Lomelí, el gato de Schrödinger de literatura II11 min de lectura

José Agustín Solórzano

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Habría dos tipos de lectores: aquel que lee porque busca más elementos que le permitan una mejor actuación como asimilado, como «indio de razón», y en lo profundo de sí hasta sueña con volverse algún día blanco y occidental y aquel que lee porque busca entender mejor su división interna y la de su sociedad

Al menos me das dos temas más para nuestra charla, primero: la imaginación. Desde esa dicotomía machista que aludes la imaginación está del otro lado de la acera, de éste lado está la razón. Desde la educación básica nos enseñan predominantemente a “razonar”, la imaginación es infantil, es un eludir lo real; sin embargo como  el hombre de ciencia y arte que eres sabes que cualquier experimento primero se imagina, y que, incluso en la física actual muchas cosas deben “imaginarse” pues están fuera de toda experimentación objetiva. Desde este punto ¿cuál crees que sería el papel de la imaginación en el mundo actual (no sólo en lo literario)?,¿crees que podría existir el conocimiento sin ella?

Por otro lado, me gustó mucho lo que dices sobre el intelectual como el inútil que sólo piensa, partiendo de ahí, ¿tú cómo escritor, qué piensas?, ¿el escritor tiene el deber de “pensar” o debería simplemente dedicarse a describir?

Para mí escribir (o pintar, danzar, etcétera) es una forma de pensar. No es algo mecánico sino que hay, usando otra metáfora ingenieril, que tender varios puentes entre lo que se imaginó o se vio o se vivió y lo que se pone en el papel. Incluso describir implica pensar porque si yo digo «árbol», tú imaginas uno y yo otro. Es la inacabable discusión entre realistas y nominalistas; para los realistas, las palabras implican a la cosa en sí (y cada vez tenemos un lenguaje más cercano a la realidad: las ecuaciones, por ejemplo) mientras que para los nominalistas las palabras siempre son sólo eso, palabras, sonidos o vibraciones ondulatorias de las moléculas que hay en el aire. Así, lograr que una descripción, que un conjunto de ondas acústicas (o luminosas, suponiendo que el lector no lee en voz alta ni imagina que oye su propia voz al leer), produzca que varias personas se imaginen más o menos lo mismo sin necesidad de mostrarlo (de ahí viene la palabra «monstruo», de aquello que no se puede describir) es casi un milagro. Y para eso se requiere la imaginación, de escritores y lectores, ésa que en el código machista ha sido desdeñada como «la loca de la casa». Pero, sin ella, seríamos incapaces de pensar, de tener alguna idea del pasado, de saber algo del presente más allá de lo que percibimos con los sentidos, de plantear futuros posibles y, como dijera el bueno de Pedro Aznar, un pueblo es libre sólo si es un pueblo con futuro.

Normalmente pienso en eso cuando escribo, en el futuro. Puede haber temas y subtemas específicos, pero normalmente trato de imaginar aquello que va a ocurrir luego.

El ser humano (desde nuestra prepotencia como especie) supone ser el único animal que piensa en el futuro, que puede predisponer y planear sus acciones hacia el porvenir. El arte (y también la ciencia) no tendría sentido si sólo se considerara en el presente, es precisamente su capacidad de vislumbrar el porvenir lo que le da sentido. Pavese escribió en su diario que él no escribía para la posteridad sino para el presente, porque era la certeza de la posteridad la que le permitía soportar el trabajo cotidiano como algo que valía la pena. Sabemos que Pavese se suicidó y ese certeza le valió un carajo, pero su anotación nos deja en claro que sin futuro no hay literatura, no hay creación, no hay conocimiento, que el ser humano como individuo necesita la certeza de la posteridad tanto como la colectividad necesita la certeza del futuro para ser libre, y eso me lleva a tocar un tema del que sé eres un apasionado: ¿qué pasa con el futuro de las civilizaciones marginadas por el canon de occidente? A lo largo de esta charla has hilado muy bien los conceptos de conocimiento-imaginación y futuro, y precisamente son estas civilizaciones las que, a falta de una narrativa (al menos una que podamos leer desde occidente), parecieran carecer de un futuro, de una ficción que nos permita vislumbrarlas. ¿Quiénes son estas civilizaciones y por qué estás interesado en ellas, tú, un mexicano radicado en USA que escribe desde lo que muchos pudieran considerar una postura privilegiada?

