Materia oscura: El Lobo Hombre27 min de lectura

Boris Vian

En el Bois des Fausses-Reposes, al pie de la costa de Picardía, vivía un muy agraciado lobo adulto de negro pelaje y grandes ojos rojos. Se llamaba Denis, y su distracción favorita consistía en contemplar cómo se ponían a todo gas los coches procedentes de Ville-d’Avray, para acometer la lustrosa pendiente sobre la que  un  aguacero  extiende,  de  vez  en  cuando, el oliváceo  reflejo  de  los  árboles  majestuosos. 

También le gustaba, en las tardes de estío, merodear por las espesuras para sorprender a los impacientes enamorados en  su  lucha  con el enredo de las cintas  elásticas  que,  desgraciadamente,  complican  en  la  actualidad  lo  esencial de la lencería. Consideraba con filosofía el resultado de tales afanes, en ocasiones coronados por el éxito, y, meneando la cabeza, se alejaba púdicamente cuando ocurría que una víctima complaciente era pasada, como suele decirse, por la piedra.

Descendiente de un antiguo linaje de lobos civilizados, Denis se alimentaba  de  hierba  y  de  jacintos  azules,  dieta  que  reforzaba  en  otoño  con  algunos  champiñones  escogidos  y,  en  invierno,  muy  a  su  pesar,  con  botellas  de  leche  birladas  al  gran  camión  amarillo  de  la  Central. La leche le producía náuseas, a causa de su sabor animal y, de noviembre a febrero, maldecía la inclemencia de una estación que le obligaba a estragarse de tal manera el estómago. Denis  vivía  en  buenas  relaciones  con  sus  vecinos,  pues  éstos,  dada  su  discreción,  ignoraban  incluso  que  existiese.  Moraba  en  una  pequeña  caverna  excavada,  muchos  años  atrás,  por  un  desesperado  buscador  de  oro,  quien,  castigado  por  la  mala  fortuna  durante  toda  su  vida,  y  convencido  de  no  llegar  a  encontrar jamás el «cesto de las naranjas» (cito a Louis Boussenard), había decidido acabar sus días en clima  templado  sin  dejar  de  practicar,  empero,  excavaciones  tan  infructuosas  como  maníacas.  En  dicha  cueva  Denis  se  acondicionó  una  confortable  guarida  que,  con  el  paso  del  tiempo,  adornó  con  ruedas,  tuercas y otros recambios de automóvil recogidos por él mismo en la carretera, donde los accidentes eran el pan nuestro de cada día. Apasionado de la mecánica, disfrutaba contemplando sus trofeos, y soñaba con el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habría de poner algún día. Cuatro bielas de aleación ligera sostenían  la  cubierta  de  maletero  utilizada  a  manera  de  mesa;  la  cama  la  conformaban  los  asientos  de  cuero  de  un  antiguo  Amilcar  que  se  enamoró,  al  pasar,  de  un  opulento  y  robusto  plátano;  y  sendos  neumáticos  constituían  marcos  lujosos  para  los  retratos  de  unos  progenitores  siempre  bien  queridos.  El  conjunto  armonizaba  exquisitamente  con  los  elementos  más  triviales  reunidos,  en  otros  tiempos,  por  el  buscador. Cierta apacible velada de agosto, Denis se daba con parsimonia su cotidiano paseo digestivo. La luna llena  recortaba  las  hojas  como  encaje  de  sombras.  Al  quedar  expuestos  a  la  luz,  los  ojos  de  Denis  cobraban los tenues reflejos rubíes del vino de Arbois. Se aproximaba ya al roble que constituía el término ordinario  de  su  andadura,  cuando  la  fatalidad  hizo  cruzarse  en  su  camino  al  Mago  del  Siam,  cuyo  verdadero  nombre  se  escribía  Etienne  Pample,  y  a  la  diminuta  Lisette  Cachou,  morena  camarera  del  restaurante  Groneil  arrastrada  por  el  mago  con  algún  pretexto  ingenioso  a  las  Fausses-Reposes.  Lisette  estrenaba  un  corsé  Obsesión  último  diseño,  cuya  destrucción  acababa  de  costar  seis  horas  al  Mago  del  Siam, y era a tal circunstancia, a la que Denis debía agradecer tan tardío encuentro. Por  desgracia  para  este  último,  la  situación  era  en  extremo  desfavorable.  Medianoche  en  punto;  el  Mago  del  Siam  con  los  nervios  de  punta;  y,  dándose  en abundancia por los alrededores, la consuelda, el licopodio y el conejo albo que, desde hace poco, acompañan inevitablemente los fenómenos de licantropía o, mejor dicho, de antropolicandria, como tendremos ocasión de leer en las páginas que siguen. Enfurecido por  la  aparición  de  Denis  que,  sin  embargo,  se  alejaba  ya  tan  discreto  como  siempre  barbotando  una  excusa, y desencantado también de Lisette, por cuya culpa conservaba un exceso de energía que pedía a gritos  ser  descargada  de  una  u  otra  manera,  el  Mago  del  Siam  se  abalanzó  sobre  la  inocente  bestia,  mordiéndole  cruelmente  el  codillo.  Con  un  gañido  de  angustia,  Denis  escapó  a  galope.  De  regreso  a  su  guarida,  se  sintió  vencido  por  una  fatiga  fuera  de  lo  común,  y  quedó  sumido  en  un  sueño  muy  pesado,  entrecortado por turbulentas pesadillas. No  obstante,  poco  a  poco  fue  olvidando  el  incidente,  y  los  días  volvieron  a  pasar  tan  idénticos  como  diversos.  El  otoño  se  acercaba  y,  con  él,  las  mareas  de  septiembre,  que  producen  el  curioso  efecto  de  arrebolar  las  hojas  de  los  árboles.  Denis  se  atracaba  de  níscalos  y  de  setas,  llegando  a  atrapar  a  veces  alguna peziza casi invisible sobre su plinto de cortezas, mas huía como de la peste del indigesto lengua de buey. Los bosques, a la sazón, se vaciaban a muy temprana hora de paseantes y Denis se acostaba más temprano.  Sin  embargo,  no  por  eso  descansaba  mejor,  y  en  la  agonía  de  noches  entreveradas  de  pesadillas,  se  despertaba  con  la  boca  pastosa  y  los  miembros  agarrotados.  Incluso  sentía  menguar. 

