Materia oscura: El reemplazo del cuentista22 min de lectura

N.K. Jemisin

El cuentista no podía venir esta noche, así que me ha enviado a mí. ¿La razón? Soy de esas personas capaces de hablar por los muertos. Quizá haya oído hablar de gente como yo. En otros lugares me llaman de maneras diferentes: chamán, onmyouji, bokor, bicho raro. Como hay muchos muertos, conozco muchas historias. Pero si no le gustan mis historias, dígalo sin tapujos. Estoy segura de que tengo otras formas de entretenerle. Vamos allá. El rey Paramenter de Sosun, a fin de despejar los rumores de su impotencia, le pidió en privado a su mago una manera de fortalecer su virilidad.

—He visto escritos en los que se menciona a los dragones al respecto —le dijo el mago—. Para ser más precisos, comerse el corazón de un dragón macho debería proporcionaros parte de la proclividad de la criatura.

Se rumoreaba que los dragones macho podían inseminar a más de una docena de hembras en un día, por lo que Paramenter envió de inmediato a los exploradores de palacio a buscar uno. La búsqueda no dio frutos de inmediato. En parte, debido a lo que decían los rumores: los dragones macho eran muy escasos, y la especie estaba al borde de la extinción. Cuando Paramenter al fin tuvo noticias de un dragón que vivía en las lejanas montañas, se acercó al lugar a toda prisa con un grupo de sus guerreros de élite. Consiguieron entrar en la guarida y derrotar a la bestia, pero poco después se dieron cuenta de que era una hembra que vigilaba su nido y que su cuerpo inmóvil se enfriaba junto a un único huevo. Frustrado, el rey rompió el huevo con la esperanza de que en el interior hubiera un varón, pero era imposible determinar el sexo de la criatura a tan temprana edad.

—Lo haré con la madre —decidió luego—. Al fin y al cabo, las mujeres son criaturas muy promiscuas cuando las familias o los maridos no las vigilan. Quizá el corazón de una hembra que acaba de dar a luz pueda ayudarme a tener un hijo.

Hizo que sus hombres le arrancasen el corazón a la madre y se lo comió allí mismo. Paramenter empezó a sentir los efectos positivos de inmediato. Empezó el camino de regreso a casa con sus hombres, cabalgando día y noche para llegar al palacio. Una vez allí, mandó llamar a su esposa y a sus concubinas y se pasó los días siguientes de juerga en juerga. Un tiempo después, llegó la gran noticia: la reina y las cinco concubinas habían quedado encinta. El rey Paramenter estaba tan contento que montó fastuosas fiestas y bajó los impuestos para que todo el reino lo celebrase con él. Pero, a medida que pasaba el tiempo, empezó a cambiarle el talante, ya que aquel vigor draconiano empezaba a desaparecer de su cuerpo. En un momento dado, ya no podía tener relaciones, como si jamás se hubiese comido el corazón de la dragona. Sucumbió al pánico y volvió a consultarle a su mago, que dijo:

—Yo tampoco lo entiendo, señor. El acervo es bien claro al respecto: el corazón de un dragón macho debería haberos concedido la resolución de la que hace gala tal criatura.

—No era un dragón macho —explicó Paramenter, inquieto—. No encontré ningún macho, así que me comí el corazón de una madre que incubaba un huevo. Funcionó; al menos, hasta ahora.

El mago abrió los ojos como platos.

—Entonces, lo que habíais adquirido era la resolución de una madre dragón —explicó—. En una criatura así, la pasión no es más que un vehículo para tener crías. Y vos tenéis seis en camino.

—¿Qué significa eso? ¡Soy un rey, no una madre! ¿Me saldrán pechos para amamantar, llevaré tocados y tendré que comprarles juguetes?

—Los dragones hembra no amamantan —explicó el mago—. No miman a sus crías, ya que estas cazan y asesinan desde que nacen. Los pequeños tienen la resolución de su madre. Para serle sincero, señor, no sé qué podría ocurrir.

