Materia oscura: Honores fúnebres18 min de lectura

Danilo Kiš

La cosa ocurre en mil novecientos veintitrés o mil novecientos veinticuatro. Creo que el lugar en cuestión es Hamburgo. Es la época de las catástrofes bursátiles y de las vertiginosas devaluaciones: el jornal de un trabajador del puerto asciende a diecisiete mil millones de marcos, y las prostitutas de lujo cobran el triple por sus servicios. (Los marineros del puerto de Hamburgo llevan «la calderilla» en cajas de cartón debajo del brazo).

En una de estas habitaciones rosas próximas al puerto, una prostituta llamada Marieta había muerto de repente de una pulmonía. El ucraniano Bandura, marinero y revolucionario, aseguraba que se había «consumido de amor». No podía relacionar nada que fuera trivial con su cuerpo divino, y para colmo, la pulmonía era una «enfermedad burguesa». «Se ha consumido como en una hoguera», decía. Y a pesar de haber transcurrido casi cinco años desde este suceso, la voz de Bandura se volvía ronca y sorda, como ahogada por un ataque de tos. Esto no era consecuencia del alcohol únicamente, si bien, a decir verdad, Bandura ya se había convertido por aquella época en una ruina, rechazado por los suyos, como los restos enmohecidos de un enorme barco encallado que se estuviera pudriendo en un bajío.

«No creas», gruñe Bandura, «ni una sola puta en el mundo ha sido llorada más sinceramente… Y ninguna ha sido enterrada con mayores honores».

Para el funeral de Marieta fueron devastadas las tablas de flores de los invernaderos, y los jardines de los chalés de las afueras quedaron destruidos, los perros ladraron durante toda la noche, dogos y perros lobo se llamaron unos a otros, luchando contra sus collares, coronas de espinas para perros; los eslabones de sus pesadas cadenas se deslizaban a lo largo de cables de acero tensados, como si sonaran las cadenas de todos los esclavos de la historia, sin que nadie, ni siquiera los viejos y cansados jardineros, en cuyos huesos enfermos yacía una anamnesia tan ingente como la historia del proletariado, sospechara que aquella noche iba a producirse una pequeña revolución aislada: los marineros del puerto de Hamburgo asaltaron de improviso los jardines de los ricos, y estos hijos del proletariado del Havre, de Marsella y de Amberes, guillotinaron bajo el manto de la noche los gladiolos por la raíz con sus afiladas navajas de marinero, pisando con sus gruesos zapatos rotos todas las plantas que por pequeñas no merecían el filo de la navaja. Aquella noche, todos los parques y plazas fueron «salvajemente pisoteados», cosa de la que no se salvaron ni el Jardín Municipal, ni la plaza del Ayuntamiento, «a dos pasos de la comisaría». «Este acto de vandalismo», dijeron los periódicos, «es, sin lugar a dudas, obra de espíritus anárquicos y de viles traficantes de flores».

