La sorprendente vida de Inés Amor11 min de lectura

Caliche Caroma

La pregunta provoca, es un detonador para el estallido de datos, fechas y detalles, anécdotas, dulces y picantes. ¿Quién es Inés Amor? Viene a la mente el nombre de Pita Amor, ¿son parientes la poeta y la galerista? La abuela de Inés lleva la relación en el nombre de casada, Gertrudis García Teruel de Schmidtlein, y es justamente el Schmidtlein el segundo apellido de la poeta autora de las Décimas a Dios. Sin respuestas andamos por la vida, la incertidumbre nos acompaña más allá de la muerte. Inés tuvo una vida difícil, pareciera que lo trágico es un requisito para la notoriedad, para el éxito, para la vida en general, aquello de que no hay mal que por bien no venga se ha convertido en regla: “Había momentos dificilísimos, tanto en las relaciones de los pintores conmigo, o en cuanto a las grandes necesidades económicas que se solucionaban de la manera más pobre y miserable del mundo”.  

El gusto por las artes visuales le viene de esa imposibilidad que se convirtió en posibilidad: “Mi interés por la pintura apareció muy tempranamente, en parte como consecuencia de una enfermedad que sufrí durante casi toda mi infancia. Padecía una osteomielitis en la pierna derecha desde que tenía cinco años de edad. Entre los cinco y los dieciséis años tuve que someterme a dieciséis operaciones…” y más adelante el encuentro que marcó definitiva y positivamente a Inés Amor: “Antes no podía jugar, ni correr como los demás niños; viví como criatura inválida. Mi papá, para entretenerme, me mostraba unos álbumes forrados de pergamino que había traído de Europa, con estampas de los grandes maestros: Miguel Ángel, Leonardo, Giotto, Tintoretto, Tiziano, Benozzo Gozzoli, etcétera”.

Su mamá era seguidora y protectora de José María Velasco, Inés lo conoció en la sala de su casa, lo vio pintar en la hacienda familiar, ese proceso luminoso que alumbraría su posterior existencia se llevaba a cabo en su hogar desde la temprana edad, las pinceladas le llenaron los ojos de colores. La abuela coleccionaba piezas arqueológicas y el abuelo, de origen alemán, escribió cartas descriptivas de las costumbres mexicanas; Inés también escribió para algunos periódicos. Éste es más o menos el origen de la autora de las categóricas palabras que siguen: “Para mí, la crítica de arte es de importancia vital en la formación del criterio y del gusto del público”.

Inés Amor estuvo a cargo de la Galería de Arte Mexicano (GAM) durante un poco más de cuatro décadas, de 1935 a más o menos 1979 (nació en 1912 y murió en 1980), el proyecto pasó a sus manos después de que su hermana Carolina se lo legara para dedicarse a menesteres más mundanos, la anhelada y anegada vida matrimonial. La GAM es una de las primeras galerías de arte independiente en México y no pudo tener mejor dirección. Se puede decir, por lo anterior, que lo más importante y trascendental de este país, en materia de artes plásticas, tuvo lugar en las diferentes direcciones de la galería (Abraham González 66, colonia Juárez, General Prim #104, Milán #18 y, actualmente, Gobernador Rafael Rebollar #43 colonia San Miguel Chapultepec). Bretón pasó por aquí.

Inés Amor dirigía las exposiciones, se hacía cargo personalmente de todos los asuntos, internos y externos de la GAM, viajaba al extranjero para gestionar con los grandes museos, dio a conocer los talentos nacionales a los coleccionistas más importantes del orbe, recomendó a sus protegidos con los pocos mecenas del arte mundial, incluso solucionó, en más de una ocasión, la atribulada vida personal de los artistas que colaboraron con ella, muchos de estos pintores son famosos hasta el tuétano: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, José Clemente Orozco, Juan Soriano, Rafael y Pedro Coronel, María Izquierdo, Dr. Atl, Manuel Rodríguez Lozano, Alfonso Michel, José Chávez Morado, Alfredo Zalce, Fermín Revueltas, Ángel Zárraga, Guillermo Meza, Leonora Carrington, Gunther Gerzo, Cordelia Urueta, Raúl Anguiano y un etcétera policromático enmarcado con finas maderas.