Paramenter guardó silencio al oírlo, pero la impulsividad le hizo ordenar que le dieran una buena lección al mago. Se propuso esperar al nacimiento de los niños. Mientras tanto, volvió a enviar a los exploradores en busca de un dragón macho. Antes de que volvieran, la reina y las concubinas dieron a luz. Una a una, trajeron al mundo niñas sanas y hermosas. Y una a una, murieron durante el parto. El reino se quedó estupefacto ante tales noticias. Algunos de los ciudadanos de Sosun empezaron a hablar de maldiciones y de ofensas contra a naturaleza, pero Paramenter ordenó ejecutar a todo aquel que dijera algo así en público y acalló los rumores. El consuelo de Paramenter era que ahora al menos se había dejado de hablar de su dolencia. Las seis niñas estaban sanas y salvas, y encandilaban a sus niñeras y a todos cuantos las veían. Por desgracia, ninguna de ellas había sido varón, pero crecieron listas, encantadoras y bellas.

—Sin duda —les dijo Paramenter a sus consejeros después de que estos elogiaran a sus hijas—. Es normal que la sangre de mi sangre sea muy superior a una mujer normal y corriente.

«Mujer normal y corriente» era una buena descripción para la nueva esposa de Paramenter, con quien se había casado tras el período de duelo obligado después de la muerte de su antigua esposa. Era hija de un rey vecino, pero a pesar de ello era una criatura muy nerviosa e insignificante que se dejaba llevar por las fantasías. Paramenter lo descubrió durante una de las visitas que realizaba al dormitorio de la mujer para mantener las apariencias. Le había ordenado conocer bien a sus hijas, que aún eran jóvenes y todavía podían considerarla una madre.

—Preferiría no hacerlo —repuso la mujer después de mucho titubear y carraspear—. ¿Las has visto bien? A veces se quedan todas a la vez mirando al suelo o con la mirada perdida en la ventana y luego sonríen. Siempre están juntas, y todas tienen la misma sonrisa.

—Son hermanas —respondió Paramenter, sorprendido.

—Hay algo más —insistió la mujer, incapaz de explicarlo mejor.

La conversación avivó la curiosidad del rey, que la noche siguiente acudió a la habitación de las niñas para observarlas. Ya tenían diez años y lo adulaban como siempre habían hecho. Gritaron alegres al ver que las visitaba. Paramenter se sentó en la silla de respaldo alto que le llevaron y se bebió el té que le preparó una de ellas. Luego dejó que le pusieran los pies en alto, lo peinaran y lo mimaran como le correspondía por ser hombre.

—No entiendo por qué os teme —murmuró, contento al ver lo bien que se desenvolvían sus seis tesoros—. No debería haberle hecho caso.

—¿A quién, padre? —preguntó una vocecilla. Era la de su hija menor, una niña que parecía una muñeca de porcelana.

—Tu madre —respondió él, que insistía en llamar así a su esposa. No dijo nada más porque no quería molestar a las niñas, pero todas se miraron y rieron juntas.

—¿Nos tiene miedo? —preguntó la mayor, una delicada criatura de rizos de obsidiana y conducta majestuosa como la de una reina—. Qué raro. Será porque está celosa.

—¿Celosa? —Paramenter había oído que podía ocurrir, que las mujeres solían estar resentidas con sus madres o sus hermanas—. Pero ¿de qué iba a estar celosa? Es muy guapa, de no ser así no me habría casado con ella.

—No está segura de que se vaya a quedar —explicó la hija mayor. Se inclinó hacia delante para servirle más té—. He oído decir a las sirvientas que puedes abandonarla si no te da un hijo.

—La pobre tiene que estar aterrorizada —dijo su segunda hija. Como la concubina que la había dado a luz, tenía un tono de piel acaramelado, miembros enjutos y se movía con la gracia natural de una bailarina—. Deberías ayudarla, padre. Dale un hijo. Se puso de puntillas para encenderle la pipa.

Paramenter hizo un gesto con la cabeza para darle las gracias y se aprovechó del movimiento para ocultar su incomodidad.

