Materia oscura: Absit15 min de lectura

Angélica Gorodischer

Las cosas sucedieron más o menos así. Ese tipo venía caminando por la vereda del barrio. Era sábado temprano a la tarde y el sol le daba en la espalda. Se paró frente a la verja pintada de verde. Ay, no, pensó, ay, no, por favor no otra vez no, ¿cuántos años tendrá? siete, ocho cuanto más, ay, no, no quiero.

La reja cerraba un jardín pequeño con algo de césped no muy bien cuidado, una planta de azalea, un jazmín del cabo y casi nada más, si no se consideran los restos de algunas alegrías del hogar y malvones, y la chiquita jugaba con un animalito de paño que tenía mucho pelo, nada de cola y mucho bigote. Le hablaba.

El tipo le habló a ella.

—Hola —le dijo.

Ella no le contestó.

—Hola —insistió él—, ¿cómo te llamas?

—Mi mamá me dijo que no hable con extraños.

—Por eso te pregunto cómo te llamas, para que no seamos extraños. Vos me decís cómo te llamas, yo te digo cómo me llamo.

Seis años, pensó. Nada más que seis, ay, cómo puedo hacer, seis años no más, a esa edad son suaves, blandas, ay, no.

—No te digo nada.

—Bueno, no me digas nada. ¿Tu mamá está?

—No, se fue al súper.

—Entonces estás con tu papá.

Que me diga que sí, que está con el papá y me voy, me voy.

—No.

—O con la muchacha.

—¿Qué?

—La muchacha que trabaja en tu casa.

—No tenemos muchacha.

—¿Y con quién estás? ¿Con tu abuelita, con tu tía?

No sólo blandas, no sólo suaves, chiquitas, tienen todo tan chiquito.

—No.

—¿Estás solita?

—Y, sí.

—Mira, tengo un caramelo. Te lo doy para consolarte porque estás solita, ¿quieres? Es de frutilla.

—Bueno.

—También tengo una muñeca. Es muy linda, con carita de porcelana y tiene zapatitos y una cofia.

—A verla.

—Acá, la tengo en el bolsillo del saco, ¿quieres verla?

Eso que tienen entre las piernas es tan pero tan chiquito que da trabajo, no se puede, de primera intención no se puede y lloran y es peor.

—Sí.

—Bueno, ábreme la reja y te la muestro.

—Está abierta, no tiene llave, para no dejarme encerrada.

—Ah, qué bien.

El tipo empujó la reja y entró en el jardín. Todavía iba pensando no, no, ojalá que no, pero sabía que sí. Casi sentía la piel de la nena bajo sus dedos: seda, raso, dulce, tibia, no quiero, se decía, no quiero que me pase otra vez, pero ya estaba solo, solo en un mundo en el que no había nada más que el jardín y se preguntaba adónde podré llevarla.

—A ver la muñeca.

—Ven, ahora te la muestro, dame la mano y nos escondemos detrás de la planta así no nos ve nadie porque si te ve una vecina te va a tener envidia.

—Entonces vamos atrás.

—¿Atrás?

Cuidado, se dijo. No conoces el lugar, ten cuidado, no te vaya a pasar como con la hermanita de la Lucy.

—En el terreno de atrás van a hacer un edificio, pero como hoy es sábado, no hay nadie.

—¿Tenemos que entrar en la casa?

—Pero no, por acá, por el costado, ven y me muestras la muñeca.

—Ah, hay árboles y todo.

—Los van a sacar. Mi mamá dice que son unos brutos.

—Tu mamá tiene razón. Siempre tiene razón, ¿no es cierto?

La mamá. ¿Por qué no viene la mamá? No, ahora no, que no venga.

—No sé. Dice que no tengo que agarrar caramelos si alguien me da. Y que todos los hombres son malos. Unos cerdos, dice.

—Bueno, no es para tanto. Hay gente mala y hay gente buena. ¿Acaso tu papá no es bueno?

—Mi papá no vive con nosotras. Muéstrame la muñeca. ¿Tiene un vestido azul?

—¿Eh? Sí, azul. La verdad es que la dejé en casa pero…

—Tú también eres malo. Me dijiste que tenías la muñeca en el bolsillo y no la tienes.

