Materia oscura: La frontera19 min de lectura

 Anna Starobinets

En definitiva, reservaron billetes de litera; Olga, por supuesto  los quería de coche cama, pero cuando se acercaban las vacaciones escolares los precios se disparaban de tal manera que en unos billetes de ida y vuelta en coche cama se habrían gastado todo el sueldo de febrero de Ojotin, y a la vuelta iban a necesitar algo para vivir… Mejor todavía, dado el presupuesto con el que contaban, habría sido comprar directamente billetes de segunda, y Ojotin llegó a insinuar algo semejante sin excesivo entusiasmo, pero Olga lo miró como si hubiera contado un chiste malo o como si, por ejemplo, de pronto le hubieran empezado a sonar las tripas, y dijo:

—En segunda solo viajan los pobres.

Lo dijo en voz baja, pero con un desagradable retintín. Ojotin frunció el ceño. En los últimos años Olga había desarrollado esa táctica: hacer a menudo afirmaciones de ese tenor, categóricas y destempladas, que sonaban como rúbricas trazadas con un tenedor de níquel en un plato sucio.

—Has cumplido ya cuarenta y seis, y con lo que ganas no te da para unos billetes decentes —insistió en chincharle Olga—. En vista de que no nos llega para el coche cama, o vamos en litera o nada.

—En litera, en litera, tranquila —repuso Ojotin con fastidio.

De haber dicho: «Pues no vamos», habría tenido que soportar una vez más, como la semana anterior, cuando habían discutido el destino y el itinerario, dos ataques de histeria femeninos. Uno de ellos —venenoso y viscoso como el mercurio, dando paso a continuación a una fase de baja intensidad— de Olga y el otro —con torrentes de lágrimas y mocos, con portazos y con el consiguiente acceso de asma por la noche— de Dashka…

Pero, sobre todo, es que a él también le apetecía. Le apetecía mucho ese viaje. Estaba aburrido. Eran unos interventores bien preparados, de una simpatía algo afectada, con sus camisas blancas almidonadas y sus chalecos pasados de moda, del color de las guindas podridas.

—Buenos días, ¿viajan los tres juntos? —una alegre sonrisa le iluminó la cara a uno de los interventores.

Del pecho le colgaba una credencial: «Dmitri Shmárov. Interventor a tiempo completo».

—No exactamente —respondió Olga melancólicamente, tendiéndole los tres pasaportes con los billetes—. Mi marido se baja antes.

—¡Ah, caramba! —por alguna razón, la alegría de Shmárov se hizo aún más intensa—. Mientras esperamos la salida, ¿puedo ofrecerles un poco de café, un té con limón?

—Tres tés con limón —dijo Olga con aire de fatiga.

—Dos tés —le corrigió Ojotin—. Para mí, por favor, un capuchino.

Olga miró de través a su marido, pero se quedó callada. «¿Tanto necesitas airear delante de la gente que tú viajas por libre?», dijo con la mirada. Ojotin puso cara de despistado. Yo, vino a decir, no aireo nada. Simplemente, me gusta el café.

—Si lo desean, les traeré tres tés y un capuchino —el «interventor a tiempo completo» se lanzó con temeridad, a pecho descubierto.

—Sí, desde luego —dijo Olga.

—No, no merece la pena —dijo Ojotin, y hundió la cabeza entre los hombros, casi imperceptiblemente—. Yo no quiero té.

En conjunto, era un tren decente y limpio, pero estaban esas nubecillas de polvo dorado que se arremolinaban en los lugares de paso. Dashka estornudó varias veces.

—¡Anda, échate de esto! —Olga le pasó el spray a Dashka—. ¡Solo nos faltaba ahora un espasmo bronquial!

Dashka rodeó lánguidamente con los labios la boquilla del inhalador y se suministró el medicamento.

Por el vagón, entre chasquidos y tintineos, pasaron tres adolescentes con cazadoras negras de cuero, riendo a carcajadas. Tras ellos, al trote cochinero, cruzó una señora mayor con mechas rojas de payaso; volvió al cabo de un minuto, estuvo un buen rato parada en la puerta, comprobando su billete, suspirando y moviendo nerviosa los pies, hasta que por fin se decidió a entrar.

—Tengo la plaza seis —anunció penosamente—. Es arriba… Ay, arriba… —se llevó las manos a los riñones de manera elocuente— No sé, a lo mejor, si este hombre… La señora clavó con expectación en Ojotin sus descoloridos ojillos de topo.

—Venga, yo le cambio el sitio —respondió Ojotin, bien dispuesto, y Olga lo obsequió con una nueva mirada de odio.

