¡La Tierra al límite!3 min de lectura

Ismael García Marcelino

Si la naturaleza fuera un banco,
los hombres ya la habrían rescatado
Eduardo Galeano

A pesar de que la ola de contagios por coronavirus no se ha podido detener, de que en Michoacán se sabe de 35 casos confirmados (20 en Morelia), cuatro decesos al día de hoy, y todo parece indicar que la situación verdaderamente difícil está por llegar y no estamos pasando todavía por el peor momento, habrá que resaltar que vivimos en un país donde la gente y las instituciones han sabido hacer las cosas y, después de India, México es quien mejor ha sabido controlar la pandemia.

¿Hemos madurado?, quién sabe; pero nuestra actitud social permite abrigar la esperanza de que estamos en condición de comprender al menos dos cosas: a. el verdadero mensaje de la naturaleza y b. lo que hemos provocado en la mayor parte de los asentamientos urbanos del planeta, orillados por la sacudida global y no precisamente inspirados por el razonamiento: que las aves vuelvan a las plazas públicas, los insectos caminen por el pueblo, las lagunas, los ríos y el aire en las ciudades se vean verdaderamente limpios.

Desde que los lugareños en los “destinos turísticos” notaron las manchas de aceite en lagos y mares, la proliferación de trasporte público merced a la necesidad de transportar a multitudinarias cantidades de turistas, cuya cultura del usar y tirar se sustenta en la idea de que el sitio que se ensucia hasta la náusea no es el suyo, hubo dos opciones: obedecer cuando alguien que se percató de que al planeta se lo estaba cargando el demonio nos lo hizo saber u obedecer ahora que la naturaleza ha recurrido a una severa sacudida contra la humanidad de la que somos parte y, abruptamente y a su manera, nos la está recordando.

El mensaje de la naturaleza (alguien podrá llamarle Dios, si quiere) no es que las aguas, los bosques, los mantos acuíferos y el medio ambiente en general están al límite; no, eso ya nos lo dijo hace muchísimos años; lo que está diciendo entre reclamaciones de agonía es que la humanidad puede seguir haciéndose de la vista gorda si quiere (en mi pueblo se dice de otra manera), pero si cuando pudimos parar, no lo hicimos, ahora, como dijo el asaltante, es «el dinero o la vida»; es el momento en que la naturaleza nos hará parar, aunque no queramos. Ya lo hace y nos plantea la disyuntiva de poner a salvo la vida o poner a salvo nuestras riquezas en dinero, espíritu esencial que mueve y moviliza a la peor plaga de la Tierra: los turistas. Sólo la estupidez protegería la bolsa, sobre la vida, porque, por más importancia que la economía tiene para el desarrollo de un país, es de esperarse que la vida recupere prioridad o perderemos ambas cosas. Las sociedades heridas y enfermas producen poco, las muertas, nada.

Aun así, no será extraño que, pasada la contingencia sanitaria, contabilizadas las vidas perdidas, lo que seguirá para muchos gobiernos, desde el punto de vista administrativo, va a ser la recuperación económica. A menos que se entienda el sinsentido de una sociedad tan rica como enferma, tan satisfecha del estómago como vulnerable, tan obesa como sedentaria.

Cuando en el lago de Pátzcuaro se propagó la alerta sanitaria por múltiples casos de cólera (1991), las vendedoras de pescado (esposas de pescadores) se burlaban de las autoridades porque, a pesar de la advertencia, los turistas siguieron comprando el pescado contaminado que se ofertaba. Las ventas mermaron y ellas, furiosas, culpaban a las autoridades del IMSS, ISSSTE y Salubridad, mientras decían: «¡mira qué rico, el pescado blanco con cólera!» Absurdo por donde se quiera ver. Hasta ahí nos conducen las relaciones turismo-servicio.

Las opiniones expresadas en esta columna son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de el-artefacto.

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