Beatriz Rojas: Llévatela ya11 min de lectura

Beatriz Rojas

Le prendió una veladora más a la virgencita. Musitó una oración entre dientes -palabras que a fuerza de repetirse habían perdido el sentido, pero que se entonaban con toda devoción-; se persignó y miró hacia el cuarto de la enferma, suspirando.  

-Tadeo… -alcanzó a escuchar el hilo de voz que lo llamaba, con ese tono lastimero al que nunca se acostumbraría. 

Se apresuró, acomedido, a entrar en la habitación: 

-¿Qué necesitas? 

-Nada, sólo saber si ya te vas… y ya que estás aquí, ¿me puedes servir un poco de agua? 

Sirvió un vaso de la jarra que había en el tocador y lo acercó a la enferma, que bebió un lentísimo sorbo con sus labios resecos. Luego intentó sonreír: 

-¿Me das un beso? 

Tadeo se turbó, como siempre, le besó la frente y salió apresurado del cuarto. 

Se engominó el peinado en el espejo hasta no dejar un cabello fuera de sitio, limpió sus anteojos y se marchó al trabajo. 

En la primer clase se sentía algo desmotivado, pero ya para la segunda hora había agarrado su ritmo. No había mejor satisfacción que esas cabecitas ávidas de conocimiento, esas voces casi masculinas (formándose aún) pronunciando su nombre una y otra vez, con simpatía y complicidad. Esos espíritus siempre alegres, siempre activos, siempre cuestionándolo todo. Sus caras traviesas, juguetonas, adolescentes, hermosas. 

Más tarde, durante la misa de seis, se sorprendió bostezando. Se molestó consigo mismo y buscó la mirada de doña Pacesita, esperando que no lo hubiera notado. Afortunadamente Pacesita -que parecía escudriñarlo todo con esos ojillos negros- en estos momentos sólo tenía ojos para el padre. Sin embargo, doña Esperancita había fijado en él una mirada reprobadora ¡Qué vergüenza! En plena eucaristía y él pajareando como un niño pequeño.  

Sin embargo -deberían comprenderlo, pensó-, la enfermedad de Mirna lo estaba consumiendo. Claro que no podía darse el lujo de lamentarse, estas son pruebas que nos pone Nuestro Señor y sólo Él sabe por qué. Para hacerlo más fuerte, seguramente; aunque, si Él decidía llevársela consigo… ¿qué fortaleza quedaba? 

Las ancianitas lo esperaban en la puerta de la iglesia, querían afinar detalles sobre la procesión del doce de diciembre y hacer los turnos para la adoración nocturna. Como él era el más organizado, a él le correspondían año con año esas tareas. 

Se sintió pleno, orgulloso y satisfecho de que se le reconociera como siempre, así que se dispuso a organizar con ellas todos los detalles para que este año fuera mejor que el anterior (aunque siempre eran iguales). 

-Además, queremos decirte- agregó Pacesita al despedirse, con una sonrisa coqueta- que Mirna está siempre en nuestras oraciones y que le pedimos al Padre que pida por ella este domingo, en el memento. 

Esperancita lo miraba con una sonrisa glacial, congelada en alguno de sus cientos de años. Tadeo sintió como si una lágrima fuera a escapársele y sólo atinó a tomar entre las suyas las manos de las ancianitas y se despidió en silencio. 

Al llegar a casa se detuvo nuevamente ante su pequeño altar y musitó una oración, esta vez más sincera, que salía de lo más hondo de su pecho, de sus más recónditos deseos: 

-Santísima Señora- murmuró- si el deseo del Señor es llevarse a Mirna a su lado, que se haga Su voluntad. Sólo pídele que no demore tanto y nos quite ya este sufrimiento constante.  Esos dolores que la obligan a despertarse gritando a mitad de la noche. Esta cruz que llevo cargando desde hace meses. Acuérdate de nosotros, Madre Santa y envuélvenos en tu manto de amor. 

Ya más tranquilo, entró en el cuarto de Mirna a rezar un rosario con ella, como todas las noches. Otra vez se había olvidado de traer sus medicinas. Afortunadamente ella no se lo recordó tampoco. Creyó ver algo de paz en sus facciones. 