Había reservado expresamente las plazas de abajo. Ingratitud y descaro. El capuchino era infame, y Ojotin lamentó no haber aceptado el té. Olga removió el azúcar muy despacio, aplicadamente. Daba un sorbito, y empezaba otra vez, con gran parsimonia. En fin, decía, todas las personas normales disfrutan de sus vacaciones en familia, solo nosotros, a saber por qué, no hacemos lo mismo que todo el mundo, sino que cada uno tira por su lado…

La abuela teñida de rojo asentía, siguiendo el ritmo del discurso de Olga.

—Pero si podéis bajaros conmigo —repuso Ojotin, pendiente de ella. No tengo nada en contra de que vengáis.

—¡No tiene nada en contra! —saltó Olga— No tiene nada en contra de que vayamos con él a ver a su aquella. No, gracias. Personalmente, con una vez ya tuve suficiente.

Medio año antes Olga había ido con él. Después de eso, le dio por decir: «Tu aquella». Al principio Ojotin se sorprendió, quiso hacerle ver que era absurdo, ¿cómo podía ponerse celosa en una situación así? Después se sintió ofendido y se enfadó, le pidió que no utilizara esa expresión; y últimamente se había resignado. Realmente eran dos personas muy diferentes. Estaba esta y estaba aquella. A aquella la quería. A esta la compadecía y la soportaba…

—¡Yo tampoco quiero ir con papá! —se había pronunciado Dashka en tono caprichoso—. Yo quiero ir más lejos. ¡Más lejos, como habíamos acordado! Y la próxima vez en avión. ¡Me lo habéis prometido!

La NF y la Flota Aérea se repartían el terreno con nitidez: los trenes se dirigían hacia atrás, sin prisas, a la antigua usanza, chu-chu, y los aviones hacia delante, al encuentro del progreso. Se decía, es verdad, que pronto se podría viajar directamente, sin ilusiones, pero Ojotin no se lo creía. La transportación sin medios de transporte era el camino más recto a la locura.

Un psicoterapeuta famoso se había mostrado, por cierto, totalmente de acuerdo con Ojotin. A Dashka le habían prometido hacía ya tiempo, efectivamente, que en verano viajaría en avión. Con los de su curso. También esa vez se había puesto histérica, quería viajar en avión, pero Olga y él se habían negado categóricamente. Dos veces ya habían volado todos juntos —la primera vez un siglo hacia delante, la segunda hasta cinco siglos—, y las dos veces Dashka había mostrado un gran entusiasmo, pero a ellos no les había gustado. Se habían llevado de allí una sensación muy triste y deprimente, y además no dominaban para nada el idioma… Para contentar a Dashka no habían tenido más remedio que prometerle que aquella vez sí llegarían bien lejos con el tren.

—Pero tiene que ser algo enriquecedor —Olga le planteó sus condiciones—. Educativo.

Mientras Dashka elegía en el catálogo algo «educativo», Ojotin se armó de valor y le confesó a su mujer que él, personalmente, no quería ir muy lejos. Y que tampoco quería recorrer ninguna ruta nueva.

—Entiéndeme, seguramente ya estoy demasiado viejo para conocer sitios nuevos —dijo—. Me apetece, ya sabes, en plan pensionista… Regresar a esos sitios en los que ya he estado… Donde haya garantías de que me voy a sentir a gusto…

—Donde haya garantías —repitió Olga maliciosamente y se preparó para llorar—. O sea, que con aquella tienes garantías…

El interventor les trajo, por fin, una bandeja cuadrada un tanto sucia con unas cápsulas plateadas y unas botellas de agua mineral. Les dio a firmar unos impresos normalizados («Yo, Mijaíl Petróvich Ojotin, con pasaporte número equis, he sido informado de las eventuales complicaciones…»), y dijo con una sonrisa gomosa, de oreja a oreja:

—Es una mera formalidad.

Con un gruñido húmedo se puso en marcha el altavoz, empezó a informar briosamente desde el techo:

—¡Estimados pasajeros! La compañía Nuevos Ferrocarriles y la agencia turística Zeitgeist International, S. L. se complacen en darles la bienvenida a bordo del tren comercial Príncipe Vladimir. Les recordamos que antes de que dé comienzo el viaje todos los pasajeros deberán ingerir una cápsula individual, acompañada de una cantidad suficiente de líquido, y adoptar una postura cómoda. Rogamos a todos los acompañantes que abandonen los vagones del tren. ¡Les deseamos un agradable viaje!