Tiritando de fiebre y sobrecogido por una intensa sensación de frío, en mitad de la noche de luna llena, despertó de su sueño. Se frotó los ojos, quedó sorprendido del extraño efecto que sintió y, a tientas, buscó una luz.  Tan pronto como hubo conectado  el  soberbio faro  que  le  legase  algunos  meses  atrás  un  enloquecido  Mercedes,  el  resplandor  del  aparato  iluminó  los  recovecos  de  la  caverna.  Titubeante, avanzó hacia el retrovisor que  tenía  instalado  justo  encima  de  la  coqueta.  Y si  ya  le  había asombrado darse cuenta de que estaba de pie sobre las patas traseras, aún quedó más maravillado cuando sus ojos se posaron sobre la imagen reflejada en el espejo. En la pequeña y circular superficie le hacía frente, en efecto, un extravagante y blancuzco rostro por completo desprovisto de pelaje, y en el que sólo  dos  llamativos  ojos  rufos  recordaban  su  anterior  apariencia.  Dejando  escapar  un  breve  grito  inarticulado  se  miró  el  cuerpo  y  al  instante  comprendió  la  causa  de  aquel  frío  sobrecogedor  que  le  atenazaba  por  todas  partes.  Su  abundante  pelambrera  negra  había  desaparecido.  Bajo  sus  ojos  se  alargaba  el  malformado  cuerpo  de  uno  de  estos  humanos  de  cuya  impericia  amatoria  solía  con  tanta  frecuencia burlarse. Resultaba  forzoso  moverse  con  presteza.  Denis  se  abalanzó  hacia  el  baúl  atiborrado  de  las  más  diferentes  ropas,  reunidas  según  el  caprichoso  azar  de  la  sucesión  de  los  accidentes.  El  instinto  le  hizo  escoger un traje gris con rayitas blancas, de aspecto bastante distinguido, con el cual combinó una camisa lisa  de  tono  tallo  de  rosa,  y  una  corbata  burdeos.  Cuando  estuvo  cubierto  con  tal  indumentaria,  admirado  todavía  de  poder  conservar  un  equilibrio  que  en  absoluto  comprendía,  empezó  a  sentirse  mejor,  y  los  dientes cesaron de castañetearle. Fue entonces cuando su extraviada mirada vino a fijarse en el irregular y espeso  montoncillo  de  negra  pelambrera  esparcido  alrededor  de  su  lecho,  y  no  pudo  impedir  llorar  su  perdida apariencia.  Hizo  empero,  un  violento  esfuerzo  de  voluntad  para  serenarse,  e  intentó  explicarse  el  fenómeno.  Sus  lecturas  le  habían  enseñado  muchas  cosas,  y  el  asunto  acabó  por  parecerle  diáfano.  El  Mago  del  Siam  debía ser un hombre-lobo y él, Denis, mordido por la alimaña, acababa de convertirse, recíprocamente, en ser humano. Ante la idea de que debía disponerse a vivir en un mundo desconocido, en un primer momento se sintió presa de pánico. ¡Qué peligros no habría de correr como hombre entre los humanos! La evocación de las estériles competiciones a que se entregaban día y noche los conductores en tránsito de la Côte de Picardie le anticipaba simbólicamente la atroz existencia a la que, de buena o mala gana, sería preciso adaptarse. Pero luego reflexionó. Según todas las apariencias, y si los libros no mentían, la trasformación habría de ser de duración limitada. Y en tal caso, ¿por qué no aprovecharla para hacer una incursión a la ciudad? Llegados a  este  punto,  preciso  es  reconocer  que  determinadas  escenas  entrevistas  en  el  bosque  se  reprodujeron en la imaginación del lobo sin provocar en él las mismas reacciones que antes. Al contrario: se sorprendió incluso pasándose la lengua por los labios, cosa que le permitió constatar de paso que, a pesar de la metamorfosis, seguía siendo tan puntiaguda como siempre. Volvió  al  retrovisor  para  contemplarse  más  de  cerca.  Sus  rasgos  no  le  disgustaron  tanto  como  había  temido. Al abrir la boca pudo constatar que su paladar seguía siendo de un negro llamativo, y, por otro lado, que  también  conservaba  incólume  el  control  de  sus  orejas,  tal  vez  una  pizca  sospechosas  por  ser  en  exceso alargadas y pilosas. Mas consideró que el rostro que se reflejaba en el pequeño y esférico espejo, con  su  forma  oval  un  algo  prolongada,  su  pigmentación  mate  y  sus  blancos  dientes,  haría  un  papel  aceptable entre los que conocía. Así que, después de todo, lo mejor sería sacar partido de lo inevitable y aprender algo de provecho para el porvenir. Consideración no obstante la cual un ramalazo de prudencia le obligó antes de salir a hacerse con unas gafas oscuras que, en caso de necesidad, atemperarían la rojiza brillantez de sus cristalinos. Proveyóse asimismo de un impermeable que se echó al brazo, y ganó la puerta con paso decidido. Pocos instantes después, cargado con una maleta ligera, y olfateando una brisa matinal que parecía singularmente desprovista de fragancia, se encontraba en la cuneta de la carretera, alargando el pulgar sin complejo alguno al primer automóvil que divisó en lontananza. Había decidido ir en dirección a París aconsejado por la experiencia cotidiana de que los coches rara vez se detienen al empezar la cuesta arriba y sí, en cambio, cuesta abajo, cuando la gravedad les permite volver a arrancar con facilidad. Su elegante aspecto le reportó ser rápidamente aceptado como acompañante por una persona con no demasiada  prisa.  Y  confortablemente  acomodado  a  la  derecha  del  conductor,  se  dispuso  a  abrir  sus  ardientes ojos a todo lo desconocido del vasto mundo. Veinte minutos más tarde se apeaba en la Plaza de la  Ópera.  El  tiempo  estaba  despejado  y  fresco,  y  la  circulación  se  mantenía  dentro  de  los  límites  de  lo  decente.  Denis  se  lanzó  osadamente  entre  los  tachones  del  asfalto  y,  tomando  el  bulevar,  caminó  en  dirección  al  Hotel  Scribe,  en  el  que  alquiló  una  habitación  con  cuarto  de  baño  y  salón.  Dejó  su  maleta  al  cuidado de la servidumbre y salió acto seguido a comprar una bicicleta.