A la tumba de Marieta fueron llevados montones de rosas, blancas y rojas, ramas de pino piñonero recién cortadas, tulipanes y crisantemos, tuberosas, hortensias azul cielo, lirios hediondos, decadentes y secesionistas, flores lujuriosas, jacintos y valiosos tulipanes negros, flores de la noche, céreas azucenas mortuorias, flores de la inocencia y de la Primera Comunión, lilas moradas con olor a descomposición, hortensias lascivas y gladiolos monstruosos (los que más abundan), unos de un blanco delicado y otros con un suave rubor, gladiolos sacros y angelicales, que encierran cierta mística de rosa y espada, todo ello bajo el signo de una riqueza podrida, bajo el signo de ricos chalés umbríos, gladiolos de una opulencia mortuoria, regados con el sudor de jardineros viejos y cansados, por las alcachofas de las regaderas, por la lluvia artificial de los pozos artesianos, todo para proteger de la intemperie la exuberancia enfermiza de estas flores estériles, sin olor alguno, ni siquiera a pescado, a pesar de este fantástico ensamblaje de articulaciones parecidas a las tenazas de una langosta, a pesar de los pliegues céreos de las flores, de los estambres —falsas antenas— de los afilados capullos —falsos aguijones—: toda esta monstruosa exuberancia no era capaz de exhalar ni un solo átomo de perfume, ni siquiera el simple olor de una violeta silvestre. El broche final de estos fuegos artificiales vegetales de colores eran las ramas de magnolio, robadas en el Jardín Botánico, frondosas ramas de hojas cuticuladas, con una única y enorme flor blanca en su extremo, como un lazo de seda en los cabellos de aquellas «muchachas de buena familia» que el Camarada Bandura (con su habitual tendencia a la exageración) comparaba con las putas del puerto. Tan solo los cementerios seguían aún a salvo, porque en su llamada «a todos los marineros, a todos los trabajadores del puerto, a todos aquellos que la habían amado», Bandura había exigido únicamente flores vivas y había prohibido expresamente que se profanaran las tumbas, sin duda llevado por una inspiración casi mística. Creo que puedo volver a trazar, al menos aproximadamente, el curso de sus pensamientos: «A la muerte no se le engaña: las flores poseen una trayectoria dialéctica perfectamente definida y, como el hombre, un ciclo biológico: del florecimiento a la putrefacción; los proletarios tienen derecho a los mismos honores fúnebres que los ricos: las putas son el producto de las desigualdades de clase: las putas son (por tanto) dignas de las mismas flores que las señoritas de buena familia». Etc.

La silenciosa comitiva, encabezada por Bandura, no enarboló las banderas rojas y negras hasta llegar a los suburbios proletarios, donde estas se desplegaron al viento, ondearon aciagas, rojo fuego y negro de la noche, símbolos próximos al lenguaje de las flores, pero no exentos de trasfondo social.

En el mismo límite entre las tumbas de los ricos y las de los pobres, Bandura, titubeando levemente, subió a un pedestal prominente de losas de mármol negro (un ángel de bronce sujeta una corona sobre la pequeña difunta, muerta desde hace mucho tiempo) y pronunció la oración fúnebre ante la silenciosa multitud de marineros con la cabeza descubierta y de prostitutas pintarrajeadas. Recordó la vida de Marieta, breve y esquemáticamente: la dura vida de una hija de proletarios, de madre lavandera y padre fracasado, que acabó su vida como descargador borracho en el puerto de Marsella. Y mientras Bandura, marinero y revolucionario, con un nudo en la garganta y la voz quebrada, intentaba ceñir su oración fúnebre, triste balance de una vida infeliz, al marco de la injusticia social y de la lucha de clases, profiriendo palabras de odio como si estuviera leyendo a Bakunin, no podía evitar ver desfilar ante sí los cuadros vivientes de esta existencia, como si estuviera hojeando un antiguo álbum. (Y creo que estas imágenes se habían mezclado imperceptiblemente con los recuerdos de su propia infancia). Un sótano inmerso en una oscuridad enfermiza, en el humo del tabaco y en la peste a vino y a anís: violentas escenas de riñas familiares, golpes, gritos, llantos; la quema de chinches que crepitan en el fuego del papel de periódico encendido, mientras que la llama lame las soldaduras y los tubos metálicos ya ennegrecidos por el hollín de los catres; por la noche, el simiesco despioje, a la trémula luz de la lámpara, cuando los niños, inclinando unas cabezas sobre otras, descubren racimos de piojos en la raíz de los mechones rubios y negros; las manos de la madre, hinchadas de tanto lavar, parecidas a salmonetes hervidos…

Su discurso ante la tumba abierta quedaba interrumpido de vez en cuando por los breves gemidos de las viejas rameras (que experimentan, seguramente con más dolor que nadie, lo efímero de la carne y la amenazadora catástrofe de la descomposición) y también por los roncos tosiqueos y los resoplidos de los cargadores del puerto, sin que Bandura lograra adivinar si realmente se trataba de tosiqueos, o más bien de toscos sollozos de marinero, viril sucedáneo de las lágrimas, el mismo sucedáneo de suspiros y llantos que habían acompañado su oración fúnebre. (Escuchaba su propia voz como si no fuera suya, como si saliera de algún fonógrafo que chirriara y, mientras tanto, en su interior, hojeaba ese antiguo álbum, por orden cronológico, desde su primer encuentro con Marieta).

