Materia oscura: Bartolomé9 min de lectura

 Luis Miguel Estrada

1.

—Extraño la luz—le dijo Yaco a Vic.

—¿No te acostumbras? 

Durante todo el tiempo que llevaban en el hotelucho junto al mar, a Yaco no le había molestado que no hubiera televisión ni teléfono, ni nada que les recordara la vida de ciudad de la que buscaban huir en ese lugar abandonado. Le perturbaba la oscuridad rajada apenas por las débiles candilejas. Cuando Vic no lo encontró en el cuarto ni en el sillerío oxidado y casi vacío del espacio común para los huéspedes, decidió probar suerte en la playa y lo encontró sentado frente al mar.

—Al Choncho ni le apura que no haya luz—siguió Vic—. Está allá en las sillas, jugando dominó con los rancheros que rentan los cuartuchos.

—¿Cómo les fue en la vuelta? ¿No le pasó nada al carro?

—No, pero fui yo solo. Choncho vio al Sinaloa y se quedó con él echando un dominó. Ahorita ya se les juntaron los sombrerudos.

Ambos, Yaco y Vic, estaban sentados en la arena de la playa, mirando el oleaje y fumando bajo la luna menguante que emanaba una luz clara y azulada, aunque tenue. Vic pasó por la arena un pie huesudo. Había destellos.

—Hubiéramos cargado gasolina—dijo Vic—. Ya le queda bien poquita.

—De regreso cargamos. ¿No quedamos que nos vamos mañana?

—Sí, pues no va a haber de otra.

—¿Hallaste algo allá abajo?

—Nada; manejé cuarenta minutos a lo pendejo. Está más cerca el pueblo de arriba. A ver si no se cuelga la gasolina en el tanque cuando vayamos de subida.

Vic había respondido sin mirar a Yaco. Con el pie movía la arena suave, excavando hasta llegar a la parte húmeda bajo la superficie. La arena descubría brillos diamantinos que contestaban el titilar de las estrellas. “Hadas”, había musitado Yaco al ver los brillos y había recordado a la jovencita iluminada por la luz como de relámpago acallado e ininterrumpido, su cuerpo de brillos delicados. La boca le supo al mar salado en que se habían sumergido. Pensó en decirle a Vic que acaba de hacer el amor, pero Vic giró la cabeza, buscando algo sobre su hombro y se levantó.

—Vamos por ese cabrón.

Yaco y Vic subieron las escalinatas que llevaban de la playa a la zona común del hotelucho y a los cuartos. Debajo de esa plancha levantada con la impericia de un maestro albañil de pueblo, sobre la que había una docena de habitaciones pobres, dormían los únicos dos carros de los visitantes que quedaban. Estaba la Caribe impecable de Yaco, restaurada hasta la última pieza, y el Toyota del Sinaloa, adornado con un exceso de mal gusto.

Frente a los cuartos había un amontonadero de sillas y una mesa de lámina. Los cuartos hacían una herradura alrededor de esa zona común, dejando un baranda por la que se veía hacía la tienda. Ahí, recargada, Yaco había visto por primera vez a la muchacha que lo había buscado hacía menos de una hora.

La pobreza del lugar y sus paredes de cemento sin acabado se encontraban comidas por la oscuridad. Sólo resplandecía un mechero en el centro de una mesa, que llagaba con su flama agitada y amarilla cuatro rostros callados alrededor de veintiocho fichas. Dos de los rostros estaban medio cubiertos por sombreros; otro más tenía una gorra; el último, redondo, abierto y sudoroso, era el de su amigo, el Choncho.

Los jugadores se miraban unos a otros a través del humo negro y pestilente de una lámpara que habían improvisado con gasolina, una botella de cerveza, un corcho y un cordel. Los ojos del Choncho, apretados en su cara fofa, lucharon por no voltear a ver a sus amigos, que se acercaban desde la oscuridad. Su figura enorme y gorda, que nadaba en una camisa desabotonada y empapada de sudor, tomó con ese gesto un cariz de concentración suma que lo hacía parecer un buda obeso con el ceño aprisionado por la frustración. Sobre las cejas se le acumulaban gruesas gotas de sudor. Él no hacía por limpiarlas y le brillaban perladas a la luz oleosa del combustible. En la noche sofocada y oscura, el oleaje era un murmullo lejano.

—¿No explota esa lámpara?—preguntó Yaco al acercarse.

Los hombres apenas levantaron la mirada de las fichas. Los sombrerudos jugaban de pareja, uno a cada extremo de la mesa cuadrada y parecían no haber advertido la llegada de Vic y Yaco hasta que éste tiró la pregunta.

—No—respondió alguno de ellos.