Como de costumbre, un par de minutos después de las cápsulas ya estaban tocados. La vieja teñida de rojo se puso enseguida a hacer ruido con unos paquetes de papel de aluminio, y depositó una gallina fría sobre unas servilletas empapadas de aceite. Un olor a carroña sazonada con ajo se extendió por el compartimento, pero Ojotin se controló rápidamente: aquí no huele a nada, ¡malditos reflejos caninos!…

«Vaya una gente», pensó con irritación cuando el olor desapareció sumiso. «Viaje del espíritu, transportación de la conciencia, y lo que tienen en la conciencia es una gallina muerta…»

Olga inmediatamente hizo la cama y se echó a dormir, vuelta de cara a la pared. Dashka estuvo un buen rato rebuscando en su maleta juvenil de un delicado tono rosa (hay que ver cómo les gusta a las mujeres cargar con toda clase de cosas, aunque no les hagan ninguna falta), hasta que encontró al fondo del todo una guía del Paleolítico inferior, con una ilustración de un ceñudo neandertal en la cubierta, y se la subió a la litera de arriba. Ojotin pensó que el neandertal se parecía mucho a un vecino suyo, ese degenerado de Tolian, del tercero…

—Vaya, por lo que veo vais a visitar a nuestros antepasados, ¿a que sí? —la vieja teñida de rojo observó la guía con envidia.

Dashka, insolentemente, no respondió. Ojotin, como siempre, se sintió incómodo por culpa de su hija.

—Mi mujer y mi hija van al Paleolítico, en efecto —respondió Ojotin con cortesía—. Yo, en cambio, me bajo antes, en el ochenta y ocho… —y añadió por alguna razón, como queriendo disculparse—: Mi juventud…

—Yo voy al dos mil tres, al mes de marzo —informó la vieja sin pensárselo dos veces, y le hincó el diente a un hueso de pollo. Evidentemente, esperaba que Ojotin le hiciera alguna pregunta.

—¿Cómo es que va tan cerca? —Ojotin manifestó dócilmente su asombro, a pesar de que no le interesaba lo más mínimo.

—Sí, bueno, es que voy a un funeral —explicó de buena gana la vieja. Mi marido murió ese año…

—Pero ¿por qué al funeral? —el asombro de Ojotin ahora era sincero—Podría ir un poco más lejos, cuando aún estaba vivo…

—Bueno, vivo… —la vieja se turbó de un modo extraño—. El caso es que vivos me dan miedo… En cambio, si lo recuerdo así, no sé, como Dios manda, eso está mejor, la verdad…

La vieja teñida de rojo añadió algo más; Ojotin no prestaba atención, pero asentía muy cortésmente, hasta que por fin se cansó del todo y salió al pasillo, pegando el rostro sofocado al cristal. De repente, sin saber por qué, se había sentido muy incómodo, un tanto afectado, algo así.

«El cristal debería estar frío», pensó de inmediato, y el cristal se enfrió.

Se quedó allí de pie, mirando pasar fugazmente por detrás de la ventanilla, entre la llovizna gris, imágenes de los últimos años de la primera década del siglo: tediosos centros comerciales, tediosos atascos kilométricos, tediosos individuos… Pensaba en Ólenka. En aquella Ólenka joven, adorada, de los ochenta… En los últimos tiempos había empezado a visitarla con frecuencia en mayo del ochenta y ocho. Buenos tiempos. Una primavera de una ternura penetrante, que olía a hierba, a arroyos y a gatos. Ella tenía diecinueve años. Todavía vivía con sus padres. Estaba en segundo de carrera. Un año más tarde se conocerán. Tres años más tarde se casarán. Seis años más tarde, en el noventa y cuatro, sufrirá un aborto: le desaparecerán los hoyuelos en las mejillas. Diez años más tarde, en el noventa y ocho, vendrá al mundo Dashka, y ella empezará a fruncir el ceño y a levantar la voz. Y dejará de ser Ólenka —aquella Ólenka— para siempre. Pero todavía falta mucho para eso. No sabe que todo eso va a pasar. No sabe por qué sueña por las noches con un desconocido. Medio año más tarde, en su primera cita, le contará, con una risita vergonzosa, que ha sido cosa «del destino». Que lo había visto ensueños antes incluso de conocerse. Solo que en esos sueños él parecía mucho más viejo… En esa primera cita él no la va a comprender ni va a creerse lo que ella le diga (aunque fingirá hacerlo). La comprenderá más tarde, mucho más tarde, cuando engorde y se convierta en Olga. Cuando Zeitgeist International empiece a organizar sus viajes y él se dirija por primera vez a la primavera del ochenta y ocho, y no pueda contenerse y desobedezca la prohibición y penetre en los sueños de Jella. Y se ponga en contacto con ella —a pesar de que los contactos están prohibidos— y se tome muchas más libertades. Y la amará de noche, y de día estará presente sin ser visto, que es lo que, a decir verdad, le conviene…

—¡Ay, Señor, Señor! —la vieja teñida de rojo salió precipitadamente del compartimento y se situó al lado de Ojotin— Con tal de que hoy no haya Frontera. ¡Que el Señor nos ayude a cruzarla!