Se había fijado en ella en una noche del año mil novecientos diecinueve, en el puerto de Hamburgo, donde acababa de desembarcar del Franken. Había caído ya la noche, una noche gris de noviembre, y la luz de las farolas vacilaba en la bruma. Al día siguiente tenía que ponerse en contacto con el Apparat en una taberna del puerto (ya se habían acordado las contraseñas) y, entre tanto, debía pasar desapercibido, no llamar la atención con nada, ni con su actitud, ni con su forma de hablar, su porte o su aspecto, entre los cientos, los miles de marineros que habían desembarcado aquel día. Pasaba por la «Calle de las muñecas» en medio de marineros ebrios —escudriñando a través de las ventanas bajas las habitaciones rosas, discretamente iluminadas. Las lámparas laterales, cubiertas por una pantalla roja, alumbraban, como en los maestros flamencos, los retratos de ciertas damas inmersas en el ambiente de un interior morado, en el que el biombo, decorado con lirios decadentes, esta flor de lujuria, amparaba los misterios de lo íntimo (atractivo por lo que esconde, como atractivos son los pliegues y aperturas de un vestido): el duro canapé tapizado de brocado, sólido como un barco —¡oh, Bandura sabía cuál era la disposición de estas cosas mucho antes de conocer a Marieta!—, la jofaina de porcelana, blanca y brillante, y el esbelto jarro de asa alta. La luz rosada de la lámpara se refleja sobre la tela reluciente del biombo, los lirios se vuelven más oscuros, así como el brocado rojo de la silla colocada en el centro del escaparate, sobre la que está sentada la Dama. Ella vuelve medio perfil hacia el espectador, y los pliegues de su vestido refractan la luz púrpura de la lámpara. Sus piernas están cruzadas y sujeta con sus manos una labor de punto. Destellos de las agujas sobre la labor. Sus largos cabellos llameantes caen sobre sus hombros desnudos, hasta sus grandes pechos medio descubiertos. Otra Dama, en el escaparate de al lado, sujeta entre sus manos un libro, como una novicia leyendo la Biblia. Bajo sus cabellos de un ardiente color rojizo que cubren ligeramente su rostro —el reflejo de la lámpara en los cristales de sus gafas. (Al acercarse, el espectador descubre, escrito en grandes caracteres, el título: El conde de Montecristo). Lleva puesto un vestido oscuro con un cuello de encaje blanco, y esta puta para soldados parece una estudiante de Heidelberg… Fue entonces cuando la vio a ella, a Marieta. Estaba sentada con las piernas cruzadas, como las demás, destacando levemente la cadera, un cigarrillo en la mano, vestida de raso claro, pero en su actitud, en su aspecto, en medio de esta luz rosa pálida en la que estaba inmersa como en un acuario (eterna Sirena de todos los marineros), había algo que atrajo en seguida a Bandura. Pero fue una vez entrado en su habitación, cuando ella hubo corrido la pesada cortina de terciopelo verde y al deslizar su mano caliente bajo la camisa de él, cuando comprendió: a Marieta no le había sido destinado ningún papel —no hacía ni de Ama de Casa, ni de Tejedora, ni de Estudiante, ni de Novicia—, ella era la única a quien no le hacía falta esta coreografía complicada y largamente ensayada; ella era única, inimitable; ella era la puta del puerto.