Desde que había enfermado, ya no dormía con ella. Había acondicionado la habitación de invitados, pero estaba siempre atento a lo que pudiera necesitar en la noche, incluso le había proporcionado una campanita, para que lo llamara. 

Esa noche Tadeo tuvo un sueño revelador: caminaba por un camino árido y sinuoso cuando divisó una luz. Era una luz que inundaba todo, pero que no lastimaba los ojos. Entonces escuchó una voz femenina maravillosa que le decía: “Tadeo, mi más querido siervo, he venido por ti”. Sintió una enorme paz interior y vio los rostros de sus alumnos más queridos, sonrientes, con miradas luminosas. 

-¿Has…venido a que…deje de sufrir?- pero después de decir esto se ruborizó ante su propio egoísmo y temió que la visión lo abandonara. Entonces  la luz se intensificó y lo llenó de un calor acogedor, mientras lo invadía un olor a flores maravilloso. 

El sueño terminó. 

Corrió al cuarto de Mirna esperando lo peor, aterrado, pero ella respiraba tranquilamente, como si nada le molestara, con los labios entreabiertos, casi sonriendo. “Es una santa”, pensó y regresó a su cuarto esperando recuperar el sueño, que ya no volvió. 

Al día siguiente repitió la rutina diaria, pero algo inquieto, distraído. Sus clases fueron casi mediocres, en misa no bostezó ni una sola vez, pero tampoco pudo escuchar las lecturas. No dejaba de mirar expectante la imagen de la Virgen, como esperando que le hablara. Esperancita y Pacesita se miraron cómplices y no lo esperaron a la salida esta vez, como intuyendo su lucha interna. 

Quiso hablar con el padre pero pensó que no tenía caso. Los sueños eran sueños y no podía asegurar que hubiera tenido una revelación. Mejor esperar a la noche. 

En casa, la monjita que cuidaba de la enferma quiso explicarle alguna cosa. Le pidió las medicinas y recordó que no las había traído, pero esta vez salió corriendo a la farmacia por ellas. Qué pensaría la monjita ¿qué no le importaba su mujer? ¿cómo se atrevía? No, no se atrevería. 

Esta vez Mirna no sólo pidió un beso, sino un abrazo también. Su cuerpo olía a enfermedad y encierro, a flores marchitas. Se retiró impaciente, deseando estar ya dormido para soñar nuevamente.  Hasta olvidó rezar con ella el rosario, qué contrariedad. 

Prendió otra veladora, rezó mecánicamente y se fue a acostar. 

Como esperaba, el sueño se repitió, pero esta vez no fue imprudente y permaneció callado. Pudo ver fragmentos de Ella, de la Santísima Madre: una esquina de hábito, un poco de cabello, sus labios… 

-Tadeo- su nombre sonaba como una canción pronunciado por esa voz celestial- vengo a ayudarte. Pero necesito que hagas algo por mí ¿lo harás? 

Él asintió obediente con la cabeza. 

-Quiero que traigas mi imagen, la que está en la iglesia. Quiero que esté en tu casa, contigo. Cerca de ustedes. Así Mirna tendrá paz y serás feliz. 

Él dudó un poco ¿la estatua? ¿robar? No dijo nada pero Ella escuchaba sus pensamientos. 

-Ay, Tadeo- dijo con tono aleccionador- las cosas sagradas no tienen dueño. El dinero y los bienes son cosas que inventaron los hombres. Al César lo que es del César. Las cosas de la Iglesia son de quien las necesite. 

Y así, de repente, el sueño cesó, con un nuevo acceso de dolor de su mujer, por lo que no durmió más esa noche. 

Los días siguientes pasaron sin más. Tadeo no se atrevió a hablar con nadie de sus sueños y esperaba llegar a casa para ver si se repetían, a ver si se le encomendaba una tarea más sencilla; pero nada pasaba. Ni los sueños volvían ni Mirna daba señales de mejoría. El doctor ya la había desahuciado. Sus oraciones se encaminaban a pedir que se fuera pronto y tranquila para poder descansar. Ya no esperaba milagros; aunque se sentía un poco avergonzado de rezar, cuando no había cumplido con lo que se le había solicitado, cuando la solución podía estar en sus manos. 