—Pero no, vas a ver qué bueno soy, ven, vamos atrás de ese árbol y te muestro algo más lindo que la muñeca.

—Bueno, cuidado, ahí hay un pozo. Dicen que fue de un jibe.

—Aljibe.

—Eso. Un jibe, y que es hondo hondo. Lo van a tapar con cemento y tierra y piedras, dijo don Leyes.

—¿Don Leyes?

—El capataz. Y que hay agua abajo. Y sapos. Y mi mamá dijo que ojalá lo tapen pronto porque debe haber ratas y jurciégalos.

—Murciélagos. Ven, vamos para allá.

—Cuidado, ahí está el pozo, ¿ves?

—Hmmmm. Sí. Tan hondo no parece.

—Sí que es hondo, hondo hasta el otro lado del mundo.

—Bueno, nena, bueno, ven, vamos.

—Mira, mira qué hondo.

—Sí, sí, está bien, ya veo, es muuuuy hondo.

El tipo se inclinó, miró hacia abajo, hacia lo hondo del pozo. El corazón del tipo galopaba allá en el fondo del pozo que era su cuerpo. La nena lo empujó: apoyó las dos manitos contra la cintura del tipo y empujó con todas sus fuerzas. El tipo cayó gritando y la nena se arrodilló en el borde del pozo y miró para abajo.

—¿Hay jurciégalos? —preguntó.

—¡Mocosa de mierda, sácame de aquí!

No, cómo lo iba a sacar de ahí. El tipo se dio cuenta de que la nena no iba a poder sacarlo de ahí. Miró para arriba: la cara de la nena se recortaba claramente muy claramente por sobre el borde, contra el cielo azul de la tarde de un sábado, un sábado solitario, sin nadie. Nadie salvo una nena chiquita, suave, blandita. Miró para arriba: seis metros fácil, fácil, mucho más alto que el techo de una habitación, cómo iba a poder salir de ahí.

—¡Anda a buscar a alguien, anda, vamos!

La nena no se movió.

—Anda, escúchame nenita, anda a buscar a alguien, la vecina o el kiosquero de enfrente.

—Enfrente no hay un kiosco, en la otra cuadra hay un kiosco.

—Anda, anda nenita, anda y dile al kiosquero que hubo un accidente, que venga, que traiga una soga, no, una escalera, no, mejor una soga, anda.

—Bueno —dijo la nena—, pero ¿hay jurciégalos abajo?

—No, no hay. Anda, querida, anda a buscar al kiosquero, dile que una soga, que traiga una soga que hubo un accidente.

La cara de la nena desapareció y el tipo se quedó de veras solo: ni murciélagos había.

Se miró las manos, miró a su alrededor. Oscuro, estaba muy oscuro. Se dio cuenta de que estaba parado en el barro, un barro flojo aguachento y que los zapatos se le habían empapado y el agua le entraba y le enfriaba los pies, mocosa de mierda ojalá vuelva pronto, el kiosquero, ¿le dirá al kiosquero lo de la soga? ¿y yo qué le digo al kiosquero cuando venga? Un accidente. ¿Cómo me caí, cómo estaba yo acá? Le digo que entré por la otra calle, a mear porque me estaba haciendo encima y vi que acá no había nadie y entré y pisé el borde y me caí, eso le digo y espero que la mocosa hija de puta no cuente nada ni hable del caramelo ni de la muñeca, ay, que se apure, qué está esperando, pendeja de mierda.

Miraba para arriba y hacía mal: se le cerró la garganta porque había pensado en esas paredes desnudas de piedra que podían caerle encima y sepultarlo vivo por qué no si eso era como un, un sótano, una celda, una tumba, la nena, esa nena maldita que se apure, no, vea oficial, lo que pasó fue que me estaba meando encima y vi que en el terreno no había nadie pero primero necesito una soga, alguien, alguien que tenga fuerza y que tire de la soga.

Pasaron dos horas y empezó a oscurecer allá afuera, allá arriba. Mientras tanto el tipo pasó las manos por sobre las paredes del pozo y descubrió que estaban hechas de piedra. Piedras irregulares, ásperas, que se le venían encima, pero que no ofrecían agujeros en los que poner los pies o sostenerse para tratar de subir. La nena, la mocosa de porquería que lo había empujado, adónde estaría la muy tarada imbécil que no había ido a buscar al kiosquero. Se estaba haciendo de noche.