«Amó y ayudó a marineros de todos los puertos» —gritaba Bandura ante la tumba abierta, como en un mitin—, «y no tuvo ningún prejuicio de color, de raza o de religión. Contra su pecho, “pequeño pero bonito”, como decía Napoleón Bonaparte, emperador del crimen, se han recostado los torsos sudorosos de los marineros de Nueva York, los torsos amarillos e imberbes de los malasios, las patas de oso de los cargadores de Hamburgo y los pechos tatuados de los pilotos del canal Alberto; en su cuello de azucena han dejado su huella, como sello de la fraternidad universal entre los hombres, la cruz de Malta, el crucifijo, la estrella de Salomón, el icono ruso, el diente de tiburón y el talismán de raíces de mandrágora; entre sus tiernos muslos ha corrido un río de esperma ardiente que se ha vertido en su vagina caliente como en el puerto de amarra de todos los marineros, como en el estuario de todos los ríos…». Bandura escucha su propia voz, lejana y fría mientras en su cabeza se suceden las imágenes de la vida de Marieta ahora ya sin un orden cronológico preciso, como si el viento pasara a su antojo las hojas del álbum y como si él mismo, Bandura, lo estuviera viendo con sus propios ojos. (Marieta, tras la unión amorosa, abrazada a los hombres que de verdad amaba —y este revolucionario de corazón tierno era uno de ellos— solía hablar de ella misma como si se confesase. Contaba sus recuerdos con una extraña nostalgia, como si todas estas historias crueles, repletas de detalles repugnantes, no tuvieran en sí ninguna importancia, y como si lo único importante fuera el hecho de que esto se remontaba a largo tiempo atrás y de que, por aquel entonces, ella era joven, presque une enfant, casi una niña). Y ve cómo un griego repulsivo y enclenque la coge de la mano en una noche de carnaval, a ella, pálida y un poco borracha por culpa de la cerveza de la que ha aspirado la espuma como una niña; la ve seguir al griego con sus pequeñas pasos de animal dócil y hambriento, por las estrechas calles de Marsella que bajan hacia el puerto; luego la ve subir por la escalera de una casa oscura cercana a los hangares del puerto, deslizando su mano por la barandilla de gruesa amarra; y sigue con su pensamiento, siempre con el mismo furor confuso, su paso firme hacia una puerta del tercer piso (el griego se queda al pie de la escalera, para darle ánimo). La escena se traslada entonces a las calles de Marsella, donde aparece Marieta muy acicalada, recostada sobre un muro de piedra, apoyándose con una pierna, como un pájaro enfermo…

«Todos los que aquí estamos, Kamaraden», prosigue Bandura, «todos nosotros somos miembros de una gran familia, amantes, novios, qué digo: maridos de la misma mujer, caballeros de la misma dama, hermanos que han pasado por el mismo agujero, que han apagado su sed con el agua de la misma fuente, que han bebido ron pegando sus labios a la boca de la misma botella, que han llorado, borrachos, sobre el mismo hombro y que han vomitado en la misma palangana, allí, detrás del baldaquín verde…».

Cuando la voz rota de Bandura se apagó, empezaron a resonar sobre el ataúd los primeros puñados de tierra, lanzados por las toscas manos de los marineros y de los cargadores del muelle, que desmenuzaban los terrones como si salaran las entrañas de un enorme pez. Sobre la tumba abierta se oía ondear la seda de las banderas rojas y negras que ya no eran más que oriflamas de luto. Entonces, empezaron a caer palas de tierra dentro de la tumba, repiqueteando sordamente sobre el ataúd, como cuando se pega la oreja al corazón de una ramera tras la unión amorosa. Empezaron tirando las flores una por una, luego en ramos, y más tarde se pusieron a arrojarlas en brazadas, a pasárselas unos a otros de mano en mano, como si se tratara de una cosecha de flores, desde la capilla hasta la zona más pobre del cementerio, donde las cruces se hacían de repente más pequeñas y donde las tumbas de granito y los monumentos de bronce eran reemplazados por lápidas de piedra y bastas cruces de madera podrida. Y nadie sabrá jamás qué instinto, qué embriaguez, qué dolor, qué odio de clase o qué ron de Jamaica les condujo a desobedecer la orden de Bandura; pero ocurrió un prodigio de rebeldía revolucionaria, un huracán de rebelión sin causa: los marineros y las zorras del puerto, esta ruda tribu, empezaron a arrancar con rabia y como en éxtasis, entre lágrimas y rechinar de dientes, los gladiolos de los ricos, a lastimarse las palmas de las manos con las ramas de los rosales, a desenterrar los tulipanes con sus bulbos, a cortar con los dientes los claveles, pasándose todo esto unos a otros de mano en mano y en brazadas. Pronto se alzó una montaña de flores y de ramas, un osario de gladiolos, y la cruz que se elevaba sobre el túmulo fresco y el túmulo mismo desaparecieron bajo esta enorme hacina que exhalaba el peculiar y pútrido olor de las lilas marchitas.