—Bueno, esto… Es un tanto complicado —dijo—. Me temo que no me gusta mucho. Es demasiado asustadiza y escuálida. No es mi tipo.

—Pues ya sabes lo que hay que hacer —propuso la tercera de las hijas, una dulce pequeña con rizos color miel. Le sonrió desde el suelo mientras le cortaba las uñas—. Deja que tus guardias yazcan con ella durante un par de meses.

—Claro, una idea genial —aseguró la cuarta de las hijas. Estaba sentada a un lado, con un libro en el regazo, preparada para leerle un cuento—. Quesean diez o veinte guardias, para estar seguros. Hombres grandes, fuertes y con carácter recio. Los niños nacerán sanos y fornidos. El rey frunció el ceño ante la conversación y se agitó incómodo en el asiento mientras escuchaba las sugerencias de sus hijas.

—No es una idea que me agrade demasiado —dictaminó al fin—. Los guardias hablarían y el niño fruto de esas relaciones se pasaría la vida hostigado por el oprobio.

—Pues mata a los guardias —dijo la quinta hija, que había empezado a masajearle las sienes con unos dedos largos propios de un músico—. Es la única manera de asegurarte de que no va a ocurrir.

—Además —añadió la hija más joven—, ¿quién sabe? ¡Podríamos tener un hermanito!

Era una idea que Paramenter no se había planteado. Al oírlo, sus preocupaciones dieron paso a la emoción. ¡Al fin podría tener un hijo! Le irritaba la posibilidad de que un mero guardia fuera el padre, pero el hecho de que nadie lo supiera aliviaba la ignominia.

Paramenter empezó a esbozar una sonrisa, y sus hijas se miraron e hicieron lo propio. Poco después, el rey le ordenó a su esposa que se marchara a una casa decampo con veinte de sus guardias más leales durante un tiempo. Cuando volvió y el doctor confirmó que estaba embarazada, hizo que mataran a todos esos guardias de una manera discreta y después ordenó que tuviera lugar otra celebración en todo el reino. Su esposa había quedado muy afectada, pero a Paramenter no le importaba, ya que así se libraría de tener que visitarla. Al menos, ya no volvería a hablar mal de sus queridas hijas.

Supongo que habrá adivinado el final de este cuento. Es normal y no me sorprende. El mal es fácil de detectar, o eso es lo que creemos. ¿Quiere que lo deje? Tampoco me gustaría aburrirlo. Bueno, pues solo un poco más. Pero primero, ¿podríamos tomar un refrigerio? Contar estos cuentos me deja la garganta muy seca, y también me da hambre. Un vino de temporada me vendría bien, si lo tiene. Y también algo de carne. Sé que no es lo habitual y también que es un poco presuntuoso por mi parte, pero como bien sabemos los que hablamos con los muertos, hay que aprovechar antes de que ocurra algo y perezcamos. Uno debe disfrutar de la vida mientras pueda. Si no le importa, ¿podríamos compartir la comida? Esos manjares salados y los dulces tan sabrosos. Me gustaría mucho ver cómo atraviesan sus delgados labios. Cuando las hijas de Paramenter cumplieron dieciséis años, nobles de muchas tierras acudieron de visita a Sosun. La belleza de las chicas, así como sus múltiples dotes, habían traspasado fronteras. La quinta hija tocaba cualquier instrumento mejor que los bardos más diestros. La segunda bailaba tan bien que recibía halagos de maestros de todas partes del mundo. La cuarta era una académica muy reputada cuyos escritos se usaban en las universidades. La tercera y la más joven eran famosas por su belleza. Y la mayor era tan elegante, lista y perfecta que los consejeros habían empezado a buscar la manera de que se convirtiese en la heredera a pesar de la tradición que había durado generaciones. Paramenter recibió a los pretendientes de sus hijas con evidente orgullo y los eligió con mucho cuidado, asegurándose de que eran lo mejor para ellas Pero se topó con todo un problema cuando empezó a presentárselos a las chicas, ya que ninguna parecía estar convencida.