«Assimilado» es un término que refiere a una persona escindida, cuya vida pende de dos culturas y dos realidades, es un ser a la vez limítrofe y privilegiado. La categoría era usada positivamente por los invasores portugueses en Angola, Mozambique, Guinea Bissau y Cabo Verde para referirse a los pocos indígenas que habían sido escogidos para recibir «educación» y, por consecuencia, eran bastante más privilegios que un trabajador de una plantación algodonera. Eran un «negro civilizado». El asimilado, entonces, tenía que actuar como «portugués» para no perder su estatus aunque, por supuesto, jamás sería «europeo». Sin embargo, como explica Amílcar Cabral y se puede constatar en las historias de liberación de esos países, si bien el asimilado era educado para ser un intermediario, un capataz o un «comprador» (en términos de Ngugi) del estado colonial, no pocas veces el asimilado tomó las armas culturales de la educación colonial para usarlas en contra del propio estado colonial. El término asimilado me parece más preciso que el término «malinchista» (además de que el bueno de Paz no se dio cuenta, ni se interesó por hacerlo, de que la palabra «chingar» viene del quimbundo). Yo soy un asimilado: hablo español y mi educación formal fue «occidental»; de segunda, como en el caso de la «Bantu Education», y destinada a darme un puesto administrativo o en el ámbito de los servicios, pero occidental. Leer, como veníamos diciendo, para mí es conocer. Y creo que en este sentido habría dos tipos de lectores consuetudinarios: aquel que lee porque busca más elementos que le permitan una mejor actuación como asimilado, como «indio de razón», y en lo profundo de sí hasta sueña con volverse algún día blanco y occidental (¿has visto cómo algunos miembros de las clases medias y altas latinoamericanas hacen fiesta cuando aceptan su pago por la nacionalidad europea?) y aquel que lee porque busca entender mejor su división interna y la de su sociedad.En mi caso, leer sobre África y Asia me ha permitido ver mejor a México y a Latinoamérica. Esto, me parece, es así porque uno no tiene ni sus afectos ni sus prejuicios puestos en esos lugares, de modo que es más fácil darse cuenta de sus propias trabas al leerlas en alguien que parece distante que al leerlas en alguien cercano. Así, creo que el futuro de estas civilizaciones, las nuestras, está escindido en esas dos opciones: en la de buscar ser indios de razón, adictos al aplauso del patrón («mexicano triunfa en Londres» y demás titulares), y la de buscar construir un futuro propio entre nosotros. Tristemente, la segunda opción ha ido a la baja desde 1989 y eso puede verse en la propia literatura latinoamericana. En cambio, la comunidad afroestadounidense, seguida por autores de los países africanos de habla inglesa (y, también, pero desde otro punto de partida, en Angola y Mozambique), ha creado un género que apunta justo a ese problema: el afrofuturismo.