La mañana se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Fascinado, no sabía bien hacia dónde pedalear. En el fondo de su yo experimentaba, sin lugar a dudas, el íntimo y oculto deseo de buscar un lobo para morderle, pero  pensaba  que  no  le  resultaría  demasiado  fácil  encontrar  una  víctima  y,  por  otro  lado,  quería  evitar  dejarse influenciar en demasía por el contenido de los tratados. No ignoraba en absoluto que, con un poco de suerte, no le sería imposible acercarse a los animales del Jardín des Plantes, pero prefirió reservar tal posibilidad para un momento de mayor apremio. La flamante bicicleta absorbía en aquel momento toda su atención.  Aquel  artilugio  niquelado  le  encandilaba,  y,  por  otra  parte,  no  dejaría  de  serle  útil  a  la  hora  de  regresar a su guarida. A mediodía estacionó la máquina delante del hotel, ante la mirada un tanto reticente del portero. Pero su  elegancia,  y  sobre  todo  aquellos  ojos  que  semejaban  carbúnculos,  parecían  privar  a  la  gente  de  la  capacidad  de  hacerle  el  más  mínimo  reproche.  Con  el  corazón  exultante  de  alegría,  se  entretuvo  en  la  búsqueda de un restaurante. Finalmente eligió uno tan discreto como de buena pinta. Las aglomeraciones le impresionaban todavía y, a pesar de la amplitud de su cultura general, temía que sus maneras pudiesen evidenciar un ligero provincianismo. Por eso pidió un sitio apartado y diligencia en el servicio. Pero lo que Denis ignoraba era que precisamente en ese lugar de tan sosegado aspecto se celebraba, justo  aquel  día,  la  reunión  mensual  de  los  Aficionados  al  Pez  de  Agua  Dulce  Rambouilletiano.  Cuando  estaba a medio comer vio irrumpir de repente una comitiva de caballeros de resplandeciente tez y joviales maneras  que,  en  un  abrir  y  cerrar  de  ojos,  ocuparon  siete  mesas  de  cuatro  cubiertos  cada  una.  Ante  tan  súbita invasión, Denis frunció el ceño. Mas, como se temía, el maître acabó por acercarse cortésmente a la suya.

