido dentro del dominio de las ciencias naturales hacia un sentido ampliado por las ciencias sociales. Poco a poco, esta metaforización fue dando lugar a un empleo cada vez más extendido a otros ámbitos. El psicológico fue uno de ellos. Pero también hubo terrenos en los que el concepto cobró un uso estratégico y sesgó su significado inclinándolo hacia la ideología neoliberal. Tal fue el caso del management y su empleo de la resiliencia como factor organizativo clave, en el cual precisamente fue importante el relieve adquirido por la investigación en psicología aplicada. Esta apropiación de la resiliencia por parte del managment resultaba coherente con la importancia que el neoliberalismo concedió desde el primer momento a la exigencia “adaptativa”, tal y como ha argumentado recientemente la filósofa francesa Barbara Stiegler, en su último libro, Il faut s’adapter (Hay que adaptarse). Nada mejor, pues, para legitimar el horizonte de vida diseñado por el neoliberalismo y su orden de flexibilidad total (de empleo, de salario, de vida y de lenguajes) que un concepto -resiliencia- emparentado con las investigaciones naturalistas de Darwin y los imperativos del entorno. Por esta razón, sorprende la acogida entusiasta que esta palabra ha tenido entre las generaciones más jóvenes de la izquierda de muchos países, y su dócil aceptación como concepto. Me pregunto si no se dan cuenta de su nexo con el capitalismo, el cual, en su lucha por el poder y con gran eficacia, no duda en convertir algunas palabras en el Caballo de Troya de nuestro pensamiento.

Pervertir entraña, en su raíz etimológica, un cambio completo de rumbo. Las cosas que se pervierten se convierten en algo completamente diferente. Muchas veces habremos escuchado decir que el poder corrompe y en todas esas ocasiones habremos comprendido que lo que se nos estaba diciendo era que el poder pervierte, porque es capaz de cambiar nuestro rumbo y a nosotros con él. Pero si estamos de acuerdo en que -como dije al comienzo- las luchas del poder acaban siendo luchas del lenguaje, entonces concluiremos que la corrupción que nos acecha pasa, sobre todo, a través de la perversión de las palabras. Si nuestra manera de hablar se convierte en una forma de escribir -y no al revés- y nuestra escritura vive además en la sincronía de los terminachos de última hora o del uso de vocablos -literalmente: nombrados con la voz- en los que no reconocemos nuestra propia memoria, entonces la perversión afirmativa, que podría llevarnos a descubrir rumbos mejores, quedará eclipsada por una perversión irremediablemente negativa. En lugar de transitar entonces hacia avenidas de libertad, nos veremos conducidos hacia callejones sin salida, hacia calles -como expresó Walter Benjamin en uno de sus trabajos- de sentido único. O sea: hacia el matadero.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

Imagen de portada: Imagen de Devanath en Pixabay

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