La idea de éxito en nuestra cultura colonizada es precisamente la de emigrar a la cultura dominante: aprender inglés, consumir como estadounidense o Europeo, estudiar o trabajar en el extranjero,“assimilarse” en lo posible, parecer para ser. Y en ese sentido, los productos culturales no están lejos de esta enajenación por las culturas dominantes, desde el actual cine mexicano que se proyecta en las salas (No manches Frida, Mirreyes vs Godínez) o que “triunfa” en los Estados Unidos (el caso Derbez), hasta la literatura que publican las editoriales “independientes” de nuestro país, como Sexto Piso o Almadía; la imitación que busca acceder al status quo del colonizador está en cada resquicio de la cultura mexicana. Incluso, cuando un producto marginal logra colarse al sistema y recibir sus privilegios es inmediatamente absorbido por éste. Pasa mucho en la industria cinematográfica, pasó ahora con Parasite, el filme coreano que recibió varios Óscares este año, así la cultura dominante legitima a la extranjera y esa partir de esta legitimación que los occidentales están buscando en todos lados los demás filmes del director oriental.

Es muy difícil hablar de influencias y de asimilaciones culturales en un mundo globalizado y “virtualizado”, pero ambos sabemos que cualquier relación cultural es también una relación política y de poder. Tú dices que te encuentras en la categoría de quien lee para entender su división interna y la de su sociedad, en ese sentido ¿qué puede hacer el lector, el tipo de lector que eres tú y que ojalá fuéramos todos, para participar de este diálogo (político-cultural) desde una posición que no anhele el poder del conquistador pero tampoco sea la del conquistado sumiso?

Creo que hay muchas cosas que se pueden hacer. Internet es una gran herramienta aunque las más de las veces se use de forma ranchera (para ver qué películas hay en el cine que está a tres cuadras de la casa). Antes era imprescindible ir a la biblioteca a buscar antologías de lugares poco comunes y luego buscar a los autores que te gustaron y a sus amigos. Con internet es más fácil. Las antologías siguen siendo una gran ventana, porque ya hubo una curaduría. Pero en Wikipedia o en cualquier buscador si uno escribe «escritores de Guinea» o «List of Guinean writers», o de cualquier otro país, encontrará las listas y, luego, haciendo la búsqueda por el nombre de los autores, encontrarás varios de sus textos en diferentes portales. Es una forma rápida de buscar narrativas distintas.

Por descontado, buscar luego a los amigos de los autores que nos gustan (información que también se encuentra en internet) es una forma sencilla de ir haciendo antologías personales. Ya sea con el método pre- o post-google, así he hallado cuentos que me encantan, como uno del sudanés Tayeb Salih u otro del angoleño Darío de Melo. No huelga decir que ninguno de los dos está traducido al español. Ése es un buen primer paso.

También están las redes sociales donde, después de identificar a los autores que te interesan, puedes hacerte amigo o seguir a la mayoría de ellos para ir viendo sobre qué discuten y qué sugieren. Además, tanto Twitter como Facebook ofrecen la traducción automática de los posts y ésta funciona bastante bien con las lenguas europeas. Con las no europeas no tanto, pero uno se da una idea. Así es que estoy en contacto con amigos escritores africanos y que más o menos me entero qué están haciendo los artistas plásticos chinos o los escritores de India. No sé si eso sirva para algo más que para ampliar la perspectiva pero, por lo menos, eso a mí me gusta y me parece bastante.

Valga aclarar que al inicio uno suele encontrarse nomás con lo más pop (igual que si pones en Youtube «Música argentina 2019»), esos productos hechos para el mercado internacional ya sea porque son imitaciones de lo «occidental» o porque son exotizaciones o autoexotizaciones de lo «no occidental». Pero luego va encontrando uno lo que sí vale la pena. Por ejemplo, uno de los autores del siglo XXI más interesantes de Sudáfrica (aunque ya falleció) es K. Sello Duiker. Cuando di hace unos 10 años con su magnífica novela «Thirteen Cents», ésta sólo se había publicado en un tiraje pequeñísimo en Sudáfrica y él no había aparecido en ninguna antología internacional. Pero di con él gracias a otro autor que sí había salido en una de estas antologías y que es más o menos comercial. Ahora, muchos años después, “Thirteen Cents” ha sido reeditada una y otra vez dentro y fuera de Sudáfrica y ha ido alcanzando el reconocimiento que le corresponde.

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