—Lo  siento  mucho,  señor  —dijo  aquel  hombre  lampiño  y  cabezón—,  ¿pero  podría  hacernos  el  favor  de  compartir su mesa con la señorita?

Denis echó una ojeada a la zagala, desfrunciendo el ceño al mismo tiempo.

—Encantado —dijo incorporándose a medias.

—Gracias, caballero —gorjeó la criatura con voz musical. Voz de sierra musical, para ser más exactos. 

—Si usted me lo agradece a mí —prosiguió Denis— ¿a quién deberé yo? Agradecérselo, se sobreentiende.

—A la clásica providencia, sin duda —opinó la monada.

Y a continuación dejó caer su bolso, que Denis recogió al vuelo.

—¡Oh! —exclamó ella—. ¡Tiene usted unos reflejos extraordinarios!

—Sí… —confirmó Denis.

—Sus ojos son también bastante extraños —añadió la joven al cabo de cinco minutos—. Los veo parecidos a… a…

—¡Ah! —comentó Denis.

—A granates —concluyó ella.

—Es la guerra… —musitó Denis.

—No le entiendo…

—Quería decir —explicó Denis—, que esperaba que le recordasen a rubíes, pero al oír que sólo ha dicho granates, no he podido por menos que pensar en restricciones. Concepto que, por una relación de causa efecto, me ha llevado acto seguido al de guerra.

—¿Estudió usted Ciencias Políticas? —preguntó la morenita.

—Le juro que no volveré a hacerlo.

—Le encuentro bastante fascinante —aseguró llanamente la señorita, que, entre nosotros, lo había dejado de ser muchas ya más veces de las que pudiera contar.

—De  buena  gana  le  devolvería  el  piropo,  pero  pasándolo  al  género  femenino  —expresóse  Denis,  madrigalesco.

Salieron  juntos  del  restaurante.  La  lagarta  confió  al  lobo  convertido  en  hombre  que,  no  lejos  de  allí,  ocupaba una encantadora habitación en el Hotel del Pasapurés de Plata.

—¿Por qué no viene a ver mi colección de grabados japoneses? —acabó susurrando al oído de Denis.

—¿Sería prudente? —inquirió éste—. ¿Su marido, su hermano o algún otro de sus parientes no lo vería con inquietud?

—Digamos que soy  un  poco  huérfana —gimió  la  pequeña,  haciéndole  cosquillas  a  una  lágrima  con  la  punta de su ahusado índice.

—Una verdadera lástima —comentó cortésmente su distinguido acompañante.

