Beatriz Rojas: Lágrimas del cielo9 min de lectura

Beatriz Rojas

I

Cuando la gente reprimió tanta tristeza que no se pudo más, el cielo se llenó de nubes grises y empezó a llorar. Todas las lágrimas que el mundo feroz y violento nos impide soltar comenzaron a brotar,  el llanto silencioso y desesperado de toda la gente, el gimoteo dulce de todos los niños.

Por miedo, por prisa o por orgullo, ni una sola lágrima brotó de rostro humano. Caían todas del cielo.

Algunas mujeres miraron con envidia a las nubes, extrañando los días en que el llanto sabía a un beso a escondidas, porque los amores imposibles eran más bien secretos y enormes.

Los hombres levantaron la vista extrañados y avergonzados, corrieron a refugiarse en sus autos, en sus casas, en los baños, ahogando una oleada de suspiros inexplicables.

Los niños sintieron miedo, trataron de llorar pero sus ojos seguían secos, así que berrearon con toda la fuerza de sus pulmones hasta vaciarlos, lo que desató una serie de relámpagos y truenos que los asustaron más y los hicieron buscar las faldas de sus madres o las piernas de sus padres, pero no los encontraron.

De repente todos habitaban un país de huérfanos, de solitarios, de tristes.

Las nubes eran tan espesas que la oscuridad se tragó la ciudad.

Cada hora que pasaba, la desolación se sentía más grande y el llanto no podía dejar de fluir del cielo. Hasta que arrasó con todo. Alimentó los ríos, rebasó el drenaje,  inundó las casas, deshizo el cerro. Después de tanto esconderla, negarla, aplastarla, murieron apachurrados por su propia tristeza.

II

Las nubes siguen desgranándose sobre nosotros.

-Son los ángeles, que lloran por todas las muertes del mundo.

-No, porque las gotas son frías. Son los muertos los que lloran desde el cielo, con lágrimas que brotan de sus heladas cuencas  y nos ahogan en su tristeza.

Después de reflexionar un momento, el niño se encogió de hombros y tiró los dados, finalmente, si los muertos estaban tristes, sus razones debían tener.

Todas mañanas las mismas ganas de llorar calladas. Mitigadas por un sol que lame los párpados con cariño, con lástima.

Todos los días el grito ahogado en medio del estómago porque las mariposas murieron de frío y no hay nadie, no hay nada.

Este día eran más fuertes porque no había sol, este día las ganas de llorar eran casi imperativas, eran una necesidad, un anhelo: correr al baño o a la casa y dejar escapar todos aquellos sollozos que se habían vuelto ya parte de los huesos.

Con la lluvia golpeteando intermitente las ventanas era difícil concentrarse en el trabajo. No daban ganas, además, de hacer nada. Todos rondaban el edificio como fantasmas, mirándose las caras, cruzando frases; preocupados algunos por cómo irían a encontrar el camino hasta las escuelas de sus hijos o por si su casa no estaría inundándose.

            Los descansos para tomar café se hacían más espaciosos y melancólicos. Las conversaciones, algo lúgubres, los llevaron a departir sobre el llanto, que era un tema muy sonado últimamente:

-Me acuerdo cuando era niña – le dijo Violeta a un compañero confidente-  cuando llorar era una ensoñación, cuando podía hacerlo cada vez que se me antojara sin preocupar a nadie, con sollozos que sabían a algodón de azúcar y a un abrazo cariñoso, o una manta, porque nunca hacía frío.

Pudo verse a sí misma a los quince, el llanto sobre la almohada, desordenado, espontáneo e inmenso. Torrentes de lágrimas empapando el colchón y luego nada, la calma, el vacío de tristeza, la falta de motivos, la vida, el sol.

Pero ahora el llanto no sale, el llanto se antoja absurdo y débil. Cómo llorar si hay que reconfortar a los hijos, cómo llorar si hay que llegar puntual al trabajo, a la escuela, a la casa. No hay tiempo.

-¿Sabes?- Su compañero la miró un poco ruborizado como si estuviera a punto de hacerle una revelación monumental-. Me da un poco de vergüenza decírtelo, pero ya que estamos hablando de eso… Yo hace años que no lloro. No lloré cuando se murió mi hermano, no lloré cuando me separé de mi mujer… A mí  me enseñaron que los hombres no lloran y que así tenía que ser.

-¿Y entonces que hacen?- Ahora le tocó a ella el turno de ruborizarse por lo ingenuo de su pregunta.

-Pues…depende, a veces nos emborrachamos, a veces le gritamos a alguien, rompemos cosas o trabajamos mucho, dependiendo de la causa de la tristeza o del grado de desesperación.