Gritar, se le ocurrió. Voy a gritar, alguien me va a oír. Gritó y gritó, gritó socorro y auxilio y gritó cosas y llamó a la nena y nadie lo oyó. Era sábado, era una tarde de sábado. No, no puede ser, no pueden dejarme aquí hasta mañana, mañana que es domingo tampoco va a haber nadie, esa mocosa tiene que venir, tiene que decirle a alguien lo que hizo, si le cuenta a la madre, por ejemplo, la madre seguro que va a venir a ver, pero ¿y si no le cree?, déjate de inventar pavadas m’hijita, ¿y si no le cree y comen y se van a acostar y yo aquí?

—¡Señoooooraaaaaa! —gritó.

—¡Señoora, auxiliooooo, aquíiiii, venga!

Y el cielo de noche era negro como el tipo nunca lo había visto, negro y lleno de estrellas, muchas, tantas, tantas estrellas, ay Dios mío que venga alguien, que esa mujer le crea a la nena, por favor Dios yo nunca nunca jamás voy a agarrar a otra nena nunca jamás ya no voy a lastimar a ninguna nena te prometo cuando tenga ganas voy con putas pero nenas no no puedo estar aquí en este pozo hasta el lunes cuando vengan los albañiles, no, pero no, me voy a morir, morirse no es nada pero no aquí de este modo, no, por favor, Dios escúchame, haz que venga alguien.

Y siguió gritando. Gritó durante mucho tiempo hasta que la garganta se le secó y empezó a tragar saliva para tratar de que se le humedeciera de nuevo para poder seguir gritando. Pero ya no podía y el cielo seguía siendo negro con muchas estrellas, asiento de Dios. le habían dicho, pero Dios no, Dios tampoco lo oía. Estaba empapado, empapado de agua y barro y sudor y le dolía todo el cuerpo, todo. Le dolía el vientre. Necesitaba ir al baño, un baño ¡un baño, qué disparate! Se rio a carcajadas. ¡Un baño! Estaba metido en un pozo seis metros de hondo y quería un baño bajarse los pantalones y echar afuera todo lo que tenía en las tripas créame oficial yo lo único que quería era cagar y vi que no había nadie en el terreno. Tuvo un retorcijón y una arcada. Algo dentro de él se movía y trataba de salir. El asco, el miedo, eso, el agua barrosa, las paredes del pozo.

—¡Señooooraaaa! —y él sabía que ella no lo iba a oír.

Ni ella ni nadie. Ni la nena.

La nena apareció en el borde del pozo allá arriba.

—Al fin volviste —dijo el tipo—. ¿Le dijiste al kiosquero que trajera una soga?

La nena no se movió, no habló, no hizo nada contra el cielo negro negro lleno de estrellas. Cambió, eso sí, cambiaba. Las estrellas venían como cucharada de sopa venían y se derramaban sopa de estrellas sobre la cabecita redonda asomada al borde del pozo. Blanca era de pronto, o plateada, eso, y llena de luz como el cielo. Ah, los ángeles, eran los ángeles, él sabía que Dios lo iba a oír, que venían a rescatarlo.

—¡No importa! —gritó—. ¡No hace falta una soga! ¡Ya vienen! —gritó—. ¡Sáquenme de aquí! ¡Señoooooraaaa, señooooraaaaaaa!

Sollozó. Sintió algo doloroso y caliente en los fondillos de los pantalones y se puso a llorar. Lloraba y gritaba. Lo peor no era sentir que se moría, lo peor era tener esperanzas de no morirse. No saber qué ni cómo hacer para no morirse.

—Señora —dijo, ya no gritaba—, señora venga y sáqueme de aquí, yo no le voy a hacer nada a su nena, nada, pero sáqueme de aquí, dígale a Dios que venga, que me mande a sus ángeles para que me levanten, no hay murciélagos, que no tengan miedo, no hay, señora, venga.