Al llegar al hotel creyó darse cuenta de que el recepcionista parecía llamativamente distraído. También constató que tanta felpa roja hacía diferir notablemente ese establecimiento de aquel otro en el  que  él  se  había  alojado.  Pero  en  la  escalera  se  distrajo  contemplando  primero  las  medias  y  luego  las  pantorrillas,  inmediatamente  adyacentes,  de  la  señorita.  En  el  afán  de  instruirse,  la  dejó  tomar  hasta  seis  escalones de ventaja. Y una vez que se creyó bastante instruido, apretó nuevamente el paso. Por lo que tenía de cómica, la idea de fornicar con una mujer no dejaba de chocarle. Pero la evocación de Fausses-Reposes  hizo  desaparecer  finalmente  aquel  elemento  retardatario  y,  muy  pronto  se  encontró  en condiciones de poner en práctica con el tacto, los conocimientos que en el añorado bosque le entraran por la vista. Llegados a determinado punto plugó a la hermosa reconocerse, a gritos, satisfecha; y el artificio de  tales  afirmaciones,  mediante  las  cuales  aseguraba  haber  llegado  a  la  cúspide,  pasó  inadvertido  al  entendimiento poco experimentado en ese terreno del bueno de Denis. Apenas  si  comenzaba  éste  a  salir  de  una  especie  de  coma  bastante  distinto  de  todo  cuanto  hubiese  conocido hasta entonces, cuando oyó sonar el despertador. Sofocado y pálido, se incorporó a medias en el lecho  y  quedó  boquiabierto  viendo  cómo  su  compañera,  con  el  culo  al  aire,  dicho  sea  con  todo  respeto,  registraba con diligencia el bolsillo interior de su americana.

—¿Desea una foto mía? —dijo sin pensarlo dos veces, creyendo haber comprendido.

Se sintió  halagado  pero,  por  el  sobresalto  que  empinó  la  bipartita  semiesfera  que  ante  sus  narices  tenía, al instante se dio cuenta del inmenso error de tal suposición.

—Esto…  eh…  sí,  querido  mío  —acabó  por  decir  la  dulce  ninfa,  sin  saber  muy  bien  si  se  le  estaba  o  no  tomando la cabellera.

Denis volvió a fruncir el ceño. Se levantó, y fue a comprobar el contenido de su cartera.

—¡Así  que  es  usted  una  de  esas  hembras  cuyas  indecencias  pueden  leerse  en  la  literatura  del  señor  Mauriac! —explotó finalmente—. ¡Una prostituta, por decirlo de algún modo!

Se  disponía  ella  a  replicar,  y  en  qué  tono,  que  se cagaba en tal y en cual, que se lo montaba con su cuerpo  serrano,  y  que  no  acostumbraba  a  tirarse  a  los  pasmados  por  el  gusto  de  hacerlo,  cuando  un  cegador destello procedente de los ojos del lobo antropomorfizado le hizo tragarse todos y cada uno de los proyectados exabruptos. De las órbitas de Denis emanaban, en efecto, dos incesantes centellas rojas que, cebándose en los globos oculares de la morenita, la sumieron en muy curiosa confusión.

—¡Haga el favor de cubrirse y de largarse en el acto! —sugirió Denis. Y  para  aumentar  el  efecto,  tuvo  la  inesperada  idea  de  lanzar  un  aullido.

Hasta  entonces,  nunca  semejante inspiración se le había pasado por las mientes. Mas, a pesar de tal falta de experiencia, la cosa resonó de manera sobrecogedora. Aterrorizada,  la  damisela  se  vistió  sin  decir  ni  pío,  en  menos  tiempo  del  que  necesita  un  reloj  de  péndulo  para  dar  las  doce  campanadas.  Una  vez  solo,  Denis  se  echó  a  reír.  Se  sentía  asaltado  por  una  viciosa sensación bastante excitante.

—Debe ser el sabor de la venganza —aventuró en voz alta.

Volvió a poner donde correspondía cada uno de sus avíos, se lavó donde más lo necesitaba y salió a la calle. Había caído la noche, el bulevar resplandecía de manera maravillosa. No  había  caminado  ni  dos  metros,  cuando  tres  individuos  se  le  acercaron.  Vestidos  un  poco  llamativamente,  con  ternos  demasiado  claros,  sombreros  demasiado  nuevos  y  zapatos  demasiado  lustrados, lo cercaron.