Cuando la policía intervino, la parte pudiente del cementerio ya había sido devastada, saqueada, «como si sobre tristes lugares hubiera pasado una nube de langostas», según lo describió la prensa. (La Rote Fahne publicó un artículo anónimo en el que se hablaba de la brutalidad de la policía que había arrestado y expulsado a unos veinte marineros).

«Quítate la gorra», le dice Bandura a su interlocutor. Johann o Jan Valtin (creo que era ese su nombre), trata de recordar el rostro de Marieta en un súbito acceso de dolor. Solo consigue acordarse de su cuerpo menudo y de su risa ronca. Entonces aparece por un instante en su conciencia su sonrisa, la sombra de su rostro, pero esto también se desvanece en seguida.

No creas, dice Bandura. Ni una sola señorita de buena familia ha sido llorada más sinceramente. Y ninguna ha sido enterrada con mayores honores.

El entierro de Ricardo de Jesús Martínez Morales

Danilo Kiš. Subotica (Reino de Yugoslavia 1935- París, 1989).

Durante la Segunda Guerra Mundial, el futuro escritor perdió a su padre y a casi todos sus familiares, muertos en diferentes campos de concentración nazis.

Kiš estudió literatura en la Universidad de Belgrado, y se graduó en 1958, formando parte de la primera promoción de licenciados en literatura comparada de la universidad. ​ Fue miembro destacado de la revista Vidici, en la que trabajó hasta 1960. Viajó varias veces a París y trabajó como lector en la Universidad de Estrasburgo (1962-1964). En 1962 publicó sus primeras dos novelas, La buhardilla y Salmo 44, ambas aparecidas en la editorial Kosmos. ​ Por entonces tradujo también al serbio a autores franceses (Baudelaire, Verlaine, Lautréamont, Queneau), a los rusos (Anna Ajmátova, Aleksandr Blok) y a húngaros.

Luego publicó sus libros más conocidos: en 1965 apareció Jardín y cenizas; en 1969, Penas precoces; y en 1972, Reloj de arena y los ensayos de Po-etika. ​ En 1973 recibió por El reloj de arena el prestigioso Premio Nin, que devolvería años después por motivos políticos. Entre 1973 y 1976 fue lector de serbocroata en la Universidad de Burdeos. Dramatiza para la TV La maleta de madera, de Thomas Wolfe.

Fue víctima de una dura campaña por parte de la Unión de Escritores en Yugoslavia, que lo acusó de plagio por haber incluido testimonios de Steiner y Kravtchenko, entre otros, en Una tumba para Boris Davidovich, de 1976 (obra que más tarde sería adaptada al teatro). En su libro no había personajes yugoslavos: eran rusos, polacos, húngaros, rumanos e irlandeses (todos ellos de familias judías). Desde 1978 respondería a esas y otras infamias de un modo originalmente creador en Lección de anatomía y en los textos póstumos agrupados hoy en Homo poeticus. Sus argumentos novelados son contundentes y de hecho logra en buena medida silenciar a sus adversarios.

En 1979 tomó la decisión de instalarse definitivamente en Francia. Vivió en París hasta la muerte y fue lector de serbocroata de la Universidad de Lille entre 1979 y 1985. ​ En los años siguientes, recibió numerosos premios por su actividad literaria, que lograba ya alcance internacional. En 1986, año en que publicó su obra La enciclopedia de los muertos, fue nombrado Caballero de las Artes y las Letras de Francia.

Sus obras fueron publicadas en 10 volúmenes en serbio.

Danilo Kiš falleció de cáncer de pulmón en París el 15 de octubre de 1989, a los 54 años de edad.3​ Sus restos fueron trasladados a Serbia, donde fue enterrado en el Nuevo Cementerio del Belgrado.

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