Después hubo silencio y el domingo fue como todos los domingos. La nena y su mamá fueron a lo de la abuela Emilia y volvieron tardísimo, pero la mamá no se preocupó porque el lunes era feriado y la nena no tenía que ir al jardín, de modo que durmieron hasta bastante tarde. Hizo frío, eso sí, un frío inesperado para esa época del año y llovió un poco hacia la tarde.

—Señora —dijo Don Leyes—, ¿me permite el teléfono?

Ya otras veces se lo había pedido y ella lo había hecho entrar a la cocina. Era un buen hombre Don Leyes, grandote, moreno, con una sonrisa agradable, muy bien educado. Hasta le había pedido disculpas por el ruido que a veces hacían con la excavadora o las sierras.

—Pero sí, Don Leyes, pase. ¿Quiere un café? Acabo de prepararlo.

—Gracias, señora, pero estuvimos tomando mate con el ingeniero, ¿vio?, y ahora tengo que hablar a la empresa a ver qué hacemos, hay algo en el fondo del pozo, parece que es un animal grande, un perro digo yo.

—Ay, qué trastorno.

—Sí, no se mueve, debe estar muerto, pero hay que sacarlo, pensábamos empezar hoy a la tarde con el rellenado.

—Bueno, usted hable tranquilo, yo ya llevé a la nena al colegio y ahora me voy al estudio, pero a mediodía vuelvo.

—Gracias, señora, y disculpe la molestia, ¿eh?

Buen hombre Don Leyes. Ojalá pudieran sacar el perro del pozo. Claro que si empieza a llover de nuevo va a ser un problema. Ese pozo siempre fue un peligro, siempre.

*Absit/ Término poco usado. Interjección que manifiesta el deseo de que una cosa se vaya lejos de nosotros, o de que Dios nos libre de ella.

Ilustración de Ana Lara

Angélica Gorodischer (Buenos Aires, 1928).

Ha escrito más de 30 libros entre cuentos y novelas. Es considerada una de las tres voces femeninas más importantes dentro de la ciencia ficción en Iberoamérica, junto con Elia Barceló (España) y Daína Chaviano (Cuba).

Obtuvo la beca Fulbright en 1988, gracias a la cual participó en el International Writing Program de la Universidad de Iowa. En 1991, también con una beca Fulbright, enseñó en la University of Northern Colorado.

Su obra más famosa es Kalpa Imperial, una trilogía de ciencia ficción que le valió el reconocimiento internacional. También habría que destacar Trafalgar, una excelente antología de relatos cortos.

Sus últimos trabajos se alejan en ocasiones del género y en ellos Gorodischer relata historias más íntimas, muchas de ellas ligadas a su propia infancia. También ha escrito sobre los derechos de la mujer, tema en el que es una abanderada literaria.

Durante su carrera literaria Gorodischer ha recibido multitud de premios, entre los que destacan el Premio Emecé, el Gilgamesh o el Esteban Echevarría.

Ana Lara (Toluca, 1989).

Egresada de la Licenciatura en Artes Plásticas con la especialidad en pintura. Actualmente cuenta con una exposición individual y 14 exposiciones colectivas en las que destaca el Museo Felipe Santiago Gutiérrez, mismo en donde impartió visitas guiadas e implemento un taller de arte. Ha realizado murales recreativos, participó en mercaditos de arte, organizadora de exposiciones artísticas de dibujo, pintura y fotografía dedicada en el área de curaduría y museografía.

Su trabajo comienza como un arte del ocultamiento, trata de apoderarse de la muerte a través de vestigios que  colecciona desde pequeña, objetos (sangre, cabello, cenizas) para poder desplazarlo artísticamente en líneas en tanto dibujo y pintura. El miedo a ser olvidada la lleva a crear a partir del dolor, un luto en movimiento, transformándolo en placer, concluyendo que Arte, es dolor y placer infinito.

«Se nace sin memoria, se nace sin saber por qué, y, desde ese momento, la vida es un permanente mirar, tocar, y reaccionar frente a dos mundos extraños: primero, el espacio y el tiempo que circundan y se concentran en las cosas, en las miles de cosas que nos rodean, y, en segundo lugar, el mundo construido por los otros, los que nos han antecedido, un mundo simbólico y afectivo, un mundo de gozos y sufrimientos, de acuerdos y desajuste con esa misma otredad…”.

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