—¿Podemos hablar con usted? —dijo el más delgado de todos, un aceitunado de recortado bigotillo.

—¿De qué? —se asombró Denis.

—No te hagas el tonto —profirió uno de los otros dos, coloradote y grueso.

—Entremos ahí —propuso el aceitunado según pasaban por delante de un bar.

Lleno de curiosidad, Denis entró. Hasta aquel momento, la aventura le parecía interesante.

—¿Saben jugar al bridge? —pregunto a sus acompañantes.

—Pronto vas a necesitar uno —sentenció el grueso coloradote sombríamente. Parecía irritado.

—Querido amigo —dijo el aceitunado una vez que hubieron tomado asiento—, acaba usted de comportarse de una manera muy poco correcta con una jovencita.

Denis comenzó a reír a mandíbula batiente.

—¡Le hace gracia al muy rufián! —observó el colorado—. Ya veréis como dentro de poco le hace menos.

—Da la casualidad —prosiguió el flaco— de que los intereses de esa muchacha son también los nuestros.

Denis comprendió de repente. –

—Ahora entiendo —dijo—. Ustedes son sus chulos.

Los tres se levantaron como movidos por un resorte.

—¡No nos busques! amenazó el más grueso.

Denis los contemplaba.

—Noto que voy a encolerizarme —dijo finalmente con mucha calma—.

Será la primera vez en su vida, pero reconoce la sensación. Tal como ocurre en los libros. Los tres individuos parecían desorientados.

—¡Arreglado vas si piensas que nos asustas, imbécil! —tronó el grueso.

Al tercero no le gustaba hablar. Cerrando el puño, tomó impulso. Cuando estaba a punto de alcanzar el mentón  de  Denis,  éste  se  zafó,  atrapó  de  una  dentellada  la  muñeca  del  agresor  y  apretó.  La  cosa  debió  doler. Una botella vino a aterrizar sobre la cabeza de Denis, que parpadeó y reculó.

—Te vamos a escabechar —dijo el aceitunado.

El bar se había quedado vacío. Denis saltó por encima de la mesa y del adversario gordo. Sorprendido, éste se quedó un instante aturdido, pero llegó a tener el reflejo de agarrar uno de los pies calzados de ante del solitario de Fausses-Reposes. Siguió una breve refriega al final de la cual, Denis, con el cuello de la camisa desgarrado, se contempló en el espejo.  Una  cuchillada  le  adornaba  la  mejilla,  y  uno  de  sus  ojos  tendía  al  índigo.  Prestamente,  acomodó los tres cuerpos inertes bajo las banquetas. El corazón le latía con furia. Y, de repente, sus ojos fueron a fijarse en un reloj de pared. Las once. «¡Por mis barbas», pensó, «es hora de marcharse!» Se  puso  apresuradamente  los lentes  oscuros  y  corrió  hacia  su  hotel.  Sentía  el  alma  llena  de  odio,  pero la proximidad de su partida lo apaciguó. Pagó la cuenta, recogió el equipaje, montó en su bicicleta, y se puso a pedalear incansablemente como un verdadero Coppi. Estaba llegando al puente de Saint-Cloud, cuando un agente le dio el alto.

—¿O sea que va usted sin luces? —preguntó aquel hombre semejante a tantos otros.

—¿Cómo? —se extrañó Denis—. ¿Y por qué no? Veo de sobra.

—No se llevan para ver —explicó  el  agente—  sino  para  que  lo  vean  a  uno.  ¿Y  si  le  ocurre  un  accidente?  Entonces, ¿qué?

—¡Ah! —exclamó Denis—. Sí; tiene usted razón. ¿Pero puede explicarme cómo funcionan las luces de este armatoste?

—¿Se está burlando de mí? —indagó el alguacil.

—Escuche —se puso serio Denis—. Llevo tanta prisa que ni siquiera tengo tiempo de reírme de nadie.

—¿Quiere usted que le ponga una multa? —dijo el infecto municipal.

—Es usted pelmazo de más —replicó el lobo ciclista.

—¡De acuerdo! Pues ahí va…

Y sacando la libreta y un bolígrafo, bajó la nariz un instante.

—¿Su nombre, por favor?

