Leonard Cohen: El libro de la misericordia3 min de lectura

Leonard Cohen

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Amigo, cuando hablas con tanto cuidado sé que lo haces porque no sabes qué decir. Escucho de manera que no aumente tu confusión. Respondo en el momento oportuno para no agravar tu soledad. Así la conversación sigue bajo una sombrilla de optimismo. Si sugieres un presentimiento, yo lo afirmo. Si me provocas, acepto el desafío. La superficie es espesa, pero tiene sus grietas, y con suerte tropezaremos en una de ellas. Ahora, podemos pedir un sandwich de carne por lo de las proteínas, o podemos ocupar nuestros lugares en el Sanedrín y decidir lo que hacer con esos grandes cubos de diamante que nuestro maestro Moisés bajó a la espalda desde la montaña. Tú quieres colocarlos de manera que el sol de día, y la luna y las estrellas de noche, brillen a través de ellos. Yo sugiero otra perspectiva que incluya la luz de los cuerpos celestiales dentro del supremo resplandor de los cubos. Nos inclinamos el uno hacia el otro sobre la mesa. El polvo se mezcla con la niebla, nuestras narices se ensanchan. Estamos indudablemente interesados; ahora podemos abarcar la empresa de un judío


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Durante muchos años mi hijo y yo vivimos en una cueva, ocultos de los romanos, de los cristianos, y de los judíos apóstatas. Noche y día estudiábamos las letras de una palabra. Cuando uno de nosotros se cansaba, el otro le animaba a seguir. Una mañana él dijo, «Ya tengo bastante», y yo dije «Creo que yo también.» Se casó con una hermosa chica, la hija de uno de nuestros benefactores, la niña que nos traía comida por la noche convertida en aquélla a quien él esperaba todo el día, y fueron bendecidos con hijos. Mi esposa volvió a mí una extraña noche, totalmente cambiada, totalmente iluminada, y abrimos un quiosco en Jerusalén, donde vendíamos pequeñas ediciones bilingües del Libro de los Salmos. Mi hija apareció un día y me dijo, «Creo que me has descuidado.» «Perdóname», le dije, y su rostro brilló con el perdón. Se casó con un orfebre, un creador de objetos ceremoniales, tuvo hijos, y ahondó la felicidad de sus padres. Cada cierto tiempo nos reunimos a medianoche frente al Muro, nuestra familia de pequeñas familias. «Después de todo», decimos, «los romanos no comen carne arrancada a un animal vivo, y los cristianos son una rama del árbol, y los judíos apóstatas aún son abrazados por la Palabra.» Hablamos de esta manera, cantamos los cantos sacramentales, y componemos otros, como nos fue ordenado:

Jerusalén de la sangre

Jerusalén de la amnesia

Jerusalén de la idolatría

Jerusalén de Washington

Jerusalén de Moscú

Deja que las naciones se alegren

Jerusalén ha sido destruida

Leonard Norman Cohen (1934-2016) cantautor y poeta canadiense. Algunas de sus obras son Parásitos del Paraíso, La Energía de los Esclavos, El libro de la misericordia y Hermosos perdedores.

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