—No me gusta —dijo la más joven cuando le presentó a un apuesto joven. Paramenter se quedó consternado porque el joven había llegado con un cofre de riquezas que pesaba lo mismo que su hija, pero como era un padre muy permisivo acató la decisión de la chica.

—Inapropiado —anunció la tercera hija ante la presencia de un duque muy guapo. Este había llevado una bolsa llena de piedras preciosas que hacían juego con los ojos de la chica. Paramenter suspiró y le indicó al duque que se marchara. Después de que le ocurriese lo mismo una tercera vez en la que su segunda hija describió al príncipe heredero de un reino rival como «demasiado pálido y escuchimizado», la hija mayor de Paramenter fue a visitarlo. También llevó consigo al hijo del rey, el niño de mejillas sonrosadas fruto de su mujer y de los guardias, que ya había cumplido seis años.

—Padre, tienes que entendernos —explicó la hija mayor. Se sentó a sus pies y lo miró con adoración. A los pies de la mujer, el hijo de Paramenter la miraba a ella de la misma manera—. Las riquezas y la posición social son valores inadecuados para juzgar la idoneidad de un hombre. Es algo que ya tenemos nosotros. Lo ideal sería que nuestros maridos aportaran algo nuevo a nuestra vida.

—¿Como qué?

—Como fuerza —respondió. Extendió la mano para acariciar el cabello castaño oscuro del chico y le dedicó una cariñosa sonrisa—. Sin duda, queremos fuerza. ¿Qué otra cosa podría buscar una verdadera mujer en un hombre?

Paramenter lo comprendió. Descartó la primera remesa de pretendientes y envió otras cartas: cada uno de los reinos que quisiese aliarse con Sosun tenía que enviar a su mejor guerrero para representar sus intereses. Los nuevos pretendientes llegaron de inmediato. Eran peligrosos y zafios, pero también los soldados más condecorados de sus respectivos ejércitos. Los hombres se reunieron en los jardines del palacio y las hermanas acudieron para contemplarlos.

—Mucho mejor —dijo la tercera hija.

—Así es —dijo la cuarta.

Todas dieron su veredicto favorable, pero cuando le llegó el turno, la mayor asintió y dio un paso al frente. Luego puso los brazos en jarras.

—Gracias por venir, caballeros —dijo—. Para no perder más tiempo, explicaré la situación. Somos hermanas y nos han criado juntas, por lo que hemos decidido casarnos a la vez. Los hombres asintieron. Los consejeros de los respectivos reinos los habían preparado para aquello.

—Además, preferiríamos casarnos solo con un hombre.

Al oírlo, los hombres se miraron, confundidos.

En ese momento, la primera hija bajó la mirada, los contempló a través de las pestañas y luego ladeó la cabeza.

—Uno de vosotros —dijo— podrá acostarse con las seis a la vez. Obedeceremos todos vuestros caprichos, nos entregaremos a todos vuestros deseos y quedaréis satisfechos, os lo puedo asegurar. Pero solo uno alcanzará dicha recompensa. Se giró para sonreír a sus hermanas, y todas le devolvieron la sonrisa a la vez. Luego se marcharon, aunque la más joven se detuvo un instante en la puerta para lanzar un beso volado a los hombres.

El baño de sangre que se produjo a continuación acabó con las vidas de los mejores guerreros de diecisiete reinos y dejó a otros diez mutilados o incapacitados de por vida. El rey Paramenter recibió presiones para aplacar la rabia de los gobernantes, y las arcas de Sosun sufrieron un duro golpe al desembolsar las compensaciones económicas. Pero las hijas habían conseguido lo que querían. El guerrero que sobrevivió a la batalla campal fue una bestia descomunal, tuerto y casi analfabeto, aunque era muy valiente y astuto. Las hermanas lo mimaron tal y como habían hecho con su padre y, aunque sus consejeros agitaron las cabezas y los sacerdotes gruñeron, Paramenter dio su bendición a esa unión tan poco ortodoxa.