—No habrá Frontera —Ojotin sonrió condescendiente.

—No lo quiera Dios, no lo quiera…

—Nunca hay. No son más que rumores anti científicos.

La abuela se retiró discretamente al compartimento, sacudiendo la cabeza sin mucho convencimiento. Ojotin echaba pestes. Todos esos viejos. Algunos de ellos, de puro aburrimiento, se habían inventado la Frontera y habían acabado por creer en ella. ¡Y les había dado fuerte con aquella historia macabra! Nada de viajar tan tranquilos, zampándose una gallina imaginaria.

De eso nada: la Frontera. Venga ahora todos a compartir sus temores y a ponerse nerviosos, convencidos de que los van a obligar a bajar. En un campo ilimitado. Sin explicarles las razones. Mientras el tren prosigue sin ellos La vieja se bajó en 2003; por alguna razón, Ojotin se apenó cuando la vio marchando despacio sobre los barros primaverales en dirección a un edificio azul y blanco de muchas plantas a conmemorar «los cuarenta días»[4]…. vivos me dan miedo…Pero ¿por qué le darán miedo? ¡Si es una dicha que estén vivos!

Mientras meditaba, se arrastró por detrás de la ventanilla el vallado de hormigón de los Duros Noventa. Duros de verdad: caóticos, intensos, con las ventanas sucias. Con olor a sudor y a gasolina, y a dinero, y a piel y a pólvora.

Con quioscos, con puestos callejeros, con obras, con burdeles, con bares… Enseguida cayó la noche.

Atragantándose con sus risitas de chivo, acompañados de un tintineo metálico, comiendo patatas fritas con estrépito, los tres teenagers con cazadora negra desfilaron al lado de Ojotin y se bajaron en el andén del noventa y cuatro. Miraron por todas partes. No tardaron en poner perdido el asfalto, no muy limpio de por sí, con sus pegajosos escupitajos juveniles.

Ojotin entornó los ojos, echó la cuenta: en el noventa y cuatro esos chavales aún no habían nacido. Estaba claro: habían venido a curiosear en los Duros Noventa. A estar presentes sin ser vistos…Al entrar en los ochenta ocurrió algo. Frenaron a tirones, con un chirrido estridente. Estuvieron mucho tiempo parados, media hora o una hora, en medio de las tinieblas de la noche. Ojotin se aburría. Su mujer y su hija dormían con aire sufriente, frunciendo de idéntica forma las cejas pelirrojas.

Después pareció que echaban a andar, aunque más bien despacio, tambaleándose. Y volvieron a quedarse parados. Ahora hacía calor en el compartimento. Ojotin intentó imaginarse que hacía fresco, pero por alguna razón no le sirvió de nada. Tiró de la ventanilla: estaba herméticamente cerrada con clavos. Fue de mala gana en busca de los interventores, a preguntarles qué era lo que pasaba y cuánto tiempo iban a estar parados, pero su compartimento estaba cerrado y no respondieron a su llamada. Volvió a su sitio. Se pegó al cristal, tratando de vislumbrar a través de los reflejos grasientos el paisaje que se extendía más allá de la ventana. Tinieblas, tinieblas… Algún apeadero perdido con un solitario farol brillando turbiamente, y la oscuridad: uniforme, monótona, hasta el mismo horizonte…Y de pronto oyó a su espalda una respiración acelerada y corrupta. Se dio la vuelta, despacio, como en un sueño, y vio a un perro. De orejas puntiagudas, negro, enorme. Primero olfateó a Olga, que no se movió; después le olfateó a él, a Ojotin, los pantalones y el calzado; de su boca rezumaba saliva y un olor dulzón a carroña. Ojotin se sentó. No le gustaban los perros y les tenía miedo. Notó unos desagradables retortijones. «Menos mal que me he puesto pañales de viaje», pensó Ojotin.

—¿Tú de quién eres, perro? —susurró obsequioso y miró de reojo a Olga.

Esta aún dormía, respirando regularmente, en silencio, y de la litera de Dashka tampoco le llegaba ningún ruido.

El perro clavó con indiferencia en Ojotin sus ojillos empañados, del color de la tierra mojada. Después, de repente, levantó la cabeza de una forma extraña y emitió un largo y horroroso aullido.

