La tenebrosa noche del Jimmy de Alfredo Carrera7 min de lectura

Magdiel Torres

En La tenebrosa noche del Jimmy, Alfredo Carrera López logra contarnos una historia conmovedora, entretenida y divertida a través de un personaje, Jared, que se ve en la necesidad de escribir un relato en primera persona para aprobar su curso de Español. La decisión, valiente de por sí, tiene tintes de temeridad cuando lo que se propone a contar es la noche en que experimentó su más grande miedo: “El día que más miedo he tenido en mi vida entera fue a los nueve años cuando mis papás me dejaron solo en la casa.”, inicia el cuento largo. En esa soledad Jared se enfrentará al ‘Jimmy’ una especie de amigo imaginario que, como personaje de ultratumba, ha vuelto convertido en un ser espectral, monstruoso.

La historia teje la tradición con el relato de terror con una referencia actual, cinematográfica, El conjuro, la cinta que para Jared se convierte en su parangón de lo que puede o no ocasionar miedo. Pero como el relato resulta ser la narración de un acontecimiento pasado, el miedo se diluye en lo anecdótico por lo que se muestra una historia divertida que centra su interés en la construcción misma del relato y es aquí, me parece, en donde gana el cuento: revelando sus propias trampas y la forma de superarlas.

Alfredo Carrera

No debe soslayarse el hecho de que La tenebrosa noche del Jimmy resulta ser un ‘cuento por encargo’, se trata de un trabajo escolar pedido explícitamente por el profesor de Jared como un requisito indispensable –y extraordinario- para pasar la materia de Español en la que no ha tenido buenas notas. El cuento se convierte en un martirio, pues precisa el joven escritor elaborar un texto de diez mil palabras: “Lo que me da miedo es este trabajo. Van apenas trescientas ochenta y cinco palabras, o de otra forma, cinco, más ochenta, más trescientas, o sea que ahora ya van, nada más y nada menos que: cuatrocientas nueve palabras, no sé cómo es que quiere diez mil palabras.” Ese es el verdadero terror, no el de la anécdota del fantasmagórico Jimmy, es decir: el consabido terror de la hoja en blanco. Jared, aunque joven adolescente, no es menos adolescente que cualquier otro escritor.

La tradición de la autorreferencialidad empezará, conforme avanza el cuento, a desplegarse con naturalidad. Si hay referencias literales a productos de la cultura de masas como la cinta de terror El conjuro, también puede leerse ahí propuestas de autores contemporáneos como Enrique Vila-Matas que en París no se acaba nunca, alega que se trata de una conferencia pedida por una universidad y no lo que realmente estamos leyendo: un cuento que narra el proceso de creación de otro. De igual manera, en el relato de Carrera López, la anécdota sobre esa experiencia primigenia, a saber, el día en que más miedo sintió en su vida el autor de la narración, queda desplazada por la segunda experiencia: la de la creación.

La experiencia de creación, con lo engorroso que supone contar un determinado número de palabras para llegar a un punto fijo, empieza a extenderse para abarcar otros territorios que ya no incumben al propio autor. Jared es el paradigma del autor moderno, reducido a un número finito de posibilidades, empobrecido en tanto a la supuesta libertad creativa que en teoría podría presumir. Es decir, Jared, como el autor moderno, no escribe lo que desea escribir, sino lo que le dictan otros: la editorial, el mercado, los juicios de valor, etcétera. De la misma manera a Jared lo obligan a escribir el profesor para pasar la materia, sus padres para complacer la exigencias de la academia, representada por el profesor, y la misma historia que está contando que le exige en su naturaleza un estilo que Jared no comprende del todo pero que aprende a respetar como respeta a sus mayores o como una fuerza más que lo pone a escribir aunque no lo desee. Esta representación de fuerzas logra un final inesperado que no relataré aquí porque como reseñista también estoy atado también a esas fuerzas que me sugieren no arruinar la sorpresa que la trama ha construido.

A través de Jared puede intuirse la vocación de autor literario de Alfredo Carrera López, más aún, se puede observar a ese maestro que a veces es el destinatario de la historia. Esta autoridad literaria se asume como tal y le da al relato los elementos que le son imprescindibles a través de la familia que en todo momento le están pidiendo a Jared cómo escribir la historia: el papá le pregunta porque no aparece tanto, la mamá le reprocha que el hermano menor  no tenga mayor protagonismo y la tía Amalia, finalmente, le advierte que a veces hay que ‘inventar’ o ‘mentir’ en aras de que la historia esté mejor lograda y esta parece ser una primera enseñanza estética: “(Amalia dice que debo poner eso, que estaba llorando, que si no lo pongo nadie me va a creer y si no lo escribo además dice que va a borrar todo.

Sólo por eso la dejo que se meta. Aunque es mentira. Yo tuve miedo, pero no estaba tan miedoso).” La autorreferencialidad se multiplica pues todos le meten mano al texto: el maestro, que pide el texto, la madre que lo obliga a realizarlo con la autoridad propia de la madre, el padre que está un tanto ausente y que no lee el texto y los demás elementos de la familia “Aquí a mi lado está mi tía Amalia, dice que tengo que escribir más sobre ella, para que sea más importante, también mi papá dijo que casi no aparece, a mi abuelita no le importa y mi mamá dice que no aparece Diego para nada, que necesito ponerlo más. En realidad no lo han leído, pero mi mamá platicó todo como si fuera casi casi su crónica.” Es decir, los personajes piden aparecer más y de manera ‘especial’, como ellos quieren.

El niño escritor intenta serle fiel a las peticiones de los miembros de la familia, en especial la de la tía Amalia que no parece interceder por un afán de protagonismo, como los otros, sino por un fin metodológico literario, estético. Sin embargo, ambas intereses, los personales o los meramente literarios son los mismos, desembocan en un mismo lugar: el texto literario, la historia. En el pacto autobiográfico, el autor señala que escribe mentiras (“Sólo por eso la dejo que se meta. Aunque es mentira. Yo tuve miedo, pero no estaba tan miedoso”), lo que le dice la tía Amalia que ponga para que el relato sea creíble, es decir, el pequeño autor aprende a sacrificar la verdad por una verdad acaso más grande, la verdad literaria. En esa construcción ya no de la anécdota, sino del relato que en sí mismo es otra anécdota, el pequeño autor aprende que debe trabajar con varias fuerzas, a veces contradictorias, y que no siempre se escribe lo que se quiere porque el autor es tan solo una parte de ese fenómeno polivalente que llamamos literatura.

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