Toda esta información se encuentra en el libro Una mujer en el arte mexicano. Memorias de Inés Amor, coescrito por Teresa del Conde y Jorge Alberto Manrique, bajo el sello editorial de la UNAM; la primera edición es del 15 de julio de 1987, aunque el libro se terminó de escribir alrededor de 1975, los problemas de salud de Inés Amor y otras circunstancias no permitieron su publicación en tiempo y forma, la galerista y ser humano tan especial que aquí nos ocupa no pudo ver impresas sus memorias, es triste, cierto, pero ella misma no sabía si dar a conocer lo que le había dicho a los entrevistadores: “Inés Amor nos había indicado, en el curso de nuestras conversaciones, que no todo lo que nos decía podía ser publicado, por lo menos no por ahora, nos decía. Tal prevención suya se explica seguramente por el temor de lastimar a algunas personas de su amistad, sea revelando algo que pudiera aparecer indiscreto, sea emitiendo juicios que pudieran ser malinterpretados”.

Una mera aproximación desorganizada a la sorprendente vida de Inés Amor son estos párrafos. Y para que el curioso quede más picado, se comparten a continuación algunas líneas sobre los artistas que estuvieron cerca de la galerista, crítica, psicóloga improvisada, ordenadora existencial y mujer de poder que merece replicas, homenajes y mucho amor, como su apellido, como ella misma lo dio sin regateos. Estas apreciaciones nos dicen mucho de los creadores, cierto, pero también develan a quien las emite; más que señalar sus juicios por la mezcla de lo personal y lo artístico, habría que entenderla, hacer el ejercicio-intento de ponerse en su lugar, es decir, la hermenéutica de los afectos. Ella no separaba la obra del creador, el artista era o no era. Inés Amor vivió apasionadamente el arte mexicano, aquí las pruebas, sus palabras.

(Nota: se eliminan las comillas, de aquí en adelante todo es del libro Una mujer en el arte mexicano. Memorias de Inés Amor, los entrecomillados que aparecen son de origen)

Leonora Carrington



Una vez Leonora me dijo que afortunadamente nunca había tenido límites; ni el de la realidad, ni el de la sociedad, ni el de la inteligencia. O sea que para ella no había tabúes. Creo que es cierto; sí creo que es una de las personas más libres que puedan darse en estas épocas, pero lo curioso es que en ella no se desborda esta libertad, es decir, no se da al desorden completo. Tiene principios y actitudes muy firmes, y como artista es extremadamente honrada. Leal consigo misma a toda prueba, es también leal con las pocas gentes que para ella cuentan en su vida. Tiene una brillantez de entendimiento inigualable: pocas personas conozco que puedan entender con media palabra toda una teoría, y es el caso de Leonora que tiene esa misma brillantez para exponer sus propias ideas.

José Clemente Orozco



En 1946, Clemente Orozco se estableció en un apartamento de un amigo, en Central Park, y ella, su noviecita, Gloriecita Campobello, con su amante, en un hotel modesto. Llegué ese año tarde a Nueva York, por abril. Fui a saludar a Clemente Orozco. Elegantísimo apartamento, pero sin muebles, salvo un camastro. Con candelabros pero sin calefacción. Estaba desarreglado y sin botones en la camisa: me pasé la tarde cosiéndoselos. Nada pregunté. Al día siguiente me confesó: “La vida es muy difícil en Nueva York, en México siquiera lo conocen a uno. No tengo dinero más que para comer una semana. Fui a ver a William Loaf, sin resultado”. Le prometí tratar de venderle algo y acordamos que fuera el magnífico retrato del arzobispo de México, monseñor Luis María Martínez.