Quiso hablar con el sacerdote de sus sueños, sin atreverse a llegar al punto de la extraña petición. El padre lo miraba con gran atención y lo dejaba hablar. Al terminar su relato, palmeó su espalda: 

-Ay, Tadeo. Creo que estás muy cansado. Pediré especialmente por ti. 

Conforme se acercaba el día de la Virgen, Tadeo se llenaba de nerviosismo y culpabilidades diversas. Lo aquejaban pesadillas en las que Mirna moría y, peor aún, en las que no moría y se convertían en ancianos, en las que no volvía a ir a la iglesia o a soñar con esa luz maravillosa, en donde se quedaba sólo, sin santos, sin dioses. 

Un día, después de tres noches de sueño particularmente intranquilo, tomó la determinación. No tenía que ir al trabajo porque era sábado, así que permaneció casi todo el tiempo en su habitación. Pensando, orando. Sólo hacía pausas para visitar a la mujer, darle agua, medicinas, un poco de alimento (aunque no tenía caso). Finalmente llegó la noche. 

Entró sigilosamente a la iglesia y tomó la estatua de la Virgen entre sus brazos. Sintió como si abrazara a una mujer de verdad, cosa que no había hecho en años y una oleada de placer poco devoto invadió su entrepierna. 

Todo había resultado demasiado fácil. Seguramente se debía a la ayuda celestial. Ya había pasado junto a la puerta de la iglesia (que estaba cerrada, por supuesto) y se dirigía hacia la ventana contigua, cuando escuchó ruido de pasos, voces, el crujir de la puerta que se abría con estruendo. Entonces comprendió: 

¡Las doce de la noche del doce de diciembre! ¡Cómo pudo haberlo olvidado! 

Y allí estaban Esperancita, Pasesita, don Rosendo, don Pancho, el señor cura y cientos de fieles más. Mirándolo atónitos, abrazado impúdicamente a la virgen, despeinado, excitado y sudoroso. 

Quiso huir, pero no se iría sin su estatua. Le pertenecía, Ella se lo había dicho. Así que se las arregló para trepar a la ventana torpemente, con Ella en brazos. Lo que por alguna razón que no entendió enardeció a la multitud, que parecía poseída por el demonio. 

Entre todos lo agarraron, gritaban cosas ininteligibles y ahí, en el santo suelo, lo despojaron de su estatua, lo patearon, escupieron, apalearon. Quiso escapar una vez más, esta vez sin Virgen, como fuera, pero no se lo permitieron. Sus fuerzas comenzaron a abandonarlo y supo, antes de desvanecerse,  que nunca saldría vivo de ahí.  

De repente el dolor cesó y comenzó a sentirse inundado por la luz que lo cegaba y la paz. Sintió el olor a flores más fuerte que nunca y escuchó la voz, que canturreaba y reía. Ahora sí pudo verla por completo: sus labios, sus ojos, su cuerpo. Lo miraba intensamente y le dijo: 

-Tadeo, Mirna ya está curada. Pero a ti te llevo conmigo, porque te amo. Amo tu devoción, tus rezos sin sentido, las veladoras y las flores que me has regalado. Te quiero a mi lado por siempre y para siempre. 

Entonces sus facciones femeninas se fueron endureciendo, hasta mostrar su verdadera identidad y una risa que no era humana resonó en el templo. 

Al otro día, cuando hubieron vuelto en sí, los vecinos se dirigieron a dar el pésame a la viuda, esperando que hubiera logrado pasar la noche.  

Se sorprendieron sobremanera al verla repuesta, de pie, acomodando su lecho, con una sonrisa en sus labios.  En el cuarto de Tadeo encontraron flores y veladoras encendidas, en torno a un desmesurado altar a la Santa Muerte. 


Beatriz Rojas (Ciudad de México, 1982). Periodista y escritora, una de sus publicaciones es Noche de muertos, y ha participado en antologías de narrativa y poesía como Narradores emergentes. Palabra, comunión y desencuentro y El brillo de la yerba húmeda.

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