Materia oscura: En defensa del anime8 min de lectura

Emmanuel Alcalá

En más de una ocasión, hablando de películas o series con alguien, le he terminado recomendado anime. Las animaciones japonesas me parecen una subcultura muy rica y bastante interesante, pero le sucede algo similar a lo que le sucedió al cómic (y antes, a la ciencia ficción): es infravalorado y no se le considera tan relevante culturalmente como al cine o a formas de narrativas más «serias». Casi nunca he entendido estas formas de chauvinismo en los círculos artísticos e intelectuales.

Mi opinión es, claro, la de un neófito que carece de los términos adecuados para describir o explicar una subcultura en los términos en los que un académico o estudioso del arte lo haría, pero quisiera decir unas palabras de porqué me parece que la gente, sobre todo la que tiene cierto hartazgo del cine y la televisión occidental, o simplemente quisiera explorar algo diferente, debería echarle un ojo al anime, en tanto entretenimiento o narrativa visual, como un producto cultural profundo y reflexivo. Es probable que la mayoría ya hayamos sido expuestos al anime, por ejemplo, al ver alguna de las maravillosas películas de Hayao Miyazaki que, si mi memoria no me falla, se encuentran todas en Netflix. 

Al contrario de lo que podríamos pensar, el anime no es algo nuevo. Aunque la animación japonesa data de principios del siglo XX, fue Osamu Tezuka el que definió el estilo característico del anime y su contraparte impresa, el manga (cómic japonés). Tezuka fue el creador de clásicos como Astro Boy y Kimba the White Lion (muchos animadores japoneses afirman que Simba es un desvergonzado plagio de Kimba). A pesar de esto, el consumo de manga y anime, de forma similar a lo que sucede con el cómic, siguió restringido a un pequeño puñado de frikis que se regodean en su excentricidad.

Es cierto que existe toda una subcultura de extravagantes alrededor del manga y del anime, pero ello no implica que estas formas de arte no puedan ser serias ni tocar temas profundos. Al contrario: una de las características que más me llamaron la atención del anime, cuando comencé a verlo, fue precisamente que tocaban temas serios y poco frecuentes desde distintas perspectivas. Muchas veces de forma exagerada, y no solo hablo de los rasgos físicos imposibles, sino de su predilección por los temas fantásticos y los personajes sobrehumanos, cuyas características casi nunca se molestan en explicar, de la misma forma en que de repente Gregorio Samsa se transforma en insecto y todo mundo sigue como si nada.

Paprika

Sin embargo, como nos ha enseñado la ciencia ficción (pienso, por ejemplo, en Philip K. Dick y Stanislaw Lem), estos temas, usados como escenarios contrafácticos, permiten plantear dilemas filosóficos de la más variada índole, desde morales hasta metafísicos. Otra característica interesante es que, a diferencia de gran parte del entretenimiento occidental, el anime y el manga no son (o no suelen ser) complacientes. Pocas veces hay personajes buenos o malos, cínicos o hipócritas, héroes o cobardes, lo que me parece que dota a sus personajes de la interesante complejidad producto de un delicado equilibrio de extremos. Si te ha gustado un personaje, el autor puede, sin empacho, ponerlo en la peor de las situaciones y matarlo, sin que emerja un deus ex machina a salvarlo. Quizá Hollywood nos ha acostumbrado a las historias cerradas y lineales y a los personajes planos y bien definidos, pero tanto en el anime como en el manga, es común tener finales abiertos y el uso extensivo de narrativas no lineales (es el caso, por ejemplo, de un subgénero del anime llamado slice of life, o trozo de vida, que a mí siempre me deja con una sensación de nostalgia irremediable).