«Los hombres no lloran» podía oír la voz de su abuelo como si estuviera ahí, con su tono decepcionado y amenazante, un eco que nunca  lo había dejado; por eso ahora hay que apretar los labios cada mañana antes de llegar al trabajo y enfrentarse con el hastío de todos los días, con el desencanto, con la imposibilidad ayudar a nadie, con las torres de papeles, de palabras mudas.

            Qué monotonía, qué asco esta ciudad y este cielo y el suelo y la gente y las voces y todo. Qué asco.

El tiempo que ya no pasa, porque el cielo permanece blanco, inmóvil y oscuro.  La ciudad es un pantano.

Cansada de que el teléfono siguiera sin sonar, Violeta  levantó el auricular  y marcó un número conocido de memoria. Respondió una voz de fastidio.

Una vez más los reclamos, la soledad hablando por teléfono: quería verlo, quería sentirlo ¿O es que acaso ya tenía otra? ¿Es que ya no la quería?

La falta de respuesta…o de imaginación, tal vez. Un: «No empieces, si ya sabes que tú y yo  no somos nada».

El silencio.

Ningún lugar a dónde escapar, el agua de cielo golpeando las ventanas, el techo  y las puertas. Los niños viendo el televisor. Ni un solo lugar dónde soltar un grito o derramar una lágrima.

La lluvia arreció.

El cielo no se abre, la ciudad está atrapada.

 -¿Por qué lloran los muertos? ¿Porque están solos o porque nos dejaron solos?

-¿Por qué llora mamá?

“No somos nada” la frase resonaba en su cabeza. Nada. Pero ¿no era yo tu sol? ¿No era el motivo de que tus días se iluminaran? ¿Nada? Pues para mí eres todo: día, noche, viento y calma. Nada. Ahora soy nada. Una masa de carne, cabello y piel, sin voz, sin forma. Ya no importo y es que ya no importa, porque si no soy tu sol entonces ya no habrá sol.

El agua brota de las coladeras  como si la ciudad se desangrara. A través de las calles fluye agua negra, espesa, maloliente, como la sangre de un monstruo inconmensurable imposible de abatir.

¿No podría morirme un rato y volver cuando la lluvia pare?

-¡Mamá! ¿Qué es ese escándalo? ¿Qué es lo que pasa?

No hubo respuesta, la casa seguía en tinieblas, se había agotado la electricidad.

-Tengo miedo…

-¿De qué ruido hablas?- el niño apretó los dados en su puño.

-¿No te das cuenta? Todos esos gritos, ese llanto.

-Es la lluvia, es el viento… son los muertos.

-¿Vienen por nosotros porque nos extrañan?

Ante el estruendo, algunas personas se asomaron a sus puertas, protegidos por sus casas, a ver el desastre. La tierra temblaba como si quisiera comérselos. Entonces se dieron cuenta de que aquello que hace mucho que no notaban -el suelo, el viento, las nubes-, era más fuerte que todos sus conflictos humanos y acabaría con ellos. También se dieron cuenta de que sus casas no los protegían en absoluto.

El cerro comenzó a desmoronarse y frente al horizonte café se dieron cuenta de que su pequeño mundo los absorbía y no había nada más frente a ellos.

-¡Mamá! ¡Alguien! ¡Me ahogo!

Pero las palabras no salían, cada vez que los labios se abrían para gritar o respirar, los pulmones se llenaban de agua sucia y lodo.  Los bracitos se movían desesperados tratando de aferrarse de algo, pero la corriente era muy rápida y todo estaba sumergido.  Pudo ver, como en un cuento siniestro,  los autos flotando de cabeza; a las ratas, perros y gatos subidos en las azoteas, en cómplice contemplación y al cielo descargando su ira…o su desconsuelo.

Después ya no pudo ver. Estaba rodeado de agua como al principio de su existencia, por dentro y por fuera. De repente los bracitos dejaron de moverse, serenidad, paz. El río lo fue envolviendo en su abrazo espeso, como una manta, como una madre. Antes de que su corazón dejara de latir, pudo regalar al mundo una sola lágrima, por fin.

Después de la tormenta…nada. Un sol arrepentido calienta débilmente en un cielo completamente azul, vacío. Un silencio espantoso inunda todo. Ni un soplo de viento, ni un golpe en la tierra. Escampó.

            De lo que antes eran casas no queda más que tierra, lodo, sangre y agua.

No somos nada, Violeta. No somos nada.

Beatriz Rojas (Ciudad de México, 1982). Periodista y escritora, una de sus publicaciones es Noche de muertos, y ha participado en antologías de narrativa y poesía como Narradores emergentes. Palabra, comunión y desencuentro y El brillo de la yerba húmeda.

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