Después, sopló con todas sus fuerzas en el interior de su tubito sonoro, pues, muy lejos ya, alcanzó a ver la bicicleta de Denis lanzada, con él encima, al asalto del repecho. En el mencionado asalto, Denis echó el resto. Al asfalto, pasmado, no le quedaba más que ceder ante su  furioso  avance.  La  costana  de  Saint-Cloud  quedó  atrás  en  un  abrir  y  cerrar  de  ojos.  Atravesó  a  continuación la parte de la ciudad que costea Montretout —fina alusión a los sátiros que vagan por el parque dedicado  al  antes  nombrado  santo—  y  giró  después  a  la  izquierda,  en  dirección  hacia  el  Pont  Noir  y  Ville-d’Avray. Al salir de tan noble ciudad y pasar frente al Restaurante Cabassud, advirtió cierta agitacion a sus espaldas. Forzó la marcha y, sin previo aviso, se internó por un camino forestal. El tiempo apremiaba. A lo lejos, de repente, algún carillón comenzaba a anunciar la llegada de la medianoche. Desde la primera campanada, Denis notó que la cosa no marchaba. Cada vez le costaba más trabajo llegar a los pedales; sus piernas parecían irse acortando paulatinamente. A la luz del claro de luna seguía sin embargo escalando, montado sobre su rayo mecánico, por entre la gravilla del camino de tierra. Pero en cierto  momento  se  fijó  en  su  sombra:  hocico  alargado,  orejas  erguidas.  Y  al  instante  dio  de  morros  en  el  suelo, pues un lobo en bicicleta carece de estabilidad. Felizmente para él. Pues apenas tocó tierra, se perdió de un salto en la espesura. La moto del policía, entretanto,  colisionó  ruidosamente  contra  la  recién  caída  bicicleta.  El  motorista  perdió  un  testículo  en  la  acción a la vez que el treinta y nueve por ciento de su capacidad auditiva.

Apenas  recobrada  la  apariencia  de  lobo  y  sin  dejar  de  trotar  hacia  su  guarida,  Denis  consideró  el  extraño  frenesí  que  lo  había  asaltado  bajo  las  humanas  vestiduras  de  segunda  mano.  Él,  tan  apacible  y  tranquilo de ordinario, había visto evaporarse en el aire tanto sus buenos principios como su mansedumbre. La ira vengadora, cuyos efectos se habían manifestado sobre los tres chulos de la Madeleine —uno de los cuales,  apresurémonos  a  decirlo  en  descargo  de  los  verdaderos  chulos,  cobraba  sueldo de la Prefectura, Brigada  Mundana—,  le  parecía  a  la  vez  inimaginable  y  fascinante. 

Meneó  la  cabeza.  ¡Qué  mala  suerte  la  mordedura del Mago del Siam! Felizmente, pensó no obstante, la penosa transformación habría de limitarse a  los  días  de  plenilunio.  Pero  no  dejaba  de  sentir  sus  secuelas,  y  esa  cólera  latente,  ese  deseo  de  venganza, no dejaban de inquietarlo.

Boris Vian (París, 1920-1959).

Autor, músico y periodista francés, entre otros muchos oficios, Boris Vian estudió Ingeniería, aunque ya desde joven había manifestado un gran talento y afición por la música jazz y las letras.

Vian trabajó como ingeniero, combinando esta labor con la música y la literatura, tocando en varios grupos de jazz, escribiendo crítica musical y publicando sus primeros relatos, siendo colaborador en medios dirigidos por Albert Camus y Jean Paul Sartre.

Su primera novela fue publicada en 1946, La espuma de los días, a la que siguieron El otoño en Pekín y Escupiré sobre vuestra tumba. Esta última fue presentada bajo el nombre de Vernon Sullivan y recibió numerosas críticas, siendo perseguida durante años hasta que Vian fue llevado a juicio.

Otras obras destacadas durante los años 40 fueron Que se mueran los feos o Todos los muertos tienen la misma piel, pero la crítica le impuso un severo correctivo por el uso de seudónimos.

En la década de los 50 se retiró de la ingeniería y comenzó a trabajar como traductor y conferenciante, publicando cada vez menos, aunque habría que resaltar en estos años la aparición de la novela La hierba roja y El arrancacorazones.

Escribió también libros de cuentos: Las hormigas y el Lobo- Hombre, por ejemplo, además de poesía, teatro y una buena cantidad de canciones.

Murió de un infarto en un cine mientras veía la adaptación de uno de sus libros.


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