Diego Rivera



Tengo la idea de que a mí me descubrió Diego, de que él fue quien primero se dio cuenta de mis posibilidades y quien se ocupó mucho de encarrilarme, claro, con la pretensión de que yo le sirviera siempre. Pretendía mangonear en la Galería, yo tenía veintitrés años y no me dejaba, le decía: “Se da el caso de que yo, Diego, dirijo la Galería y no usted”.

Alfredo Zalce



De la primera época existen óleos tan magníficos como El zafarrancho en el Zócalo, que es una de las obras maestras de la escuela mexicana, y aquellos paisajes de Acapulco. Otras cosas, como Pescadores de Veracruz, preciosos óleos de bohíos mayas, uno que recuerdo pintado dentro del bohío, con la puertecita del jacal y un paisaje al fondo, maravilloso. La suya es una obra modesta, porque él no es afecto a la publicidad y por lo tanto no tiene en el panorama actual el lugar que merece.

Francisco Goitia



De todos los pintores, el más pobrecito era Goitia. Yo lo conocí muy al principio de la Galería, quizá en 1935, cuando todavía vivía en el corazón de Xochimilco, en esa manzana rodeada de calles angostas y después expropiada para hacer el mercado actual. Dormía en un ataúd, pertenecía a los terceros franciscanos, pero no creo que de allí derivara esa exigencia; antes que franciscano era loco.

Joy Laville



Ante Joy Laville todos desfilan para homenajearla. El día de la apertura de su exposición las gentes se peleaban los cuadros. Teníamos a Jorge Ibargüengoitia allí, por supuesto. El éxito me pareció demasiado fácil; no había planteamientos verdaderamente serios, sólo que como es pintora por los cuatro costados las cosas le salen bien.

Manuel Felguérez



Felguérez me gusta más por su teoría que en la práctica, con excepción del bellísimo ensamblaje que primero yo creí absolutamente espontáneo, porque no conocía la obra de Louise Nevelson. Es muy estudioso, muy eficaz, y creativo. Devuelve las cosas recreadas totalmente, no como sucede con Mathias Goeritz. Me gusta más su pintura y grabado que la obra de ensamblaje. Me disgustaron los plásticos del Museo Universitario. Lo que ha hecho recientemente me gusta más, aunque no sé hasta qué punto pueda seguirlo.

Francisco Toledo



Pintor que mucho quisiera tener en mi galería es Francisco Toledo. Creo que en algunas ocasiones adolece de una impertinencia casi infantil. Pero me parece que lo que sucede es que tiene más bien la actitud del muchacho que hace una travesura para ver qué cara ponen los mayores, y no pienso que haya realmente allí un error voluntario.

José Luis Cuevas



José Luis Cuevas es un caso aparte. Mucho muy dotado, pero echado a perder por su egolatría. Tuvo sentido publicitario desde época temprana; enfocó su esfuerzo a hacer valer el dibujito de treinta por veinticinco centímetros que había hecho en la mañana. (…) Creo que han sido un desfiguro muchas de las andanzas de José Luis, porque lo que pudo haber sido en serio se convierte en carcajadas.

Xavier Villaurrutia


Me doy cuenta de que Xavier Villaurrutia nos abrió los ojos para ver pintores que eran difíciles de entender en aquella época, verbigracia, Soriano, Tamayo y Agustín Lazo. Fue de las gentes que más iluminó el cuadro en su época (en revistas como Filosofía y Letras y El Hijo Pródigo). Por largo tiempo escribió ocasionalmente sobre arte, y definitivamente creo que fue de primordial importancia al círculo de artistas. Su crítica fue luminosa y engendró en ellos un buen camino: abrió brecha a los nuevos movimientos en los difíciles años cuarenta, en que eran atacados por el mismo Diego y por quienes veían como única ruta la escuela mexicana.

Despedida



De todo puedo quejarme menos de no haber despertado un inmenso interés por el arte en México. Creo que mi paciencia de tantos años y mi estímulo y ayuda a los pintores fueron fundamentales para la apreciación del arte en México. También por desgracia, creo que hoy en día la producción se ha desbordado y que aún no existen los conocimientos necesarios y la crítica constante y adecuada para encauzar únicamente lo de verdadero valor.

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