Ojotin frunció el ceño e intentó sacar al perro del compartimento. Tal y como le habían enseñado en los cursillos para viajeros de Zeitgeist: «No veo este objeto, no creo en este objeto». No creo, no creo, no creo… Pareció funcionar. El aullido se transformó en una especie de zumbido ronco y el olor dulzón se esfumó. Ojotin tragó saliva con mucho cuidado, sin hacer ruido, y abrió los ojos. En la puerta del compartimento había un hombre en uniforme de camuflaje.

—¿Ojotin, Mijaíl Petróvich? —preguntó con tristeza.

—Sí, soy yo…

—Buenas noches, control fronterizo. Por favor, abandone el tren comercial.

Ojotin notó que sus pañales de viaje se llenaban de algo tibio.

—Buenas… —dijo a duras penas—. ¿Qué clase de… control? ¿Con qué fundamento?… no veo este objeto no creo en este objeto no veo este objeto no creo en este objeto…

—Tenemos derecho a hacerles bajar en la Frontera sin explicarles las razones.

—Pero eso es una… un… error… un malentendido… —Ojotin miró sumisamente a los ojos al guardia de fronteras, unos ojos pequeños y empañados, del color de la tierra mojada.

algo no va bien

—No hay ningún error —dijo aburrido el guardia de fronteras— No hay ningún malentendido.

algo en sus ojos no va bien

—Salga del compartimento. Salga del compartimento. Salga del tren comercial.

no se mueven, son como pegotes de goma, en ningún momento parpadean

—Olga… ¡Ólenka! —Ojotin soltaba unos sollozos ahogados—. ¡Dashka!

—No le oyen.

—¿Por qué no? —preguntó Ojotin con los labios entumecidos.

—Cada pasajero viaja por separado.

—Pues yo no pienso bajar —Ojotin se tendió con agitación y se tapó hasta la barbilla con la áspera colcha, llena de manchas parduzcas y resecas.

—En ese caso, tendremos que sacarle a la fuerza —de repente, al guardia fronterizo empezó a temblarle el labio superior y se le fue levantando hacia la nariz, dejando al desnudo unos largos dientes—, sin explicarle las razones.


—¡Dimon, ven aquí! —el interventor a tiempo completo se inclinó sobre el viajero.

El viajero estaba tendido en el suelo, con la nariz hundida entre las patas metálicas de la mesa. Las otras tres personas —la mujer, la niña y la anciana— estaban acostadas en sus literas y respiraban bien, con regularidad.

—¿Lleva así mucho tiempo? —preguntó Dimon, con aire atontado.

—¿Y yo qué sé? —respondió enfadado su compañero.

Hacía ya  cinco  horas  que  habían  situado  el Príncipe  Vladimir  en  vía muerta, y hacía ya tres que los colegas habían pasado de la cerveza al vodka.

—¿Tiene pulso? —Dimon se puso en cuclillas, levantándose los bordes del chaleco, para que no se le ensuciaran, y le cogió la muñeca al viajero.

—Parece que no hay pulso. Vamos, llama a una ambulancia. Se ve que es como lo de la semana pasada…

—Quién les mandará venir a estos malditos pre infartados, cuando está claro que supone una carga extra para el corazón.

—Qué tendrá eso que ver… —repuso Dimon con indignación. Seguramente no le habrán dejado cruzar la Frontera.

—Otro que tal. ¿Qué Frontera ni que ocho cuartos, Dimon?

—Hay una Frontera.

—¡Eso son patrañas!

—Hay una Frontera —repuso tercamente Dimon—. El jefe del tren los oía decir. Los sacan sin dar explicaciones…


Cuando el tren se perdió de vista, Ojotin, aterido, dio unos saltos en el sitio.

Por todas partes se extendía el campo ilimitado.

Anna Starobinets (Moscú, 1978).

Periodista, guionista y escritora rusa, Anna Starobinets es conocida principalmente por sus relatos, en los que mezcla horror y fantasía con un estilo depurado.

Se licenció en Filología en la Universidad Estatal de Moscú y, desde entonces ha trabajado como crítica, reportera y editora de cultura en publicaciones como Expert o Russian Reporter.

En lo literario, Starobinets se ha movido en el relato y la novela, tanto para adulto como dedicada al público juvenil. Entre sus obras se hallan Una edad difícil, El vivo, La glándula de Ícaro, La tierra de las niñas buenas, Santuario 3/9, y Tienes que mirar.

En 2018, le fue concedido el Premio de la Sociedad Europea de Ciencia Ficción (ESFS) a mejor escritor.


Imagen de portada: Imagen de Gerald Friedrich en Pixabay

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