Un mes más tarde, todas sus hijas le comunicaron con alegría que estaban encinta. Un mes después de eso, el marido, cuyo nombre Paramenter nunca se había parado a memorizar, murió debido a una caída desafortunada desde el balcón de la alcoba. Y al trigésimo año del reinado de Paramenter ocurrió un milagro: al fin encontraron un dragón macho. Aunque el rey ya estaba bien entrado en años, nunca había abandonado la esperanza de recuperar su hombría. Su segunda esposa se había suicidado en el ínterin, pero él se consideraba lo suficientemente sano como para tener más hijos con alguna casadera.

Encontraron a la bestia después de muchos meses de viaje. Paramenter se sorprendió al ver que el dragón, a diferencia de la temible y mortífera hembra que había matado hacía muchos años, era pequeño e insignificante, tenía un comportamiento ansioso y una mirada triste y profunda. A sus hombres les resultó fácil matarlo; pero, temeroso de lo que pudiera ocurrirle, Paramenter mandó preservar el corazón y se lo llevó de regreso a Sosun sin comer. Luego se lo dio a su mago para que lo examinase.

—No le quepa duda de que este corazón perteneció a una criatura patética —dijo—. La verdad es que no entiendo cómo pudo pertenecer a un macho de la especie. Pero el mago, quien había sufrido durante años la desaprobación del rey y estaba deseoso de probar su valía, agitó la cabeza.

—Pero funcionará —aseguró—. Estoy seguro.

Al oírlo, Paramenter devoró el corazón con inquietud. Sintió los efectos de inmediato. Como un matrimonio hubiese conllevado una cantidad de tiempo insufrible, mandó llamar al palacio a las doce vírgenes más bellas de las regiones circundantes. A lo largo de las semanas posteriores, trabajó duro para asegurar su linaje y se quedó satisfecho al descubrir que las doce esposas improvisadas se habían quedado encinta. Al enterarse, esperó con inquietud, pero el interés seguía vivo en su interior: al parecer, el corazón de macho había funcionado. Recompensó al mago con generosidad y luego les indicó a los médicos de palacio que se aseguraran de que las mujeres sobreviviesen al parto. No quería más rumores desagradables en su reino. Unas semanas después, durante la noche, se despertó con antojo de algo que no fuesen las bondades de una mujer. Agotado, inseguro y guiado por el instinto, Paramenter se levantó y deambuló por la silenciosa oscuridad del palacio. No tardó en llegar a la alcoba de sus hijas. Se sorprendió al descubrir que todas estaban despiertas y sentadas en seis sillas de respaldar alto que parecían tronos. El hijo de Paramenter estaba sentado a los pies de la mayor, como de costumbre, y sonreía con dulzura mientras la mujer le acariciaba la frondosa melena pelirroja. Los retoños de cada una de sus hijas, que ahora tenían cinco años, se encontraban junto a ellas. Todas eran niñas, otra vez.

—Bienvenido, padre —dijo la mayor—. ¿Entiendes lo que hay que hacer ahora?

La boca de Paramenter se quedó seca por alguna razón inexplicable.

—Demasiados y demasiado rápido —dijo la tercera hija. Suspiró y agitó la cabeza—. Esperábamos aumentar nuestro linaje despacio y con tranquilidad, pero has echado a perder nuestros calculados planes.

Se quedó mirando a sus hijas, que ahora lo miraban con ojos fríos en los que no había vestigio alguno de la adoración habitual.

—Habéis… —susurró el hombre. Fue la única palabra que consiguió articular, ya que la inquietud le atenazaba la lengua.

—Recuerde que no ha sido elección nuestra —dijo la quinta hija al tiempo que levantaba una mano para examinarse las uñas pequeñas, lisas y tan bien cuidadas. En su gesto había cierto desagrado, quizá al ver la forma que tenían—. Pero debo admitir que ha sido muy efectivo. La vanidad de los hombres es un arma muy poderosa. Y fácil de controlar y desatar.

