La protesta como performance3 min de lectura

Caliche Caroma

Andrés Manuel López Obrador llegó a Morelia la mañana del 26 de junio de 2020, el año de la pandemia. Desde un día antes del viernes seminublado ya lo esperaban, afuera de la XXI Zona Militar, en el Acueducto de la capital michoacana, los manifestantes con pancartas en mano, lonas y tapabocas. Los reclamos eran varios, heterodoxos, así como los inconformes: “Queremos la selva, el tren nel”, “Señor presidente, no nos hacen caso”, “Nos están matando, nos hacen falta muchas”, “Los trabajadores del Seguro Popular no lo son más”, “La mujer purépecha presente”, “No eres bienvenido aquí, señor López”, etcétera de la negación.

Algunos simpatizantes de AMLO confrontaron a los inconformes, es decir, inconformes por inconformes igual a inconformes al cuadrado: “Enójense por los bosques que han sido arrasados para sembrar aguacate, ¿la selva qué?”, “Dejen de molestar a nuestra cabecita de algodón”, “Pónganse a trabajar, huevones”. Un señor de la tercera edad, adorador a ultranza de López Obrador, se quitó su tapabocas y les gritó a las feministas que estaban interviniendo el monumento del águila que se encuentra en el jardín de la XXI Zona Militar y a los otros manifestantes (causas varias), el anciano venerable se emocionó tanto que la saliva lavaba sus frases: “¡Es un honor estar con Obrador!”.  

En un estado donde la cifra (números que antes fueron vidas) de víctimas por el crimen, organizado o no, supera con creces a los fallecidos por Covid-19, no podían faltar los reclamos, de hecho, nunca pararon, las protestas y los asesinatos. Cuna mundial del levantamiento social, la inconformidad como deporte: “Tiren las estatuas de los españoles represores” y “No queremos clases de inglés”. Mientras tanto, el cazonci de Michoacán está más preocupado por las elecciones de 2024 que por su gente, su pueblo, su caballo y su rifle (Cf. José Rubén Romero). Silvano Aureoles, el hombre que chifla, entrega patrullas a destajo, compra trajes caros y se la pasa echándole la culpa a la federación de todo lo malo que acontece en la tierra que él gobierna: «Michoacanas y michoacanos…»  

La protesta como performance. La normalidad es la inconformidad. Nada es como debería ser, no tenemos el gobierno que nos merecemos. Conclusiones de este tipo se desprenden de los mensajes emitidos en cada marcha, mitin o toma de edificios. Quizá pasa que los michoacanos se aburren muy fácilmente y el reclamo sirve como terapia ocupacional. Lo cierto es que la delincuencia se ha desbordado, ya parece río, los policías son bisutería; la falta de empleos afecta a miles de personas, la violencia contra las mujeres, en esta encerrona, se duplicó, son sus propios familiares quienes más las vejan; los bosques michoacanos están a punto de desaparecer; hay sequía y llueve y se inunda y los baches y tiembla. Y por si fuera poco lo anterior (poco es mucho), el equipo de futbol se fue para el norte. ¿Cuántos más, ELMO?

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