Pese a ser, como ya dije, entretenimiento principalmente consumido por frikis, su influencia en el cine más convencional no ha sido poca (o quizá los directores sean parte de esa subcultura de frikis). Por ejemplo, antes de Her de Spike Jonze, el anime Chobits ya había explorado las posibilidades del romance, la desincorporación y el libre albedrío entre humanos y máquinas. Antes de Inception, de Nolan, Satoshi Kon, en Paprika, ya había explorado la posibilidad de meterse en los sueños y modificar el comportamiento de la gente (Nolan mismo dijo que Paprika lo había inspirado, especialmente en la escena del pasillo que gira). Otra maravilla de Satoshi Kon, Perfect Blue, tiene muchas similitudes en el concepto y en varias escenas con Black Swan, de Aronofsky, quien reconoció las similitudes pero no aceptó que lo haya inspirado. Ghost in the Shell (que hace referencia al argumento antidualista del filósofo británico Gilbert Ryle, el Fantasma en la Máquina) explora, con mayor profundidad psicológica y filosófica que The Matrix, la emergencia de conciencia en las máquinas, la interacción cerebro-computadora, y por supuesto, la posibilidad de que vivamos en una simulación (que seamos «cerebros en cubetas»), mucho antes que The Matrix, que popularizó el tema.

Ergo Proxy

Para terminar, quisiera hacer otras recomendaciones, además de las del párrafo anterior, para que cualquiera que se haya dejado convencer comience por lo que más me ha gustado. Uno de mis animes favoritos es Serial Experiments Lain, una obra de culto con una narrativa no lineal que mezcla ciencia ficción (la emergencia de conciencia en internet) y horror lovecraftiano, además de la soledad, el solipsismo adolescente y el sentido de la existencia humana al margen de la tecnología disruptiva. Otro favorito, más reciente, es Psycho-pass (se puede ver en Netflix). No es fácil describir de qué trata, dado que es una amalgama entre la acción hiperviolenta y los diálogos extensos entre los protagonistas y el antihéroe, ambientados en una ciudad ciberpunk, que hablan de Joseph Conrad, Pascal, Descartes y la paradoja platónica «¿Quién vigilará a los vigilantes?», en referencia al problema aparentemente irresoluble de las democracias (¿en dónde debe residir el poder? y, si el Estado vigila, ¿quién vigila al Estado?). Por último, Ergo Proxy (también en Netflix), cuya cinematografía y arte gráfico son increíblemente buenos, sucede en una sociedad post apocalíptica donde la inteligencia artificial convive con los supervivientes. La protagonista principal, Real, investiga unos crímenes extraños relacionados con un virus que dota de libre albedrío a las máquinas y las impele a cometer crímenes o a hacer cosas para las que no estaban programadas, lo que da pie a explorar los temas filosóficos de la identidad personal, la relación mente-cuerpo y la naturaleza de ser. Otro tema explorado es el contrato social, ya que en la serie, en aras de mantener la paz y la prosperidad de la ciudad, todos los aspectos de la vida de los ciudadanos son rigurosamente administrados (como en las mejores distopías).

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Emmanuel Alcalá

Licenciatura en Químico Farmacobiólogo en Universidad de Guadalajara Graduado con tesis en Organismos Genéticamente Modificados. Maestría en Análisis de la Conducta en el Centro de Estudios e Investigaciones en Comportamiento (CEIC), Universidad de Guadalajara. Graduado con tesis de Redes Neurales Artificiales. Doctorado en Análisis de la Conducta en CEIC, UdeG (2017-2020). Investiga mecanismos de aprendizaje en formación de hábitos usando modelos animales.

Sus intereses van de la química a la psicología experimental, las computadoras, las ciencias cognitivas, neurociencias, economía y modelación matemática en psicología. También le interesa el Software libre, la comunidad hacker de Linux y el código abierto, Ciencia Abierta y gratuita, y en general cualquier iniciativa de conocimiento libre que combata los monopolios editoriales que lucran con el conocimiento realizado con dinero público. Tiene un fuerte interés por la filosofía y, fuera de lo académico, por la literatura, el cine y el café bien cargado.

“Como en La Fundación de Asimov, creo que, para bien o para mal, la sociedad está sujeta a leyes estadísticas, como las moléculas de un recipiente, y nuestra conducta puede ser manipulada a gran escala”. 

Imagen de portada: Foto de Tim Mossholder

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