La hija mayor volvió a acariciar el pelo de su hermano pequeño y suspiró.

—Seguro que pronto habrá nuevos hijos varones entre los doce bebés que están en camino. Ha elegido un espécimen mediocre para engendrarlos, y poco podemos hacer ya. Los hombres cazaron a los mejores dragones macho durante generaciones. Solo quedan los cobardes y los imbéciles. Cuando una especie se diezma hasta tal punto, es necesario que cambie o que desaparezca y pase a formar parte de las leyendas. ¿No está de acuerdo, padre?

En ese instante, Paramenter se fijó en las niñas. Sus nietas. Todas se parecían muchísimo a sus respectivas madres y lo miraban con unos ojos muy abiertos y resplandecientes. Al ver que Paramenter se fijaba en ellas, sonrieron al mismo tiempo. La hija mayor se levantó del trono y se acercó a él. Levantó una mano y le acarició la mejilla.

—Nos ha servido bien, padre —dijo con una devoción manifiesta en la voz—. Lo honraremos en su senectud igual que nos ha honrado a nosotras.

Al terminar de hablar, les indicó a las niñas que dieran un paso al frente. Se acercaron todas, así como el hijo de Paramenter, que no tenía sangre de dragón pero había sido criado en sus costumbres. Rodearon al rey, que se puso tenso y se empezó a inquietar, pero sus madres las habían enseñado bien. No atacaron hasta que la hija mayor separó la mano de la mejilla de Paramenter y dio un paso atrás. Las niñas, como las hijas buenas y obedientes que eran, no dejaron ni rastro para que los sirvientes no encontrasen nada.

Qué triste, ¿verdad? Que tantos de nuestros líderes sean débiles y decidan robarles el poder a otros en lugar de hacerse fuertes por sí mismos. Y que, después de aprovecharse de lo que no se han ganado, se pregunten por qué todo lo que los rodea ha quedado sumido en el caos. Bueno, pero tenemos tiempo para unos cuentos más mientras esperamos a que los dragones recuperen el poder y decidan vengarse de todos nosotros.

A menos que esté cansado. Parece enfermo. Un momento, déjeme taparlo con las sábanas. ¿Quiere que le dé un masaje de buenas noches? No entra dentro de mis funciones, pero puedo hacer el sacrificio por usted. Uy, perdone, se me ha ido la mano. ¿Le gusta? ¿Le agrada? Ya le dije que había venido a entretenerlo. Hay muchos muertos de los que hablar. Y muchas historias que contar encada uno de los palacios que visito. Déjeme entrar en la cama, querido, y me pasaré toda la noche contándoselas.

Dragón, de Mauro Ortiz

N. K. Jemisin (Iowa, 1972).

Ha hecho historia al ganar tres premios Hugo consecutivos a la mejor novela por los tres volúmenes de la Trilogía de la Tierra Fragmentada, convirtiéndose en la autora más premiada en la historia de dicho galardón: Premio Hugo 2016 por La quinta estación, que también fue Notable Book de 2015 según el New York Times; Premio Hugo 2017 por El portal de los obeliscos y Premio Hugo 2018 por la conclusión de la serie, El cielo de piedra, que además logró el Premio Nebula 2018 a la mejor novela y el Premio Locus 2018 a la mejor novela de fantasía. Además, fue galardonada con el Premio Locus 2019 a mejor colección de relatos por La ciudad que nació grandiosa. El cuento que le da título al volumen fue candidato al premio Hugo 2017 al mejor relato corto.

La obra de Jemisin, una especialista en creación de mundos, puede encuadrarse tanto en la fantasía como en la ciencia ficción. Con ella, su autora se ha convertido en una de las voces más interesantes del panorama internacional, y la Trilogía de la Tierra Fragmentada, en una de las próximas series de TV de la productora estadounidense TNT.

Jemisin ejercía como psicóloga y escribía críticas de libros de ciencia ficción y fantasía en el New York Times, antes de dedicarse a tiempo completo a su carrera como autora.

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