Estaban metidos en el juego. Se disparaban fichas unos a otros azotándolas rápidamente contra la mesa de lámina. Un golpe sucedía al otro y ningún jugador tocaba su cerveza, abstraídos en el tenso y veloz ritmo del juego. No había palabras ni chascarrillos; tampoco frases de burla o de complicidad. Sólo las miradas con los ojos apretados, protegiéndose de la luz y los cuerpos cerrando sus fichas a la vista de los otros con los antebrazos y los codos. De espaldas a ese círculo de luz y rostros agarrotados, se extendía la quieta noche de luna débil.

Vic y Yaco buscaron la hielera. Yaco metió su brazo y sacó dos botellas que nadaban en el agua tibia. Los hielos, que nunca adivinaron cómo harían los sombrerudos para mantenerlos congelados sin energía eléctrica, se habían derretido hasta volverse un charco denso y sucio. Cuando Vic y Yaco empinaron los envases, el amargor tibio y burbujeante les cayó de peso.

—Sabe a meados. ¿Les podemos comprar unas frías, oigan?

Vic había preguntado al aire, esperando la respuesta de alguno de los que rentaban los cuartos y tenían la única tienda del caserío a pie de carretera, insignificante y abandonado. Nadie contestó. La cara del Choncho se tensó de pronto. El hombre a su izquierda arqueó las cejas bajo el gorro innecesario en esa noche y disparó una ficha tras una breve pausa, la única interrupción del juego veloz. El Choncho sacó el aire que guardaba en su pecho agigantado en un golpe aturdido, como si lo hubiera estado sosteniendo todo el juego en espera de que el hombre a su izquierda no soltara justo la ficha que tiró.

—Cerrado.

La voz era del cuarto sobre la mesa, el que jugaba de pareja con el Choncho. Bajo la gorra de pocho, estaba la cara redonda, sudorosa y sin rasurar del Sinaloa. El Sinaloa, tan joven como ellos, no era muy alto pero tenía las extremidades llenas. Bajo el abotagamiento de su cuerpo de bebedor se adivinaba una musculatura maciza que lo hacía un hombre naturalmente fuerte. Todos abrieron su juego cuando él dijo “Cerrado” y los ojos del Sinaloa empezaron a moverse frustrados al igual que sus dedos gruesos, que golpeaban las fichas contando puntos de cinco en cinco.

—No me chingues. Pensé que ibas al dos—dijo el Choncho al ver las fichas de su compañero, pero el Sinaloa lo ignoró.

El Choncho se pasó las manos por la cara. Limpiaba el sudor acumulado con sus manos gordas, revisando sus fichas y sumando los puntos de su pareja con los suyos.

—Dieciocho.

—Doce.

—Nos chingaron.

—Ni le muevan, muchachos, dijimos que sin revire.

Los hombres que rentaban los cuartos se levantaron haciendo un ruidajal de metal chillante con las sillas sobre el suelo de cemento. Eran mayores que los demás ahí, que todos, pero de ninguna manera ancianos. Antes, tenían una apariencia recia y de gestos duros, muy acorde a la mala fama de la región. Llevaban sus sombreros encasquetados y ni siquiera se habían desabotonado las camisas sucias y percudidas para resistir el bochorno. Sus caras secas y sus cuerpos correosos e iguales en tamaño y proporciones parecían hechos de cecina. Y como la cecina, no sudaban, nomás estaban cubiertos por un barniz de grasa seca.

Ni siquiera se despidieron al retirarse caminando deprisa en la noche alumbrada por lo que quedaba de la luna. En dos zancadas, dejaron atrás la mesa con las fichas y su lamparita temblorosa, junto a la que descansaban derrotados el Choncho y el Sinaloa, rodeados de una oscuridad primitiva. El Sinaloa miró con ira contenida al Choncho. Tenía la cara roja como si la hubiera puesto demasiado cerca de la lámpara de gasolina y se hubiera quemado. Salió tras los hombres al grito de “¡Espérense!” y se perdió con ellos en la noche, murmurando disculpas y pretextos.

Choncho miró a Vic y a Yaco con un gesto culpable. Se bebió de un trago la cerveza que le quedaba, que debía estar caliente como un buche de saliva, y la azotó de culo sobre las fichas en el mismo gesto definitivo que habría usado para tirar el gane. Luego arrojó la cerveza vacía contra una mesa distante, en un gesto tan rabioso y torpe que les pareció ridículo a los otros dos. Sus ojos volvieron a la llama, mirándola con la fijeza con que se mira al fuego. Parecía que el Choncho estaba llorando de coraje.

—Es que apostamos fuerte— dijo.


Foto: Andrea González Beltrán

Luis Miguel Estrada (Morelia, Michoacán, 1982).

Narrador. Licenciado en Contabilidad por la Universidad Vasco de Quiroga, cursa la maestría en Literatura Mexicana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Colaborador de Cultura de Veracruz. Becario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo de Michoacán 2005-2006. Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2008 por Colisiones. Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez 2012 por Alain Prost. Parte de su obra aparece publicada en la antología Turbulencia dos mil once, editada por Ficticia y la Secretaría de Cultura de Michoacán.

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